Libros de los invitados especiales

Pan, de Knut Hamsum

En mi vida y en mi forma de escribir, han influido varios libros y, además, muy distintos entre si. Uno de ellos, tal vez el primero, fue la novela Pan, de Knut Hamsum. Creo que fue Hamsum (es decir, el complejísimo personaje central de esa novela), quien me enseño que negar apasionadamente tres o cuatro veces seguidas, equivale a una afirmación vehemente. Es una especie de sí invertido.

Javier Tomeo, escritor

Los apuntes de Malte Laurids Brigge, de Rainer María Rilke

Puestos a ser un libro, yo podría ser Los apuntes de Malte Laurids Brigge, de Rainer Maria Rilke. Me reconozco (reconozco partes de mí) en esa mirada marciana, introspectiva y lírica, empeñada en capturar la lógica del extrañamiento. Ningún argumento preconcebido, sino la felicidad y el castigo de explorar la soledad propia y la ajena. Es algo que recupero cada vez que abro las páginas de este libro o más bien este libro me abre a mí.

Eloy Tizón, escritor

Escapada, de Alice Munro

En estos relatos, Munro hace gala de su maestría al manejar situaciones difíciles. Como en todo lo que escribe, trata de asuntos desgarradores ─separaciones, muertes, enfermedades, pérdidas─ que se quedan en el aire de los grandes espacios canadienses, como si fueran inseparables de la vida. La vida deambula, los personajes deambulan, la prosa de Munro fluye. Muchos callan, pero todos guardan dentro de sí, como un tesoro precioso, un don mágico, el latido que refleja el fluir de la vida.

Soledad Puértolas, escritora

El proceso, de Franz Kafka

Porque habla de un concepto clave de nuestra civilización: la culpa. Y lejos de los discursos simplificadores y confortantes, tiene el valor de hacernos ver que la culpa la impone el poder, al margen de la culpabilidad o inculpabilidad del sujeto. Viene a mostrarnos que ser inocente no exime del castigo, pero que ser hombre significa resistirse a la injusticia y no transigir jamás con ella. Aunque el enemigo sea más fuerte y acabe derrotándote.

Lorenzo Silva, escritor

Poemas póstumos, de César Vallejo

Pocos autores han escrito libros que fueran tan personas, que hablaran con carne emocionada e inteligente, como el poeta peruano César Vallejo. Los poemas de Vallejo nos cambian la vida porque transpiran vida. Una vida el lenguaje vuelve temblorosa y lo sofistica al mismo tiempo. Vallejo inventó la vanguardia humanizada. Qué más se puede pedir. Qué más se puede inventar.

Andrés Neuman, escritor

Poemas, de Emily Dickinson

Emily Dickinson no se movió de su pequeña ciudad, apenas salía de casa, y sólo llegó a ver publicados en vida siete de sus poemas. Sin embargo, fue escribiendo a lo largo de toda su vida una de las obras más originales y turbadoras de la poesía de todos los tiempos. Una poesía que parte siempre de las cosas más cercanas, el jardín, los pájaros, el mundo familiar, el sucederse de las estaciones, para abrirse por ellas a un mundo trascendente lleno de misterio y de fascinación. Emily Dickinson no distinguía la vida de la muerte, y era capaz de decir las cosas más graves de la forma más leve. Era como esas cabras que ramonean en las paredes más abruptas de los acantilados, y que no podemos ver sin estremecimiento, aunque ellas vivan enteramente ajenas al peligro que corren. Esa mezcla de atrevimiento y candor es la poesía para ella.

Gustavo Martín Garzo, escritor

El Aleph, de Jorge Luis Borges

Una broma poética muy seria.

Jorge Edwards, escritor

Últimas noticias sobre el periodismo, de Furio Colombo

Manual de periodismo internacional. Como es imposible encontrar un solo libro entre la literatura ya sea en prosa, género dramático o poesía, me he decantado por un libro relacionado con mi profesión. Por muchos vaivenes que tenga el desarrollo del periodismo ya sea en papel, en el audiovisual o en la red, la distribución por secciones y las particularidades de cada especialidad son la clave del ejercicio de este oficio. Colombo analiza cada una de las secciones y de los géneros.

