II Antonio Villalba de cartas de amor

14 de febrero, 2003

El viernes, 14 de febrero de 2003, en el acto que se celebró en la Sala Madragora de Madrid, se hizo público el fallo del II Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.


Ganadores y finalistas

Carta ganadora del primer premio

  • Curvo, de Gabriel González

Cartas finalistas


Monólogo de David Gallego (a modo de acta del concurso)

Buenas noches.

A diferencia de algunos, que se limitan a ensayar una vez y a partir de ahí improvisan sus monólogos sin ningún mérito, yo voy a exponerme a salir con los papeles, para que se note que tengo estudios y sé leer. Aclarado lo cual, he de decir, no es que lo sienta así, que es para mí un placer del copón llevar años presentándome a concursos para acabar dando los discursos de felicitación a quienes los ganan. Procuro convencerme de que en esto de conseguir premios siempre hay un componente de suerte y no cabe duda de que en mi caso se cumple el dicho de desafortunado en amores, ni te cuento a las cartas.

Desafortunado en amores… Comparto vuestra extrañeza, pero así es. Todavía… todavía no me he recuperado de mi última felación. ¿He dicho relación? No sé en qué estaría pensando Freud cuando se le ocurrió lo de los lapsus linguae. En cualquier caso, a diferencia de en algunas cartas cuyos protagonistas iban abrasando a la banda con sus fogosas miradas las veinticuatro horas del día, lo cierto es que el elemento que yo más destacaría de la carta ganadora es justamente, y esta vez no hay lapsus, su oralidad, la introducción de voca… (tos) perdón, la introducción de vocativos y otras marcas de discurso, el uso de una lengua estimulante en imágenes alegóricas y, por fin, un rítmico encabalgamiento de oraciones yuxtapuestas que logran, al cabo, que el texto corra con fluidez.

Con esto de las carreras, me estoy acordando de las medias de una prostituta en la que reparé en navidades. Y digo «reparé» porque la calle estaba hasta arriba y había que pararse cada dos por tres. La cuestión es que fue entonces, entre ese trasiego de personas que habían ido a comprar los últimos regalos de Reyes y a la vista de aquella prostituta, cuando me planteé el significado de la expresión «ponerse el mundo por Montera». Recuerdo que, aprovechando la nueva subida del metrobús para fomentar el transporte público, tomé el 1 de vuelta a casa. Estaba abarrotado, de modo que cuando vi que una mujer de bellos tacones puntiagudos me lograba pasar de largo, no pude por menos que dirigirme a ella: «oye, perdona, ¿te importa pegarme un pisotón, que eres la única de todo el pasaje que no lo ha hecho?». Pero en vez de tomárselo como la broma que era, la mujer lo interpretó literalmente o, como quien dice, al pie de la letra. Para colmo, al oír el alarido que pegué, añadió toda chula: «ojito con ponerte flamenco, que te ganas otro». Me dolía tanto que me bajé del autobús para buscar un taxi que me llevara al hospital. Pagué al conductor, salí y, no bien me hube apeado, comprendí que no podía dar un paso más. Estaba jodido o, como dicen en Argentina, cojo. Así que cuando el recepcionista me preguntó qué me pasaba, respondí: «pues nada, es que sentía unas molestias en el oído interno y por eso vengo con un charco de sangre en el pie, ¿no te jode?, ¿es que estás ciego?» El hombre, tan atento como poco observador, salió de su garita, me hizo tomar asiento en una silla de ruedas y me empujó hasta una sala con más pacientes. «Espere sentado que salgan a decir su nombre», me dijo. «¿Cómo que espere sentado?, ¿me va a tocar esperar mucho? ¡Pues vaya mierda de urgencias!».

