La presencia regular de los escritores y escritoras en los periódicos españoles es un fenómeno muy particular de nuestro país. No siendo muy notables los beneficios económicos, salvo para algunas firmas destacadas, la columna podría considerarse una manera de estar presente en la sociedad, de formar parte activa de la discusión pública. Pero ser novelista o poeta no basta, porque no se trata de una mera extensión del lenguaje literario; el columnista debe tener presente que su medio es el periódico y, por tanto, adecuarse a un oficio que responde a sus propias reglas: no se escribe para trascender sino para aportar un punto de vista de alguna manera conectado con el tiempo presente, hay que obedecer al número de palabras con el que se cuenta y también aceptar que se trata de un espacio prestado, no en propiedad. Y a pesar de todos estos condicionantes el columnismo puede convertirse en un arte que con el tiempo certifique la época en la que fueron escritas sus piezas. La maestría se adquiere al cabo de los años de oficio, pero no está de más reflexionar sobre los límites a los que obliga este peculiar género, para, ajustándose a ellos, actuar con la máxima libertad posible.