Ángel Expósito, director de ABC

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

Me veo reflejado en la intrepidez del hombre de acción, pero también en la hondura de su reflexión sobre el ser humano. A medida que van pasando los años, también tendría que añadir el Pedro Páramo de Juan Rulfo como una lectura que ha calado muy hondo dentro de mí.

José Luis Gutiérrez, periodista

El talón de hierro, de Jack London

London reflexiona sobre el proceso de concienciación que lleva a un cristiano hacia el descubrimiento del marxismo y la realidad humana, un viaje que yo también realicé en un momento de mi vida.

Raimundo Castro, periodista y escritor

Libro VI de la Eneida, de Virgilio

Este es Eneas, el Troyano, insigne/ en piedad y valor; busca a su padre/ bajando hasta la hondura del Erebo. En mi opinión, este es un momento cumbre de la Literatura Universal donde el poeta Virgilio nos relata la llegada de Eneas a Cumas y todo el camino que recorre descendiendo a los infiernos para encontrarse con su padre Anquises.

César Antonio Molina, ministro de Cultura en funciones

Rojo y negro, de Stendhal
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José Bono, presidente del Congreso de los Diputados

 
 
 
 
 
Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar

Fue un regalo de mis compañeros opositores, el primer libro que pude leer tras casi dos años dedicados a estudiar leyes para preparar la oposición. Hasta entonces había sido un lector voraz y Memorias de Adriano hizo que volviera a recuperar el gusto por la lectura.

José Antonio Alonso, portavoz del grupo parlamentario socialista

Incerta Glòria, de Joan Sales

Si fuese necesario identificarse con un único libro, éste sería Incerta Glòria, de Joan Sales, sin duda una de las mejores novelas catalanas y universales del siglo XX. La Guerra Civil española aparece en ella sin maniqueísmos, como el escenario en que además de la tragedia colectiva y las críticas tanto al fascismo como a la anarquía, se suceden también el amor y el odio, la juventud, el arrepentimiento, las crisis personales, la duda o el destino.

Josep Antoni Durán i Lleida, portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

salinger-guardianEs uno de los libros que más han influido en mi vida. Y digo influido porque sigue viva en mí la impresión que me causó su lectura, tanto por su lenguaje como por su contenido. No obstante, aclaro que esta elección no significa que me sienta identificado con Holden, su protagonista, sino que creo que sigue muy vigente en nuestros días la forma analítica y crítica e, incluso autocrítica, que hay que tener para ver el mundo que nos rodea y el encaje de uno mismo en ese mundo. Creo, además, que mi opinión puede ser compartida por mucha gente, dada la vigencia que sigue teniendo esta obra ─escrita a principios de los años 50, antes incluso de que yo hubiera nacido─ en un mundo, para bien y para mal, muy globalizado.

Gaspar Llamazares, coordinador general de IU

La montaña mágica, de Thomas Mann

Joan Ridao, portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados

Mal de amores, de Ángeles Mastretta

Es difícil hablar de un libro que defina a una persona pero si hay una novela que me ha marcado en los últimos años, ese sería, sin duda, Mal de amores, de Angeles Mastretta. Es la historia de la pasión de una mujer, enamorada de dos hombres y encorsetada por las rígidas reglas sociales que regían el convulso Méjico de principios de siglo XX, azotado por la revolución y la guerra civil. Este contexto histórico y social sirve a la autora como metáfora para abordar la lucha interna y liberadora del personaje principal, Emilia Sauri, una mujer adelantada a su tiempo y atormentada por el triángulo amoroso sobre el que se cimenta la novela. Lo que más aprecio de esta obra es cómo Mastretta, a través de su rica narrativa, analiza con profundidad el complejo universo de una mujer que trata de liberarse de las convenciones y las barreras sociales de una sociedad conservadora en búsqueda de un mundo mucho más igualitario.

Carmen Silva, portavoz del grupo socialista en el Senado

Los pilares de la Tierra, de Ken Follet

Es verdaderamente imposible encontrar un libro que pueda definir una vida, salvo que sea la propia autobiografía y el autor haya volcado en el relato, con acierto y sinceridad máxima, todas sus experiencias vitales. Dicho lo cual, vayamos al libro que más se puede acercar a lo que uno mismo sería o a la propia vida personal.

