mancha-minimaLa mancha mínima
 es el título del décimo tercer libro anual de los alumnos de Escuela de Escritores que se presentó el pasado sábado 4 de junio en la Sala Galileo Galilei de Madrid. Cada año, Escuela de Escritores publica una antología con los relatos, poemas, crónicas y otros textos de los alumnos que han participado en nuestros talleres.

En La mancha mínima  han participado nada menos que 219 alumnos de los cursos que se imparten desde septiembre del año pasado y hasta finales de junio en nuestra sede de Madrid y en las aulas del Campus Virtual.

El acto de presentación estuvo a cargo de Jaime Bartolomé, el profesor de nuestros cursos de Guion, que estuvo deslumbrante en su papel de monologuista arrancando las carcajadas del público con su improvisado estudio sociológico sobre el perfil de los alumnos -y de los profesores- de la Escuela. Además, Mar Artigas, alumna del primer curso del Itinerario de Novela, subió al escenario para contarnos de qué le ha servido su primer año en Escuela de Escritores, un texto que puedes leer aquí. Javier Sagarna, director de la Escuela, cerró la presentación animando a todos los alumnos a continuar persiguiendo sus sueños a través de la escritura.

“Bienvenidos los «buenosparanada». Todos lo hemos sido. El arte es el territorio de los «buenosparanada» —dice Julio Espinosa, director de la Escuela de Escritores de Zaragoza y autor del prólogo—: es allí, en esa libertad, en esa nada translúcida, blanca, infinita,donde debemos movernos y encontrar lo que buscamos. Publicar es sacar algo de esa nada, hacer emerger una figura de una piedra, que es un mar, que es un algo informe al que nosotros le damos forma y, más que forma, sentido. Publicar es sacar a la luz, mostrarle, regalarle al otro un trozo de realidad que no había visto, que está allí aunque sea solo porque nosotros lo hemos pensado, lo hemos inventado. Y hacerlo ya vale el riesgo”. Enhorabuena a los 219 valientes que se han atrevido este año.


Prólogo de Julio Espinosa

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Escribes una primera frase en la pantalla del ordenador y sabes que acaba de comenzar un cuento o un poema. Por un instante, levantas los dedos del teclado y vuelves a leerla. Te gusta, así que continúas. Te gusta, por eso continúas. no piensas si lo que saldrá será bueno, muy bueno o malo. simplemente, lo haces. Escribes. Escribes porque la escritura le da forma al mundo. porque la escritura crea el mundo. porque te hace feliz. Todos hemos estado en esta posición alguna vez, pero también hemos estado en el otro lado. Hemos habitado el instante de la incertidumbre, cuando las palabras se atascan, cuando las palabras ya no salen más. Cuando el universo inventado se torna de cartón y los sustantivos, los adjetivos, los verbos y los adverbios se quedan cortos, amputados, mudos a pesar de nuestro esfuerzo.

Es el deseo de la escritura, el deseo de romper esa barrera propia, el que seguramente nos ha reunido aquí, más que nuestras capacidades innatas. En algún momento supimos que nos faltaba saber cosas, aunque no supiéramos el nombre de esas cosas. o justamente, porque no sabíamos su nombre.

Porque amamos lo que hacemos, persistimos. Ese persistir fue el que un día nos empujó a ir más allá, y buscamos por internet, o nos dimos de bruces con una valla publicitaria o escuchamos la radio y de pronto estaba allí, la Escuela de Escritores. Después de pensarlo y repensarlo, llamaste, escribiste, te inscribiste. Y pasaste a formar parte del círculo, parte de nosotros, que no tenemos sentido sin ti.

Este libro, La mancha mínima, es una huella, un signo que denota tu existencia como escritor, que te de/muestra que ese paso que diste en un momento determinado fue un buen paso. Quizá un día, antes de decidirte a ser parte de esta familia de miles de apellidos que es la Escuela, dudaste. Y si lo hiciste, fue porque la duda está en el ambiente: «¿para qué una escuela, acaso los grandes escritores no se hicieron solos?». Y te debieron haber dicho —y mucho— que a escribir no se aprendía. De un tiempo a esta parte has descubierto que sí, que había un montón de técnicas, un montón de recursos, un montón de maneras de juntar palabras que no conocías y que ahora, porque diste el paso, sí que conoces… Y no hablemos de todo lo que falta por aprender.

La mancha mínima demuestra, también, que somos muchos los que vemos el mundo de otra forma, una manera que no está en los noticiarios, que no está en las tertulias televisivas ni en internet. Formas únicas. Formas curiosas. Formas tristes y esperanzadoras. Cada uno de los que estamos aquí somos parte, en el fondo, de una mancha más en el gran lienzo que es la escritura creativa en la historia del hombre. Suena grande, grandilocuente incluso, pero no lo es. La verdad es que puede que ahora seamos una mancha mínima. Puede que nunca seamos una figura del todo. Pero no importa. Estamos aquí ampliando el margen de lo real, el margen de lo conocido. Porque nuestra voz, nuestro tono, nuestra mirada y nuestras experiencias, esa frase primera de todo relato, aumentan el campo donde la humanidad se mueve. Pues el mundo se conforma un poco más cada vez que un escritor, un poeta, lo nombra desde su voz, desde su pequeña esquina de mundo. No seremos más universales por usar nombres anglosajones ni situar nuestras historias en nueva York o Tokio. Ya lo dijo el viejo Tolstói: «Describe tu aldea y describirás el mundo». De allá soy. De allá somos.

