La primera decisión esencial que hay que tomar a la hora de afrontar la construcción de una historia, de una crónica o incluso de una memoria es el narrador. El narrador lo condiciona todo: desde su estratégico punto de vista espacial, conformará el lugar (desde dónde se habla) y la atmósfera (cuánto aire nos queda para respirar).

Narrador en primera persona. El yo narrativo. El yo que es el otro. El otro arrastrado hacia el yo, transmutado en el yo, lo ajeno personificado, intimidado, construido desde la nada y desde el todo, es decir desde la primera persona: la máscara. Pero el narrador puede desembocar en la omnisciencia, al fin y al cabo saberlo todo es una cuestión de vísceras e imaginación. Se puede ir más lejos aún: se puede hacer trampas y ser un narrador testigo, subjetivo, lleno de desconocimiento, ciego.

El yo no es el único atrevimiento narrativo: los límites están en la oscuridad; de la memoria a la invención, de la emoción al silencio. La primera persona mancha. Las demás te dan la distancia de francotirador. El reto es calibrar la distancia entre la carne y la armadura.