Aprendió los rudimentos de la Escritura Creativa en el Adlai E. Stevenson High School siendo aún adolescente. Es profesor y guía de escritura creativa desde hace más de cinco años.
Como psicólogo (Máster en Terapia de Conducta, experto en técnicas proyectivas) y coach, acompaña a creativos de diferentes áreas en su recorrido de mejora y en particular a escritores que atraviesan situaciones complicadas que obstaculizan su hacer artístico y literario. Armonizando sus quehaceres profesionales, ayuda a quien quiere trabajar literatura autobiográfica o quien desea hacerlo en la psicología de los personajes.
Ha publicado —entre otros textos— las novelas No he venido aquí a hacer amigos (2005), ganadora de la III edición del certamen de Novela de Caja Madrid, El efecto Coolidge (2008) y, más recientemente, Sonrisa desprendida de un cadáver (2020) con la que quedó finalista del certamen Auguste Dupin. El mismo año, fue también finalista en los premios Bellvei Negre de relato negro y policial con una novela de género histórico y argumento policial.
Participa con cierta frecuencia en concursos de monólogos humorísticos. En 2019 quedó finalista en el XVI Premio Internacional Sexto Continente de Monólogo de humor.
Entrevista al profesor
Por supuesto que creo que se puede aprender y enseñar. Yo mismo tuve la suerte de que alguien me tendiera la mano, me diera unas herramientas y me ayudara a empezar. Creo que hay mucho talento por destapar, muchas voluntades que necesitan apoyo. También considero que, por desgracia, la escritura creativa está olvidadísima en sistemas educativos como el nuestro, pero se puede guiar la mirada de quien se acerca a la literatura, hacer visibles elementos que parecían ocultos para construir sobre ellos.
La posibilidad de, usando la misma metáfora, tender la mano a otros que tienen la necesidad y el deseo de escribir, independientemente de su nivel, ayudar con mi perspectiva, aportarles algo de experiencia y contribuir a que personas con talento suban otro peldaño, es para mí algo casi, voy a permitirme la palabra, espiritual. Incluso más importante que escribir yo mismo, y eso que esto último es algo que hago con toda la frecuencia que puedo.
Impartir clase es parte de esa vocación de ayuda que me ha llevado a hacer casi cualquier oficio en el que he sentido una cierta plenitud. Comencé guiado por la mano de una muy buena amiga y muy buena escritora que tuve la suerte de conocer en otro ámbito, justo después de publicar mi primer libro. Ella también tenía interés en seguir esos pasos, y creo que ya en nuestra primera conversación me encontré haciendo eso que ahora tanto me llena: abriendo una caja que contenía una fuerza enorme, una que ha llegado hasta los estantes de muchos lectores afortunados.
Como decía en la pregunta anterior, me gusta ayudar a subir peldaños. Me fijo mucho en el proceso de los alumnos, su regularidad, sus peculiaridades, sus maneras. ¿Qué es lo que mejor hacen? ¿Qué es eso que se les da tan bien? ¿Soy capaz de ver posibilidades? Por ejemplo, pregunto con frecuencia, incluso en las videoconferencias, en qué punto de su proceso se encuentran.
Pedir, pido ganas, pido amor por lo que hacen. Cuando termina el curso, pido algo más de oficio, pido que se sientan más satisfechos. Durante el camino, pido honestidad, pido que me interrumpan, que pinchen y pregunten, que me enseñen, que experimenten. No exijo lo mismo a todos. Soy defensor de que hay que atender a las diferencias individuales. Considero que hay quien puede dar mucho de sí, que lo tiene ahí, en la punta de los dedos. Hay quien tiene un brillo propio y lo que necesita no está exactamente en el texto, sino en su manera de hacer. También intento aportar mi granito de arena. Hay personas que se acercan con curiosidad pero que necesitan, por ejemplo, conocer más de la artesanía que del arte. Se lo intento transmitir. Será que en realidad no es que yo desempeñe dos facetas cerradas, sino que se combinan.
Me gustan la confianza y la participación. Me gusta que los grupos sean casi amigos, que se vuelquen un poco en cada texto y en cada comentario que hacen a los demás. Me gusta que sepan volverse objetivos sin perder el punto de subjetividad. Para mí es buena señal que un alumno sea capaz de preguntarme cómo aproximarse a un proyecto personal, que se vayan con más ganas de escribir que con las que entraron, que aporten sus lecturas y opiniones sobre lo que leemos, decimos o hacemos…
De todo. Me enseñan cómo transmitir mejor, a completar sus inquietudes y a crear nuevas inquietudes propias. Con ellos investigo si algo echo a faltar. Me recomiendan libros maravillosos, me enseñan vocabularios locales de lugares insólitos. Algunos tienen historias propias que merecerían su propia novela. Me recuerdan constantemente que no es lo mismo lo que se quiere que lo que se necesita. Desde que doy clase, estoy un poco más abierto de mente.
Empatía, eso seguro. Imprescindible algo de experiencia en el oficio de escribir, por supuesto, aunque solo fuera para saber por lo que los compañeros están pasando. Hace falta perspectiva, un poco de ojo clínico, ganas de seguir aprendiendo, muchas ganas de leer, de actualizar las lecturas. Capacidad de asombrarse, pero también de frustración. No pueden faltar honestidad con uno mismo y con los demás. Hay que ser sincero, pero no maleducado, aceptar críticas cuando llegan… y eso solo para empezar.
Depende del curso, pero creo que conseguir que construyan una idea sólida de lo que es ser creativos es, para mí, prioritario.
Dicho eso, me fijo mucho en el sentido del humor de cada uno, en lo que considero que es su fuerte, me fijo en qué llama la atención a sus compañeros. Creo que la voz de cada uno, aunque evolucione, hay que trabajarla, saber hacer uso de ella, disfrutar y hacer disfrutar esa voz.
Me gustaría ser más productivo. Aunque no es ser profesor lo que me detiene, al contrario. En estos últimos tiempos ha sido lo que me ha impulsado más. En estos dos últimos años una novela acabó viendo la luz y otra está en el taller porque necesitaba reparaciones serias, cosa que no impidió que fuera finalista en un certamen. Pero no solo escribo ficción —estuve hasta llevando un podcast casi en solitario para una radio digital durante una temporada— y eso ralentiza todo mi proceso. Me consuelo pensando en Donna Tartt, que saca una novela cada década. Eso sí, lo suyo son obras maestras, pero hay que apuntar alto.
Pienso que hacerme elegir un autor es una forma de tortura. Acabo de cerrar Personajes desesperados de Paula Fox, un par de días antes, terminé de leer una novela negra, Irene de Pierre Lemaitre, tengo a medias Canciones para el incendio de Juan Gabriel Vásquez y el último libro de poemas de Lara Moreno. Además voy saboreando algún ensayo de filosofía, creo que con eso basta para hacerse una idea de por qué no puedo decir uno. Mi escritor favorito creo que suele ser el que estoy leyendo en ese momento si el libro me gusta, si me siento acogido por la lectura o emocionado.
