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XV Edición de Relatos en Cadena

Ganadores y finalistas de la Temporada 2021-2022

En esta página se irán publicando los resultados semanales de la XII Edición de Relatos en Cadena. Cada lunes, en el tramo de 18.00 a 19.00 en el programa La ventana de la Cadena SER, se votarán en directo los ganadores y finalistas de todos los microcuentos recibidos durante la semana.

JUNIO

La sombra animada, de Pedro Pérez Alonso

Sonia leía tumbada debajo del enorme árbol que no paraba nunca de crecer. Habían desarrollado entre ellos un vínculo casi simbiótico. Se transmitían emociones, sensaciones y necesidades con imperceptibles movimientos subterráneos parecidos a las cosquillas. Ella, agradecía su sombra protectora y el olor que la brisa perfumaba al atardecer. Él, de vez en cuando, reclamaba pequeñas atenciones que desde niña siempre atendió. Lo regaba cuando hacía calor, dispersando agua por su tierra, ramas y hojas. También, enterraba sus mascotas entre las raíces y algún animalito que se despistaba por el barrio. Últimamente, Roble, le estaba haciendo saber que necesitaba algo mucho más grande.

Ganadores y finalistas de la semana 33 (20/06/22)

Necesitaba algo mucho más grande para poder abrir la puerta del altillo, atrancada desde hacía muchos años. Mamá no me dejó nunca entrar en él. De pequeño me mentía asustándome con la existencia de vampiros y fantasmas.  De más mayor me seguía mintiendo amenazándome con ratas y cucarachas,  consciente de la repulsión que me causaban. Pero hoy, ya adulto, había llegado el momento de abrir de una vez por todas la dichosa buhardilla. Cambié de herramienta y rompí el cerrojo de un fuerte golpe. Penetré en su interior esperando que la claridad iluminara levemente la estancia.

Una mentira más.

Mi padre nunca nos había abandonado.

Necesitaba algo mucho más grande y de las costillas de Eva creó al diplodocus. El velociraptor salió de los pies de Adán y de un brazo de Eva erigió al impresionante triceraptor. Del fémur de Adán, ya sin poder contenerse, modeló al tiranosaurio, su predilecto. Cada nuevo animal era más bello que el anterior y siguió sacándose de la manga, como en trance, estegosaurios, alosaurios, pterosaurios e iguanodontes. Solo quedaban jirones de piel arrugada de la pareja primigenia cuando papá vio lo que había hecho. Le reprendió confiscándole las arcillas de colores y, enfurecido, con la roja hizo una bolita muy pequeña pero suficiente.

Necesitaba algo mucho más grande para llevarse aquel cuerpo. Las bolsas para cadáveres normales no bastaban. Pero ese no era el único problema. Lo que más le preocupaba era cómo explicar su hallazgo. Aunque fuese el policía con más experiencia en homicidios, nadie le iba a creer. Quizá para la mayoría aquello fuese una buena noticia. Pero él sólo podía pensar en que se iba a quedar sin trabajo. Y tenía dos hijos a punto de ir a la universidad. Le quitó la capucha negra para confirmar su identidad. Al levantarse, casi se cayó al tropezar con la guadaña.

Ganadores y finalistas de la semana 32 (13/06/22)

Sonia leía tumbada debajo del enorme árbol que no paraba nunca de crecer. Habían desarrollado entre ellos un vínculo casi simbiótico. Se transmitían emociones, sensaciones y necesidades con imperceptibles movimientos subterráneos parecidos a las cosquillas. Ella, agradecía su sombra protectora y el olor que la brisa perfumaba al atardecer. Él, de vez en cuando, reclamaba pequeñas atenciones que desde niña siempre atendió. Lo regaba cuando hacía calor, dispersando agua por su tierra, ramas y hojas. También, enterraba sus mascotas entre las raíces y algún animalito que se despistaba por el barrio. Últimamente, Roble, le estaba haciendo saber que necesitaba algo mucho más grande.

Sonia leía tumbada sobre una de esas horrendas colchonetas de plástico, bajo una sombrillita hawaiana, mientras sostenía un mojito sin saber que en una de las diminutas piezas de hielo había un iglú y que, dentro de ese iglú, se deslizaba, por la mejilla de un esquimal, una lágrima sobre la que flotaba un enorme transatlántico en cuya cubierta me encontraba yo, sentado en una hamaca, a punto de darle el primer sorbo a mi caipiroska, decorada, por cierto, con una sombrillita hawaiana, sin saber que, en su interior, Sonia leía tumbada sobre una de esas horrendas colchonetas de plástico.

Sonia leía tumbada cuando oyó ruidos en la cocina. Se asomó y vio a un hombre. Este le susurró: «No te asustes, no te haré ningún daño. Tengo que pedirte un favor». Sonia sorprendida le preguntó: «¿Cuál es?». El hombre respondió: «Necesito que me escondas porque hay un policía en el patio». Al cabo de un rato, oyó la puerta. Era el policía. Sonia nerviosa consiguió convencerle de que estaba sola. El hombre salió del escondite y le dijo a Sonia: «Gracias por ayudarme. Ahora tengo que irme». Sonia le dijo: «Tengo que pedirte un favor. Necesito que me lleves contigo».

Ganadores y finalistas de la semana 31 (06/06/22)

“Dominaremos juntos el universo”. Que la radio anunciara que unos científicos zamoranos habían descifrado los garabatos alienígenas que salían en las pantallas me importaba un pimiento; era jueves y tenía mi primera cita con Sonia. Me embadurné con colonia de mi madre y me puse los anillos de papá. Total, desde hacía días andaban hipnotizados frente al televisor. Les limpié la saliva con una servilleta y antes de salir prometí ocuparme de ellos. Después. Las calles tan vacías me pusieron nerviosa; cogí del súper saqueado un ramillete sin flores. Abrí la puerta: al fondo de la librería de su abuela, Sonia leía tumbada.

Dominaremos juntos el universo, dijo. Perfecto, pensé, ideal para un alma universal como la mía. Cenamos en Arzac. Supe que era millonario. Nos casamos, claro. Viajaremos a Marte, aseguró la noche nupcial. Desde entonces, lo miro y veo en él al clásico marciano de los cómics: verde y flaco, con su cabeza y ojos graciosos. El chihuahua lo persigue divertido. La cuestión es que yo también estoy mutando. Cada vez que tenemos sexo, me miro después en el espejo y me veo más verde. Pero también la casa, el jardín…, tiran más a verde. El chucho hace días que se camufla entre la hierba.

Dominaremos juntos el universo les dijo a los demás. Tras muchos siglos siendo envenenadas y aplastadas sin piedad, sus plegarias se cumplieron con la llegada de aquel meteorito.

Una vez el polvo se posó de nuevo, se limpiaron las antenas y salieron en busca de comida, justo cuando se abrió una trampilla en el suelo y apareció aquel hombre con máscara que las pisó sin querer.

MAYO

Telecomunicaciones, de Tomás del Rey

Hígado con destino a Houston enviado por lanzadera para análisis, en paralelo a este telegrama electrónico. Extraído de espécimen capturado nueva especie inteligente. Cocido por mejor conservación. Saludos desde Andrómeda.

Aquí Houston. Recibimos foie sin ninguna explicación. Dedujimos querían celebrar éxito experimento cría de patos en Andrómeda. Sabor delicioso. Ojalá manden pronto noticias vida extraterrestre. No recibimos sus telegramas por interferencias servidor.

Aquí Andrómeda. Preocupados falta comunicaciones suyas. Extraterrestres en primer momento amistosos luego colonizan cuerpos. Emotividad, euforia y mutaciones. Vigilen hígado enviado.

Aquí Houston. Lloramos sin noticias vuestras. Os queremos, tíos. Tercera cabeza creciéndole a Mackenzie. Una risa. Volved y dominaremos juntos el universo.

Ganadores y finalistas de la semana 30 (23/05/22)

Hígado con destino a Houston enviado por lanzadera para análisis, en paralelo a este telegrama electrónico. Extraído de espécimen capturado nueva especie inteligente. Cocido por mejor conservación. Saludos desde Andrómeda.

