home

Irene Cuevas nació en Madrid y es licenciada en Derecho por la Universidad Complutense.

Durante cinco años recibió clases de relato breve y novela en la Escuela de Escritores con diferentes profesores y en 2021 terminó el Máster de Narrativa.

Algunos de sus relatos han sido publicados en los libros colectivos Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española, editado por Salto de Página en 2013 y Segunda parábola de los talentos, editado por Gens en 2011. También ha sido incluida en la revista literaria «Cuentos para el andén».

En septiembre de 2012 y con motivo de las Olimpiadas Culturales celebradas en Inglaterra, fue becada para participar en el evento internacional WEYA (World Event of Young Artists) en la ciudad de Nottingham, donde expuso parte de sus trabajos y entró en contacto con artistas de todas las nacionalidades y disciplinas, dentro del programa Disorder.

En el ámbito poético experimenta con poesía performática, utilizando instalaciones sonoras y sintetizadores.

Bajo treinta

Relato
Salto de página
2013

Segunda parábola de los talentos

Relato
Gens
2011

Irene Cuevas es una profesora fuera de serie. Extraordinaria para orientar y comentar al alumno. Ademas de poética, amable, graciosa. A cada alumno le presta atención, no descuida a nadie y se preocupa por los alumnos.
Me encantaría que siempre fuese mi profesora.

Adela Nieto, desde Vancouver (Canadá)

Irene Cuevas, es una profesora que constantemente motiva al alumno. Le dedica un espacio importante a los comentarios de las tareas semanales y siempre lo hace con gran respeto. Es una verdadera experiencia ser alumna de Irene, con ella se aprende por montones.

Andrea Samaniego, desde Loja (Ecuador)

Entrevista a la profesora

¿Sabes qué pasa? Creo a la gente que dice que nació siendo escritor y creo a la gente que dice que llegó a serlo. Al final, cada uno sentimos de modos distintos.

Yo no sé qué es ser escritor. No creo que lo llegue a saber nunca. Y no me importa. Porque creo que no es algo que se pueda definir. “Ser escritor es esto y hay que seguir estas pautas…” No, no, no. No importa, lo que importa son las ganas, la necesidad de expresarte. Sentir que no puedes hacer otra cosa.

Yo aprendí a escribir. Aprender a escribir es como ir desbrozando un bosque. Y es algo tan íntimo. Quiero decir, estás sola. Tú con tus árboles que salen de cualquier parte de tu cuerpo y tienes que cuidarlos, dejar que crezcan, pero no mucho. Evitar que se pudran las raíces. Tienes que cuidarlo porque de lo contrario el bosque te absorbe.

Constantemente, cada segundo, veo gente que ha sido absorbida.

Y es tan triste. Es la pérdida de la identidad. El mundo moderno nos ha rodeado de pérdidas de identidad. Y lo peor de todo: nos ha enseñado a premiarlas.

Todo está tan hiperconectado que es casi imposible verse a uno mismo, sentirse, escucharse sin el ruido de fuera.

Al final, la escritura no es más que una búsqueda. Una búsqueda de identidad. Dolorosa a veces, pero hermosa otras. Y tiene que ser siempre así, una búsqueda. No puede cesar de serlo. Uno tiene que seguir todo el rato buscando, buscándose, para no morir.

No morir es eso.

Respeto tanto la figura del profesor que no sé ni cómo responder. Siempre he tenido conexiones especiales con las personas que compartían su conocimiento conmigo. Es como un regalo. Y así lo he sentido desde que recuerdo.

El profesor te enseña a vivir, de alguna forma. Habla desde su experiencia.  Intenta evitar que des los pasos que a él le hicieron caer.

Siento una verdadera pasión por la literatura, la escritura y el arte. Cada día descubro y me asombran nuevas cosas. Me emociono todo el rato.

Ahora lo pienso y supongo que tiene mucho sentido que esté aquí dando clases. Necesito entregar todo lo que he aprendido y todo lo que he ido adquiriendo. Esto último, esta necesidad de entrega, la he heredado de uno de esos profesores de los que hablaba antes, de los que admiro y me emocionan, Alfonso Fernández Burgos.

Es como cerrar el círculo.

Si no tuviera libertad, no podría hacerlo.

Respecto a mi metodología, me gusta que la gente vaya descubriendo sus propias afinidades. Me gusta que sean conscientes de que eso es importante. Porque al descubrir tus afinidades, estás más cerca de descubrirte a ti. Les suelo pedir que hagan una lista de sus afinidades al principio del curso, para que ellos mismos la vayan ampliando. Que entren en la búsqueda y que se emocionen con ella.

