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Equipo de la Escuela: Mar Redondo
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| Entrevista realizada a Mar Redondo en mayo, 2007 |
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¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir? |
Pues, teniendo en cuenta que el referente de cualquier escritor, por fantásticos que sean sus textos, se encuentra en la vida real, en la experiencia de la realidad, solo el mero hecho de nacer hace de cualquier persona un escritor en potencia, puesto que de entrada ya cuenta con esa mínima y a la vez grandiosa experiencia vital que contar. Pero, por supuesto, salvo que hablemos de genios (y la genialidad, como dice Harold Bloom, es excepcional y supera la prueba del algodón en cuanto a normas técnicas y estilísticas), un escritor se hace escribiendo, formándose, en la técnica también, sí, pero por encima de todo, viviendo.
Desde luego que se puede aprender y enseñar a escribir. Lo que yo diría que no se puede enseñar es a mirar y a intuir, que es justo lo que distingue a un escritor de un buen escritor. Yo lo llamaría algo así como clarividencia, una capacidad para intuir más allá de lo que la mayoría palpa y ve, instinto para detectar y percibir lo que está escondido detrás de los pliegues de las cosas y de las personas. Creo que solo uno mismo, si es que no ha nacido con esa estrella bajo el brazo, puede desarrollar esa capacidad: leyendo, mirando, indagando, acercándose, implicándose, buscando el revés del mundo.
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¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase? |
La verdad es que esta me parece una ocasión perfecta para dar las gracias. Porque hace solo unos pocos años, no habría ni imaginado que ahora estaría formando parte de este equipo. Tuve la suerte de tener como profesores a Victoria Carmena, primero, y a Javier Sagarna, después, que creyeron que podía aportar algo en todo esto, me ofrecieron la oportunidad de hacerlo y nunca estaré lo bastante agradecida, porque eso supuso un punto de giro bastante importante.
Creo que con eso ya he dicho mucho, pero tengo más cosas que decir y todas buenas sobre mi labor como profesora. De un lado, me permite acercarme a la literatura desde lugares diferentes de aquellos en los que me sitúo cuando leo por placer o cuando escribo mis propios textos. Cuando leo obras de otros escritores, me enfrento directamente a un resultado, a un trabajo ya rematado. Cuando escribo, puedo observar y seguir la evolución de mis propios escritos desde el principio hasta el fin, pero sin esa distancia objetiva tan conveniente a veces para terminar de cuajarlos. Cuando leo y corrijo los textos de mis alumnos noveles, no sólo puedo observar las fases iniciales de gestación, la combinación de recursos técnicos, creativos y personales que se van cosiendo hasta llegar al resultado final, sino que puedo hacerlo con cierto distanciamiento, lo que me afila la mirada, me da la capacidad de desmenuzarlos, de profundizar en ellos, de descubrir lo que encaja y lo que no encaja y por qué, y al intentar transmitírselo a ellos, también yo me beneficio tanto o más, porque recojo una parte importante de ese aprendizaje que, al fin y al cabo, procede de sus textos.
Además, ver la evolución rapidísima (a veces en muy pocos meses) de los alumnos y cómo esa misma evolución alimenta a la vez su entusiasmo, que luego me transmiten multiplicado por cien, compensa con creces todo el esfuerzo y toda la dedicación que haya puesto en mi trabajo.
