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Equipo de la Escuela: Ángel Zapata
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Ángel Zapata (Madrid, 1961) es escritor y profesor de escritura creativa. Entre
otros galardones ha obtenido el "Premio Ignacio Aldecoa de cuento", "Premio Jaén
de relato", "Ciudad de Cádiz", "Ciudad de Huelva" y el "Premio de la Fundación
Fernández Lema".
Ha publicado La práctica del relato, El vacío y el centro
(Tres lecturas en torno al cuento breve), Las buenas intenciones y otros cuentos, y
La vida ausente.
Igualmente, ha llevado a cabo la edición de los cuentos completos de
Medardo Fraile en el volumen Escritura y verdad; y su trabajo como cuentista
ha sido antologado en Pequeñas resistencias (Antología del nuevo cuento español).
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| Entrevista realizada a Ángel Zapata en noviembre, 2008 |
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¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender —y enseñar— a escribir? |
Bueno… de entrada es que no comparto mucho esa visión un tanto mística y reverencial del Escritor
con mayúsculas. Sería un poco absurdo preguntarse si el albañil, el repartidor o el técnico de
reprografía "nacen" o "se hacen" ¿no? Personalmente, no estoy de acuerdo con que escribir
tenga que ser una profesión o algo parecido a una profesión. Pero si en esta sociedad la dimensión
de lo poético ha de vivirse y experimentarse dentro de un dispositivo institucional llamado "literatura"
(cosa que ya sería discutible), entonces no veo ninguna razón por la que esa práctica no se pueda
enseñar o aprender, exactamente igual que cualquier otra. |
¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase? |
La verdad es que he ido entendiendo mi trabajo como profesor de formas muy distintas a lo
largo del tiempo. Ahora mismo —y más allá de cualquier enseñanza normativizada del trabajo literario—,
intento que el taller de escritura sea un espacio transformacional, es decir: un lugar de producción y
elaboración del deseo, de recuperación de la vida sensible,
y de reapropiación de la dimensión poética de la experiencia. |
¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela? |
Una relación excelente, por más que la respuesta parezca previsible y protocolaria. De la Escuela de Escritores me gusta sobre todo la energía, el entusiasmo y la circulación de los afectos entre todos nosotros; es un entorno cálido y muy estimulante, en el que me siento francamente a gusto. |
¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico? |
Hace unos años me preocupaba mucho esto del método. Ahora mismo, en cambio, mi método consiste en no tenerlo. En cada clase, procuro escuchar lo que se mueve en el grupo (deseos, necesidades, estados de ánimo), y también lo que se mueve en mí: lo que "aquí y ahora" tengo ganas de explicar, compartir o lo que sea. Con ello, lo que busco es que la transmisión y/o elaboración común del saber sea un acto vivo, ligado a lo que ahora está pasando, e inseparable de los flujos (de palabras, de ideas, de afectos, de emociones) que en ese preciso momento atraviesan los cuerpos. |
¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia? |
Cuando comienza el curso vuelco sobre los alumnos una auténtica avalancha de reglas,
preceptos y prohibiciones que definen el marco del trabajo literario como tal.
Ni que decir tiene que algunos de ellos se lo toman al pie de la letra y se asustan muchísimo…
Pero aun así no se trata exactamente de que yo "pida" algo. Me limito a explicarles "en dónde se
han metido": en qué consiste escribir un texto que pueda considerarse literario. Lo importante es
que a partir de ahí comienza la aventura, el proceso de asimilar y el de rebelarse, la redefinición
continua y táctica del deseo, el descubrimiento —quizá— de eso que en la práctica de escribir es
otra cosa (y más) que mera "literatura".
También por eso no creo que el profesor tenga que "exigir" nada. Cada uno sabe lo que desea
de la práctica de la escritura y hasta dónde lo desea, y si no lo sabe, el curso es una buena
oportunidad para averiguarlo. Pero insisto en que no creo en una enseñanza donde la demanda
o la exigencia del Otro sustituya al deseo de cada cual. Mi función es facilitar que los alumnos
deseen, pero en ningún caso desear por ellos.