Aquí Houston. Recibimos foie sin ninguna explicación. Dedujimos querían celebrar éxito experimento cría de patos en Andrómeda. Sabor delicioso. Ojalá manden pronto noticias vida extraterrestre. No recibimos sus telegramas por interferencias servidor.

Aquí Andrómeda. Preocupados falta comunicaciones suyas. Extraterrestres en primer momento amistosos luego colonizan cuerpos. Emotividad, euforia y mutaciones. Vigilen hígado enviado.

Aquí Houston. Lloramos sin noticias vuestras. Os queremos, tíos. Tercera cabeza creciéndole a Mackenzie. Una risa. Volved y dominaremos juntos el universo.

Hígado con destino a Houston, leí en aquella caja que las olas trajeron a mi isla. Luego llegaron restos de la hélice, del chasis… El piloto nunca alcanzaría la orilla porque el mar estaba repleto de tiburones. Imaginé el dolor de sus hijos al enterarse del accidente, la decepción de la persona que esperaba aquel órgano vital al perder una ocasión de oro para seguir viva, quizás la única.  Pensé en los familiares del donante, en la tristeza añadida al descubrir que su ser querido hubiera muerto en vano…, y en aquella isla no había apenas fruta ni podía pescar.

“¡Hígado con destino a Houston!”, indicaba el escueto mensaje de texto que tío Edward nos envió desde Las Vegas. Lo recibimos, envasado al vacío y todavía sangrante, al día siguiente. Supusimos que había pertenecido a alguien adinerado. Nuestro tío, dedicado desde siempre a turbias actividades, llevaba tiempo insistiendo en que lograría sacarnos de la miseria. Sostenía que, devorando las vísceras del prójimo, adquieres su buena o mala fortuna. La experiencia no resultó tan repugnante como sospechábamos. Y es cierto que semanas después nos tocó el premio gordo de la lotería.

Ganadores y finalistas de la semana 29 (16/05/22)

-Puro código y algoritmos -sentencia. Parece que va a dejar de contarme su vida. Por desgracia también es runner y considera apasionante y original que esté al tanto de sus logros. Agota la necesidad de hablar de sí mismos que tienen los hombres insustanciales. Me aburre saber tan pronto como acabará la noche: elegirá los postres, pagará la cena, iremos a ese local, se ofrecerá a acompañarme y aceptará subir a casa. Una pena, creí que hoy sería diferente, que conectaríamos de algún modo. Pero no, esto solo será otra breve nota a pie de página: «Varón, caucásico, A+, Hígado con destino a Houston«.

Puro código y algoritmos. Eso ha sido tu vida. Fuimos para ti solo variables en tu ecuación. Tras precisos cálculos de probabilidad elegiste casarte conmigo, la chica de buena familia, tener el número idóneo de hijos, deshacerte de buenos amigos, rodearte de influentes fantoches, invertir en prósperos negocios, explotar empleados a tu cargo. Tu mente algebraica consiguió el resultado buscado: éxito y dinero.

Pero no supiste medir el grado de infelicidad que generabas a tu alrededor ni la derivada del poder del odio.

Los que te conocen no creerán que no calcularas el peligro de caída en este punto del acantilado. Todos callarán, aliviados.

Puro código y algoritmos. Así terminó, como siempre, su disertación. El auditorio, entregado, rompió en una sonora ovación. Una más. El profesor viajaba por todo el mundo exponiendo con brillantez sus teorías. Los algoritmos, los códigos, lo explicaban todo. Salió del imponente edificio aún con el eco de los aplausos en sus oídos. Su gesto cambió entonces bruscamente. Se le empañó la mirada. Hoy hacía un año de su muerte. Una muerte absurda e inexplicable. Miró a un lado y al otro para cerciorarse de que nadie le miraba antes de entrar en la iglesia.

Ganadores y finalistas de la semana 28: 09/05/2022

Entonces seré yo quien necesite un amigo imaginario, cuando encontrar amigos de verdad sea un milagro. Me quedan solo dos de carne y hueso. A la gente parece no importarle. De hecho me contratan para que les diseñe perfiles de amigos ficticios para ellos o para sus hijos. Hablan, bailan y juegan a través de una pantalla y se creen parte de una cuadrilla. Hoy mismo acabo de crear un nuevo amigo para el hijo de un cliente. Me pasma y me da pena, no sé si el cliente recuerda que el hijo también se lo hice yo, puro código y algoritmos.

Entonces seré yo quien necesite un amigo imaginario. Para discutir de fútbol en la barra del Delicias, para jugar la partida de los jueves en la mesa del fondo, para comentar la evolución de las obras del barrio, para seguir ganando a la petanca los sábados por la mañana.

Así que, dígame, doctor, que tengo algún achaque. Que no voy a ser el último de la cuadrilla en marcharse de este mundo.

Entonces seré yo quien necesite un amigo imaginario para jugar con él. Desde que a Fede le ha dado por esconderse de mí,  extraño su compañía, me faltan sus historias a la hora de dormir y no puedo conciliar el sueño.

Y lo malo es que ya lleva así muchos días.

Mi madre no le da importancia, siempre lo disculpa, se lo perdona todo, es su hijo preferido. Pero ante mi insistencia, me habla cariñosamente, me dice que no me preocupe, que sueñe con él y así estará conmigo. Después apaga la luz y sale de la habitación. Sus besos me reconfortan. Sus lágrimas me intranquilizan.

Ganadores y finalistas de la semana 27: 02/05/2022

Recorro su cabecita con mis membranosas manos, ella acaricia las escamas de mi piel. Desde el agua, la observo caminar en soledad por la orilla del estanque, sabiendo que el tiempo que nos queda es escaso. Con cada tic-tac del reloj, Ana se separará un poco más de mí. Siento cómo me abandona, cómo olvida incluso mi nombre. Me agobia no poder seguirla hasta el final del trayecto, mas no hay lugar para alguien como yo en aquello que llaman madurez. ¿Qué ocurrirá cuando la única persona que sabe que existo deje de pensar en mí? Supongo que entonces seré yo quien necesite un amigo imaginario.

Recorro su cabecita con mis membranosas manos mientras pienso que es la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra. Apenas lleva unas horas conmigo, pero ya he decidido que lo cuidaré como si fuera mi propio cachorro, le enseñaré a volar y a escupir fuego y juntos arrasaremos los pueblos de la comarca. Su madre duerme, agotada tras el parto. No sé qué haré con ella cuando despierte. ¡Cómo iba a imaginar que estaba encinta! Definitivamente, tengo que dejar este vicio absurdo de secuestrar princesas.

Recorro su cabecita con mis membranosas manos buscando el origen de tanta sangre. Localizo una brecha en la sien. Machaco unas hojas de planta milagrosa, las mezclo con mi saliva y las coloco sobre la herida. Enseguida siento cómo sus signos vitales se estabilizan. Aprovecho para recomponer sus ropas. Se oyen unas voces entre los árboles; una pareja se acerca. «¿Dónde se habrá metido? ¡Solo me despisté un segundo!», exclama el hombre. Percibo la mentira en su voz. Y cosas peores. Al descubrirnos, la mujer grita horrorizada: «¡Apártate de nuestra hija, monstruo!». La niña despierta y en cuanto ve a su padre, se abraza a mí aterrada.

ABRIL

Lo único que pudimos hacer, de Ignacio Hormigo de la Puerta

Ahogado en la laguna encontramos a Dardo, el podenco de Eneko. Le había atado una piedra al cuello, pero el cadáver, hinchado, acabó por salir a flote. Después fue la yegua de Jon, la dejó patas arriba en medio del prado, su vientre abierto, lleno de tierra, sembrado de margaritas y amapolas. La siguieron las vacas de Elizalde. Sus doce cabezas formaban un círculo perfecto, mirándose las unas a las otras con idéntico estupor. Aquella noche quemamos su casa mientras dormía. Sabíamos que algo terrible llenaba su alma de un cieno negro, que no iba a poder parar, que los siguientes serían los niños.