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¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela? |
La verdad es que el equipo de la Escuela es bastante extenso (y afortunadamente sigue creciendo), por lo que no siempre se tiene la oportunidad de conocer bien a todo el mundo. Se intenta, eso sí. Cada vez que hay un encuentro, se avanza un pasito más y uno consigue acercarse a alguien a quien todavía no había podido hacerlo y siempre, siempre es para bien. Desde luego, el clima no puede ser más acogedor y abre sitio para los aprecios, y, desde luego, destacaría la entrega y el estupendo trabajo de todos ellos. |
¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico? |
Pues, sobre todo, intento huir todo lo que puedo de los dogmatismos. A partir de un determinado momento, cuando pienso que los alumnos cuentan ya con una cierta madurez o al menos con las herramientas básicas para enfrentarse a la escritura, empieza a importarme que sean conscientes de que son libres y de que no hay nada de malo en ser rebelde con eso que han aprendido, sino al contrario. Soy de la opinión de que el arte se genera en la rebeldía. No digo que necesariamente haya que transgredir las normas, huir de ellas, pero sí arriesgarse a moverse en la frontera, en la periferia de esas normas, atreverse a jugar en otros campos menos seguros, pero también menos estereotipados. El tango se puede bailar al estilo arrabalero o al estilo europeo o inventar para él variantes nuevas, incorporar figuras que produzcan un quiebro en el canon estándar, de forma que resulte un baile nuevo pero, al mismo tiempo, siga siendo un tango. La clave está en quitarse las anteojeras para ampliar el punto de mira y en hacer el pino, si es necesario, para acceder a esos ángulos de visión a los que nadie más que uno mismo puede acceder. El quid, en definitiva, está en atreverse. Y, por supuesto, me siento libre a la hora de aplicar este criterio, si no fuese así seguramente preferiría no dar clase. |
¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia? |
Lo que les pido y deseo, desde el principio hasta el final del curso, es que intenten mantener la misma ilusión todo el tiempo. El curso es largo y al comienzo hay muchas ganas, todo es nuevo y todo es aprender. Pero a medida que se va a aprendiendo, van apareciendo los miedos y las inseguridades, el afán de perfeccionismo y la exigencia cada vez mayor consigo mismos, lo que puede hacerles perder entusiasmo. Es importante que sepan que todo eso forma parte de este juego, que es fascinante y duro a partes iguales. Puede uno bajar la guardia de cuando en cuando, pero hay que intentar no desfallecer. |
¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo? |
Me gusta que los alumnos se sientan cómodos como para intervenir en las clases dando su opinión, contradiciendo al profesor si es que piensan diferente, que se cree cierto ambiente de debate y se impliquen no sólo en sus propios textos, sino también en los de sus compañeros. Eso, poco a poco, termina llevándoles un poquito a implicarse también personalmente, a conocerse entre ellos, y genera un clima cálido, facilita el que todo el mundo se desenvuelva y, lo más importante, escriba con confianza.
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¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos? |
Sí, claro que es un intercambio. Como decía antes, yo aprendo tanto como ellos de las clases y de sus textos. Pero también aprendo a tener paciencia, a tomarme las cosas con calma, a ir despacio, porque en la evolución de los alumnos veo con claridad que, aunque los cambios se manifiestan de pronto, en realidad se van produciendo muy, muy lentamente. Un día da uno un paso adelante enorme y piensa que es algo repentino o casual, pero no, lo que ocurre es que lleva caminando ya mucho tiempo y a paso lento. |
¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller? |
Yo diría que la capacidad de empatizar con el alumno, de intuir por dónde va o quiere ir cada uno de ellos, para poder enfocar bien las correcciones de sus textos. También creo que es importante limitarse a sugerirles, orientarles, aconsejarles, pero respetando siempre el espíritu de su trabajo, sin condicionarles, para evitar que se desvíen por direcciones que puedan serles ajenas y, al final, acaben haciendo textos descafeinados, sin una sola gota de su personalidad. |
Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar? |
Supongo que lo que más me importa es que consigan saltar el tópico en el tratamiento de los temas, que los miren como si acabasen de descubrirlos por primera vez y aporten su propio enfoque de ellos; que, por encima de todo, con independencia de que en el aspecto técnico tengan mayor o menor corrección (que eso se puede trabajar una y mil veces), sean sobre todo auténticos. |
¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar? |
Reconozco que yo no soy muy dada a participar en concursos, pero es una cuestión personal, falta de ambición, tal vez. Sin embargo, me parece bien que existan; de otra forma, muchos buenísimos escritores tendrían casi imposible que el público llegase a conocerlos. Por desgracia, el acceso al mercado literario no es fácil y, salvo que cuentes ya con un currículo sólido detrás o con los contactos adecuados, ese acceso pasa por haber quedado finalista o haber ganado algún concurso literario. O sea que en ese sentido, bravo por ellos.