Por otro lado, intento trasmitirles a los alumnos la necesidad de estar abiertos a cualquier forma de expresión artística. Comparto con ellos vídeos, música, poesía, imágenes.

Todo está conectado. Por ejemplo, siento que hay más poesía en una canción de Patti Smith que en cualquier manual de poesía. Y esto tiene mucho sentido, porque ella se relacionó con la Generación Beat de Burroughs y Ginsberg y está tremendamente vinculada a Rimbaud.

Otro ejemplo: Francis Bacon pintaba a través de las imágenes que iba sacando de lecturas poéticas.

Iba a decir que no soy exigente, pero esto no es del todo cierto, porque les pido a los alumnos la cosa más difícil. Que sean honestos.  Honestos con lo que escriben y con lo que sienten.

Intento explicarles la diferencia entre ficcionar (convertir en ficción) y fingir. Fingir es lo que hacemos para evitar vernos. Si fingimos es para contentar a la sociedad y al sistema. Pero en mis clases ni la sociedad ni el sistema existen.

Así que lo único que les pido a los alumnos es que se permitan ser libres.

Me gusta que haya respeto y ganas de escribir, aprender y compartirlo todo. Lo demás (diversión, compromiso) surge a partir de esto.

Por supuesto, y no solo de conocimientos. Hay un intercambio precioso y brutal de energía, de ilusión, de adrenalina. Una clase de escritura es esa centrifugadora en la que todos estamos dentro.

Supongo que escuchar, comprender y compartir.

Enseñar a escribir es algo complejo. Porque tienes que ser una especie de catcher. Un catcher como el de “El guardián entre el centeno”. Cuando Caulfield dice: “Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio.” El precipicio es el bloqueo y la autocensura. Como profesor, tienes que impulsar a las personas para que corran por las llanuras, evitando que se caigan, pero sin cortar su libertad, su ritmo…, es decir, sin destrozar lo que son.

Hay que encontrar el equilibrio entre no sujetar y sujetar demasiado. Ese es, para mí, un buen profesor.

En la búsqueda y más concretamente, en la búsqueda de nuestros propios conflictos.

Creo que la escritura que nace desde ahí es la escritura más honesta y personal que podemos crear.

Ver las ganas, el esfuerzo y la constancia de las personas que están escribiendo, me hace escribir. Es muy fácil. Es una inyección.

Creo que no tengo ningún escritor favorito, pero tengo muchas escritoras favoritas. Elfriede Jelinek, Herta Müller, Joyce Mansour. La poesía de Marianne Moore, Elizabeth Bishop o Anne Carson.

Mi búsqueda personal ha sido encontrarme con ellas.

Me interesan las voces de los hombres que han sido capaces de reconocer su feminidad y las voces de las mujeres que asumen su masculinidad. Como Jean Genet o como Violette Leduc.

Pero mi escritora favorita es Kathy Acker, una autora post-punk. Aquí casi es imposible encontrarla. Ella es la degeneración de los géneros.  Lo hace todo, lo mezcla todo. Me resulta muy queer. Ahora estoy leyendo, coincidiendo con el aniversario del Quijote, un libro suyo que es una locura “Don Quijote que fue un sueño”. Es una reescritura moderna del Quijote, donde la protagonista es una mujer enloquecida por un aborto.

Mi último gran descubrimiento ha sido una escritora senegalesa impresionante, Ken Bugul. Coincidí con ella, gracias a una inmensa suerte, en la isla de La Palma. Estaba dando unas conferencias sobre la voz de la mujer. Quiero hablar de ella, porque ha sido un impacto muy fuerte para mí. Esta mujer, que pasó por todas las cosas terribles que se me ocurren (violaciones, abandonos, maltratos, pobreza extrema) acabó en la calle. En los años 60 que hubiera una mujer en las calles de Dakar, era impensable. Y ella, sola, abandonada, repudiada, se puso a escribir. Sobre la calle, sobre los muros de la calle, ella escribía. Dice: “de repente el papel me escuchaba, nadie me había escuchado antes. El papel no se quejaba cuando yo escribía sobre él”. Y escribió, eso es todo. Ahora es una mujer muy importante, que rehúsa serlo. No le interesa, ella se levanta todos los días a escribir para salvarse, dice cada día “hoy empiezo a luchar por mi libertad”.

Y escribe.

No se me ocurre nada más maravilloso para acabar. Eso es la escritura.

Ese coraje.

Irene Cuevas, profesora de Escuela de Escritores - IMG300
Ha sido profesora de:
Contacto

Más información

[contact-form-7 404 "No encontrado"]

Más información curso

    Compartir en