Ganadores y finalistas de las semanas 24 - 26

Los siguientes serían los niños, según decían en el pueblo. La primera luna llena, la marea alta trajo a la orilla el cuerpo de un hombre. La segunda, fue una mujer. Dicen las leyendas, que las sirenas salen de su arrecife al atardecer, y el mar devuelve sus víctimas al alba. Hoy es luna llena, y las madres han encerrado a los niños en sus casas. Pero el farero no ha hecho caso de los rumores, y su hija ha vagado libre por el acantilado, y yo la he encontrado. Lástima, pienso, mientras recorro su cabecita con mis membranosas manos.

Los siguientes serían los niños. El matrimonio ya había elegido a una de las niñas del orfanato, rubia, ocho años. Niños sólo había cuatro, morenos. Los observaron, les hicieron varias preguntas y eligieron al más espabilado.

La nueva familia desapareció en su vehículo dejando una nube de polvo flotando sin respuesta. Un niño y una niña se quedaron mirándola más tiempo que los otros huérfanos. La niña cogió un dedo del chico, que gimoteaba, y lo aproximó al vidrio roto de la ventana, sangró. Hizo lo mismo con su dedo índice y los unió.

—No llores, ahora somos hermanos —dijo ella—. ¿Cómo te llamas?

Los siguientes serían los niños de educación especial con sus madres. El rey se había preparado a conciencia, quería volver a tenerlo entre sus brazos, aunque fuera solo un instante. Al llegar su turno, el chaval lo miró a los ojos, pero el rey pensó que era imposible que lo reconociera. La peluca escondía su calvicie prematura y, además, había pedido ser Baltasar. También había ensayado un cambio en el tono de voz, por si acaso. No hizo falta, se quedó mudo cuando el chaval le dio la carta:

—Dile a papá que vuelva a casa, que a mamá ya se le ha pasado.

Ahogado en la laguna encontramos a Dardo, el podenco de Eneko. Le había atado una piedra al cuello, pero el cadáver, hinchado, acabó por salir a flote. Después fue la yegua de Jon, la dejó patas arriba en medio del prado, su vientre abierto, lleno de tierra, sembrado de margaritas y amapolas. La siguieron las vacas de Elizalde. Sus doce cabezas formaban un círculo perfecto, mirándose las unas a las otras con idéntico estupor. Aquella noche quemamos su casa mientras dormía. Sabíamos que algo terrible llenaba su alma de un cieno negro, que no iba a poder parar, que los siguientes serían los niños.

Ahogado en la laguna, aparece el cuerpo de un anciano. Lo rescatan los patrulleros. Tras aplicarle el boca a boca y practicarle un masaje cardíaco, sus pulmones expulsan en un sublime estertor el agua que les sobra, y vuelve milagrosamente a la vida. No se sabe si ha perdido la memoria o no quiere saber nada de la condición humana, el caso es que le explica a la trabajadora social que quiere que le devuelvan al agua, se siente como un pez y desea seguir flotando en paz el resto de su muerte.

Ahogado en la laguna encontraron al viejo pescador. Dicen que hace años, se le ahogó una hija allí mismo, que estaba borracho y que aún rumia la culpa. Desde que murió su mujer, acudía cada tarde a ese lugar para reencontrarse con la pequeña. Dicen que se arrojaba sonriendo, con los bolsillos llenos de piedras. Que, cuando llegaba al fondo y sus pulmones rebosaban agua, algún tritón avisaba a la niña, que lo vaciaba y acomodaba en tierra firme hasta que se recomponía. Dicen que tanto dolor lo volvió loco y dicen, también, que desde su nicho la esposa ha celebrado este desenlace.

Su reflejo le espera, impaciente, flotando en el agua cristalina. Observa sus penetrantes ojos mirándole fijamente y se siente tranquilo al volver a ver a su padre sonriendo. Le cuenta cómo está sembrando la huerta y lo difícil que resulta mantener las ovejas. Algunos días se levanta el cierzo, las ramas de los chopos se agitan y los brazos de su padre se mueven pidiendo ayuda. Intenta cogerlos, pero solo consigue crear un remolino. Vuelve entonces ese terror insondable al verle desaparecer de nuevo, ahogado en la laguna.

Su reflejo le espera, impaciente. Han quedado para celebrar su cumpleaños. Cuando llega, el reflejo está contento. «Treinta ya», dice mirando al espejo. El reflejo le contesta mostrando varias canas en las sienes y alguna arruga en la comisura de los ojos. «Bueno, venga, lo reconozco, son treinta y cinco», mientras el reflejo, apesadumbrado, niega con la cabeza. «Está bien, cuarenta» y el reflejo sonríe con cara de satisfacción. Antonio se marcha. El reflejo puede quitarse ya el maquillaje y las correas de estiramiento de ojos. Los párpados vuelven a caer, las bolsas se hinchan. Nadie más que Antonio va a venir a verle.

Su reflejo le espera, impaciente, escondido en el marco del espejo, deseando conocerle y, ojalá, sorprenderle gratamente. Disimule cualquier amago de decepción; mírele a los ojos, mantenga la mirada y sonríale, aunque le cueste. Hágale sentir bienvenido; no debe defraudar a quien ansía complacerle e imitarle con tanta vehemencia. Hágale muecas y explore la versatilidad de su fisonomía. No desista, y descubrirá el grado de perfección de ese calco suyo. Sagaz, sensible… Le ayudará a encontrar las palabras más certeras si ensayan juntos entrevistas, confidencias, arengas y parodias… Él sólo conoce de usted su porte ante el espejo, ajeno al dolor de las quemaduras.

Marzo

7 años, de Héctor Bataller

—¿Qué tal mil euros? —insiste él—. En efectivo.

Un perro ladra tras el muro de la finca.

—Entras, lo coges y te vas.

—¿Por qué es tan importante ese espejo? —pregunta ella.

—Si te lo digo, ¿lo harás?

—Quiero entenderlo.

El hombre se acerca a su oído. La chica aprieta los ojos. Se estremece.

—Lo siento —contesta ella—. Espero que pueda recuperar su reflejo de otra forma.

Ella se marcha.

Él se queda mirando al muro. Dentro, su reflejo le espera, impaciente.

Ganadores y finalistas de las semanas 21 - 23

—¿Qué tal mil euros? —insiste él—. En efectivo.

Un perro ladra tras el muro de la finca.

—Entras, lo coges y te vas.

—¿Por qué es tan importante ese espejo? —pregunta ella.

—Si te lo digo, ¿lo harás?

—Quiero entenderlo.

El hombre se acerca a su oído. La chica aprieta los ojos. Se estremece.

—Lo siento —contesta ella—. Espero que pueda recuperar su reflejo de otra forma.

Ella se marcha.

Él se queda mirando al muro. Dentro, su reflejo le espera, impaciente.

¿Qué tal mil euros? Con eso tienes para pegarte una buena juerga antes de retirarte a descansar. No, no me mires con esa carita de pena, ya sabes que no puedes quedarte aquí. Elena está harta, y las niñas tienen pesadillas contigo. Hemos pasado muy buenos ratos juntos, pero es hora de que te vayas y me dejes vivir mi vida.  En serio, lamento haber usado aquella güija, pero te echaba tanto de menos después del accidente… Va, no llores, que prometo ir a verte todos los meses y limpiarte el nicho de vez en cuando.

“¿Qué tal mil euros?”, me preguntó dubitativo. Su mirada delataba desesperación. “Es todo lo que tengo”, me suplicó. Los años me han vuelto blando de corazón y no pude negarme. Empezó a sacar de sus bolsillos billetes sueltos, hechos un bollo, que me iba entregando con manos temblorosas. Esto me acabó de enternecer. Me propuse ofrecerle un servicio especialmente cuidadoso a pesar de la ridícula suma del pago. Pasé mi brazo por encima de sus hombros y recorrimos en silencio el camino hacia mi casa. Tuve la excepcional delicadeza de ponerle una venda en los ojos antes de bajar con él al sótano.

Podrían confundirla con la de papá si hablas poco, con frases cortas. Pones voz de asustado y dices cosas como «Esta gente no bromea; por favor, paguen lo que les pidan», como si estuvieras llorando. Y si no te creen, les mandamos un dedo, como en aquella película. No pongas esa cara, ya se lo cortaré yo. Lo que no se creerán es que fue un accidente, así que es mejor mi plan. Nunca sospecharán de nosotros y, de paso, conseguimos el dinero que necesitamos. ¡Ojalá nos lo hubiera dado él! Eso sí, tenemos que pedir mucho más, para parecer profesionales. ¿Qué tal mil euros?

