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Equipo de la Escuela: Isabel Cobo
 
 
Cursos a distancia: Iniciación al relato breve, La doble mirada

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, ha sido profesora asociada en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense.

Ha sido alumna en distintos talleres de escritura con Isabel Cañelles, Ángel Zapata y Eloy Tizón.

Ha publicado algunos relatos en publicaciones colectivas: "La escritura y la cocina" en Festín de amotinados, editado por Taller de Escritura de Madrid en el año 2000, y "Nunca sabes qué es mejor", en Cuéntame, selección del jurado en el IV Certamen de Relatos Hiperbreves convocado por Acumán.

En 2003 obtuvo el primer premio "Luna del aire" de poesía infantil, convocado por CEPLI (Universidad Castilla La Mancha) con el libro Versos para estar guapo, publicado en 2004 y reeditado en 2006.

En 2007 ha publicado la novela Utilidades de las casas en la editorial Caballo de Troya.
Correo electrónico
Entrevista a Isabel

Entrevista realizada a Isabel Cobo en junio, 2008
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
Me sugiere determinismo, y como tal no me convence. Me gusta más pensar en posibilidades que en determinismos. Las posibilidades se pueden desplegar, pueden desarrollarse, se puede trabajar con ellas y sobre ellas a lo largo de toda la vida. Ponen en disposición de aprender. Y sobre lo que se puede aprender se puede enseñar. Eso no quiere decir que niegue la existencia del talento, ni mucho menos. Pero incluso el que nace con talento -¡vaya suerte!- tiene que "hacerse". Y para el escritor hacerse es leer y escribir, escribir, escribir. La perseverancia me parece imprescindible.

¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
Significa en primer lugar la posibilidad de transmitir a mi manera, después de haberlo hecho mío, lo que mis maestros de escritura —Isabel Cañelles, Ángel Zapata y Eloy Tizón— me han enseñado; también lo que aprendo de mis amigos que escriben; y también lo que he leído, lo que he indagado, lo que sigo leyendo e indagando. Es compartir intereses y entusiasmos. Y eso me llena de satisfacción.

Pero significa también haber podido comprobar por mí misma, una vez más, que merece la pena detenerse de vez en cuando en la vida y preguntarse qué se está haciendo; si eso que se está haciendo satisface de verdad, y atreverse a cerrar experiencias que ya han aportado lo que tenían que aportar, por muy prestigiosas, interesantes o cómodas que puedan llegar a ser, cuando seguir en ellas es dejarse morir un poco, o permitir que muera un poco algo de ti que tú quieres empeñarte en mantener vivo a toda costa. Y en mi caso eso es la escritura. Por eso, cuando me di cuenta de que prefería mil veces enseñar lo que sé, lo que voy aprendiendo en el terreno de la escritura, que dar clases en la Universidad, no tuve ninguna duda en dirigirme a Javier Sagarna. Y desde ahí y hasta ahora todo han sido facilidades.

¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
Creo que se resume de manera muy sencilla diciendo que me siento como en casa; es como estar entre amigos. Me siento muy a gusto. Y eso, teniendo en cuenta que a la mayoría de los profesores no los conozco personalmente o los conozco sólo de vista, me parece que es decir mucho de la calidad humana de todos ellos para ser capaces de transmitir esa sensación de acogida y de cercanía a través de la Red. Un lujo.

Ah, y aunque participe poco, no dejo de leer un solo correo del foro de profesores y sé que, si en algún momento lo necesito, todos se van a desvivir por ayudarme. Qué más se puede pedir.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
No sé si son peculiaridades o no, la verdad; lo más probable es que mi metodología sea parecida a la de otros muchos profesores: exigir a la vez que alentar; intentar valorar todo eso que un alumno pone en un escrito, aunque el intento a veces resulte fallido, porque todos los que escribimos estamos en lo mismo al fin y al cabo. No sé, siento un respeto inmenso por la gente que después del trabajo, después del cuidado de los hijos, después de un viaje, después de tantas y tantas obligaciones, coge su libreta o enciende el ordenador y se pone a escribir. Sé por propia experiencia que compaginar todo eso no es fácil; y las personas que aún así perseveran tendrán siempre mi admiración y mi respeto.

Reconozco que suelo ser muy meticulosa en las revisiones. Leo y releo las veces que haga falta cada relato hasta que entiendo que he dado con lo que en esencia tiene de aciertos y de desaciertos. Le doy mucha importancia a la corrección porque creo que ayuda a leer y a escribir con más atención tomar conciencia de que cada palabra, cada coma es importante y tiene su función de ser. De todas formas, al principio, con los alumnos que tienen menos soltura al escribir, procuro centrarme sólo en algún aspecto básico y voy ampliando el campo de observaciones conforme veo que van afianzando cada paso.

Y disfruto mucho cuando hacen cosas interesantes, genuinas; les doy la enhorabuena, les felicito efusivamente. Me pongo muy contenta.

¿Que si me siento libre a la hora de aplicar mi criterio pedagógico? Nunca me he sentido más libre en un trabajo.

¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Al comienzo, les digo que deben prepararse como lo harían para un largo viaje. Aunque suene a metáfora manida, me viene bien para explicarme. Les advierto de las peculiaridades del recorrido, que no piensen que vamos a visitar grandes catedrales, museos mundialmente conocidos, parajes de esos inolvidables como los que vienen en las guías turísticas, sino que lo nuestro se va a parecer más a un trayecto plagado de merodeos, de incursiones en los márgenes, de idas y venidas, sin un rumbo establecido, porque escribir no lleva a un destino prefijado sino que se parece demasiado a un viaje hacia uno mismo como para saber a ciencia cierta por dónde va a discurrir exactamente. Se va viendo conforme se escribe, se escribe, se escribe... y la propia escritura va desvelando lo que se quiere decir.

Y siguiendo con el símil del viaje, les digo que aligeren al máximo el equipaje de estorbos: de prejuicios, de tópicos, de vanidades, de cualquier tipo de presión que no sea la que ejerce el propio deseo de escribir. Y que lo llenen sin embargo de humildad y sencillez. Eso también es imprescindible.

Sobre mi nivel de exigencia, eso tendrían que decirlo los propios alumnos pero creo que sí, que soy bastante exigente; intento inculcarles el valor del rigor, de la precisión. Entiendo que a veces pueden sentirse desalentados porque siempre estoy con la manía de la revisión: te sugeriría revisar esto o lo otro, o cuando revises el texto ten en cuenta que... Doy por hecho que un relato rara vez queda listo a la primera. A lo mejor porque a mí no me ocurre eso; yo también reviso y reviso mucho, las veces que haga falta, mis propios escritos. En este sentido me sentí muy identificada con John Gardner cuando leí el prólogo que escribió Carver en su libro Para ser novelista: "tenía por principio básico el de que el escritor encontraba lo que quería decir en el continuo proceso de ver lo que había dicho. Y a ver de esta forma, o a ver con mayor claridad, se llegaba por medio de la revisión". Así entiendo yo la escritura. Tiene mucho que ver con el trabajo artesanal, con el esmero y la búsqueda de la precisión.

Por otra parte, creo que el desarrollo del espíritu crítico, cada vez más necesario en nuestras sociedades, y no sólo para los que aspiren a ser escritores sino por mera integridad intelectual, exige un uso cuidadoso del lenguaje. La precisión no es sólo una cualidad estética; es esencial como vehículo de expresión y de comprensión en el mundo actual, en el que se le tienden tantas trampas al lenguaje.

Y al finalizar un taller, al despedirnos, mi recomendación será siempre que sigan leyendo y escribiendo.

¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
Mi pretensión es que se sientan a gusto, confiados, y que participen; el oficio de escribir es muy solitario y les recuerdo siempre que es un lujo contar con un grupo de lectores con interés por leer y comentar sus textos. De la participación se benefician todos: el que opina, porque se ejercita en practicar una lectura atenta, crítica, y en transmitir lo que piensa con respeto y delicadeza; y el que recibe el comentario porque comprueba cómo se oye su texto en una muestra diversa de lectores.

Me gusta que me sientan cerca, aunque eso suponga vivir esclava del ordenador. Que noten que para lo que necesiten me tienen a mano. Entiendo que en un curso a distancia eso es muy importante.

Me gusta también que se establezcan complicidades entre ellos, lazos afectivos, que sientan que pertenecen a un grupo en el que todos tienen cabida, en los momentos buenos y en los no tan buenos, y que de esa cercanía que construimos juntos nos beneficiamos todos.

¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Claro que es un intercambio, y bien enriquecedor. Cada escritor elabora su mundo literario según su propia especificidad, y mis alumnos me enseñan sus propias maneras de ver el mundo. Y me enseñan humildad. Me ayudan a no olvidarme de mis propios comienzos, a recordar cada día que escribir, aunque está al alcance de cualquiera, no es fácil, exige un aprendizaje permanente, una actitud receptiva para seguir aprendiendo. Sé que puedo aportarles cosas, que se las aporto de hecho, pero no me siento como alguien que sabe y transmite su saber. Mi verdadero saber, si puede llamarse así, es ser consciente de que yo tampoco sé, que también estoy en la búsqueda, que, como ellos, sigo aprendiendo.

¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller?
Entre las cualidades humanas, ser honesto; mostrarte como eres. Y el respeto al otro, el reconocimiento de su valor, escriba como escriba.

En el ámbito didáctico creo que el profesor de taller debe, ante todo, ayudar a los alumnos a encontrar su propia manera de escribir. Entiendo que mis criterios estéticos son míos, y que mi misión no es convertirlos en réplicas de mi estilo sino ayudarles a encontrar el suyo propio, ese con el que se sienten identificados y a gusto.

Ayudarles también a indagar hasta descubrir lo que funciona y lo que no funciona en un relato. Y es importante la palabra descubrir. A lo mejor no brinda un efecto tan inmediato como cuando se dan soluciones hechas, pero me parece más eficaz a largo plazo y más honesto. Sobre todo creo que es la mejor forma de contribuir a un verdadero aprendizaje.

