 |
|
 |
| |
Equipo de la Escuela: Eloy Serrano Barroso
|
|
| |
 |
Cursos presenciales: Iniciación a la escritura, Literatura y psicología
Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Master en Recursos Humanos.
En su trayectoria literaria ha compartido el primer premio en los galardones "Ir al médico" y "Pobladores, inmigrantes, exiliados", libros editados por Edinexus. Ha sido el vencedor del "III Concurso de microrrelatos" del diario El Mundo, del "I Concurso Plagio Creativo en honor a García Márquez", de Escuela de Escritores, y de la I edición del "Premio Idioma y Deporte" de relatos deportivos.
También ha sido finalista del concurso "Buscamos un escritor entre el público" de la Cadena Ser y la Editorial Alfaguara, del "I Premio Twinnings" de microrrelatos, del XXXII Premio "Hucha de Oro", del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor, del XXI Premio "Jara Carrillo" de humor y del IX Premio "Mario Vargas Llosa NH" de relatos.
Ha participado en la novela interactiva La rebelión de los delfines (Espasa Calpe, 2001). |
 |
| Entrevista realizada a Eloy Serrano Barroso en diciembre, 2006 |
 |
 |
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir? |
Algunos nacen con las memorias de su vida uterina ya escritas. Son unas memorias cortas pero intensas, pues dicen los freudianos que la curvatura del vientre de la madre es bóveda celestial para los genios. Para los embriones normales, entre los que me incluyo, sólo es una superficie cóncava a través de la cual llegan los murmullos del mundo que está por venir. Así que, en lugar de placenta, la madre del genio expulsa un artefacto literario. Sólo una pega: la mayoría de los adultos que asisten al parto desconocen el código en que está escrito ese libro incipiente. Por eso, el genio incomprendido de las letras se afana, desde bien temprano, en exhibir sus dotes. No son "papá" y "mamá" sus primeras palabras, sino "dinosaurio", por ejemplo; y luego, ya en preescolar, mientras los otros niños escriben, con la lengua asomando por la comisura de los labios y retorciéndose en el asiento (ellos, no la lengua), frases como "mi tío toma tomate", el genio escribe con la citada palabra un microrrelato que será celebérrimo y del que nadie podrá escapar, pues el dichoso dinosaurio siempre estará allí, machaconamente, pertinaz, en antologías, foros, chats, entrevistas, sopas de letras… Cosas de genios, ya digo. Pero, por si no ha quedado clara mi respuesta, que me temo que no, diré que la vida toda es un continuo aprendizaje. Algunas cosas pueden aprenderse en talleres (familia, escuela, universidad…), otras, sólo a la intemperie. Los talleres de escritura te ayudan a preparar la mochila, te motivan, te enseñan atajos, perspectivas, pero la andadura es sólo tuya. |
¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase? |
Antes de ser profesor, como que no existía. Nadie me escuchaba ni me dirigía la palabra. En ocasiones, desesperado, me palpaba el cuerpo, me lo manoseaba para comprobar que no era un espíritu (puro o impuro, me daba lo mismo), un fantasma. Ahora no recuerdo quién dijo que el carácter no se puede adquirir en soledad, pero tenía mucha razón. Sin la respuesta de los demás, yo era un hombre sin carácter, un sinsustancia. Hasta que fui profesor y empezaron a escucharme. Ahora ya tengo sustancia. Baste decir que he engordado cinco kilos (tres yo y dos mi ego).
