No se trata de aprender música, sino de entender la música. No se enseña solfeo ni a tocar ningún instrumento, sino a escuchar música y saber qué nos dice, que nos está contando. Y de paso saber esas historias que se ocultan debajo de los pentagramas y que hacen de la música un lenguaje complejo y bellísimo. No olvidemos que el músico es otro narrador, otro poeta, que utiliza un lenguaje distinto para expresar sus ideas, sus sentimientos, sus necesidades y sus deseos.

Este  no es un taller para músicos, es decir para intérpretes de música que tocan o están aprendiendo a tocar un instrumento, sino para gente normal que, aunque no toquen o no canten o no compongan, sienten que la música está ahí y necesitan de ella para vivir más. Por supuesto que si hay algún músico sólo se le va a pedir una cosa: que se deje el solfeo a la puerta. La primera lección que recibí cuando estudié Historia de la Música en Alemania se resumió en un solo concepto: “El solfeo mata a muchos músicos”: hay que venir con el cerebro abierto, a jugar, que no juzgar y a divertirse, a aprender un poco de historia y de sentimentalidad.

 Durante las clases hablaremos y escucharemos ejemplos sobre diversos temas: la música de cámara, la sinfonía, la cantata, la música de cine, la música para piano, etc. Siempre de atrás hacia adelante, desde lo primero a lo último, para que nadie se pierda por el camino. Así se comprenden mejor los pasos que van acercándonos a la música de hoy.

Durante el curso quienes lo deseen podrán asistir a algunos conciertos (al menos uno por mes) en el Auditorio Nacional de Música, según un programa elaborado previamente por el profesor. Los domingos por la mañana. Antes de cada concierto, el explicará ese concierto in situ. Así tendremos un conocimiento práctico y teórico de esa música, sin necesitar esos programas de mano que a menudo dejan mucho que desear.