La primera persona puede ser nuestra o puede ser de otro, pero calzarse ese yo y atravesarlo tiene la condición de la mancha. El yo, ese narrador en primera, es la sublimación de lo poético, de lo oscuro y de lo luminoso. Al caballo podemos ensillarlo y mantenerlo sujeto, calibrando así la distancia frente al espejo, pero también podemos dejarlo volar. La ola en la que nos subimos al escribir en primera persona es virulenta y aguerrida. Quizá hay que estar preparados para afrontarla; quizá es mejor estar ciegos.

La primera persona recoge la memoria, la transmutación de los múltiples yoes, elimina o agudiza la distancia con respecto al personaje (incluso si nosotros mismos somos el personaje), deja a la conciencia sin riendas cuando cabalga un monólogo interior o limita la historia como si no existiera más mundo que el mundo propio.

¿Cuándo elegirla y cuándo combatirla? ¿Cómo de profundo debe ser el viaje? ¿Quiénes somos cuando escribimos desde el yo?