Traductora, socióloga y profesora de pensamiento crítico. Su trabajo se centra en las articulaciones entre lenguaje, artes y políticas desde perspectivas feministas y anticoloniales. Tanto en su investigación académica como en sus traducciones, textos y clases analiza los usos del lenguaje, explorando líneas de fuga que desafíen las gramáticas imperiales.

Como traductora del inglés al español se ha especializado en la obra de Donna Haraway, de quien ha traducido Testigo_Modesto@Segundo_Milenio (UOC, 2002), el Manifiesto Chthuluceno (Lab Planet, 2016), Seguir con el problema (consonni, 2019), Generar parentescos en el Chthuluceno (2021, CKK), Mujeres, simios y cíborgs (Alianza, 2023) y Cuando se encuentran las especies (Alianza, próxima publicación). También ha traducido a algunas de las escritoras admiradas por Haraway, entre ellas Marge Piercy y su novela de ciencia ficción Mujer al borde del tiempo (consonni, 2020), así como algunos poemas de Ursula K. Le Guin y su conversación con Haraway, publicada en La conexión infinita (Continta Metienes, 2024).

Siguiendo el juego de figuras de cuerdas que proponen estas autoras, empezó hace ocho años a facilitar talleres de fabulación especulativa, en los que explora el lenguaje como tecnología de código abierto que genera realidad. Esta experiencia ha florecido en el Semillero del Chthuluceno, un proyecto alojado en La Escocesa, de pronta publicación, que consiste en un glosario de creación colectiva que intenta dar respuesta a los desastres del Antropoceno.

En los inicios de su trabajo con el lenguaje publicó la novela Autopsia de una langosta (Melusina, 2010), en la que exploró el género de autoficción. Posteriormente, publicó dos libros colectivos, basados en su activismo en el movimiento posporno y sus derivas en la Barcelona de principios de siglo: la antología Relatos marranos (2014, Pol·len) y Ciutat Morta. Crónica del caso 4F (2016, Huidobro).

Su formato de escritura habitual es el ensayo, donde busca conjugar la poesía con el relato autobiográfico sin renunciar al rigor académico, asumiendo las metáforas como base de todo lenguaje.

Actualmente es doctoranda en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona con una tesis sobre los hongos y el micelio como materia y como metáfora. Como parte de esta investigación, ha traducido Seamos como los hongos. El arte y las enseñanzas del micelio (Yasmine Ostendorf-Rodríguez, Caja Negra, 2024).

Escribir es un arte que utiliza diversas técnicas que, como todas las técnicas, se puede aprender. Nadie nace sabiendo, pero todo el mundo nace en un entorno. Si naces en un contexto en el que escribir y leer es importante, donde te leen y donde hay libros, tienes más probabilidades de aprender a escribir. Pero eso no es imprescindible: los contextos cambian, las formas de hacer se adquieren a través de la práctica, del entrenamiento. Y luego está el deseo, que te puede impulsar a aprender algunas artes mejor que otras.

Dar clase es compartir conocimientos, pasiones, experiencias. Por eso, también es una de las mejores maneras de aprender, porque el conocimiento es un proceso que no puede ser sino colectivo. Es también una forma de estar en el mundo, de hacer política, de ser parte de la polis, es decir, del encuentro entre personas, generaciones, formas de pensar y vivir diferentes. Y, last but not least, es una forma de conversar, aunque demasiado jerárquica para mi gusto. Por eso también implica un desafío.

Depende mucho de si son encuentros virtuales o presenciales. En los talleres el encuentro entre cuerpos es central, por eso siempre hay ejercicios de sintonización entre las personas y de reconocimiento del espacio. En las clases virtuales, hago presentaciones en las que conversan muchas voces y géneros literarios, ejercicios con objetos para trabajar el uso de metáforas y lecturas colectivas de fragmentos de textos.

Me parece fundamental que la gente disfrute en un curso, que se emocione y descubra nuevas formas de pensar. Enseñar no es traspasar conocimientos, sino generar curiosidad, abrir ventanas y señalar caminos. El nivel de exigencia depende de cuánto quiera involucrarse cada quien.

Uso mucho el humor y la ironía como herramientas para generar un espacio distendido. Me gusta que la gente se ría y también que me cuestionen cosas que doy por sentado, que me descubran otras perspectivas.

A pensar en colectivo, a ser más humilde, a comunicar lo que creo saber y, en ese proceso, hacerme nuevas preguntas que me lleven por nuevos caminos, inimaginables antes de ese encuentro.

 

La escucha. Y también ser capaz de ver el bosque y los árboles al mismo tiempo.

Me gusta que la gente asuma el poder de esa tecnología que es lenguaje, que no tenga miedo de jugar con ella y que disfrute de lo que está haciendo.

Es muy difícil, me gustaría tener más tiempo para escribir. Lo que hago es intentar incorporar el material de las clases y las traducciones que hago a mi propia escritura. Asumo las clases, los talleres y las traducciones como parte de mi proceso de escritura.

Leo varios libros a la vez, de géneros diferentes. Me gusta mucho volver a libros que ya leí y también compartir lecturas con otra gente, para poder comentar y escuchar otras perspectivas del mismo texto. Separo las lecturas según los espacios y tiempos que les daré, y leo distintos textos de la misma autora para conocer sus mundos. Como lectura de mesita de noche, ahora estoy releyendo la novela La pared, de Marlen Haushofer, y en plan lectura compartida, el tratado Radical Mycology, de Peter McCoy. En el tren, estoy leyendo distintos libros de Mónica Nepote, una escritora mexicana que me encanta.

Helen Torres, profesora en Escuela de Escritores -IMG570 - Fotografía de Lucas Guerra
Lucas Guerra
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