Sin embargo, no quisiera desviarme del tema que nos ocupa. Soy consciente de que no os habéis reunido aquí para conocer mis andanzas por los hospitales, sino interesados por un concurso, cuyo fallo o resultado, si nos dejamos llevar por el optimismo de tan romántica fecha, bien podríamos llamar desenlace. Pues bien, si digo que también la calidad media de las cartas ha renqueado, en particular por el abuso de lugares comunes, no me refiero a alusiones a la cama ni a la típica tabla de faquir, sino a la insistencia en recurrir a adjetivos manidos como los turgentes pechos de la enfermera que me hizo pasar a la consulta. Dentro me esperaba una doctora de preciosos iris verde quirófano, cuyo blanco de ojos hacía juego con el color de su bata. También su escote, he de admitir, infundió en mi espíritu tan honda emoción que pensé en alabarle su luminosa sonrisa, el horóscopo y esas cosas inteligentes que uno dice cuando no tiene ni puta idea de qué decir. Entonces, a punto ya de comparar su áurea melena con los rayos del sol, terminó traicionándome el subconsciente y solté: «¡pero qué polvo te echaba!». La doctora me hizo así con el dedo, de modo que dudé si no me habría pasado de prolijo en el cortejo. «Parece que te has quedado sin palabras», le dije. «No te preocupes, los galanes estamos acostumbrados a que las mujeres nos reaccionéis así.». Momento en el que intervino la enfermera: «calla, mameluco. ¿No ves que está afónica?». Que yo pensé: «¡qué equipo más cojonudo! El recepcionista ciego y la doctora afónica. Ya sólo falta que al sordo de Aznar le entre de una vez el ?No a la guerra?». Por fin contesté a la enfermera: «¿y porque ella esté afónica me tengo que callar yo también? ¡Pues menudo pan como unas hostias! ¿Por casualidad no serás asesora de matrimonios con problemas de comunicación?».

En efecto, éste es otro de los problemas más notables de la mayoría de las cartas presentadas a concurso. Que no conseguían comunicar amor, ausencia o pasión, porque los autores han recurrido a repetir estas palabras abstractas, en vez de intentar transmitirnos tales sentimientos por medio de objetos y gestos concretos que el lector pudiera visualizar. Por ejemplo, para transmitir la reacción de la doctora, yo podría decir que «montó en cólera», pero probablemente sea más incisivo describir el detalle de cómo agarró las tijeras, que nada más verla le dije: «no hemos empezado a salir, ¿y ya quieres cortar conmigo?». Claro que entonces tampoco me importó tanto, porque aún no me había encariñado de ella. Lo único que sabía, gracias a que lo llevaba puesto en la pechera de la bata, era su nombre. Y ni siquiera era un nombre que permitiese diminutivos cariñosos, ¿no?, como Begoña, Bego, Verónica, Vero, Penélope… qué quereis que os diga: se me hacía raro pensar en llamarla Lope. Y, la verdad, asociar «pene» con los diminutivos tampoco me parece elegante. De todos modos, al final no es que la buena mujer tuviera ánimo de trincharme, sino que mi pie estaba hecho cisco y necesitaba las tijeras como parte del instrumental para darme unos puntos.

Por nuestra parte, también los miembros del jurado hemos dado puntos a las cartas que tenían un hilo conductor en el que acciones y escenarios iban tejiendo la trama de la historia de amor contada. Insisto en que nada más lejos de mi voluntad que centrar en mí la atención, pero la cosa es que, decidido a enmendar la mala impresión que le había causado a Penélope en nuestro primer encuentro, al día siguiente la esperé en la puerta del hospital con un ramo de flores. Se le saltaban las lágrimas cuando se lo entregué. «Perdón», le dije. «No sabía que fueras alérgica a las gramíneas.». «No son las flores, botarate», respondió ostensiblemente reblandecida antes de añadir: «Me acabo de echar colirio». Entonces, como la notaba tan receptiva, contesté: «Sabía que teníamos algo en común: a ti te hacen llorar los colirios, a mí los usos tópicos. Casémonos». Penélope me miró, guardó silencio durante unos segundos supereternos y dijo: «chaval, se te ha ido la olla». Pero no me rendí: «Mejoraré», le dije. «Ya me he apuntado a un curso de cocina. Y si algún día te pongo los cuernos, oh, amor inmarcesible, y me sorprendes metiéndole mano a la cocinera, intentaré arreglarlo con el poema aquel, no recuerdo bien si de Neruda o Arguiñano: ?siempre que llegas a casa, me pillas en la cocina, embadurnado de harina, con las manos en la masa?».

