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Alfonso Fernández Burgos

Alfonso Fernández Burgos, es  licenciado en Periodismo. Escritor de novela, cuento y columna literaria.

En el año 1999, Tusquets Editores publicó su primera novela Al final de la mirada, con la que había obtenido el Premio de Novela ‘Juan Pablo Forner’. En el año 2001, participa con esta obra, en representación de novela en lengua española, en el Festival du Premier Roman de Chambery (Francia). Su segunda novela, Skins, fue publicada en el año 2007.

Como escritor de cuentos ha obtenido el Premio ‘Fernández Lema’ por ‘Propósito y Excusa’, el Premio ‘Villa Murchante’ de cuentos, el segundo premio de narrativa ‘Café Bretón’ por ‘Prédicas y desiertos’ y es finalista del Premio ‘Hucha de Oro’ con ‘Lencería’, del Premio ‘Mario Vargas Llosa-NH’ de relatos con ‘Las Fuentes del Nilo’ y del ‘Prix Hemingway’ por su relato ‘Toreros antiguos’.

Es autor de los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco (2004) y Extinciones  (2013). También ha publicado, como columnista literario, las series Prédicas y Desiertos, Tiempos modernos, Old dreams, Semáforo en ámbar, Nihil obstat y Pecados veniales.

Como profesor de escritura ha impartido cursos de Novela y de Relato. En la actualidad es profesor en el Itinerario de Novela y en el  Máster de Narrativa .

Hasta 2014 fue director del Museo de la Palabra.

Extinciones

Relato
Editorial: Gens Ediciones
Año de edición: 2013

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Mi madre es un pez

Relato
Editorial: Libros del silencio
Año de edición: 2012

Mosquito et outres nouvelles du Prix

Hemingway
Relato
Editorial: Au diable vauvert
Año de edición: 2012

Skins

Novela
Editorial: Gens Ediciones
Año de edición: 2007

Mujer con perro sobre fondo blanco

Relato
Editorial: Gens ediciones
Año de edición: 2004

Al final de la mirada

Novela
Editorial: Tusquets
Año de edición: 1999

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Alfonso ha sido un profesor excepcional. Además de ayudarme muchísimo con mi proyecto de novela, me ha enseñado, con tesón y amabilidad, lo que significa escribir una novela y el esfuerzo y actitud necesarios para conseguirlo. He disfrutado enormemente con las lecturas que nos ha propuesto y en las tertulias que ha organizado a lo largo del curso. En definitiva, ¡un año estupendo!

Leticia Andrés, desde París (Francia)

Entrevista al profesor / Entrevista a la profesora

Desgraciadamente no existe el gen de la escritura. Eso lo saben todos los escritores que merecen tal nombre. Eso lo saben aunque una especie de «trastorno de la distinción» los lleve a pensar que su naturaleza es distinta al del resto de los humanos. Pero esa actitud es una pose de endiosamiento, un pequeño pecado de vanidad que transforma la voluntad de trascendencia en algo ingobernable. Para acabar con el mito del «escritor nacido» habría que publicar los primeros textos de todos los grandes escritores que la humanidad ha dado. Flaubert, Cortázar, Quevedo, Borges… Creo que si así se hiciera dejaríamos de perder el tiempo en preguntarnos si por nuestra sangre corren los genes de la genialidad literaria y nos pondríamos a trabajar duro. Y esa es la única verdad, tan humana, tan difícil y tan simple: el escritor escribe. Y mucho. De lo contrario no será escritor. El escritor lee; y mucho; de lo contrario no será. El escritor tirará la inmensa mayoría de los folios escritos, de lo contrario será un personaje patético y engreído pero no un escritor.

Hay una parte de los conocimientos que tiene que adquirir un escritor que si alguien te guía te pueden ahorrar mucho tiempo. Es el conjunto de conocimientos técnicos, y en este campo los profesores son muy útiles. Pero también hay otra labor que puede transmitir un profesor, y es el ayudar al escritor en ciernes a quitarse de la cabeza mitos como el de la inspiración, el pánico a la página en blanco, la exusa del bloqueo y otro montón de distracciones que impiden el compromiso diario con el texto escrito. Como decía Cervantes en El Quijote, en esto no hay milagros, sino industria. O lo que es lo mismo, trabajo, mucho trabajo, y esa idea también hay que enseñarla, repetirla mucho, hasta que quien verdaderamente quiere ser escritor la capta y la convierte en una forma de vida. Y respondiendo a tu segunda pregunta creo que comencé a impartir clases por algo que me demanda la parte teresacalcutiana de mi ser. Yo quiero devolver algo a la literatura de los muchos placeres que la literatura me ha dado. Sería injusto y absurdo que cuanto he aprendido a lo largo de las miles de páginas leídas y escritas, de la miles de horas dedicadas a la escritura, me lo quedara para mí solo. Sería una estupidez, un trastorno de codicia.

Conozco a varios profesores. Con algunos de ellos —Javier Sagarna, Magdalena Tirado, Inés Arias de Reyna o Elena Belmonte— llevo más de tres lustros compartiendo todo lo que vamos aprendiendo en nuestro trabajo cada semana en una tertulia. Otros como Nacho Ferrando, Mariana Torres o Sergi Bellver, se han incorporado con posterioridad. El caso de Ángel Zapata viene de más lejos, somos amigos desde hace veinte años. A casi todos los puedo considerar amigos (algunos amigos íntimos), una amistad que ha surgido como resultado de la reflexión sobre la escritura. A esto, entre otras cosas me refería cuando antes te hablaba de lo mucho que le debo a la escritura.