Por eso a veces digo simplemente: no me acaba de convencer; no me suena bien. Y poco más. No hay una única solución en escritura y debe ser el alumno el que busque su propia solución cuando algo no funciona. Dársela hecha a lo mejor resuelve un problema en un relato, pero no le ayuda a él a formarse como escritor.

Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
En lo mismo en que intento profundizar como escritora y como lectora. En la relación entre lo que escribimos y lo que queremos decir. En la escritura como indagación, como pregunta.

Me interesa la literatura que nos brinda la posibilidad de explorar experiencias vitales, reales o posibles. No me interesa leer lo que ya sé o está mil veces dicho si no ilumina alguna veta nueva, si no me transmite cierta inquietud, algún desconcierto, si no me sugiere ninguna pregunta.

Me gustaría profundizar en ese tipo de escritura que explora lo que no está dicho sobre la existencia, lo que está por decir; la escritura como descubrimiento. Eso significa explorar nuevos significados, integrar géneros y fuentes diversas de conocimiento. De momento no sé explicarlo mejor, pero por ahí van mis intereses.

¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
A veces sirven para trabajar a conciencia un texto antes de mandarlo, y desde ahí me parecen muy útiles; también estimulan, motivan y pueden suponer un ingreso económico extra nada desdeñable.

En cuanto a la segunda pregunta, no es lo mismo tener interés por publicar, que me parece natural y bien legítimo, que el afán de publicar. El afán de publicar a toda costa me parece un error. Creo que a los textos hay que darles tiempo, necesitan sedimentar y eso casa mal con las prisas.

La literatura se encuentra en su mayoría en manos del mercado, de los medios de comunicación, que son los que se han hecho con el monopolio del gusto, y lo unifican de manera que nos venden en el mundo entero las mismas simplificaciones y los mismos tópicos para que puedan ser aceptados por la mayoría. Pienso que el escritor honesto tiene que cuidarse de caer en esa trampa, y debe estar alerta para no convertirse él mismo en mercancía. Por eso, publicar, sí, pero sólo cuando la obra esté madura, y con una editorial interesada en la obra, no en el escritor. Creo que el escritor debería saber desprenderse de su obra y mantenerse a una prudente distancia.

¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
Como he hecho siempre, arañando tiempos. Pero encuentro que es más fácil ahora que cuando toda mi actividad laboral me exigía lecturas y estudio en diversos campos ajenos a la literatura. Así siento que mi atención no está tan dispersa, está centrada en la escritura de una u otra manera, y cuando me siento a escribir mi mente está ya metida en materia, y entro en la página en blanco o en la que me espera a medio escribir sin necesidad de preámbulos.

¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
No tengo un escritor favorito; soy poco amiga de mitificaciones pero me gusta releer, y los autores que más releo últimamente son Cortázar, Camus, Natalia Ginzburg, Kafka, Proust, Javier Tomeo... Seguro que hay más pero éstos son los que tengo más recientes. Me gustan porque cada vez que vuelvo a ellos descubro cosas nuevas.

Siempre tengo empezados varios libros a la vez, casi tantos como intereses despiertos en ese momento. En mi mesilla de noche tengo ahora a medio leer La cultura como praxis, de Bauman, El misterioso caso alemán, de Rosa Sala, un libro de poemas de Carver: Todos nosotros, y acabo de terminar El arte de la novela, de Kundera. Leo más ensayo que ficción. Las novelas, salvo maravillosas excepciones, suelen "caérseme de las manos" fácilmente; me desencantan, y desde ahí reconozco que le doy pocas oportunidades al género. Pero sigo abierta a dejarme sorprender.

Has impartido clases también en la Universidad y eres licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación: ¿como profesora en qué ambiente te mueves mejor?
Como he explicado antes, en el ámbito del taller de escritura, sin ninguna duda, porque es el que me acerca más a como quiero vivir y a lo que quiero ser.

El 2007 publicaste tu primera novela, Utilidades de las casas (Caballo de troya) con excelente acogida por parte de la crítica, en 2006 salió la segunda edición de Versos para estar guapo (UCL), libro con el que ganaste un premio de poesía infantil. ¿Qué nos tienes preparado para el 2008?
Así de entrada iba a decir que nada, soy muy lenta escribiendo, me gusta tomarme mi tiempo, dar tiempo a la escritura para que se manifieste, pero da la casualidad de que en los próximos meses va a salir un "libro objeto" en el que he colaborado con dos textos; se trata de un proyecto de un editor de Barcelona, Juan Miguel Muñoz, también escultor, y combina diseño visual y texto en una especie de libro-caja. Será una serie limitada de 300 ejemplares; vamos, que no se va a ver en los escaparates de las librerías, pero desde el primer momento me pareció un proyecto interesante. También tengo un cuento infantil en verso en esa fase en la que oscilas entre dejarlo más tiempo en reposo o ponerte ya en serio a buscar editor. Pero para un libro de relatos que es lo que me gustaría terminar alguna vez, para eso falta aún tiempo. Quizá el año que viene o al otro si no sufre demasiados parones. En cualquier caso, no tengo prisa. Me gusta escribir despacio.




 
 
 
   

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