Elijo como tal Los pilares de la Tierra, de Ken Follet. Es el relato de una persona humilde, una entre cientos de miles, que contribuye a realizar una gran obra, una obra irrepetible, distinta de cualquiera de las demás, que pervivirá por los tiempos, que sobrevivirá todas las generaciones que el protagonista pueda imaginar. Un carpintero que se afana por utilizar la madera de la forma más correcta, que usa las herramientas manuales para ir modelando cada viga, cada pieza; que sueña el final de la obra y que no renuncia a la perfección de su pequeña aportación aunque sabe que ni él, ni sus hijos, ni los nietos que pueda llegar a conocer verán la Catedral, la obra que han contribuido a crear. Para él, para el hijo que aprende con y de él, la catedral es cada día de trabajo; la catedral es cada avance, cada día que acaba con el trabajo bien hecho. No espera el reconocimiento futuro: vive feliz haciendo lo que le gusta hacer, lo que sabe que hace bien. No lo piensa nunca, nunca lo dice: pero sabe que sin su trabajo la catedral nunca podría construirse. El humilde carpintero es tan feliz como el arquitecto; no busca la gloria: quiere la catedral. Sabe que, él sólo, con el trabajo bien hecho, puede contribuir a que la gran obra perdure. Sabe que si el no hace bien lo que le está encomendado, esa catedral nunca llegará a sostener la tierra. El carpintero está a gusto en su piel; no ambiciona nada más que lo que tiene; se siente feliz de ser uno de los que cree que lo que tiene, ─la posibilidad de poder contribuir a que, muchos siglos después de que él muera, muchos hombres sigan disfrutando de esa bella obra que él construyó.

Rosa Díez, diputada y portavoz de UPyD

La balada del café triste, de Carson McCullers

Recuerdo que tenía quince o dieciséis años cuando descubrí, en el escaparate de la la librería Taranto, de un exiliado español en Montevideo, La balada del café triste, de Carson McCullers, editada por Seix-Barral.

No conocía a la autora. No sabía quién era Carson McCullers, pero pensé que una escritora capaz de publicar un libro con un título tan sugestivo, melancólico e inquietante, tenía que ser poco menos que un genio. Por entonces yo estudiaba Literatura Comparada en la universidad de Montevideo ─gratuita─, no tenía un peso (o sea, no tenía un duro) y el libro, de importación, era muy caro. Taranto era un librero tan exigente como gruñón, tan cabreado con el mundo como lo podía estar un exiliado que esperaba cada día la muerte de Franco (el dictador lo sobrevivió muchos años); era anarquista y malhumorado, pero sabía muchísimo de libros. Entré, temblando, a la librería, y le pregunté el precio del libro. Me conocía y supongo que le debía caer bien, porque a mí, no me gruñía tanto como a los demás; o quizás intuía mi pasión por la literatura y confiaba en mí, porque cuando le pregunté cuántos ejemplares tenía, me contestó: “Uno solo, hija mía, ¿cuántos quieres que tenga? Esta autora es para poca gente, o sea, es una gran escritora”. El dinero no me alcanzaba, como pudo ver, porque me puse a contar los pesos encima de la mesa; entonces, en un gesto completamente inusual en él, me dijo: “Lo quito del escaparate y te lo guardo; cuando juntes el dinero, te lo llevas” y alargó el gran gancho hacia el escaparate. Yo vi al libro atrapado en la boca del gancho volar hasta una estantería muy alta, donde Taranto guardaba los libros más exclusivos y salí de la librería esperanzada: se trataba de juntar el dinero suficiente para comprarlo.

Negocié algunas cosas: le hice el trabajo de francés a un compañero y ayudé a traducir del latín a otra. Renuncié a fumar durante una semana, y al final, conseguí reunir el dinero para comprar el libro.