Entonces, por alguna de esas lógicas diáfanas que gobiernan el corazón de las mujeres, Penélope sonrió, tomó mi mano y me dijo: «Joder si te suda. ¿Tan nervioso estás? Te tomaba por un pulpo experimentado». «¿Acaso, respondí, no tengo pulpitaciones?». «Se dice palpitaciones, ignorante», repuso ella con meliflua voz. «Pulpitaciones son», insistí. «Pues al fresco me la trae estar contigo y el motivo de mis nervios es hallarme aquí subido y rimar púlpito con Madragoa a fe mía que es jodido.» Penélope, enternecida por estas palabras aladas, suspiró: «¿en verdad es esto el amor?». Y aunque pude decirle que si no lo reconocía es porque nunca hasta entonces se le había presentado, me limité a acercarme, aspiré el aroma del ramo y, recordando los versos de Shakespeare, contesté: «flores para contrarrestar tu aliento». Y aquello se parecía tanto a una discusión de novios, que nos unimos en matrimonio en una iglesia en la que previamente se habían casado un chico y una moto y nos fuimos de viaje a Suiza, porque Penélope quería ver la capital, a pesar de que Berna está aquí mismo y es la ganadora de la primera edición de este concurso. (Por favor, que nadie se despelleje las manos a aplaudir.)

En efecto, ya se trate de Madrid o de Suiza, del restaurante al que se le ha caído la erre del rótulo o de un motel sin estufas y una mancha de humedad en el techo, también se ha valorado que la historia de amor transcurriera en al menos un marco bien definido que, en el caso de la carta ganadora, va a encontrar recompensa en el cuadro de Bea con que está premiado el concurso… Bien, aunque diréis que no viene al caso que os siga contando mi vida, debo argumentar en mi defensa que lo hago tan sólo porque se me ha puesto en las narices. Dicho lo cual, os cuento que, una vez en Berna, así como un número asombroso de concursantes lo estaba con la ortografía, yo acabé peleado con Penélope. Estábamos en el hotel en el que nos habíamos registrado cuando tuve que ir al servicio con mogollón de cuita en el corazón por la distancia insoportable que nos alejaría hasta mi regreso. Al volver, aliviadas cuita y vejiga, la sorprendí coqueteando con un suizo y, preso de los celos, volví a apoyarme en Shakespeare: «me siento atrapado por el monstruo de los ojos verdes», le confesé sin advertir que estaba mirando sus preciosos iris. Se lo tomó por donde no era. Nos enfrentamos, reñimos y regañamos; nos amenazamos con cantarnos canciones de series infantiles y, llegados a este extremo de violencia, decidimos por fin que lo mejor sería separarnos temporalmente: yo me volví a Madrid y ella permaneció desayunando en la cafetería de los suizos que habían arruinado nuestra relación. «Tener celos de un bollo: hay que ser gilipollas», me atormentaba de vuelta ya en España. En su ausencia, los segundos se me hicieron como segundos, no la echaba mucho de menos, vamos; pero cuando al cabo de una semana recibí una carta suya, la abrí con ansiedad, hice volar los ojos sobre sus letras y sólo entonces se me vino de golpe a la cabeza todo cuanto se dice sobre la caligrafía de los médicos: «¿qué cojones pone aquí? ¿Geranio? Geranio o libélula, por ahí le anda». Pero al cuarto renglón, como mi capacidad de lectura me permite hasta leer entre líneas, me pregunté si Penélope no estaría mandándome a paseo de tanto por ahí le anda. Pensé: «me moriré amándote, luz de mis días. Pero hasta entonces voy a ver si me tiro a todas las que se me crucen».