Empecé a impartir clases en la Escuela de Escritores por uno de esos azares de la vida. Estaba yo junto a un semáforo, dispuesto a ofrecer a los automovilistas uno de mis breves relatos orales a cambio de monedas (la idea la copié de la película "El lado oscuro del corazón") cuando una limusina de un blanco resplandeciente frenó a mi lado. Al acercarme para ofrecer el producto de mi magín, el cristal de la ventanilla del conductor se deslizó hacia abajo, y pude entonces comprobar, con gran asombro, que en el interior del vehículo viajaban todos los miembros y miembras de la Escuela de Escritores. Trémulo de emoción y como buenamente pude, recité la peripecia, mitad fábula, mitad autobiografía, de un hombrecillo aspirante a escritor. No sé si quedaron satisfechos con lo que escucharon o fue sólo que les di pena, el caso es que alguien gritó desde el interior del vehículo "al maletero con él". Y aquí estoy. Bueno, no fue exactamente así, pero parecido.
|
¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela? |
Les oigo. Oigo sus voces, que me llegan a través de las paredes y en los sitios más insospechados. Tengo la certeza de que conspiran contra mí, porque ahora me envidian. Me censuran, quieren privarme mis clases, relegarme a servir cafés (descafeinados, para mayor escarnio de mi persona). |
¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico? |
Las peculiaridades de la metodología derivan de las peculiaridades de un curso como "Literatura y Psicología". Este curso no es como la mayoría de los cursos de la Escuela, que enseñan las técnicas de la escritura, sino que en mis clases intento establecer las conexiones entre esas dos disciplinas (Literatura y Psicología) en tres áreas: el escritor, la obra y el lector. No obstante, aparte de la inevitable teoría, realizamos prácticas de escritura y lectura con el fin de ilustrar los conceptos aprendidos. Y si bien atendemos más a cuestiones de contenido que de forma, también es inevitable incidir en aspectos técnicos. Así, por ejemplo, será forzoso analizar la técnica del "monólogo interior" como expresión del flujo de pensamientos.
Uno de los objetivos que más me interesan de este curso, aparte de los que se deducen del programa, es que el alumno se analice a sí mismo en aspectos tales como: personalidad; motivación; miedos; elementos recurrentes de su escritura en lo que se refiere a personajes,
argumento, tono y estilo. Para ello utilizamos cualquier material que nos
pueda ser útil: escenas de películas (que vemos en la misma clase), viñetas
cómicas, técnicas proyectivas, cuestionarios, análisis de casos clínicos, etc.
Por tanto, al alumno se le aportan herramientas no sólo para reflexionar acerca
de cuestiones literarias y de teoría psicológica sino también sobre cuestiones
estrictamente personales. Respecto a estas últimas, quiero dejar muy claro que las
reflexiones en torno a ellas quedan en el ámbito privado, es decir, el curso de
"Literatura y Psicología" no es una especie de dinámica de grupo o psicoterapia del
tipo "letraheridos anónimos". Ni siquiera a Kafka se lo consentiría.
"Me llamo K y tuve un padre castrador", seguro que diría el escarabajo,
digo el susobicho.
|
¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia? |
En sueños, a veces me asalta una pesadilla: mis clases están vacías de alumnos, yo frente a la nada, lanzando palabras que se derriten por las mesas y se escurren hasta el suelo. Para animarme, y sin salir de la pesadilla, me digo que es mejor un no-alumno a un mal alumno, y ruego que al menos manifiesten, valga la paradoja, una ausencia digna y elocuente (después de todo, nada hay más elocuente que el silencio). Eso es, por tanto, lo que pretendo en mis clases de pesadilla: que mis alumnos se perfeccionen en su ausencia. Quizá, para compensar este negro presagio, otras veces me viene un sueño recurrente de tono muy distinto. En él, un alumno apellidado Peláez y vestido de escocés, pero sin gaita, celebra constantemente mis cualidades como profesor. No hace falta ser muy listo para entender que ambos sueños son las dos caras de una misma moneda: mi angustia ante la idea de no tener alumnos. El porqué del apellido del alumno y su vestimenta es algo que escapa a mis conocimientos. Varios psicoanalistas consultados coinciden en que presento severos problemas de identidad sexual y una constante necesidad de aplauso público. Pero yo, ni caso.
