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Hadassa Fernández

Se licenció en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona, opositó a Judicatura durante cuatro años y en 2015 se trasladó a Madrid para formar parte de la VII Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores.

En 2019 completó su formación como profesora de Escritura Creativa en el Teachers Training Course que la EACWP imparte cada año. Fue alumna de Daniel Billet, Jenny Tunedal y Martino Gozzi.

Actualmente reside en Madrid y trabaja como profesora de escritura creativa.

Acaba de publicar su primer libro de prosa poética surrealista titulado Ahora todo es palabra, bajo el sello de la editorial Postdata Ediciones. También ha escrito dos novelas experimentales: Plusia y Carcoma.

Ahora todo es palabra

Prosa poética surrealista
Posdata Ediciones
2021

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Hada es una profesora impresionante. Su profesionalidad, esfuerzo, cariño y motivación constantes, ayudan a crear un ambiente de trabajo propicio para crecer y compartir, permitiendo aprender y mejorar de forma clara y diaria. Su capacidad de analizar los relatos, entrando en los conflictos de los personajes, dando consejos y sugerencias para mejorarlos, así como resaltando aquello que se ha hecho mejor, consiguen que se disfrute a la vez que se aprende de una manera que parece hasta mágica. Un inmenso placer haber tenido como profesora a Hada, me siento muy afortunado. Estoy seguro que más temprano que tarde, volveré a ser su alumno.

Jesús Navarro, desde Madrid (España)

Y de Hada, la profe, estoy muy agradecido porque aunque me ponga contra las cuerdas, me da agua y una toalla siempre que la necesito, he crecido mucho como persona y como escribiente. Lleva consigo, debajo de la humildad, una inteligencia infinita que comparte contigo y te hace preguntarte y dudarte y escribir mejor. Con Hada de nunca jamás, el alumno que se atreva a viajar con ella, querrá ser Peter Pan.

Sete Castro, desde Copenhague (Dinamarca)

Entrevista a la profesora

Se puede aprender a escribir, pero para ello es necesario que cada uno experimente en su propio cuerpo dónde está su voz. Desde dónde nace. Esa voz existe, el ser humano narra. Cuenta historias continuamente. Cada uno tiene dentro lo preciso para ser el escritor que es y el que enseña debe zarandearle hasta que salga.

Considero que enseñar a escribir es un trabajo de acompañamiento. Acompañar al alumno en el proceso de encontrar su voz, perfilar su mirada y su estilo, entre otras muchas cosas, es algo verdaderamente gratificante y que requiere de un estudio minucioso de las palabras. Algo que disfruto muchísimo. Es justamente esa entrega al lenguaje lo que me trae aquí.

Siempre me preocupo por cómo están los alumnos. Si están cómodos, si las propuestas se les atragantan o no. Si disfrutan. Me gusta que sepan que pueden contar conmigo si están bloqueados, o si necesitan un poco de inspiración. Cuando escribimos, nuestro yo crítico es muy duro, y tener a alguien a quien recurrir para reencontrarnos con nuestro yo creativo se vuelve vital.

Que disfruten y se dejen llevar. Lo que supone, también, ser rigurosos y leer los materiales, comentar a los compañeros y escribir todos los días. Incido mucho en lo enriquecedor que es compartir sus relatos y leer al otro. Me centro muchísimo en el primer pilar: hay que mostrar y no decir. Estoy continuamente recordándoselo y dándoles ejemplos. Es el primer gran paso: que vean la fuerza que pueden tener sus historias si se centran en la visibilidad. Cuando termino el curso les pido que vuelvan a releer y reescribir sus relatos para que ellos mismos vean su propia evolución, aunque yo también incido en ella. Los propios alumnos suelen decirme entre risas que soy exigente (aunque yo no me reconozco así), pero lo agradecen muchísimo. No sabría decir si lo soy o no, la verdad, simplemente me entrego en cada informe reescribiendo incluso parte de sus textos para que vean cómo pueden darles más fuerza discursiva.

 

Procuro generar mucha cercanía. Trabajar de forma online puede llegar a ser muy frío, por eso es vital que el profesor ponga todo su empeño en recordarles que estamos todos ahí, compartiendo y disfrutando. Intento motivarles para que se abran y encuentren en este espacio no solo un lugar donde aprender, sino también donde poder ser. La verdad es que en todos mis cursos se respira una energía súper positiva, y me siento enormemente agradecida por ello.

Me ayudan a conectar con mi yo creativo. Adoro leer sus historias y disfrutar de ese yo primario que tenemos todos: la necesidad de contar y expresarnos. Me recuerdan lo duros que son los comienzos y lo necesario que es una escuela de escritura para aprender. A nivel técnico aprendo muchísimo también. Se suelen dar casos donde ellos mismos ponen sobre la mesa puntos interesantes en los que ahondar para que los demás aprendan. Y, sobre todo, me deleito con sus voces, tan diferentes y tan reconocibles al final del curso.

Amar la escritura y vivirla desde el cuerpo. Eso hace que el alumno pueda reconocer a su propio escritor de una forma mucho más coherente. Yo necesito escribir, todos los escritores —en mayor o menor medida— lo necesitamos. Y si el profesor transmite la fuerza que tiene la escritura en nosotros, el alumno se verá arrastrado por esas ganas —en muchos casos irreconocible, ya que muchos empiezan un curso sin saber muy bien por qué lo hacen— que le nacen de dentro. El profesor tiene que brindarle la oportunidad al alumno de reconocerse como escritor. De sacudirle hasta que escriba lo que quiere escribir.

En la voz. Es algo que en un curso inicial no expongo al alumno, pero sí voy fijándome. Trabajo con la voz del alumno durante todo el proceso y voy viendo donde está su fuerza, por eso las correcciones que hago son tan incisivas. Porque trabajo sobre sus textos, partiendo de su voz, para que ellos vayan acostumbrándose. Es un proceso muy interesante, y que al final todos acaban transitando con sorpresa y alegría.

Leer tanto me ayuda a mantenerme creativa. Los alumnos inspiran continuamente al profesor, es un proceso de retroalimentación muy potente. Escribo todos los días e intento mantener mi rutina.

Franz Kafka. Adoro su mirada surrealista y esa destreza en la atmósfera. Su convicción por la escritura y su entrega a ella por encima de todo. Ahora estoy leyendo El arte mágico, de André Bretón.

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