En cuanto al afán de publicar, creo que es bueno tener esa motivación, pero supongo que también se corre el peligro de que eso deje de ser un medio y se convierta en el único fin; como si el mayor valor de la obra, del género que sea, estuviera más que en la obra misma y en el mero hecho de haber sido escrita, en haber sido publicada. A veces asistes a actos literarios en los que la pregunta que más escuchas es la de si has publicado algo o no, es como para echarse a temblar, ¿no? Por suerte, esa no es la tónica general.
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¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones? |
Pues con cierta dificultad, pero lo llevo bien. Ya se sabe, la vocación es antes que la devoción. Evidentemente, lo primero es el trabajo y luego, cuando se puede, siempre a deshora y peleando además con las ganas de tirarte en el sofá a contar los granos del gotelé del techo o con bajar al parque a echarles pan a las palomas, se intenta escribir alguna cosita. Y a veces, bastantes incluso, hasta se consigue. |
¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad? |
No tengo claro si tengo un autor favorito. Me gusta picotear un poco de aquí y de allá. En todo caso, quizá a los que menos me inclino es a los escritores en los que predomina la peripecia, salvo que se trate de historias de suspense. Por lo general, me gustan las tramas sencillas, pero que tienen mucho más que rascar detrás. No puedo dejar de mencionar, claro, a Kafka o a Borges, pero tampoco a Javier Tomeo, Truman Capote, Thomas Mann, Marcos Giralt Torrente, Ray Bradbury, Ian McEwan o Peter Handke. Entre los últimos libros que he leído están, por ejemplo, El Oratorio de Navidad, de Göran Tungström, El momento de la sensación verdadera, de Peter Handke y Brooklyn Follies, de Paul Auster. Y ahora mismo, tengo entre manos a Francisco Umbral con Mortal y Rosa. |
¿Para ti la escritura es pasión u opción? |
No sé si hay quien se acerca a la escritura como una opción cualquiera más entre muchas otras. Yo creo que tiene que producirse alguna clase de movimiento interior que le lleve a uno hasta ese lugar. Llamarlo pasión puede que sea acertado, porque al fin y al cabo la necesidad, las ganas, la motivación o el deseo de escribir no dejan de ser distintas manifestaciones de la pasión. |
¿Qué opinas de las tertulias literarias?, ¿es bueno que el escritor esté solo? |
Me parece fenomenal que la gente se reúna en tertulias para hablar de literatura y leer sus propios textos. Al menos, mi experiencia hasta ahora ha sido estupenda. Es bueno que el escritor esté solo, claro que sí, a la hora de sentarse a escribir. Pero no creo que ayude en nada estar todo el día encerrado, sin establecer contacto con lo que los demás piensan, ven y escriben, con otras formas de creatividad distintas a la suya. Al fin y al cabo, como decía antes, el punto de referencia de un escritor es la realidad, así que cuantos más enfoques conozca de ella, más ancho se hará su horizonte literario. Eso sí, yo creo que cada cual tiene que encontrar su sitio, el foro en el que de verdad se encuentre cómodo, aquel donde pueda mostrarse abiertamente, sin temores, con total confianza. |
Has hecho algunas incursiones breves en la fotografía y en la pintura y, sin embargo, has terminado recalando en la escritura ¿por qué? |
Sí, la verdad es que fue una especie de exploración, porque intuía que en algún sitio estaba mi vena creativa, pero no acababa de encontrar el medio a través del cual desarrollarla. Durante un tiempo probé con la fotografía y con la pintura, y, aunque disfruté, aprendí y me divertí muchísimo con las dos, al final descubrí que la narrativa era el medio en el que de verdad podía expresarme y crear algo propio. De cualquier forma, aunque utilizan lenguajes distintos, las tres actividades tienen bastante en común, pues a partir de algo pequeño (y, en el caso de la fotografía, también instantáneo) logran representar o interpretar algo mucho más grande. Supongo que esos breves escarceos me sirvieron en cierto modo de entrenamiento y que algo de eso tenía ya interiorizado cuando decidí empezar a escribir. |
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