Podrían confundirla con la de papá, aunque su perilla era inimitable: impecablemente recortada, asimétrica y perfumada, como de aristócrata victoriano. Ese no era papá, desde luego. No obstante, mamá reconoció el cadáver, salimos de la morgue, nos fuimos a casa e incluso celebramos un funeral al día siguiente con el tipo aquel metido en una cajita de pino.

De papá no hemos vuelto a saber nada desde que dijo que bajaba un momento a por tabaco, hace ya un par de meses. Y a mamá se le ha puesto cara de viuda.

Podrían confundirla con la de papá, la furgoneta parece la misma, pero yo sé que no es. La de papá no corre tan rápido ni va haciendo eses a lo loco, además, aunque en la tele se vea chiquito, el señor que la conduce lleva puesta la capucha del anorak, y como no ve, va chocándose con todos los coches de policía que se cruza, pero papá nunca conduce con capucha y siempre me dice que si veo un coche de policía le avise para que él gire hacia otro lado y así poder dejarle paso. No, seguro que esa no es la furgoneta de papá.

Dándole vueltas al último contrato, que he suscrito para obtener un préstamo personal, observo esa rúbrica y me trae recuerdos. Yo era el típico rebelde. Me marché por vez primera de casa a los doce años para evitar una ducha innecesaria. A los trece di el segundo portazo porque pretendían imponerme una visita al barbero. Entre los catorce y los diecisiete me escapé una veintena de veces por diferentes motivos. He cumplido los cuarenta y sigo viviendo con mis padres. Muchos días, por pereza, ni siquiera salgo a la calle. Y mi firma, antes tan original, ahora podrían confundirla con la de papá.

Dándole vueltas al último contrato se preguntó si había sido realmente él quien había firmado semejante disparate. Vale que lo estaba pasando mal, que Laura le había dejado, que no le gustaba su trabajo, ni su familia, que llevaba un tiempo bebiendo más de la cuenta, pero… ¿aquello? Levantó la vista y miró a través de la ventana de plástico acrílico de diez centímetros de grosor. Allí fuera solo había una tierra rojiza y reseca como un torrezno hasta donde alcanzaba la vista. Nada más. Nada. Marte resultaba mucho más amenazador de lo que había imaginado.

-Dándole vueltas al último contrato. Así pasé la noche. Solo. No, no tengo coartada, pero yo no lo mate. Lo juro.

El policía estaba confuso y yo sólo tenía que aguantar un poco más, hasta que apareciese el segundo cadáver y me soltaran. Misma arma y modus operandi, víctima similar… pero asesinado mientras yo estaba en comisaría.

En el fondo, no les engañé. Esa noche, mientras disparaba a mi jefe, me tranquilicé pensando en el último contrato, el que firmé para que mataran con la misma pistola a un pobre diablo que me serviría de coartada por parecerse demasiado a aquel viejo cabrón.

Febrero

El unicornio azul, de Carlos Guillermo Ortuño

«A mí me parecen manchas de rotulador, azuladas. Una especie de dibujo cutre en el brazo corrido por el sudor», pensó el inspector frente al cuerpo inerte del atracador. Su experiencia le hacía intuir que se trataba de un ardid para dificultar la investigación. No era mala idea aparecer en lo recogido por las cámaras de seguridad de la joyería con un falso tatuaje.

Mientras, al otro lado de la ciudad, Carmen apuraba un vaso de leche con galletas junto a su estuche de rotuladores. A ver si papá no llegaba tarde del trabajo y le terminaba el unicornio que ayer empezó a dibujarle en el brazo.

Ganadores y finalistas de las semanas 18 - 20

No había flecha que le pudiera hacer daño, tampoco las balas. Era un corazón a prueba de bomba, el último ingenio de la casa MERCEDES, con tecnología 8G. Se instalaba con una simple operación, siempre estable, siempre con un bombeo regular de sangre para optimizar la vida útil de las células. Una garantía para una vida larga y cómoda.

Cuando salió del hospital se sentía contento, caminaba sin esfuerzo, corrió unos metros y se sintió nuevamente joven. Al doblar la esquina se tropezó con María, pero esta vez su corazón no se aceleró, no tartamudeo al hablar y pudo seguir camino del trabajo dándole vueltas al último contrato.

No había flecha que le pudiera hacer daño, ni espada, ni bala, ni bomba. El prototipo de humanoide 10.0 era el mejor de todos. Estaba listo para presentarlo a toda la galaxia. Justo el día anterior a su lanzamiento estelar, algo falló: dejó de comer, beber, incluso de dormir. Se acurrucó en un rincón y fue apagándose poco a poco. No sabemos por qué, quizá tuviera que ver con el hecho de que nos deshicimos de otros humanoides defectuosos, a los que él tenía la rara costumbre de llamar familia.

No había flecha que le pudiera hacer daño ni existía ningún futuro. Aquello no podía seguir. Aquel no era su mundo y solo había una manera de salir de allí. Lo besó con delicadeza. Ignoró las súplicas de su corazón. Se giró y saltó por la ventana. Cuando se levantó sin ningún rasguño del duro pavimento supo que había vuelto. Abrió el comic que llevaba en el bolso por la última página y allí estaba él, con la expresión de terror en el rostro y la mano extendida hacia la ventana por la que acababa de saltar. El anillo resbalaba de su palma al lado del “Fin”.

Ayer empezó a dibujarle en el brazo unas venas que se unían con otras hasta llegar al pecho. Allí le pintó un corazón como los que había visto dibujados en su libro de Ciencias. No le faltaba ni un detalle. Cuando estuvo terminado le dio un masaje con los pulgares, esperó unos segundos y lo volvió a intentar, esta vez con más fuerza. De pronto notó un bombeo de sangre que inundó todas las venas. Después abrió la carne para extraer la flecha que le había partido su corazón anterior, satisfecho porque estaba seguro de que a este nuevo no había flecha que le pudiera hacer daño.

Ayer empezó a dibujarle en el brazo. Poco a poco los trazos iban formando un rostro. Lola me miraba con una sonrisa irreal, como un sol de invierno divisado desde una ventana que ofrece un calor que no posee. No le dije nada, no quería oírme. Ni a mi ni a nadie. Me limité a sostener su bolso y devolverle la sonrisa más sincera que tenía, mientras el tatuador terminaba el dibujo de su hija en su brazo. Esperé hasta que ella rompió el silencio. No me sentía con derecho a hacerlo. Al final lo hizo descargando mis hombros de un peso insoportable.

— Me apetece un café.

Ayer empezó a dibujarle en el brazo izquierdo las fórmulas y teoremas más complejos del temario de Ciencias. Hoy, en el brazo derecho, ha transcrito los hechos más notables de la Historia Contemporánea de España, con especial atención a la Guerra Civil, que le ha cabido prácticamente entera en el codo. La muñeca, eso sí, se le ha quedado algo corta para la complejidad de la Transición. Le mira, embelesada ante su propia obra. La exquisitez de la caligrafía, la precisión del dibujo, la belleza del conjunto. Puede que su hijo no sea el más listo, pero sí es el que mejor preparado va a los exámenes.

«A mí me parecen manchas de rotulador, azuladas. Una especie de dibujo cutre en el brazo corrido por el sudor», pensó el inspector frente al cuerpo inerte del atracador. Su experiencia le hacía intuir que se trataba de un ardid para dificultar la investigación. No era mala idea aparecer en lo recogido por las cámaras de seguridad de la joyería con un falso tatuaje.

Mientras, al otro lado de la ciudad, Carmen apuraba un vaso de leche con galletas junto a su estuche de rotuladores. A ver si papá no llegaba tarde del trabajo y le terminaba el unicornio que ayer empezó a dibujarle en el brazo.

A mí me parecen manchas de rotulador, pero quién sabe, los niños meten la mano en cualquier lado. Miguel sale a la pizarra y empieza a leer su relato. La clase aplaude y sale Laura. Ella también tiene los dedos manchados. Seguro que ha estado jugando con Miguel a pintarse las uñas. Laura acaba de leer su cuento y llamo a Juan, que se sienta en el otro extremo del aula. Sus dedos también son multicolores. «Un monstruo mágico», empieza a leer. No es hasta después de la última frase, «Ayer me mordió.», cuando miro mis propias manos.

