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Leticia Bianca participa en talleres literarios en Argentina y España desde su infancia hasta la actualidad. Publica relatos en revistas literarias, periódicos y portales web así como crónicas y artículos de divulgación en ambos países hace más de una década y en 2021 editó en formato libro digital su novela “Sólo se muere una vez”. Además de desempeñarse como editora, redactora, y correctora para instituciones públicas y privadas, ejerció la docencia en el ámbito universitario como profesora de historia en la Universidad de Buenos Aires, en el nivel secundario en varios colegios y en el nivel superior como formadora de docentes. Sus primeros pasos en educación los dio en 2004 como facilitadora de talleres de alfabetización para el Ministerio de Educación argentino y a partir de entonces hasta 2015 creó para ese organismo más de una decena de videojuegos educativos y guiones documentales para los ordenadores del Programa Conectar Igualdad, distribuidos entre cinco millones de niños en edad escolar.

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Entrevista al profesor / Entrevista a la profesora

Hebe Uhart, una maravillosa escritora argentina que impartió muchos años taller literario en su casa decía: “No se nace escritor, se nace bebé”. Con nada se nace, a duras penas un ADN, un color de ojos o de pelo que después se puede cambiar, poco más. Así que por supuesto se puede enseñar a escribir, sobre todo se le pueden hacer preguntas a los textos y es ahí donde el autor -y los textos- crecen.

Creo que el aprendizaje es una relación amorosa, que, como tal, incluye poder. Y es una decisión la que tiene que tomar uno cuando se para frente a alguien y le cuenta algo que no sabe, porque puede elegir empezar por lo que el otro sabe, es decir, privilegiar el amor sobre el poder, tender un puente entre la luz y la oscuridad de lo desconocido, o puede elegir posicionarse en una relación de superioridad y ego. De mi parte elijo siempre lo primero, la horizontalidad, el amor, la entrega. Empecé a enseñar con 19 años, en un comedor popular, con un señor de 60 (José) que era analfabeto y vivía en una villa miseria. Enseñarle a leer y escribir a José cambió mi vida para siempre porque me mostró que si él había podido sobrevivir en esta sociedad sin la lectoescritura era porque tenía muchos otros saberes que yo no tenía. Desde entonces me considero incapaz de distinguir entre enseñar y aprender.

Prefiero siempre un modelo horizontal en el que los asistentes comparten textos y todos los comentamos en igualdad de condiciones. Lo que me resulta estimulante de esta metodología es que el trabajo es grupal y construimos un saber colectivo, no hay un lugar de donde se espera que venga el saber sino que el saber circula entre nosotros.

Ana María Shua dice: “Si le tengo que explicar a un aspirante a escritor que tiene que leer pues ya sé que no va a ser nunca escritor”. Así que ese es mi nivel de exigencia: nulo. Pero yo tengo dos reglas para mi vida que las transmito con mucha facilidad a todos mis alumnos: 1) Para escribir hay que escribir. 2) Para escribir hay que leer. Fin.

Me gusta el clima de trabajo en equipo, preguntas, dudas, confusión, nunca nada del todo claro, nunca nada del todo solemne, nunca nada del todo verdad. Todo es una construcción, todos somos albañiles. Trabajar, estar contentos por el trabajo realizado y corregir. Siempre bajo el ala de Abelardo Castillo, creador de los talleres literarios en Buenos Aires en los 60’s, que decía, con una sabiduría magistral: “No se corrigen textos, se corrigen personas”.

Mis alumnos me enseñan cosas que no tengo ni idea que me están enseñando y por eso me gusta dar clases, porque estoy en una relación amorosa mediada por lo más lindo del universo, la literatura: ¿Qué más puedo pedir? ¡Y encima me pagan! No lo puedo creer.

Creo que aplica a cualquier disciplina: la generosidad, la entrega. Mis mejores profesores (de historia, de periodismo, de literatura) fueron los que tenían muchísimas más lecturas que yo (el doble, el triple, el cuádruple) pero en lugar de decirme “¿Cómo no has leído esto? Burra ignorante” me daban esos libros para leer, felices y conmovidos de poder compartirlos conmigo.

Si hablamos de técnicas soy fan desde siempre de la mayéutica socrática. Me gustan las preguntas molestas, que las novedades aparezcan solas, por conflicto, por dudas, por contradicciones. Me gusta ese caos en el que nadie tiene nada del todo claro, lo que creías claro antes de entrar a la clase ya no lo está tanto y entonces emerge una nueva claridad, asombrosa, deslumbrante, casi mágica, que es esa idea novedosa que no tenías antes. Cuesta más trabajo llegar ahí que decirle a tus alumnos: “Esto es verdad y punto”,  pero es muchísimo más placentero que ellos se descubran sus preguntas que tú darles las respuestas.

Como puedo, la verdad, pero lo bueno de las clases es que te permiten estar pensando en literatura, que es parte del proceso de escritura, pensar sobre lo que estamos haciendo, no solamente hacerlo, sino reflexionar al respecto, con otros. Niego rotundamente la idea de que la literatura sea una disciplina solitaria y los talleres son parte de esta hermosa comunidad de lectores y escritores, que es internacional, intergeneracional y casi mística, en la que vivos y muertos nos hacemos cómplice compañía en silenciosa soledad.

Imposible contestar eso. Tengo algunas lecturas que me hacen de familia, escritores y escritoras que considero parientes, en eso sí soy un poco fundamentalista, en plan que si los criticas te digo “No hables mal de mi familia”. Podría citar mil, pero vamos a intentarlo. Argentinos: Arlt, Borges, Cortázar, Walsh, Piglia, Piñeiro. Latinoamericanos: Poniatowska, Bolaño, Freire, Martí. Europeos: Marx, Hobsbawm, Christie, Hornby, Sartre, Camus, Despentes, Houllebecq. Norteamericanos: Loorrie Moore, Cheever, Tom Wolfe, Vonnegut. Pero por suerte hay cientos de miles, que todavía ni conozco, ahí esperándome. Ahora, estoy con Tatiana Tibuleac, El jardín de vidrio.

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