No me decepcionó; todo lo contrario: La balada del café triste es una novela psicológica de una extraña, perturbadora poesía, donde lo sórdido y lo patético se combinan (lo horrible y lo sublime, como dirían los románticos) de una casi insoportable sabiduría emocional. Se convirtió en uno de mis libros favoritos. Averigüé todo lo que pude acerca de la autora ─que era muy poco─ y en los años siguientes, leí el resto de su obra.

Me he exiliado, he vivido en distintas ciudades, me he separado varias veces, he perdido muchas bibliotecas. Durante mucho tiempo, el libro sólo anidó en el anaquel de mi memoria. Ahora lo he recuperado definitivamente, gracias a la nueva edición de Seix-Barral.

Cristina Peri Rossi, escritora

La línea de sombra, de Joseph Conrad

conrad-sombraCruzar líneas de sombra viene a ser la esencia de la vida. Cada vez que releo este libro no puedo dejar de sentir que ese capitán novato que trata de mantener el rumbo en un mar traidor y encalmado soy yo. Yo soy el barco, yo soy la tripulación enferma, la calma asfixiante y el mar, yo soy, sobre todo, ese capitán bisoño. Y también, claro, soy yo ese viejo sepultado en el fondo del océano y mías son las dificultades para superar esa latitud. Líneas de sombra, la vida no tendría gracia sin ellas.

Javier Sagarna, director de Escuela de Escritores

La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier

Se trata de un repaso a buena parte del siglo XX, desde octubre de 1917 a la revolución cubana, en más de 600 páginas de prosa apretujada, maravillosamente excesiva y, por encima de todo, vital. Debía de tener catorce o quince años cuando lo leí y me recuerdo, cuajadito de acné, anhelando que mi vida llegara a ser tan intensa como la de los personajes de la novela. Luego, para qué contar… No os perdáis la primera página del capítulo octavo.

Pau Pérez López, director de la Escola d’Escriptura (Ateneu Barcelonès)

Anna Karenina, de Leon Tolstoi

Empecé a leer esta novela en un momento muy difícil de mi vida: me dio por ahondar, de esta manera, en mi propio sufrimiento, en lugar de intentar aliviarlo. Una persona que me apreciaba me dijo, seguro que con su mejor intención: “Pero cómo te estás leyendo eso ahora…”; y me puso en las manos una novelita cualquiera, banal, liviana, que me hizo aparcar a Tolstoi por unos cuantos días. Aunque lo cierto es que yo estaba deseando volver, y eso hice en cuanto me sentí con fuerzas: aquello que la Karenina sentía era ni más ni menos, exactísimamente, lo que sentía yo. Todavía no entiendo cómo Tolstoi lo pudo explicar tan bien, ni cómo puede ser que las personas nos podamos parecer tanto por dentro, viviendo en sitios tan aparentemente distintos, por más que avance el tiempo y evolucionen las sociedades.

Ángeles Lorenzo, responsable de los cursos presenciales de EdE

Poesies, de Màrius Torres

Nació en 1910, en Lleida, y murió joven, a los 32 años, víctima de una tuberculosis que le mantuvo recluido en un sanatorio durante los siete últimos años de su vida. Allí escribió la mayor parte de sus poemas, que nunca vio publicados. El intenso clamor por la vida, en circunstancias muy difíciles, una honda belleza y la serena melancolía son una constante en su obra. Cançó a Mahalta es uno de los poemas de amor más bellos y emotivos jamás escritos.

Jordi Muñoz i Burzon, director de la Escola d’Escriptura (Ateneu Barcelonès)

La tía Tula, de Miguel de Unamuno

Estos dos libros los leí el peor año de mi vida y creo que me la cambiaron, que me envenenaron de esperanza y de redención; descubrí en el primero algo que mi madre me había enseñado siempre (tiene que ver con el amor, pero soy incapaz de definirlo) y en el segundo que el perdón nos puede salvar.

