Relatos en Cadena | Resolución

XVI Edición del Concurso: ganadores y finalistas

En esta página se irán publicando los resultados semanales de la XVI Edición de Relatos en Cadena. Cada lunes, en el tramo de 18.00 a 19.00 en el programa La ventana de la Cadena SER, se votarán en directo los ganadores y finalistas de todos los microcuentos recibidos durante la semana.

Ganadora del mes de septiembre: Patricia Collazo

Sueños rebeldes, de Patricia Collazo

Yo, que he vivido tantas vidas, decía mi padre el día de su cumpleaños. Entonces, de los bolsillos del pijama extraía viejos amigos: dos jefes indios, un bombero de Nueva York, un esquimal abrigadísimo, un pelotón de soldados anónimos y un sherpa bajito con el que había escalado el Everest. Ellos se desperdigaban por casa, husmeaban todo, se disputaban el mando de la tele, o jugaban al dominó con nosotros. Cuando los indios encendían una fogata en el pasillo y el bombero abría todos los grifos, mamá se hartaba y los barría a todos hacia la terraza. Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado.

Ganadores y finalistas de septiembre

Ganador: El ingrediente secreto, de Pablo Núñez

Por si la volvíamos a ver volar, la vendedora de globos nos regaló unas flechas con sus arcos. Entrenábamos en el parque usando como diana los sombreros de los caballeros, los bocadillos de los niños y los bolsos de las damas. Muchos fueron los días en que tuvimos que reventarle su mercancía para que bajase. Una tarde que casi se nos escapa, le aconsejamos que ganara peso, empezó a engordar y, desde entonces, se mantuvo firme en el suelo, hasta ayer. La perdimos de vista en el infinito, sin nada en las manos a que pudiéramos disparar, después de que se comiera unos buñuelos de viento.

Finalista: Venganza, de Antonio Aragoneses

Por si la volvíamos a ver volar, Manuel decidió escribir un SOS con piedras en la arena de la playa. Luis y Pablo decidieron levantar una pila de troncos de cocotero rodeada de una gruesa capa de yesca para que prendiera rápido. A Felipe, el insoportable Felipe que había hecho hasta ahora de la vida en la isla un infierno, lo convencí para que subiera a vigilar a lo alto del cerro. Las señales funcionaron y cuando amerizó la avioneta nos tiramos al mar. En un minuto estábamos a bordo, a salvo los cuatro. Felipe no bajo del cerro a tiempo, tampoco pedimos que lo esperaran.

Finalista:  Ángel derribado, de Ánder Balzategi

Por si la volvíamos a ver volar nos quedamos vigilantes. La derribó mi hijo de una pedrada, no sé si era él o ella, eso sí, tenía formas de mujer. Estaba despatarrada en la terraza, un hilillo de sangre en la comisura y sus blancas alas retorcidas. Mis hijos y yo hacíamos guardia en la ventana y en la puerta de la habitación de mi difunto marido. No íbamos a dejar bajo ningún concepto que se llevase su alma al cielo, tenía que haber una confusión y preferíamos esperar a que llegase el otro.

Ganador: Con capa y todo, de Rubén Chamorro González

Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado, mamá se vestía lentamente, un traje, después el otro. Nosotros, descalzos, todavía en pijama, la veíamos hacer a través de la rendija de la puerta. Después nos arreglaba, nos daba el desayuno, nos dejaba en el colegio. Las manillas del reloj se retorcían en mi muñeca hasta que Juani, la niñera vecina, venía a recogernos cuando el sol casi se escondía. De vuelta a casa, siempre mirábamos al cielo por si la volvíamos a ver volar.

Finalista: El día después, de Adrián Pérez Avendaño

Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. Mamá, que apenas podía moverse y con unas enormes bolsas moradas bajo los ojos, preparaba tostadas con mermelada de fresa para todos. Papá nos apartaba el pelo de la frente para besarnos y, acto seguido, marcharse dando un portazo. Mis hermanos y yo cantábamos canciones con la boca llena. Y cuando llegaba la noche, siempre era el mismo ritual: bajo la luz de la lámpara de araña, leíamos la Biblia cogidos de la mano. Luego pedíamos el mismo deseo: que la próxima vez no fuera niña.

Finalista: Costurera, de Ángeles Fumega Riveiro

Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. De mañana reuníamos en una cesta las piezas esparcidas por la habitación y mi madre ocupaba el resto del día en coserlas con la rapidez de quién se enfrenta a una tarea habitual. A la hora de la cena mi padre se había recuperado las condiciones para, al menos, sentarse a la mesa rodeado de sus hijos, que, sin prestar atención a sus costuras frescas, cruzaban apuestas sobre cuándo sería la siguiente vez que estallaría de ira.

 

Ganadora: Sueños rebeldes, de Patricia Collazo

Yo, que he vivido tantas vidas, decía mi padre el día de su cumpleaños. Entonces, de los bolsillos del pijama extraía viejos amigos: dos jefes indios, un bombero de Nueva York, un esquimal abrigadísimo, un pelotón de soldados anónimos y un sherpa bajito con el que había escalado el Everest. Ellos se desperdigaban por casa, husmeaban todo, se disputaban el mando de la tele, o jugaban al dominó con nosotros. Cuando los indios encendían una fogata en el pasillo y el bombero abría todos los grifos, mamá se hartaba y los barría a todos hacia la terraza. Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado.

Finalista: La última reencarnación, de Efraim Centeno

Yo, que he vivido tantas vidas, hacía siglos que no sentía miedo. He desollado mamuts con mis manos ensangrentadas, después de lancearlos. Grité por la sal ardiente sobre mi piel fustigada a latigazos por robar agua a los capataces del faraón Kefrén. Cuando comerciaba con ágatas, he abrazado con pasión los cuerpos más deseados, en las peligrosas tabernas de Cartago. Y en una playa de Japón, canté con la euforia del sake, mientras hacía aterrizar un biplano, poco después de la gran guerra. Pero esta vez, el terror invade mi cuerpo redondeado en un hospital de Uagadugu. En unos minutos, por vez primera, habré sido madre.

Finalista: Última reencarnación, de Francisco Javier Ramos

Yo, que he vivido tantas vidas. Que he reído, amado, llorado y matado. Que he nacido cientos de veces y muerto las mismas. Que puedo recordar todas y cada una de ellas, y las he disfrutado a manos llenas a sabiendas de mi regreso, me veo aquí, cogiendo tu mano fría. Sin saber qué hacer sin ti. Sin saber cómo terminar con lo que ahora, de repente, me parece una maldición.

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