—A mí me parecen manchas de rotulador —pronunció en tono serio el agente —no puedes salir de la ciudad, todos tenemos familiares al otro lado, lo siento —sentenció apartando al niño de un manotazo.

Este se dio la vuelta alejándose de la cola de los infectados, arremangados hasta los codos para mostrar las manchas rojizas que advertían del contagio.

Cuando su madre le vio regresar, se precipitó a él emocionada.

—Pero, ¿cómo…?

El pequeño se limitó a sonreír levantando el rotulador con el que había superpuesto las manchas falsas a las otras.

La madre lo ocultó bajo su manta y cambió de calle, para evitar suspicacias vecinales.

Enero

Volver a casa, de Raúl Aragoneses

Ahora golpearé la tumba con los nudillos. La señal acordada: seis golpes cortos. Apenas se abra la lápida, los críos se me tirarán al cuello. «Papá, ¿qué nos traes?», preguntarán mientras les reparto balones, cromos, algún pajarillo medio seco, antes de que salgan corriendo por el camposanto. Después entraré a verla ella. Me dirá que estoy más flaco, que no me cuido, pero que aún le gusto. Alabaré la limpieza y lo bien que huele siempre. Se quejará de la muerte que lleva, de la ausencia. Será entonces cuando se lo cuente: he ganado la plaza de sepulturero municipal. Y la abrazaré con cuidado para no romperla.

Ganadores y finalistas de las semanas 14 - 17

En el congelador hay Manolo para rato, ya estaba cuando empecé a trabajar y ya soy veterana. Los pacientes de las demás cápsulas se han descongelado a medida que se descubrían medicamentos para sus enfermedades y vuelto a congelar con nuevos pacientes con enfermedades sin cura. Pero el caso de Manolo es muy especial, su mujer insistió mucho en lo contagioso que era. Fue aparecer las manchas azules y al día siguiente … congelado. Pero por más que lo miro a mí me parecen manchas de rotulador.

En el congelador hay Manolo para rato, parece que el aparato de tele-transportación en frío ha vuelto a fallar en pleno viaje. Es una lástima que le haya tocado a este terrícola, porque nos resultaba especialmente simpático. Y no parecía tonto del todo, porque en vez de los sonidos propios de su especie («socorro», «comida», «cabrones», …), producía otros mucho más intrigantes («paz», «mamá», «chocolate», …). A veces hasta pensábamos que quería decirnos algo, sobre todo cuando los acompañaba con unas pequeñas gotas de agua salada saliendo de sus ojos. Lo vamos a echar mucho de menos en el laboratorio.

«En el congelador, hay Manolo para rato», me dice mi ayudante mientras lo extrae con dificultad de la cámara frigorífica. Cierto, Manolo, vecino de Villagenil, orgulloso padre de tres hijos… borracho de fin de semana, era un tío gordo como un manatí. Desnudo y manso sobre la mesa de autopsia nadie diría que fuese culpable de la muerte de toda una familia. Miro esa boca de medusa, y recuerdo cómo se ufanaba tras el juicio por el error del forense con las analíticas. Mi ayudante me observa sorprendido: le debe resultar extraño que no tenga que mirar el cadáver para describir cada una de las doce cuchilladas.

Tengo que cocinar un poco peor o lo arruinaré todo. Si sigo haciendo estos deliciosos hígados encebollados y riñones al jerez, el policía que está investigando la desaparición de mi marido no dejará de venir al mediodía con la excusa de seguir indagando. Anda que no le gusta comer bien al condenado. A partir de ahora, acelgas y tortilla a la francesa cada día, ya verás lo rápido que deja de revolotear por aquí como un moscón. Ya habrá tiempo para guisar unos buenos sesos. En el congelador hay Manolo para rato.

«Tengo que cocinar un poco peor o lo arruinaré todo otra vez», pensaba cada noche. Con lo que le había costado reunir el valor y las pastillas suficientes. El plan estaba claro: machacar un buen puñado y echarlas directas al postre. Pero no había noche en que su marido no estallase en halagos al probar la primera cucharada de la cena. Y ella sonreía. Y retrocedía 30 años. Y decidía perdonarle la vida un día más, porque sólo entonces aquel monstruo parecía transformarse en el hombre bueno con el que un día se casó.

Tengo que cocinar un poco peor o lo arruinaré todo, aunque según mi mujer ya es tarde; moriré de éxito. Aun perdido en este pueblecito de Wisconsin, mi cocina de fusión ítalo-japonesa ha merecido una estrella Michelin. Al agente John Smith, de protección de testigos, no le pareció tan buena noticia como a  mí. Y ahora acaba de sentarse en la mesa nueve Salvatore Provenzano, el asesino que envía la mafia cuando no quieren cometer errores. Ha pedido el plato especial de la casa y poder ver al chef. Espero que disfrute de  mis tallarines con sashimi de pez globo.

La abrazaré con cuidado para no romperla, los humanos son muy frágiles y aún no controlo demasiado estos apéndices de carne y hueso. Lo principal es demostrarle cariño y que no sospeche que no soy su marido. Creo que estoy haciendo un trabajo excelente: limpio la casa, dejo y recojo a los niños del cole y más o menos me apaño para cumplir con todas las tareas que me pide. Aunque esta mañana, cuando le llevé el desayuno a la cama, me dijo que eran las mejores lentejas con chorizo que había probado en su vida; tengo que cocinar un poco peor o lo arruinaré todo.

«La abrazaré con cuidado para no romperla, te lo prometo, papá». A pesar de su carita de niña buena y de su voz angelical, yo sabía que me estaba mintiendo, pero después de ver lo que le había hecho a su madre, me aparté y la dejé acercarse a la cuna para que cogiera en brazos a su hermana.

«La abrazaré con cuidado para no romperla», dijo cuando se la regalaron. Nada más quedarse el cuarto a oscuras, unas luces de colores comenzaban a encenderse y apagarse siguiendo una secuencia. El mecanismo funcionaba mediante una célula fotoeléctrica que aquella especie de muñeca de mirada hipnótica llevaba integrada en su espalda. Cantaba simultáneamente el artilugio una nana tras otra, hasta que un segundo sensor detectaba que su dueña se había quedado dormida. Si a lo largo de la noche percibía que se desvelaba, reanudaba su repertorio. Durante los breves períodos de vigilia la niña podía oír, amortiguadas, las risas de sus padres disfrutando de la noche.

Ahora golpearé la tumba con los nudillos. La señal acordada: seis golpes cortos. Apenas se abra la lápida, los críos se me tirarán al cuello. «Papá, ¿qué nos traes?», preguntarán mientras les reparto balones, cromos, algún pajarillo medio seco, antes de que salgan corriendo por el camposanto. Después entraré a verla ella. Me dirá que estoy más flaco, que no me cuido, pero que aún le gusto. Alabaré la limpieza y lo bien que huele siempre. Se quejará de la muerte que lleva, de la ausencia. Será entonces cuando se lo cuente: he ganado la plaza de sepulturero municipal. Y la abrazaré con cuidado para no romperla.

Ahora golpearé la tumba con los nudillos y pegaré la oreja a la lápida de mármol. Sus instrucciones fueron bien claras: desde el sepelio, repetir este procedimiento a diario hasta oír tres toques en respuesta; entonces, levantar la losa y sacarlo del ataúd. Los primeros días aguzaba el oído y contenía el aliento; con el paso de los meses lo hacía ya por rutina al llevarle flores frescas. Hoy, tras doce años, por fin han sonado los tres golpes. He arreglado las flores y me he alejado con calma, mientras los golpes seguían resonando frenéticos a mi espalda.

Ahora golpearé la tumba con los nudillos y vuestro padre volverá a la vida. Con esas palabras completó su conjuro el brujo que mi hermano y yo habíamos contratado. Buscábamos así una segunda oportunidad, ya que no habíamos prestado demasiada atención a nuestro padre cuando vivía. Ni siquiera habíamos asistido a su entierro. Bastaron tres golpecitos sobre el mármol frío para que el sepulcro se abriera desde dentro. Lástima que nos equivocáramos de tumba… y que desde entonces tengamos que hacernos cargo del tío Venancio.