No creo que tenga un método particular, pero sí —además de enseñar la técnica— quiero aportar una incitación a que el alumno reflexione sobre temas que habitualmente no se suele incidir en clase: el compromiso, la ética, la estética, la evolución de las formas. Porque considero la escritura como un arte, y si solo transmitiésemos técnicas y trucos, la estaríamos degradando a la categoría de lo artesanal. No, el escritor —lo logre o no lo dirá el tiempo— tiene que vivirse como un artista. Y lo que lo caracteriza (lejos de ser lo que todos se imaginan: petulancia y cretinismo) es la humildad, el trabajo y la reflexión. Esta es la parte más dura de enseñar en un tipo de sociedad en el que estos valores están en decadencia.

Les pido dos cosas: que sean honestos y que trabajen mucho. Mi trabajo como profesor es que cada uno de ellos termine el curso escribiendo la mejor novela (o el mejor libro de cuentos) que pueden escribir en esos momentos. La escritura es un work in progress y el profesor es una especie de coach cuya misión es asistir en ese proceso de aprendizaje y crecimiento. Pedir a la gente que trabaje y tenga paciencia, en un mundo como el nuestro, es algo muy exigente. Sin embargo hay alumnos y alumnas que terminan consiguiéndolo. He tenido, y todavía tengo, varios que han comprendido la idea.

La escritura es un trabajo solitario y eso lo tiene que saber el escritor. Dicho esto, es cierto que un grupo que transmita ánimos de manera honesta puede servir de estímulo para no bajar la guardia.

Hay un proverbio zen que dice que si quieres aprender enseña. Yo me metí en esto para devolver parte de las satisfacciones que la escritura me había dado, pero me doy cuenta que cada día, en lugar de devolver estoy aumentando mi deuda con ella. Es raro el día que después de una clase me voy a casa de vacío, sin una pregunta sobre la que reflexionar, sin un autor nuevo al que conocer, sin un ángulo nuevo desde el que mirar. Es cierto que hay alumnos psicológicamente inestables, personas que no encuentran acomodo en ningún sitio y se apuntan a un taller de escritura (en definitiva no se exige nada). Eso es cierto, pero otros te devuelven la esperanza en que la literatura no terminará siendo devorada por el efecto del sunami de lo comercial. El balance es muy positivo, te lo aseguro. De lo contrario ya habría dejado de dar clases.

Son varias, pero hay tres que a mi juicio son imprescindibles: conocimiento (miles de páginas leídas, miles de hojas tiradas a la papelera), perspicacia psicológica para captar lo que demanda cada alumno y encauzarlo adecuadamente, y honestidad en tus comentarios.

Me gusta incidir mucho en la reflexión. Es casi preparar el camino para cuando el alumno deje de ser alumno y se dedique a escribir en soledad. Si no ha aprendido a reflexionar sobre el lugar del texto en el mundo, en su vida, difícilmente podrá avanzar en ese camino infinito.

Son dos maneras de poner en el mundo exterior nuestro mundo interior. Respecto a los concursos lo único que hay que saber es dónde hay fraude seguro y evitar perder el tiempo y el dinero. En España hay de todo y mucho, mucho concurso limpio y mucho fraude, por eso es bueno asesorarse antes de ir a correos con el manuscrito. Lo del afán de publicar es el destino final y lógico de un escrito, ahora bien, si el escritor mientras escribe está pensando en publicar, es una manera barata, muy barata, de vender su alma al diablo.

Es fácil. Hay elementos comunes y sólo doy unas pocas horas de clase a la semana. Pero los cursos de escritura son una forma de tener afinado el instrumento crítico, y esto es imprescindible para poder escribir.

Uf, las dos primeras preguntas darían por sí solas para varias tesis doctorales. Sí te diré que a medida que releo hay unos autores que suben su cotización y otros que la bajan. Entre los primeros están Joyce, Ford, Proust o Dostoievsky. De los segundos, mejor no hablar, aunque para que te hagas una idea, te diré que yo decidí ser escritor (esto jamás se lo he confesado a nadie) porque cuando era adolescente me entusiasmó la lectura de los libros de José Luis Martín Vigil.

Como escritor considero que es obligación buscar alguna vía de innovación. Esto no es nada sencillo, no hablo ya de originalidad con mayúsculas, sino de encontrar algo, mínimo, en nuestros textos que proporcione algo que no esté hecho. Podríamos decir que es necesario experimentar a partir del riguroso respeto por la tradición. Es evidente que esto es más fácil en el relato, porque si te estrellas no lleva tanto tiempo. Pero como en mi consideración de la escritura, estrellarse forma parte del total, no le tengo miedo a pasarme dos o tres años escribiendo una novela que al final es un fracaso. Pero el fracaso de un texto de más de doscientas páginas también es una maravillosa manera de aprendizaje. Así que suelo alternar la escritura de una novela con la de un conjunto de relatos. Ahora estoy en el trienio de los relatos y me lo paso muy bien, tan bien como en el trienio anterior que dio lugar a una novela.

Sí, además procuro compaginarlo todo con otro género que es el de la columna literaria. Género amenazado de extinción, y es una lástima porque España tiene una nómina larga y excelente de columnistas literarios.

Alfonso Fernández Burgos
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