Entrega del premio del concurso de microrrelatos ‘Me gusta como soy’

El pasado marte 21 de octubre, coincidiendo con el Día Nacional de la Espina Bífida, anunciamos el fallo del concurso de microrrelatos ‘Me gusta como soy’, que organizamos en colaboración con la Asociación Madrileña de Espina Bífida (AMEB) y el patrocinio de Coloplast. Al certamen se presentaron 268 textos y el jurado (formado por profesores de Escuela de Escritores y miembros de la junta directiva de AMEB) eligió como ganador el microcuento titulado ‘Deseos’ y cuya autora es Rosa Cabrera Díez, de Madrid (España).

El concurso de microrrelatos ‘Me gusta como soy’ estaba dotado con un premio de 500 euros (cortesía de Coloplast) y un curso de Escritura Creativa de tres meses en Escuela de Escritores.

 

Aquí podéis leer el microcuento ganador, de Rosa Cabrera Díez:

Deseos

—Me gusta como soy —dijo ella. —¿Cómo? — Él la había oído perfectamente, pero no podía aceptar lo que estaba escuchando. Si se corría la voz, perdería su trabajo. Durante siglos nadie había rechazado sus servicios. Todos ellos quieren ser más altos, más guapos, más ricos… todos quieren tener lo que no tienen. Son ridículos e inseguros. Al fin y al cabo, son solo humanos. —Mírate —, le mostró el espejo. —Mira lo diferente que eres, ¿cómo puedes aceptarte así? —No he dicho que me acepte — replicó ella. —He dicho que me gusto. Me gusta como soy. Y el genio se evaporó.

Y estos son los microcuentos que resultaron finalistas:

‘La confesión’, de Francisco Tamargo Ferrera

Me gusta como soy, confesó por fin. A partir de ese instante, Gregorio Samsa fue aceptado por su familia y sus amigos. La naturaleza en todo su esplendor se reveló ante sus ojos y descubrió de golpe, un mundo entero de posibilidades. Kafka le miró, sorprendido.

‘La cicatriz’, de Gustavo Mariano Carballo

Me gusta cómo soy, por eso me lo repito cada mañana frente al espejo. Observo mi rostro, me sobra alguna arruga, pero mis ojos siempre me han parecido bonitos. Nariz chata, labios delgados… imperfecciones sin importancia. Pero sigo bajando la mirada y llega la parte difícil. Mi pecho derecho aún se mantiene firme a pesar de la edad, pero en el lugar donde debería estar el izquierdo sólo queda una cicatriz como recuerdo de aquella enfermedad que conseguí superar. En ese momento entra mi marido, me mira, me besa y me susurra: “me gusta cómo eres”, y la sonrisa vuelve a adueñarse de mi cara.

Sin renuncias, de Carmen Carrasco Solís

Me gusta como soy. La imagen del espejo es espectacular. Soy la novia, la novia más guapa. Eso dice Javier, de médico a novio. Ironías de la vida. Aquellas bobas me hicieron creer que nunca podría reír, soñar. Qué culpa tiene nadie por ser diferente. Cuando mi madre me gestaba con amor en su vientre el destino marcó mi vida para siempre. Ahora soy yo la que con miedo y esperanza llevo dentro una. En el altar me espera. No renuncio a nada, bueno a la iglesia del barrio, a la que no puedo subir las escaleras en mi silla de ruedas

La otra mamá, de Asier Susaeta

Me gusta cómo soy, se repite mamá frente al espejo cada mañana, justo antes de salir de casa, pero necesariamente después de su media hora de yoga, la ducha, su batido “detox”, de elegir vestido, maquillarse y peinarse. Y aunque ni Quique ni yo sabemos cuándo se levanta, sí que tenemos claro que es sonámbula. Nunca se despierta del todo hasta que subimos al coche. Se le nota porque es entonces cuando se le caen las bolsas de los ojos. De golpe. Puede que sea el ruido de la puerta al cerrarse, o el olor que todavía queda de papá allí dentro.

Emprendedora, de Sergio Capitán Herráiz

Me gusta como soy. A mis cincuenta, mi tono de piel demuestra que la vida me ha tratado bien. Hoy fui al banco a ver si me dan financiación. El director de la sucursal ha dicho que mi plan de empresa está muy bien estructurado, con los distintos escenarios posibles de ventas de café. No le ha gustado el nombre, “Viuda de Sánchez”. Le he explicado que la afición al café me la inoculó en vena mi marido, y que es el mejor homenaje que puedo hacerle. Después ha preguntado qué necesitaba para empezar. Simplemente, echar cianuro en el café de mi marido.