“¡Más rápido!”, exclaman. Es la guerra a la novela plomiza. Escritos a borbotones, hay cuentos y poemas, aforismos y ensayos cada vez más diminutos, más breves, más delicados, más sutiles, más elegantes, más explosivos. Caen sobre el lector como bombas y estallan. Luego, vuelta a empezar: otra página, otra bomba. Son efectivos cien por cien. Demostrado.

Se leen muy rápido, a la misma velocidad a la que vivimos, pero hace falta tiempo para digerirlos. Una tramposa brevedad hace que los buenos microtextos sean como los instantes decisivos de nuestra vida: suceden de pronto. Y luego nos pasamos años intentando entenderlos. Pero lo más importante, desde el punto de vista del escritor, es que se necesitan muchos dí­as de estudio minucioso para dominar su técnica y horas de trabajo para conseguir estructurar un texto diminuto en extensión, aunque inmenso en contenido.