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Enrique Valladares

Profesor en Escuela de Escritores desde 2007, ha impartido cursos de microrrelato, relato breve y escritura creativa, tanto por Internet como en la sede de Madrid. Involucrado en la escritura creativa desde 1999, ha sido alumno del Taller de Escritura de Madrid y ha publicado relatos en diversas antologías de nuevos escritores, así como en webs literarias españolas. Asimismo, participa como jurado de forma regular en diversos concursos literarios.

Dentro de su continua formación como escritor y profesor, ha sido alumno de la VI promoción del Máster de Narrativa. Especialista en relato breve, es un gran admirador de la literatura contemporánea tanto norteamericana como de habla hispana y su mayor pasión es escribir relato, lo que le ha llevado a impartir cursos en la Escuela de Escritores con el ánimo de ayudar a difundir y profundizar en un género tan bonito como complejo.

Enrique Valladares es un excelente profesor. Él me enseñó otro mundo, el de la literatura. También aprendí de él que es el diablo o la magia la que está en los detalles.

Rebeca Pal, desde Madrid (España)

El trabajo de evaluación de las tareas que hace Enrique es enorme. Tanto por lo prolijo como por el acierto. Con el avance del curso nos ha ido conociendo y ha sido cada vez más certero, de tal manera, que todas mis dudas eran tratadas en sus correcciones y, por supuesto, muchas cosas de las que yo no me daba cuenta. Seguiría trabajando con él con mucho gusto.

Luis Antolín, desde Toledo (España)

Entrevista al profesor

Yo no creo en esa frase para nada y te diré por qué. Se puede nacer con un talento innato y bestial para escribir o para jugar a la petanca, lo que no significa que lo vayas a desarrollar: puede que no te surja o surja con timidez, esporádicamente, la necesidad de poner en práctica. Lo único que nace en la persona no es el don de escribir, sino la necesidad de expresarse, de comunicar, de compartir y eso es lo que hace a un escritor. A Rulfo -de quien pienso que probablemente naciera con ese don- cuando le preguntaban por su próxima novela, contestaba, «No tengo nada que contar», al final solo escribió dos libros. Hubert Selby, por otro lado, contaba que se decidió a escribir porque se sabía el alfabeto, pero que lo hacía francamente mal, pese a lo cual no se detuvo, escribió y escribió hasta hacerse un hueco en la literatura del siglo XX. Así que el escritor se hace y se hace más rápido si otros escritores y profesores le enseñan lo que conviene evitar, si le indican el mejor camino, el más corto para llegar a donde desea, a donde necesita, diría yo.

Hay quien dice que escribir es la forma más generosa de estar solo,  y no cabe duda de que este es un oficio solitario, así que contar con el aliento, apoyo e indicaciones de profesores y compañeros creo que es vital para dar los primeros pasos en este arte que, como todos, es oficio. El escritor es  «el instrumento, el oficio y la tarea» y no somos los únicos en pensarlo cuando grandes escritores han dedicado buena parte de su madurez artística a la enseñanza.

Para mí es una forma bella y viva de estar en contacto con algo que amo profundamente como es la literatura. Significa estar a diario con personas que aman lo mismo que yo, que tienen interés por mejorar y necesidad de compartir, significa tener la oportunidad de ayudar a estas personas y de ser testigo privilegiado de sus alegrías, descubrimientos y de su crecimiento como escritores. Empecé a dar clases como algo natural pues he pasado diez años rodeado de clases de escritura, profesores, y en Escuela de Escritores me dieron la oportunidad de formarme como profe y empezar este recorrido sorprendente y divertido que es la enseñanza.

Allá por 1999 empecé a conocer al actual equipo de la Escuela, Javier Sagarna, Mariana Torres, Chiki Fabregat, Germán Solís, Dani Saavedra. Unos me dieron clase, otros fueron compañeros y todos acabaron siendo amigos, así que puedo decir -con gran placer- que la mayor parte del equipo de la escuela y  parte de nuestro profesorado, son grandes amigos y en general el ambiente es tan bueno que somos como una gran familia que viene de diversos rincones del país e incluso desde el extranjero, para reunirse varias veces al año a comer, chismorrear y reír, aunque también se trabaja duro, no te vayas a creer, que hay que mantener vivo el temario, diseñar cursos y cada uno aporta su visión y bagaje y es esa diversidad, sin duda, lo que hace grande nuestra humilde tarea.

Pues, como te decía, esa diversidad es la que hace, pienso yo, que esto funcione. No hay dos alumnos iguales ni, por suerte, dos profes iguales y considero que la conexión alumno-profesor es importante para que la información fluya y los consejos y comentarios se aprovechen. Así que me siento libre de aplicar mi estilo de enseñanza en el que procuro que haya mucha comunicación, mucha confianza y cercanía y, desde ahí, desde el sentirse apoyado y comprendido, tratar de mostrarle a cada uno en qué puede mejorar. Por otra parte, procuro adaptarme a las necesidades de cada alumno, independientemente del nivel del curso y del resto de compañeros, trato de ver a cada persona cómo evoluciona y qué necesita de mí para dárselo.