Y así, en esta zozobra de acostarme con más mujeres de las que mi modestia alcanza a recordar, fueron pasándoseme lúgubres los días hasta ayer, cuando, de pronto, a la hora de la siesta por mor de joder, Penélope me llamó a cobro revertido para que nunca pudiera decir que nuestra relación no me había enriquecido. Me anunció que volvía a Madrid esta mañana. Quería verme, reconciliarse conmigo, dijo. Y yo contestaba a todo que sí: sí me alegraba de que volviera, claro que quería verla, por supuesto que deseaba nuestra reconciliación. Pero cuando, después de reencontrarnos, reafirmada la solidez de nuestro amor inquebrantable, me preguntó si no tenía ningún regalo para ella por el día de los enamorados, le dije: «Lo siento, de verdad. Si no fuera porque es San Valentín, te diría que se me ha ido el santo el cielo». «¡Se te ha olvidado!», me reprochó y esta vez fue ella la que puso el grito en el cielo. Reaccioné entonces con una de esas frases tan sinceras con las que uno aparenta interés por su pareja: «venga, cariño, no grites, que luego te quedas afónica»; pero Penélope lo interpretó como si le hubiera dicho: «calladita estás más guapa» y así, grácil cual cisne, me cruzó la cara de un guantazo y se marchó sin mirar atrás. Por eso… por eso decía al principio que aún no me había recuperado de mi última relación: porque mientras que los protoganistas de las cartas intercambiaban miradas fogosas, a mí todavía me arde la mejilla por este amor voluble como las idas y venidas del discurso; como si, por otra parte, el amor fuese algo externo a nosotros.

Personalmente, y para terminar, quisiera decir que, entre las que me ha tocado leer, ningún autor se ha escrito una carta de amor a sí mismo. Seguro que algunos estaréis pensando: «hala, ya le dio el brote de la autoayuda». Me da igual. Estoy convencido de que habría sido saludable encontrar alguna carta de estas características, porque si cada uno consigue quererse y llevar el amor dentro de sí, no sólo va a ser más feliz y va a estar en disposición de ofrecer sentimientos de mejor calidad, sino que este ejercicio de autoamor, sobre todo, zanjaría el fructífero debate, por fin, sobre si las cartas son de quien las manda o de quien las recibe. Muchas gracias.

Fallo del concurso:

Bien. A continuación voy a proceder a la lectura del fallo del concurso. Como os he notado con alguna dificultad durante el discurso, permitidme que os aclare antes el sistema que he elaborado para que esta parte final se desarrolle con normalidad. Desde ya anticipo que tiene un grado de complejidad similar a lo de los cuartos y las campanadas de Nochevieja, pero confío parcialmente en vuestra capacidad. La cuestión es que voy a ir diciendo los nombres de los seis finalistas y, por último, el del ganador o la ganadora del concurso, y después de pronunciar cada nombre convendría que vosotros os lanzarais a uno de vuestros espontáneos aplausos. Repito: primero digo el nombre y después los aplausos; no jodáis con el orden, porque si empezáis a aplaudir antes de que diga los nombres, alguien podría pensar que el concurso está amañado y no queremos eso, ¿verdad? De acuerdo, pues allá voy: 6 puntos para Sur, de Mónica Morales; 6 puntos también para Un minuto de carta, de María Victoria Cuenca; a continuación, 8 puntos para Vuelvo a Praga, de Marta del Río. En fin, otros 8 puntos ha conseguido A vos… y tu infinita ausencia, de Claudia Alejandra Morales; 10 puntos ha recibido Manu Ramos por La infección de tu nombre… Ya sólo queda un finalista y el ganador; como entiendo que no conviene prolongar la tensión, aprovecho para recordar antes que los relatos de los finalistas se publicarán en el sitio web del Taller de Escritura de Madrid. Y ya nada más, salvo que me olvide de algo… Ah, sí, que no he terminado con el fallo: un total de 12 puntos ha sumado Me he comprado una gata, de Fernando del Teso. Y, por fin, 14 puntos para el relato ganador de esta segunda edición del Concurso de Cartas Amor Antonio Villalba: Curvo, de Gabriel Rodríguez García. ¡Enhorabuena! Si eres tan amable de subir a leer la carta.