Jesús Pérez Sáiz, profesor de Escuela de Escritores

La isla del tesoro, de R.L. Stevenson

La primera vez que leí La isla del tesoro tendría unos diez años. Era verano y aburrida de no hacer nada encontré en la biblioteca de mi padre un libro pequeño, de papel fino y dibujos a una tinta. Me enganché a aquel libro y pasé el mes de agosto oteando el horizonte sobre el mar por si veía llegar un barco con la bandera negra izada. Lo leí varias veces aquel mes, aprovechando cualquier luz, cualquier hueco en una agenda plagada de ellos, en siestas que odiaba fingir o noches de poco sueño. Aquel mismo agosto pusieron en televisión un par de películas de Errol Flint y las vi sin pestañear. En septiembre ya había decidido dos cosas: que quería ser pirata y que sería escritora.

Esperanza Fabregat, profesora de Escuela de Escritores

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

salinger-guardianPorque cuando la leí por primera vez estaba tan perdida como Holden Caulfield y esos patos que abandonan el lago de Central Park cuando se hiela. Es cierto que al cerrar el libro no me encontré ninguna brújula vital en el bolsillo, pero a cambio me sentí mucho menos sola en este mundo que sigo sin entender la mayor parte del tiempo. Y hasta aquí voy a contar, que yo tampoco tengo intención de aburrir al personal con puñetas estilo David Copperfield.

Ana Muñoz de la Torre, profesora de Escuela de Escritores

 
Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol

sanchez-pandoraPorque, como yo, vive de la fantasía y de lo real; por ser maleable y no resistirse a las variaciones de género y registro; porque es una novela cuyas aventuras me entusiasmó protagonizar; por ser la que me abrió los ojos a las destrezas narrativas; por su complicidad vital más allá de la simple lectura.

Montalbà Bori, profesora de Escuela de Escritores

 
 
Poemas de otros, de Mario Benedetti

benedetti-poemasLos descubrí en 1993, por casualidad, recitados por Darío Grandinetti en la película El lado oscuro del corazón. Eran poemas de amor, me acompañaron durante la época universitaria y hasta llegué a asistir a una velada poética en la que participó Benedetti. Posteriormente, asistí como alumno a un seminario que impartió sobre relatos, me leí todas sus novelas y, de algún modo, creo o quiero creer que mi estilo tiene alguna deuda de agradecimiento con este autor. Especialmente conmovedores, recomiendo, entre los Poemas de otros, los dedicados a Laura Avellaneda y Martín Santomé, personajes principales de la magnífica novela en forma de diario La tregua.

David Gallego, profesor de Escuela de Escritores

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

En cualquier rincón del mundo, en este mismo momento, arde un libro. Por eso, como mecanismo compensatorio, mientras ese libro se consume en las llamas alguien debe estar escribiendo otro. Creo que Fahrenheit 451 tuvo mucha culpa de que yo haya terminado en la escritura: para compensar. Porque quiero escribir. Leer. Pensar. Porque no quiero ser ingenuamente feliz a la fuerza.

Juan Carlos Márquez, profesor de Escuela de Escritores

La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique

bryce-vidaSi yo fuese un libro, sería, sin duda alguna, La vida exagerada de Martín Romaña de Alfredo Bryce Echenique. Fue el regalo de una gran amiga y motivo de expulsión de varias salas de espera: mis risas molestaban a los médicos que atendían en las consultas. Supongo que eso es lo que me enamoró de la novela: al protagonista le pasa lo que a mí, está permanentemente fuera de lugar. Lo cierto es que nunca antes hubiese imaginado que leer una operación de hemorroides en carne ajena podía ser tan divertido y tan terapéutico. Además, la voz tan especial del narrador, me enamoró de principio a fin. Tanto que todavía recuerdo algunos pasajes sobre “el tipo de los mocasines limpios”, el “carnicero de Logroño” o la legendaria “Octavia de Cádiz”.

Jaime Bartolomé, profesor de Escuela de Escritores

Rayuela, de Julio Cortázar

Por París. Por sus puentes. Los no encuentro de Oliveira y la Maga. Por la Maga. Por Rocamadour. Los mates, la patafísica. Por el paraguas rojo del parque y las tizas que dibujan en el suelo.

Mariana Torres, profesora de Escuela de Escritores

El mito de Sísifo, de Albert Camus

Escribía Camus: “Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio a los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones en esta tierra […] Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas […] Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil […] El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar su corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”.

Antonio Rodríguez Menéndez, director de la Escuela de Lectura de Madrid