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Adolfo Gilaberte es escritor, profesor de escritura creativa, y coordinador de la sede de la Escuela de Escritores en Getafe desde octubre de 2018, así como de dos de los Clubes de Lectura de las bibliotecas públicas de Getafe.

Máster en Narrativa por la Escuela de Escritores de Madrid, promoción del 2011 – 2013. También ha impartido clases de Escritura Creativa en la Biblioteca Municipal de Ávila, en La Central de Callao, con el taller de Iniciación a la Narrativa Breve: «¿Cuento contigo?» y en la Escuela de Escritores de Madrid con el taller «Escribir el mal».

Autor de la novela Ezequiel, publicada en 2017 por Mármara Ediciones. Obra finalista en el Festival du Premier Roman de Chambéry, Francia, 2018, y de Coleman, su segunda novela, publicada en mayo de 2021 por Mármara Ediciones.

Coleman

Novela
Mármara
2021

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Ezequiel

Novela
Mármara
2017

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Antología
Relee
2016

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Creo que lo primero que debe existir a la hora de plantearse ser escritor es un impulso natural, el deseo. En unos casos, este deseo vendrá acompañado de un mayor o menor grado de talento innato, y en otros de trabajo puro y duro, de tiempo, tesón, voluntad, perseverancia, ilusión, capacidad de sacrificio. Eso no significa que aquel que reúne ciertas cualidades para escribir, le sea más fácil hacerlo. El trabajo, el esfuerzo, creo que es fundamental en cualquier caso.

Para mí es como uno de los vértices del triángulo: leer, escribir, la docencia. Ser profesor me obliga a estar en contacto permanente con la escritura, sus claves, recursos, técnicas, etc. Lo que implica, en mi caso, que todo ese magma teórico no se diluya o vaya olvidándose, sino que permanezca en constante ebullición, vivo. Empecé a dar clase en el año 2008 en un taller de Escritura Creativa de la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Getafe. Estuve tres años, y la experiencia fue magnífica, ilusionante, nutritiva. Después cursé el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid y, al finalizarlo, ya tenía claro que lo que yo quería, o al menos lo debía intentar, era ser profesor de la Escuela.

Por suerte, la mayoría de ellos han sido profesores míos en el Máster, y mi relación con ellos y ellas ha sido siempre cordial, afectiva, muy positiva. A otros los he conocido al haber recibido clase como alumno igual que ellos, y la relación ha sido, y es, igual de buena.

Creo que la principal peculiaridad o cualidad que intento no perder de vista a la hora de dar clase, es la de generar en los alumnos y alumnas el deseo de escribir, las ganas, la ilusión; intento transmitir todo ese entusiasmo que yo siento por la literatura.

Sí, creo que es importante que el profesor, dentro de un marco teórico determinado, deba sentirse con ciertas dosis de libertad para desarrollarlo. Cada cual, ya se sabe, «con su librillo». Además de aplicar, de una forma más indirecta, su experiencia, su carácter y sensibilidad, su percepción del mundo.

Ilusión, compromiso, ganas de disfrutar, de aprender. Creo que son cualidades o estados de ánimo indispensables para cualquier aprendizaje. Y cuando termina, que mantengan todo eso mismo el mayor tiempo posible, porque la escritura no es algo que deba circunscribirse a un taller concreto en el tiempo, sino que debe ser, sin perder tampoco el norte o «los papeles», una actitud duradera, sincera, vital.

Siempre he preferido a los profesores exigentes, son los que más rendimiento han hecho que saque de sus clases. Aprendemos más de nuestras dificultades, de la falta de vanidad, que de nuestros aciertos, destrezas o éxitos. Uno mismo debe ser el crítico más despiadado con su obra, de ahí nace el esfuerzo, la capacidad de superación, los avances. Por tanto, el alumno debería aceptar, siempre y cuando sea de forma constructiva y respetuosa por parte del resto, que el profesor y los compañeros de clase puedan valorar su trabajo sin que eso sea tomado como algo negativo o personal. Humildad, ante todo.

Qué duda cabe que un buen clima, de respeto, distendido, donde se valore la opinión y los gustos del otro, es fundamental para el buen desarrollo de cualquier grupo de trabajo. Pero también es importante que el grupo se apoye, unos a otros se hagan avanzar, sin llegar a la competitividad o las envidias. El buen manejo y modelado de los distintos egos creativos que pueda haber, es también clave para generar un buen clima. No hay que olvidar que a esos alumnos y al profesor les une una misma pasión: la literatura. Y eso hay que saber potenciarlo.

Por supuesto. Todos aprendemos de todos, todos enseñamos a todos. Es una sinergia o simbiosis indispensable. Los alumnos aportan sus experiencias, conocimientos, deseos, miedos y, en la mayoría de los casos, creo que estos son los mismos o muy parecidos a los que tenemos los profesores.

No lo sé. Supongo que primero hay que tener los conocimientos, claro, pero también la pasión y la capacidad para transmitirlos de la mejor manera posible. Y creo que también debería tener la habilidad de dejar en el aire más preguntas que respuestas, es decir, propiciar en los alumnos la duda, entendida como un deseo de querer saber más, de explorar más a fondo en las cuestiones abordadas, de no conformarse con nadar en la superficie.

Los alumnos acuden a los talleres de escritura a aprender a escribir. Esto es obvio. Creo que lo más importante para ellos y ellas es la escritura, leer en clase sus textos, escuchar los comentarios que se hacen, aprender a detectar dónde acierta y dónde falla. El desarrollo de la parte práctica es la que considero que ayuda en mayor medida al aprendizaje.

El tiempo para mis creaciones es caprichoso y todavía no sé de qué depende o de quién. Pero siempre ha estado ahí, es un tiempo que reaparece siempre, sin tener en cuenta el resto de ocupaciones que pueda tener.

Ya no tengo escritores favoritos. Antes sí. Y es posible que sean los mismos de muchos otros lectores y lectoras. Ahora estoy leyendo Nefando, de Mónica Ojeda. Leí hace poco su última novela, Mandíbula, y me impresionó bastante su poética, muy inteligente, de una bella oscuridad. Así que he decidido saber más de su escritura. En general, en los últimos años mis lecturas han estado marcadas por un denominador común: mujeres jóvenes escritoras. Creo que sus propuestas son muy interesantes, de mayor fuerza y crudeza, y asumen riesgos narrativos, desde mi punto de vista, muy interesantes. Pongo como ejemplo a Samantha Schweblin, Mariana Enríquez, Isabel González, María Fernanda Ampuero o la propia Mónica Ojeda.

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