Biografía de Antonio Villalba (por Miguel Ángel Vázquez)

En 1981, con motivo de la boda de Villalba con la dramaturga mexicana Oscévola Marquiegui (1960-), se produce una reunión de creadores de diversos orígenes en un restaurante de Madrid llamado El Palentino. A los postres de dicho almuerzo, los asistentes redactan el conocido como “Manifiesto El Salto”, que propugna una poesía ligada a la realidad desde la procura de la utopía de la perfección estética, poesía, dice dicho manifiesto, “bella a la vez que capaz”. En dicho acto, el propio Villalba pronuncia la frase que se ha hecho famosa como lema de los poetas de El Salto: “Poesía es persecución”.

Asistentes a dicho almuerzo con obra publicada son David Aragonés (“Sonata digna del doble invierno”); María Isabel Lacalle (“Gardenias”, “Major Isatis”); Gabriel Durán (“Hard disk space (poemas)”); Dolores Camba (“La font d’escarcha”); Guido Entel (“Desamor bilis”); y el poeta bilingüe Miguel Pontevedra, quien ha publicado toda su obra en inglés en Estados Unidos.

Por su parte, Villalba publicó en 1987, tras una larga esp era de la crítica, su obra monumental “Onocrotalus”, libro de más de quinientos poemas que acumulan unos 100.000 versos de honda raigambre lírica. Entre los poemas figura su redivivo “Soneto de las raíces surgidas”, indispensable hoy en día en toda antología de novísimos.

Un aspecto muy relevante de la vida de Antonio Villalba son sus relaciones sentimentales. Según el mismo relata en su poema “Arena en las manos”, su primera experiencia con las mujeres fue en 1974, durante un viaje escolar a París; y fue nada menos que con Margherite Yourcenar, entonces una crepuscular mujer de 71 años. Define dicha relación el poema con los versos: “apenas besos apenas palabras / acrisolando en su interior plurales futuros”. En un encuentro casi casual, Yourcenar y Villalba dialogaron interminablemente sobre el amor, a la forma platónica, “y en las horas del aquel otoño”, como ha dejado escrito Villalba, “aprendió mi intelecto lo que después haría mi cuerpo”.

Amén de las constantes idas y venidas entre Villalba y su mujer legal, son conocidos sus romances con Sonia Aldaba, escritora infantil autora de “Historia del satélite que quería ser planeta”; la directora de cine Natalia Houseman (Oso de Plata en la Berlinale ’91 por su cortometraje “Shalom”); o la escenógrafa australiana Liz Cagney Yes, entre muchas otras. Un volumen muy elevado de relaciones cuyo recuerdo compiló en 1990 Villalba en su “Antología de Cartas de Amor”, libro que fue en dicho año Premio Nacional de Poesía y que finaliza con e l poema “Ojalá lea versos que conmuevan estos versos”, en los que el poeta concibe el dolor y la felicidad del amor como un continuo sin final, por lo que, dice, hay que escribir sobre el amor “aún sin amor mismo”.

En recuerdo de esta obra maestra de la poética contemporánea, que es asimismo un reto para todo creador, el Taller de Escritura ha creado el presente concurso de Cartas de Amor con el nombre de este insigne poeta.

En 1993 Villalba, que en la universidad había obtenido el doctorado en Derecho, fue nombrado agregado cultural de la embajada española en Sri Lanka. Dicho nombramiento inició un periplo de ausencia de nuestro país durante el cual estuvo en varios países del Asia remota. Regresó a España en el 2001 y actualmente prepara su “Poemario oriental”, en el que recoge las influencias estéticas recibidas en los últimos años. Prepara en paralelo los guiones de una serie para la 2 de TVE sobre la espiritualidad budista.