Con todo esto quiero decir que ya es bastante satisfacción contar con alumnos. Así que sólo soy exigente conmigo. Además, unos alumnos adultos que se apuntan a un curso los sábados por la mañana, de 12 a 14 horas, son alumnos motivados. Mi esfuerzo está en demostrarles, desde el primer día, que no se han equivocado en la elección. Sí he de advertir que los cursos de los sábados tienen una dificultad añadida: los alumnos salen de marcha los viernes. No es necesario que explique lo que esto supone, pero sí señalar que, no obstante, animo a los alumnos a asistir a las clases porque el estado de consciencia, quizá debiera decir de inconsciencia, en que algunos llegan es muy fructífero para la actividad literaria, y no importa que permanezcan con los ojos cerrados o que sueñen en voz alta (a los que roncan los apuntalamos hasta que cogen la postura silente). Bromas aparte, y aunque ese inconveniente de los viernes es real, estoy muy satisfecho con la asistencia de los alumnos.
|
¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo? |
Marejadillas en el Cantábrico y vientos racheados en zigzag con rebote en la Meseta. No sé si me entiendes…Quiero decir que me gusta que haya pasión sobre todo, que los debates y propuestas se hagan con entusiasmo, a la vez que con respeto a las opiniones y criterios de los demás. Y es importante que todos se atrevan a hablar sin miedo a la censura pedante de los que se creen en posesión de verdades literarias absolutas. En este sentido, recuerdo con cariño a un alumno tartamudo que, sin complejos, era el primero en participar en las discusiones y el primero en leer sus ejercicios. Es cierto que sus microrrelatos, al leerlos él a viva voz, se convertían en novelas río, pero todos admirábamos la pasión que había en cada una de aquellas sílabas gemelas…, incluso trillizas o cuatrillizas. Fuera complejos: eso es lo que quiero en los talleres. |
¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos? |
Claro, en todo hay intercambio. Hasta cuando miras a una piedra hay intercambio, y no digamos si te golpea en la cabeza…, la cantidad de cosas que te dice, y con qué rotundidad te dibuja estrellas. Entonces, cómo no va a haber intercambio con los alumnos, si cada uno lleva un mundo en su cabeza. Y esa es una de las mejores cosas de los talleres: que sentados en torno a una mesa liberamos nuestros pequeños mundos para que se encuentren. La experiencia es muy enriquecedora, en algunos momentos casi mística (y los que han asistido a talleres saben que no es una cursilada que se me acaba de ocurrir para quedar bien). |
¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller? |
El profesor, de lo que sea, ha de ser un buen comunicador. Si no sabe transmitir sus conocimientos, de nada le va a servir su sabiduría, poca o mucha, a los alumnos. Y también debería tener capacidad para entusiasmar. Esto es fundamental. Recuerdo con afecto a aquellos profesores que no sólo me enseñaron una determinada materia, sino que me animaron a seguir aprendiendo por mi cuenta. Una clase no sólo debe ser buena técnicamente, ha de tener alma. Con la repetición de los cursos ganas en técnica, conoces mejor las partes difíciles del temario, los ejemplos que son buenos y los que son malos, las posibles dudas de los alumnos, etc., pero corres el riesgo de ir perdiendo alma. Un profesor ha de ser muy sensible a este peligro y ser capaz de reconocer las señales de esta pérdida. Si el profesor se aburre, seguro que aburre a sus alumnos. También es muy conveniente, y hasta necesario, que el profesor de "Literatura y Psicología" esté un poco loco, para que pueda ilustrar con su propia persona aquellos rasgos de comportamiento patológico que el programa analiza. Yo, valga como ejemplo, el día en que analizamos el comportamiento del escritor obsesivo-compulsivo, me llevo en la cartera todas mis manías para que los alumnos entiendan a la perfección de qué estamos hablando. Ese día, mecachis, llego a mi casa a las tantas de la noche, pues vuelvo una y otra vez sobre mis pasos para cerciorarme de que he dejado la Escuela en condiciones: los grifos cerrados, la calefacción apagada, la puerta doblemente cerrada…, una y otra vez. |
Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar? |
¡Vaya, una pregunta subida de tono! De muy joven era yo el que profundizaba en mi campo didáctico, y vaya si profundizaba… en el centro neurálgico de mi ser. Ahora prefiero que sea una profundización compartida, en todas mis partes didácticas, sin pudor, sin criterios ni convenciones. Esto es lo mejor que se le puede aconsejar a un alumno: en la escritura no hay barreras, todo vale. Nuestra cabeza es un laboratorio donde ensayamos miles de respuestas. Profundicemos en nuestro YO. Con la imaginación podemos ser lo que queramos, desde santo a criminal, incluso pervertir los conceptos y transformar al criminal en santo y viceversa. En la vida ya es otra cosa, hay que tener cuidado de que el laboratorio no salte por los aires. |
¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar? |
Soy especialista en quedar segundo en los concursos. Y creo que en ello tienen mucho que ver mis compañeros de la Escuela, quienes, como ya he dicho, me tienen envidia. Me difaman, me injurian, me quitan méritos. Y hasta se burlan de mí. En una ocasión me citaron para la entrega de un premio dándome a entender que yo era el ganador. Cuando llegué al "marco incomparable" donde se iba a celebrar la entrega, encontré una sala vacía y a un tipo vestido de Don Quijote. El tipo en cuestión, con una armadura comprada en Carrefour, proclamó, a los cuatro vientos (sin molinos) y mientras me miraba con sorna desde debajo de una tambaleante celada de plástico, que el ganador era un escritor de allende los mares. Una vez más yo era el segundo. Al día siguiente, las crónicas de la Villa decían que cientos de personas abarrotaron la sala donde se habían entregado los premios. ¿Paranoico yo? No, me tienen manía.
Ya sé que me he escapado de tu pregunta, pero es que me aburre hablar de los concursos literarios.
|
¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones? |
Cuando empecé a preparar las clases, no tenía tiempo para escribir otra cosa que no fueran los temas del curso. Ahora que ya lo tengo preparado (aunque está en permanente revisión) no tengo ningún problema para compaginar las dos actividades. Podría decir, incluso, que las clases en la Escuela me motivan para escribir. Es mi trabajo como psicólogo-orientador el que más problemas me crea, y tampoco demasiados. No tengo excusas para no escribir.
|
¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad? |
Nunca me gustaron esos jueguecitos de elegir el color, la piedra, el animal, la flor...
Así que te diré unos cuantos libros y escritores que de alguna forma han alimentado
mi pasión por la literatura, según me vienen a la cabeza, es decir, sin que suponga
una jerarquía en mis gustos: Cien años de soledad; Opiniones de una payaso, de
Heinrich Böll, Auto de fe, de Elias Canetti; Crimen y castigo; Tortilla Flat, de
Steinbeck; Ana Karenina; Pío Baroja; relatos de Cortázar; Rulfo; Kafka, Madame
Bovary; Borges; relatos de Benedetti; Onetti; Bomarzo; El tambor de hojalata,
Italo Calvino; Paul Auster; John Irving; Philip Roth; Don Delillo; Conversaciones
en la catedral; La tía Julia y el escribidor; relatos de Quim Monzó; Josep Pla;
Coetzee... En fin, tantos. Algunos los leí de joven y no sé si, de releerlos,
seguirían gustándome, pero ahí están, son importantes para mí.
Los gustos son variados, como ves. Y me alegro de que así sea, de lo contrario sería
muy aburrido. Te imaginas que todo el mundo escribiera como Borges o como
Carver, sería para subirse por las paredes. Que conste que admiro a los dos,
pero los he puesto como ejemplos porque tienen los dos estilos muy diferentes
y muy suyos, marca de la casa.