Sí, hemos aprendido un montón de técnicas, ahora manejamos los recursos. pero ¿y la magia?, ¿y el misterio?, ¿dónde han quedado? porque existe un riesgo: que la técnica se quede en la técnica, que nunca demos el paso hacia arte, que nos anquilosemos en el uso adecuado de palabras, recursos, en las partes del relato, los puntos de giro, las metáforas, los símbolos, y creamos que esto es la escritura. puede que estemos haciéndonos esa pregunta ahora mismo, cuando leemos el libro y nos sentimos orgullosos, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que aquello que hacía especial a nuestros primeros escritos, ahora, después del aprendizaje, se ha perdido, mimetizándose con ciertas estructuras, ciertas formas ya uniformizadas en la escritura propia y la de los demás. Es decir, un escrito propio que no difiere, en el fondo, de los escritos de los otros.

Es entonces cuando nos asaltan las preguntas: ¿somos nosotros, nuestra escritura, ahora mismo, después de este tiempo en la Escuela, lo que reflejannuestras historias?, ¿o somos el resultado de un tipo de aprendizaje, de una propuesta estética, de la manera de entender la escritura que tiene nuestro profesor?, ¿hacemos lo que queremos o lo que nos han dicho que hagamos?, ¿realmente estamos satisfechos?

Este miedo puede estar allí. Puede que algunos de los compañeros que hemos tenido durante este tiempo no estén en La mancha mínima por eso, pero hay dos razones por las que el camino recorrido no solo vale la pena, sino que es fundamental. la primera es una pregunta, que cada uno de nosotros debe responderse en la intimidad: ¿realmente, cuando antes escribíamos, escribíamos lo que queríamos escribir o simplemente salía lo que podía salir: eso que nosotros pensábamos que era literatura, pero que ahora quizá entendemos de otra forma? ¿acaso no es cierto que, aunque el creador nazca, los seres humanos somos una serie de tópicos y lugares comunes, lugares sociales reunidos hasta que no tenemos los recursos como para plantearnos el mundo desde otro lugar? Y aquí la segunda razón: para poder encontrar la propia voz e incluso la propia versión del mundo, eso que se llama autenticidad, tenemos que conocer todos los recursos. solo cuando se aprende la técnica, nos podemos olvidar de la técnica y centrarnos en nuestra búsqueda personal. Es decir, el misterio viene después. aunque, la verdad, es que el misterio, la magia, siempre estará allí, porque uno de los secretos mejor guardados de la escritura, del lenguaje, es que nuestra mirada siempre se abrirá paso por entre la grieta de las palabras.

Por eso, participar en La mancha mínima es también la apertura de una puerta, los primeros pasos por el camino de baldosas amarillas, que nos llevará a descubrir nuestro propio Oz interior, un mago capaz de, con las palabras adecuadas, transmitir aquello que lleva dentro de sí, haciéndole caso o rompiendo la estructura canónica. Porque publicar tiene una magia especial.

Publicar, que es «hacer público», es compartir con los demás lo más especial que tenemos. También es darle al otro la posibilidad de juzgar. Publicar es un riesgo. Un peligro. Buscamos el elogio. Nos podemos encontrar con la crítica. La crítica es necesaria. Incluso la destructiva. Bienvenidos los «buenosparanada». Todos lo hemos sido. El arte es el territorio de los «buenosparanada». La literatura lo es. Y es allí, en esa libertad, en esa nada translúcida, blanca, infinita,donde debemos movernos y encontrar lo que buscamos. Publicar es sacar algo de esa nada, hacer emerger una figura de una piedra, que es un mar, que es un algo informe al que nosotros le damos forma y, más que forma, sentido. Publicar es sacar a la luz, mostrarle, regalarle al otro un trozo de realidad que no había visto, que está allí aunque sea solo porque nosotros lo hemos pensado, lo hemos inventado. Y hacerlo ya vale el riesgo.

No hay entonces nada más hermoso que una antología, que es una comunión de voces, una comunión de palabras. Se trata de un mundo nuevo, levantado por nuevos constructores. Un día cada uno de estos arquitectos brillará con voz propia, pero no olvidaremos esa ciudad creada en conjunto, deslumbrante y a veces todavía precaria, pero llena de novedad y de la fuerza del que ve la luz por primera vez. La mancha mínima es una propuesta de universo y, como tal, caótico, con su propia entropía, con su propia fuerza creadora y con su orden desordenado.

Dice Gary Snyder en su ensayo El lenguaje avanza en dos direcciones que el idioma de los exámenes, de las cartas oficiale, de los discursos y memorandos es un lenguaje eficaz pulcro y, por tanto, soso pero efectivo. En contraposición a este lenguaje directo tenemos el lenguaje del arte, que incluye el caos y el desorden, que también es creación y asombro. Compara entonces el lenguaje del día a día con un jardín limpio, podado, ordenado, un huerto donde lo importante es la fresa y que crezca en perfectas condiciones, sin la mordedura de un limaco; y el lenguaje del creador, con un huerto crecido en libertad, con sus hierbajos, con sus extraños bichos debajo de las piedras, con su serie de pulgones y de hormigas: un lenguaje salvaje en contraposición al lenguaje de oficinista del día a día.

Entonces, esta antología es una muestra de esa, nuestra huerta: caótica y hermosa en sus hallazgos, que nos plantea una aventura a cada paso, un nuevo descubrimiento. Bienvenidos entonces, compañeros, al lenguaje salvaje. Bienvenidos, compañeros, al mundo de la literatura.