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¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo? |
El clima lo crea el grupo, del que el profesor forma parte. No creo que haya que intentar
"controlar" esto. Y ni siquiera creo que sea posible. He tenido incluso algún grupo con un clima
pésimo, pero del que nadie se dio de baja en todo el curso. Sencillamente: el grupo gozaba así.
Los grupos se autorregulan, y pienso que lo mejor que un profesor puede hacer es no interferir
este proceso. Yo no sé cómo "deben" gozar ni la gente ni los grupos, y lo que a mí me gusta
(el modo en que yo gozo) no tengo por qué imponerlo —ni explícita ni implícitamente— como
"ideal" de relación grupal. Tal como yo lo veo, al profesor le corresponde marcar y sostener los
límites (la gestión de la agresividad y ese tipo de cosas); y fuera de eso, cada grupo creará el
clima que desee crear, haga el profesor lo que haga. |
¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos? |
La enseñanza es un intercambio en primer lugar entre generaciones, y en este sentido me siento
muy afortunado (y no son palabras) de haber aprendido junto a maestros como Clara Obligado o
Enrique Páez, en el campo de la escritura creativa; y mi inolvidable Juan Blanco —mío y de tantos otros—,
que hizo lo posible por enseñarme a pensar, y sin el que el mundo es un lugar mucho más
incomprensible, más bárbaro y más oscuro. Mis alumnos, es obvio, me dan muchas cosas en
el campo del saber, y también otras cosas que circulan por fuera del saber, en el registro
del contacto, del encuentro, del cariño y de la intensidad. |
¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de escritura? |
No lo sé. He conocido excelentes profesores tan distintos entre sí —lo decía antes—, que no creo
que haya un perfil óptimo para esta tarea… Como también puede ocurrir que un "mal" profesor
encaje mucho mejor en lo que un grupo determinado necesita que otro profesor convencionalmente
"bueno". Quizá soy extrañamente aristotélico en esto, pero pienso que el bien, lo bueno,
no es definible con independencia del tiempo, del momento, de la ocasión, de las circunstancias. |
Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar? |
Tal vez en eso que podríamos llamar —un tanto convencionalmente— autoexpresión. Quiero decir
que el motor y la fuente de la expresión poética suele tener muy poca relación con ese personaje
parasitario, esterotipado y correoso que en cada uno de nosotros dice "yo". El yo vive para decorar
el paisaje y para quedar bien ante el Otro. Para el yo, un verso de Juan Ramón es una cursilada
y un párrafo de Henry Miller es un sinsentido y una obscenidad. Por eso el yo no tiene nada que
decir fuera de lo consabido, lo convencional, lo inerte, toda esa masa de emociones prestadas,
anhelos postizos, ideas recibidas y lenguaje fósil, destinada a aplastar cualquier afloramiento del
deseo. La dificultad de la autoexpresión consiste en que el poeta en cada uno de nosotros (no el
artesano ni el técnico) raramente se parece al "yo". En el límite, convertirse en artista —aunque yo
prefiero la palabra "poeta"— es un proceso de transmutación alquímica. Este límite no se alcanza
nunca (igual que el profesor Lidenbrock no consigue llegar al centro de la Tierra). Pero el viaje
es por sí mismo apasionante, y creo que en él se resume, ya digo, lo que puede haber de aventura
en la opción de escribir. |
¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar? |
Pues creo que se deduce un poco de la respuesta anterior ¿no? Como profesor, entiendo que mi papel
es el de acompañar y apoyar el deseo de mis alumnos -—coincida con el mío o no—; y sin embargo,
entra también en la honestidad personal el proporcionarles elementos de distanciamiento y de crítica
respecto a los supuestos, los fines y las prácticas de la Institución literaria. Comprendo el gusto
por los concursos y el afán de publicar, porque yo mismo me tragué sin masticar todos esos
despropósitos durante bastantes años. Sigo comprendiendo, incluso, que se busque una modesta
difusión para alguna reflexión o algún texto que uno considere mínimamente significativos. Y aun
así (o por eso mismo) me sigue pareciendo que la aspiración al éxito, el reconocimiento o la
profesionalización es el camino más seguro para extraviarse uno de sí mismo, y para
perderse todo lo que una experiencia genuina de la dimensión poética puede aportarnos en lo real. |
¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones? |
No sé: se "compagina" un trabajo con otro, y ya digo que para mí la inmersión en lo poético no es
un trabajo, ni nada que se parezca a un trabajo, sino una actividad intermitente (como toda pasión)
que forma parte —junto a otras muchas cosas— del modo en que quiero
y me gusta vivir. |
¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad? |
André Breton, sin duda, y precisamente porque no es un "escritor", sino un poeta y un revolucionario.