Diciembre

Vuelta a casa de madrugada, de Alberto Moreno Sánchez

Quien se tomó primero el café fue Nacho, para no dormirse al volante. Tú y yo salimos detrás, y volvimos a montarnos en el coche, en silencio. Quizás sería la borrachera, o ese zumbido que presagiaba resaca… El caso es que durante aquel extraño trayecto de regreso tuve una visión cuántica, en la que el coche arrollaba a un gato a cámara lenta, luego retrocedía, volvíamos a ver el gato muerto, volvíamos a atropellarlo, marcha adelante, marcha atrás… en un bucle enlentecido pero eterno. En esas tú seguías sin mirarme y yo, quizá avergonzado por lo que te había dicho, deseaba desaparecer. Igual que el gato.

Ganadores y finalistas de las semanas 11 - 13

Igual que el gato de repente me suelta un silbido, las serpientes, criaturas silenciosas por naturaleza, me hablan del paso del tiempo. Las moscas, con el batir de sus alas, no paran en todo el día de programarme actividades. Las hormigas en peligro de extinción me insisten que están demasiado viejas para ciertos trabajos. Con ellas tengo mucho en común. De tanto cortar la madera con los dientes se me han quedado lisos y a la mitad de su tamaño. Después de tomarme un mes de vacaciones, ahora golpearé la tumba con los nudillos.

Igual que el gato de Alicia, voy desapareciendo por partes mientras te cuido. Primero se desvaneció mi nombre entre la niebla, y acabé siendo “tú, ¿me traes agua?” Luego rechazaste mis achuchones y perdí los brazos. Las piernas me temblaron hasta diluirse cuando te oí llamarme de usted. Ahora siento cómo se difumina mi cuerpo si me preguntas qué hago aquí, y si no tengo un novio para pasear y echar la tarde. ¿Habrás olvidado al gato aquel del cuento que me contabas de pequeña? Porque ya solo aspiro a ser la sonrisa que te alumbre cuando todo lo demás se borre.

Igual que el gato que se comía mis deberes de pequeña, ahora hay una araña en mi cama que en ocasiones me atrapa y me hace llegar tarde al trabajo. Mi jefe lo disculpa pensando que es mi forma de explicarle que me cuesta madrugar, pero es real, tan real como la familia de osos polares que vive en el congelador o el castor que está construyendo una presa en mi bañera. Dejaré que siga en su error, seguro que la verdad lo asustaría, incluso podría despedirme, es de esos a los que no les gustan los animales…

Quien se tomó primero el café fue Nacho, para no dormirse al volante. Tú y yo salimos detrás, y volvimos a montarnos en el coche, en silencio. Quizás sería la borrachera, o ese zumbido que presagiaba resaca… El caso es que durante aquel extraño trayecto de regreso tuve una visión cuántica, en la que el coche arrollaba a un gato a cámara lenta, luego retrocedía, volvíamos a ver el gato muerto, volvíamos a atropellarlo, marcha adelante, marcha atrás… en un bucle enlentecido pero eterno. En esas tú seguías sin mirarme y yo, quizá avergonzado por lo que te había dicho, deseaba desaparecer. Igual que el gato.

Quien se tomó primero el café perdió su oportunidad, se le veía ansioso, atropellado al hablar. De los cuatro restantes dos resultaron excesivamente apocados, de un buenismo artificial e impostado. Los otros dos dijeron sin tapujos que se quedarían con el dinero y como uno de ellos, el de la ceja partida, había dado valores muy altos en el test psicotécnico, decidió que ése era el candidato idóneo para ser el yerno de su jefe. Los cinco candidatos abandonaron la sala. Ahora tocaba lo más difícil, diseñar un encuentro casual, escenificar un montaje, hacer que ella cayese locamente enamorada del de la ceja partida.

Quien se tomó primero el café dejó pasar unos segundos, apoyó de nuevo la taza sobre la mesa y respirando con dificultad, comenzó a llorar como un bebé. El segundo no tuvo tanta suerte, tras el primer sorbo cayó fulminado sobre la mesa, mientras el tercero observaba la escena luchando por tragar saliva. La cuarta en beber fue mamá, que lloraba desconsolada. Ella sabía que papá tenía problemas con el juego, pero nunca imaginó que fuera capaz de llegar tan lejos.

El segundo volumen de su preciada colección de libros de toxicología estaba cambiado de sitio en la estantería. Se dio cuenta justo cuando iba a tomarse el café que le había preparado su hermanastro para hacer las paces sobre el tema de la herencia. Dejó la taza en el plato, empujó lo necesario la cucharilla para que cayera al suelo y pidió que le trajera otra de la cocina. Ya más tranquilo, se puso dicharachero y esperó removiendo la cucharilla en la taza, hasta que fue su hermanastro quien se tomó primero el café.

El segundo volumen de su preciada colección escondía los ahorros de toda una vida, en el quinto se encontraban las joyas, y en el octavo, la colección de piedras preciosas. Pensó que les gustaría encontrar tan grata sorpresa; que sería como hacerles un regalo desde el otro mundo. Lo que no esperaba eran las bolsas de basura, ni la indiferencia al tirarlos sin abrirlos siquiera.

El segundo volumen de su preciada colección de mariposas disecadas fue lo único que heredé de mi tía Sagrario. Cuando sus hijos y yo salimos del notario, ellos trataban de disimular, con rostro forzadamente apesadumbrado, la alegría por la lluvia inesperada de millones. Sabían que su madre tenía dinero, pero no tanto. En realidad, con ella hablaban poco, yo era su cuidadora a tiempo casi completo. Fuimos a tomar un café, nos sentamos y los tres empezaron a hablar de los impuestos, de la rentabilidad, de los problemas del dinero. Nos trajeron la cuenta. Tres euros cada uno, dijo mi primo. No, perdón, tres con quince, corrigió.

Noviembre

Hermanas, de Francisco Javier Ramos

Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar. No es lo que más le gustaba, pero crecen para abajo. Don Servando nos había contado que los antiguos egipcios enterraban a la gente con sus pertenencias. Para usarlas en la otra vida. Pero mamá no me dejó meter nada en la caja de Manolita. Hoy me he vuelto a encontrar otra nota manchada de tierra. Solo pone osito. Pero es su letra.

Ganadores y finalistas de las semanas 7 - 10 

El bueno de Juan no denunciará a su vecino por poner la música a todo volumen la noche pasada, tampoco protestó cuando lo pilló rayándole el coche. Cuando los del bar le palmean con fuerza la espalda y le gastan bromas sobre sus orejas, él siempre sonríe y cuando su madre le reprocha constantemente su timidez, él asiente. Hace mucho tiempo que aprendió a manejar estas pequeñas cosas de la convivencia. Esta noche sacará una hormiga del terrario, le clavará la uña lentamente y con precisión la añadirá a su álbum, junto al nombre “vecino”. Pronto completará el segundo volumen de su preciada colección.

El bueno de Juan siempre fue poeta. Cuando nació, sus primeros llantos fueron pentasílabos asonantes y la matrona exclamó: «¡Qué bonito llora este niño!» Luego, todo fueron complicaciones.

En la escuela se distraía y no consiguió terminar ni un problema de matemáticas. Siempre andaba escribiendo en su libreta, ensimismado, y los compañeros le marginaban.

Un día, ante la consternación general, se subió a la azotea y saltó. Pero, inesperadamente, abrió los brazos y voló sobre las azoteas. Sobrevoló, sonriendo, los campos, hasta que unos cazadores le abatieron, precipitándose malherido. Corrieron, pero solo pudieron escucharle agonizar.

—Era hermoso desde arriba —susurró.

Aún humeaban los cañones.

