Atreverse a encontrar un espacio propio para escribirnos es un acto de valentía. Y lo es si llegamos a ello desde el lugar honesto de la necesidad, más que desde el placer de hablar de sí, consigo y para sí mismo. Se trata de algo más profundo, un caminar secreto en compañía de nuestra luz y nuestra sombra, un ejercicio en el que sentir la vida: la que hemos vivido, la que estamos viviendo y la que imaginamos por vivir.

Escribir sobre nuestra experiencia vital no es solo recordar la casa en la que vivimos de niños, el columpio del jardín, las galletas que hacía la abuela o las figuritas de porcelana con las que tu madre adornaba el salón. Este puede ser uno de los escenarios al que nos enfrentemos y queramos asistir como espectadores desde la distancia; pero al traerlos de nuevo al presente puede que los miremos de forma poco compasiva y exigente, desbaratando de un plumazo nuestro paraíso, o quizá también, llevándonos a lo contrario, a un acto de conciliación que sea la llave de otro horizonte.

Es en ese juego emocional de valorar los momentos afectivos de nuestra vida junto a otras personas, lugares, objetos, deseos… donde podemos reconstruirnos, donde, en palabras de Marcel Proust, “revelemos los negativos de nuestra vida”.