Estoy leyendo la autobiografía de Emma Goldman, una de las grandes figuras de la tradición
anarquista. El libro me parece admirable, entre otras razones porque nos recuerda que hay cinco
palabras que pueden ir incomprensiblemente juntas: "luchar-por-lo-que-quieres", y también porque
nos da una idea de otra cosa inconcebible hoy: lo que puede ser una vida vivida.
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"La escritura de un cuento deberá transparentar sus influencias". Dogma número 12 de los '22
dogmas en torno al cuento breve' del grupo surrealista LaLlavedelosCampos, del que formas
parte. ¿Qué autores se transparentan en tus cuentos?
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En "La vida ausente" las influencias son innumerables, y así a vuelapluma podría citar la de Beckett,
Tomeo, Medardo Fraile, Umbral, Monzó, Michaux, Benjamin Péret… aparte de otro intento muy
deliberado que fue el de incorporar algo del lenguaje y la libertad imaginativa de los comics.
El "dogma" de La llave de los campos abogaba por una escritura densa desde el punto de vista
semiótico, y se dirigía -como es obvio- contra esos espeluznantes cyborgs narcisistas,
sin el menor rastro de deuda simbólica, que está produciendo la industria editorial. |
Después de publicar libros tan importantes para la enseñanza de la escritura y el análisis textual
como La práctica del relato y El vacío y el centro, ¿cuál crees que es el futuro del
relato contemporáneo? |
La verdad es que no debería opinar sobre esta cuestión, porque ahora mismo me siento bastante
al margen del "mundillo" del cuento. Sí me parece importante, en cambio, señalar que la pregunta
no admite una respuesta abstracta, sino concreta y material; es decir: que no cabe hablar del futuro
del cuento sin entender el género literario "cuento" como una práctica significante, o —lo que es lo
mismo— como una producción (en este caso textual) inserta en una sociedad determinada, encuadrada
en ciertas instituciones y capturada por ciertos dispositivos, que se realiza —en consecuencia— bajo
ciertas condiciones y que aspira a determinados fines. Y en el mismo sentido, no concibo un artista
que no haya reflexionado en profundidad sobre todo ello, que no se cuestione incesantemente a
qué responde su práctica, a qué (o a quiénes) sirve, y qué estado de cosas del mundo aspira a
promover con ella. Este nivel de autoconciencia y de autonomía falta completamente entre la
mayoría de los escritores de cuentos y en la literatura en general. Todo intento de abrir la cuestión
se estrella irremediablemente contra el muro del conformismo, la complicidad con lo que existe, y
la fascinación perruna hacia lo que pregona por los medios la Voz de su Amo. Y ante este panorama,
no hay que ser profeta para predecir que el futuro del cuento será el mismo que el de cualquier otra
práctica ligada a la economía terciaria dentro del sistema capitalista,
y correrá parejo al de los alimentos pre-cocinados, las casas rurales "con encanto" o la lencería fina. |
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