El bueno de Juan observó como María rodaba por las escaleras desnucándose. Gritó y maldijo a Alex por haberla empujado. Llamó una y otra vez a Oscar, su abogado, para que lo ayudara como en otras ocasiones, sin que este hiciera acto de presencia ninguna. Las sirenas de la policía se acercaban, la casa estaría rodeada en breve, no habría escapatoria. Alex, había desaparecido y Oscar no respondía. Juan se encerró en su habitación al escuchar como la policía llamaba a la puerta. Cogió su pistola y apuntó a su cabeza. Se miró al espejo y dijo: o aparecéis o morimos todos.

Pero es su letra, ¿no? Miré a Ana suplicando una respuesta absoluta, angustiada por la incertidumbre. ‘Mañana, antes de clase, en el callejón del parque’. La breve nota había aparecido en mi mochila esa mañana y habíamos pasado el día observando a todos nuestros compañeros, analizando comentarios y miradas sin llegar a ninguna conclusión. Unos apuntes de clase compartidos habían puesto las sospechas sobre Juan. Ana me miró y asintió con seguridad. El tímido Juan. Sonreí y empecé a limpiar mi navaja con suavidad. El bueno de Juan.

Pero es su letra y eso, según dicen, indica que ella sigue ahí dentro. Ha utilizado su propia sangre para llenar el espejo de insultos e improperios. El cura dice que hay un grito de auxilio en esa letra curvada. La tienen atada a la cama para poder practicar el exorcismo y extraerle el demonio que lleva dentro. Me han traído al manicomio porque creen que podría ayudar, el haber sido su marido durante tantos años puede ser determinante, dicen. Ella me mira con sus ojos enrojecidos, con miedo y rabia, como queriendo delatar dónde se esconde de verdad el demonio.

Pero es su letra, de eso estoy convencida. También reconozco su estilo en la manera de escribir. Aunque no entiendo de qué me habla, por qué me escribe mi marido desde el extranjero para decirme que ha empezado una nueva vida lejos de aquí. Voy a la cocina y le veo preparando la cena, como cada día, si bien últimamente con más esmero. En la nevera ha colgado la lista de la compra. Entonces caigo en la cuenta de que no es la misma letra. Me pregunto quién será este hombre que desde hace algún tiempo se muestra tan atento y cariñoso.

Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar. No es lo que más le gustaba, pero crecen para abajo. Don Servando nos había contado que los antiguos egipcios enterraban a la gente con sus pertenencias. Para usarlas en la otra vida. Pero mamá no me dejó meter nada en la caja de Manolita. Hoy me he vuelto a encontrar otra nota manchada de tierra. Solo pone osito. Pero es su letra.

Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar con la mirada perdida. Tras volver del entierro, les expliqué a los niños cómo había que regarlas y, entre lágrimas, agaché las orejas y me fui a trabajar. En el camerino oí el aviso y me introduje por el laberinto. Soy un cobarde, siempre lo he sido. Era el momento de huir por el túnel que había estado excavando desde que ella enfermó. A punto de salir, se me apareció con las patas en alto cortándome el paso. Me convenció de seguir adelante, me armé de valor y regresé al escenario por el camino habitual hasta llegar a la chistera.

Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar como un jodido maníaco: las esparcí por la cama de matrimonio como si fueran pétalos diminutos, duros y con forma de semilla; añadí una porción considerable al contenido humeante de las ollas traqueteantes y abarroté los desagües hasta atascarlos. Me comí 78. Algunos dicen que estoy loco, pero, ¿no será verdadera locura el no tener un plan listo por si se da el caso, que no digo yo que se vaya a dar, pero que tampoco digo que no, que nunca se sabe, de que los conejos budistas que viven en la Luna se decidan a invadir la Tierra?

Quizás sea mejor no llevarles la contraria. Me lo dijo con una autoridad pasmosa. Nunca me había hablado con tanta seguridad, y no esperaba que lo hiciera con tan solo ocho años. Me lo dijeron los conejos en el jardín, insistió. Y desde cuándo los conejos hablan, le pregunté. Eso yo no lo sé. Pero el más grande dijo que si no volvías a plantar zanahorias te iban a destrozar el invernadero. Dejé todo y me fui a la huerta. Justo al pie de los tomates estaba la tierra removida. Sentí frío. Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar.

Quizás sea mejor no llevarles la contraria. Es culpa mía. Me he relajado.
No esperaba encontrar dos atracadores en pleno bosque. Les entrego la cartera y el teléfono sin rechistar. Pero la sumisión puede ser un error. Ahora pretenden llevarse también mi coche. Me encañonan para arrebatarme las llaves. Suplico. Gimoteo. Me humillo. De rodillas pido que, al menos, me dejen recoger el maletín del portaequipajes. Funciona, son avariciosos. Al abrirlo quedan paralizados, distrayendo su atención de mí. Dos disparos del revólver que escondo en mi bota finalizan el asunto, pero sigo furioso conmigo mismo. Ahora tendré que enterrar tres cuerpos y solo me pagarán por uno.

Quizás sea mejor no llevarles la contraria. Al principio todo parecía muy inofensivo. Solo me pedían cosas pequeñas: una avispa, una lombriz, una lagartija… Nada más tenía que cazarlas y enterrarlas en el patio, y entonces ellos me felicitaban. Pero poco a poco fueron exigiendo animales más y más grandes, y, si me negaba, me decían que me comerían el cerebro por dentro, que, como vivían dentro de mi cabeza, no les llevaría mucho rato. Así que al final accedía. Hoy me han prometido que, si hago lo que dicen, se irán para siempre. Quizás sea lo mejor. Primero tengo que encontrar a mi hermana.

Octubre

El bosque de los suicidas, de Patricia Collazo

El bosque estaba ahí, esperando. Con sus sogas anudadas colgando de los árboles. Las había de todos los colores, enganchadas a mayor o menor altura, con diámetro talla adulto o niño. Para todo tipo de motivos: en forma de corazón para los despechados, redondas como ceros para los arruinados, cuadriculadas para los calculadores, emulando lágrimas para los depresivos crónicos. El bosque estaba ahí, como última salida. Por eso aguantábamos despidos injustos, sueldos de mierda, amores perdidos, hijos descarriados, enfermedades, vacíos, ausencias y adicciones. Porque el bosque estaba ahí. Y, en cualquier momento, podíamos ponernos a la cola y pagar la entrada para acceder a él.

Ganadores y finalistas de las semanas 4 - 6

Sin poder superar su muerte, llevaba meses intentando comunicarse con su difunto esposo. Había probado de todo. Una médium polaca, hipnosis, los rezos de los domingos, … Pero nada. Hasta que un día, llegó a casa y notó que a la barra de pan le faltaba el corrusco, la parte que él siempre se comía. Otro día la tele se puso sola justo cuando empezaba el partido del Atleti. Otro, sintió un escalofrío al sentarse en el lado del sofá que él prefería. Desde entonces, no sale de casa. Sus hijos dicen que es agorafobia. Ella piensa que quizás sea mejor no llevarles la contraria.

Sin poder superar su muerte, así llevaba años. Por las mañanas, le traía el periódico del quiosco de Doña Paquita, que con frecuencia le preguntaba por él. De vez en cuando, se pasaba por la vieja mercería para comprarle calcetines y calzoncillos y les contaba lo delicado que seguía. Y a principios de cada mes, con la misma cara de tristeza, acudía al banco a cobrar la pensión de su marido.

Sin poder superar su muerte, la familia del coronel Richard Taylor se fue y la casa quedó abandonada. A lo largo de los años, los rincones de la mansión han sido testigos de las historias de todos sus inquilinos, muertos en extrañas circunstancias. Fue cambiando de dueños y las paredes se fueron disfrazando de maneras diversas: desde la madera noble inicial, pasando al papel pintado de comienzos de siglo, hasta el gotelé de los setenta con pósteres de Jimi Hendrix de los últimos okupas. Y siempre, esa mancha como de humedad, con la cara de Richard, vigilando la estancia.

Y pagar la entrada para acceder a él, y tocarle, y escucharle, y sentirle, y disfrutarle durante quince minutos exactos. Y llorar de camino a casa sin apartar la mirada del suelo. Y acurrucarme en la cama intentando retener sus olores, y su sonrisa, y su voz, y sus gestos, y el tacto de su piel. Y despertarme angustiada gritando su nombre. Y echarle de menos. Y pensar que tal vez sea mejor no volver a verle. Y maldecir al inventor de esa puta tecnología macabra, pero seguir endeudándome para pagar la entrada cada vez y haber perdido diez años de mi vida Sin poder superar su muerte.