Lo primero que pido es que escriban y reescriban, que trabajen, que cada relato no se convierta en un ejercicio enviado a última hora para cumplir (y es que no hay, no debería haber, nadie con quien cumplir), sino que cada texto lo quieran, lo mimen, lo reescriban y pulan todo lo posible. Nace de ellos, es parte de ellos y sea bueno o malo, les guste o no el resultado, lo respeten y lo trabajen para que sea lo mejor que puedan hacer en ese momento. Me considero muy exigente. Nunca estoy satisfecho, si recibo un texto brillante, me siento feliz y se lo hago saber al alumno para que sea consciente y disfrute del logro, pero no solo le indico dónde o cómo lo podría mejorar sino que si en siguientes entregas espraré que siga mejorando y si no veo ese mismo nivel le recuerdo hasta dónde puede llegar, porque es para mí muy importante que cada uno vea su propia evolución, solo así pueden valorar el tiempo, esfuerzo y dinero invertido en esta formación. Al término del curso, sobre todo porque imparto cursos de iniciación, me gustaría que hubieran aprendido algunas de las que yo considero bases de la literatura (y, para mí, de cualquier otro arte): Honestidad, entrega y dedicación.

Malo, me gusta que el ambiente sea malo, por lo que meto mucha cizaña, hago comentarios despectivos y tergiverso lo que dicen, pues pienso que eso les motiva a escribir. Que nooooo, que es broma. Esto de escribir es desnudarse, es darse, es riesgo y emoción, para que esto surja procuro dar mucha confianza, ofrecer cercanía, trato que se conozcan y se apoyen entre ellos y, tanto en presencial como en online, se forme un verdadero grupo de trabajo y de aprendizaje. Siempre que hay ocasión, intento que nos conozcamos todos en persona y que me escriban si tienen dudas o problemas personales que le afecten al curso, que sientan que esto no es un trámite burocrático, una mera formación, sino que están rodeados de personas que tienen los mismos deseos, inquietudes y, posiblemente, problemas.

Mucho, los alumnos me enseñan y me dan mucho, de lo contrario esto no sería el bello oficio que es y, a mí, no me compensaría. Cuando comentamos las lecturas (relatos o novelas) del curso su interpretación del texto me aporta como profesor, pero es en el apartado humano, viendo cómo vencen miedos, cómo se superan, donde más me aportan. Además son generosos y, al final de curso, me regalan gallinas, figuritas de porcelana o calcetines, y eso también cuenta, claro.

Creo que la empatía para conectar con el alumno, la sensibilidad para comprender sus carencias y necesidades y la flexibilidad para adaptarse a cada uno son la base. Saberse el alfabeto, como Selby, también ayuda, cómo no.

Me gusta trabajar en paralelo la forma y el fondo, es decir, que el texto sea formalmente bueno, correcto, claro, preciso, eficaz y, poco a poco, evolucionar a un estilo propio y atractivo para el lector. En cuanto al fondo, que lo escrito sea honesto y salga desde la tripas, que se narre algo de peso, que las historias no sean planas sino sugerentes y llenas de significado. Es mucho trabajo, lo sé, pero siempre hago hincapié en estos dos puntos, la forma y el contenido.

A mí los concursos me encantan y me parecen una motivación extraordinaria para escribir, mejorar y superarse, además, como decía aquel, en los concursos siempre se equivocan, lo bueno es cuando se equivocan a favor de uno. No hay que desanimarse, hay que participar deportivamente, con desapego a los resultados o te acabas frustrando y un escritor, es, debería ser, un mamífero resistente a la frustración. El afán por publicar me parece igualmente sano mientras tampoco frustre ni conduzca a esos suicidios literarios con obras maestras a título póstumo, estoy convencido de que es factible conseguirlo, pero no es fácil. Por otro lado, gran parte de los alumnos dicen que no tienen ese afán, que no pretenden ganar concursos ni publicar y me parece tan respetable como magnífico, pero yo no puedo dejar de pensar en el escritor como en una persona que tiene la necesidad de conectar y comunicarse y, en ocasiones, el miedo al fracaso o la comodidad, hace que no le demos a nuestra obra la oportunidad de ser conocida y eso me apenaría.

Mal, para qué negarlo, al fin y al cabo mi tiempo es limitado y buena parte lo invierto en leer y trabajar con los alumnos, por lo que, de momento, tan solo escribo relato, ya que los puedo crear y trabajar con más flexibilidad que una novela, pero trato de escribir siempre, aunque sea poquito.

No tengo un autor favorito, puedo decir, eso sí, una corriente y los autores de relato moderno norteamericanos son mis preferidos, desde Salinger hasta Tobías Wolff, pasando por Miranda July, Faulkner o Carver. Me gusta esta corriente porque conecto bien con la intensa mediocridad del americano anónimo, el humor sórdido y opaco de los perdedores, la humanidad arrasadora de estos seres que se limitan a sobrevivir, como si eso fuera poco. Amo el relato y la novela corta, vago que es uno, y siempre estoy leyendo varios libros al mismo tiempo y, en lo posible, alguno de poesía. Ahora estoy leyendo Conversaciones con D.F Wallace, La  chica sobre la nevera, de Keret, Los ingrávidos de Luiselli, también un libro de epitafios latinos que sube mucho la moral.

Creo que mi parte como escritor y profesor se beneficia de la parte como informático, pues eso de que en casa del herrero… no se da en mi caso y la tecnología siempre es un aliado para mí, ya que me facilita el trabajo. En el otro sentido creo que no hay intercambio, pues como informático me satisface lo lógico, lo previsible, la resolución de problemas y las tareas manuales, algo que se aleja de la creatividad y lo imprevisible de la escritura. Pienso que podría ser feliz sin ser informático, pero que estaría vacío sin la literatura, algo que me acompaña, como el cine o la naturaleza, desde chaval.

Enrique Valladares
Fotografía: Isabel Wagemann

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