En estos momentos leo Tratado de ateología, de Michel Onfray (un estudio sobre
el daño que hacen las religiones cuando se institucionalizan y se convierten en
instrumentos de poder) y Las 1001 recetas, de Simone Ortega.
|
¿Qué diferencias y similitudes encuentras entre tu experiencia docente con adolescentes, en el colegio (como profesor y como orientador-psicólogo), y con alumnos adultos, aquí, en los talleres? |
Los adolescentes me tocan el campo didáctico continuamente (ojito, es una metáfora, que nadie me acuse de pedofilia). Son excesivamente reales, muy ruidosos, se empeñan en existir con obstinación, quieren serlo todo y estar en todos los sitios, incordian aun cuando están callados. Su miedo es chulería o ensimismamiento. Para muchos de ellos el profesor es su contrincante, o juegan a que lo es. Mis alumnos del taller literario me ven como un colaborador, pero no nos engañemos, todos escondemos un adolescente dispuesto a tocar el campo didáctico de los demás. En realidad, el campo del taller literario es un campo minado, y una de las habilidades del profesor ha de ser la de controlar las explosiones. |
¿Crees que un profesor de talleres literarios está siempre formándose, un poco en todas partes? ¿Cómo te has ido formando tú? (resúmenos un poco tu experiencia de escritura y lectura, de participación en concursos, de alumno en talleres...). |
Un profesor debe estar siempre formándose y deformándose. Físicamente, estoy en vías de conseguir esto último: alopecia galopante, artritis en la cadera, estómago lánguido, caída de párpados y de… , mejor lo dejamos, pero tienes razón: un poco en todas partes. Intelectualmente, procuro leer todos los libros que puedo relacionados con las materias que imparto. Y siempre llevo los bolsillos llenos de papelitos en los que voy tomando notas de actividades que se me ocurren para las clases. En un curso como "Literatura y Psicología" lo difícil es traducir las teorías y conceptos psicológicos a un discurso ameno y práctico para los alumnos y que guarde relación con la literatura.
Empecé a escribir en la adolescencia. No fui tan constante como con la lectura. Escribía muy esporádicamente, textos inacabados, principios o finales de relatos, impresiones. Fue en 2001, a raíz de una larga enfermedad de mis padres, cuando empecé a escribir con cierta frecuencia para aliviarme de la triste situación en que vivía. Tuve la suerte de que me publicaran tres capítulos en una novela interactiva escrita por varios autores, cinco de ellos ya entonces famosos. La novela es un bodrio, no hay quien la lea (lo cual era de esperar dadas las bases de dicho concurso; un concurso convocado por el periódico El Mundo), pero me sirvió para animarme a escribir todos los días (las entregas eran semanales) y para perderle el respeto al juicio público. Sigo escribiendo, con mayor o menor frecuencia y fortuna, pero sé que ya no lo voy a dejar. Ya es una necesidad.
Mi iniciación en la lectura fue un tanto extraña. Cuando tenía quince años (hasta entonces no había leído nada, se me resistían los libros que empezaba) llamaron del colegio para soplarles a mis padres que había faltado dos días a clase sin justificación. Me castigaron varios fines de semana sin salir y sin ver la televisión. En el primero de ellos, por aburrimiento, se me ocurrió coger de la librería de mi casa "Crimen y castigo". Fue empezar a leer y no parar. Algunos pensaran que mi inconsciente, guiado por un sentimiento de culpa, me llevó a la elección de ese libro. Creo que fue el azar, pero estoy dispuesto a admitir esa teoría. Por cierto, ahora que recuerdo, en aquellos días, mientras leía tumbado en el sofá, tapaba mi cuerpo con una de esas mantas a cuadros. Cuadros escoceses. |
 |
| Publicaciones electrónicas de Eloy |
 |
 |
|
|
 |
|
 |
|