Y pagar la entrada para acceder a él no era una opción para nuestros pobres bolsillos. Tampoco lo era colarse corriendo por la entrada, los taquilleros se las sabían todas y solían tener mal genio. Así que nos separamos para buscar holguras en la lona por donde colarnos. Alberto y yo conseguimos entrar justo a tiempo para ver la cabeza de nuestro primo asomar en la jaula de los leones.
Nunca más volvió un circo a nuestro pueblo.

Y pagar la entrada para acceder a él era lo que menos le gustaba, por eso rodeaba la carpa y buscaba un agujero para introducir un pie, después la cabeza y el tronco y finalmente la otra pierna. Era divertido colarse, porque al entrar por los agujeros que aparecían y desaparecían como por arte de magia se convertía en lo que no era y podía salir al escenario y recibir la admiración del público. Un día fue el payaso Pipe, otro el valiente domador Tristán, hoy está tan feliz en la piel de la gran funambulista Marian que es triste que el cable esté a punto de quebrarse.

El bosque estaba ahí, esperando. Con sus sogas anudadas colgando de los árboles. Las había de todos los colores, enganchadas a mayor o menor altura, con diámetro talla adulto o niño. Para todo tipo de motivos: en forma de corazón para los despechados, redondas como ceros para los arruinados, cuadriculadas para los calculadores, emulando lágrimas para los depresivos crónicos. El bosque estaba ahí, como última salida. Por eso aguantábamos despidos injustos, sueldos de mierda, amores perdidos, hijos descarriados, enfermedades, vacíos, ausencias y adicciones. Porque el bosque estaba ahí. Y, en cualquier momento, podíamos ponernos a la cola y pagar la entrada para acceder a él.

 

El bosque estaba ahí, esperando a los niños con sus mochilas verdes llenas para la merienda. Los padres los recogerían a las ocho de la tarde en la caseta del guardabosque. Cuando se hizo de noche cundió el pánico. Tras varias semanas de búsqueda sin hallar ni un solo resto de los niños, se canceló el dispositivo. Algunos padres, desesperados, siguieron con la búsqueda unos meses más. Después, la nada, el vacío, y el incendio. Bomberos y militares luchaban para controlarlo. Uno de ellos, vio entre las llamas, un grupo de viejos con las barbas ardiendo y mochilas verdes raídas.

 

El bosque estaba ahí, esperando, tan majestuoso como inquietante. Y cuanto más nos prohibían adentrarnos en él, más fascinación nos producía. No había muchas posibilidades de diversión en el pueblo, y su límite se encontraba a apenas 20 minutos a buen paso del colegio. El juego de hoy era todo un clásico: entrar corriendo, uno cada vez, hasta el primer claro, recoger tres piñas cerradas y volver hasta la bandera. Fue una risa cuando todos nos escondimos en el turno de Laura. Ojalá hubiese regresado.

Septiembre

Humo, de Juan Carlos Peña Martínez

Después se extinguían silenciosamente y una cortina de humo emanaba de entre las sombras. Las cerillas se amontonaban en la penumbra del cuarto, decapitadas. A esas horas nadie en la casa se percataba del olor a quemado y su excitación crecía cada vez que una llama iluminaba su cara antes de apagarse sobre la piedra. Al irse a dormir abría la ventana y fijaba su vista en la negrura del paisaje. El bosque estaba ahí, esperando.

Ganadores y finalistas de las semanas 1-3

Después se extinguían silenciosamente y una cortina de humo emanaba de entre las sombras. Las cerillas se amontonaban en la penumbra del cuarto, decapitadas. A esas horas nadie en la casa se percataba del olor a quemado y su excitación crecía cada vez que una llama iluminaba su cara antes de apagarse sobre la piedra. Al irse a dormir abría la ventana y fijaba su vista en la negrura del paisaje. El bosque estaba ahí, esperando.

Después se extinguían silenciosamente de mi mente, y así no me sentía culpable. Si no pensaba en ellos, era como si nunca hubieran nacido.
Y días más tarde convencía a otro amigo del cole, para pasear por el bosque. Y no dudaba en hacerlo, porque papá siempre estaba hambriento.

Después se extinguían silenciosamente las luces para indicar que la zona era segura. Todo lo que encontraban en el campo de batalla tras limpiar la chatarra espacial y los restos de meteoritos, iba al laboratorio central. Allí se analizaba y servía para alimentar la fuente principal de energía con hierros, plásticos, huesos, todo sumaba. Aquella mañana llegó una nave algo rudimentaria que apareció en la superficie. A diferencia de otros, estos seres diminutos eran hostiles, y por suerte, no eran inteligentes, pero sí osados. Durante el transporte, uno intentó escapar, tratando de clavar en el suelo una bandera con barras y estrellas.

Descansaba durante el día y tenía prohibido que le molestáramos con nada. Si mis hermanos o yo hacíamos ruido, salía en pijama, cinturón en mano, gritando que él se deslomaba cada noche por nosotros y que tenía todo el derecho a deslomarnos a nosotros si turbábamos su descanso. Vivíamos en un silencio absoluto, aterrorizados, hablando en susurros o gestos. Ni limpiábamos ni cocinábamos por miedo a romper algo. Tampoco jugábamos, ni llorábamos, ni reíamos. Así que cuando se desató el incendio salimos uno por uno, sin llamar a los bomberos, contemplando desde la acera cómo las llamas devoraban todo y después se extinguían silenciosamente.

Descansaba durante el día, y yo empecé a hacer lo mismo. Desayunaba un colacao, y yo empecé a hacer lo mismo. Llevaba la melena a la altura de las orejas y de color rubio, y yo me lo puse igual. Poco a poco fui haciéndome con ropa idéntica a la suya. Dediqué meses a practicar sus gestos y ademanes en el espejo. Un día me encontré con su madre y supe que había llegado el momento. Así fue como empezó mi nueva vida. Pasado el tiempo, el perro es el único que se ha dado cuenta.

Descansaba durante el día, preparando desayunos, aseando a los niños, atendiendo a los clientes de la frutería, recogiendo a los nenes, limpiando la casa, planchando la ropa, ayudando con los deberes, cocinando cenas, contando cuentos, arropando angelitos, comprobando cerraduras, afilando el cuchillo… Era por las noches, ojos clavados en el manillar de la puerta, corazón a doscientas pulsaciones, cuando agotaba todas sus fuerzas.

Los primeros compases de la banda iniciaron las fiestas del pueblo. Nunca la había visto. Se llamaba Aurora. Su miraba era especial, misteriosa. Le pedí bailar, intenté conquistarla con la historia del toro que casi me embiste esa tarde en el encierro. Lo he visto, me dijo: has tenido mucha suerte. La conversación fluía, nos reíamos, nos mirábamos con mucha complicidad.
Me agarró la mano con firmeza y me llevó hasta la puerta del cementerio. Me dio el beso más dulce de mi vida, me dijo hasta mañana amor, entró en el cementerio y se perdió entre las lápidas buscando la suya, en la que descansaba durante el día.

Los primeros compases de la banda iniciaron las fiestas. Salieron a bailar. Pide un deseo, le dijo él. Viajar a la luna. Eso no, otro deseo. Vivir cien años. Eso tampoco, otro. Casémonos. Eso no es posible, otro. Tengamos un hijo. No, tonta, algo posible. Ella ya no dijo nada. Él tampoco. Dejaron de bailar. Cuando llegaron a casa, él la bajó al sótano y la desconectó.

Los primeros compases de la banda iniciaron las fiestas. No había sido fácil recuperarlas después de muchos años de suspensión. La decisión había provocado mucha división en el pueblo, para unos era retroceder siglos en la historia, para otros defender una parte de nuestra cultura. Unos argumentaban que no se podía legitimar el dolor mientras para otros generaba puestos de trabajo y ayudaba a captar turistas. Una ovación atronadora enmudeció a la banda y a las pocas voces discordantes cuando en la plaza entraron aquellos hombres y mujeres con sus sambenitos y el alcalde se acercó a encender la hoguera.

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