III Concurso de Relato Fotográfico (Finalistas II)

Bajamar

Autor: Rosario Barros

Solo en bajamar vuelve Juan a la ría. Solo en bajamar, cuando “Luisa”, la dorna más marinera, no le sirve de nada. En bajamar, la ría no llega a secarse. El mar se retira, pero el río continúa fluyendo perezoso y se encharca aquí y allá, para reflejar el cielo. La arena burbujea de animalillos transparentes que saltan asustados. El agua inmóvil retiene pequeños peces que observan temerosos el vuelo rasante de las gaviotas, y las algas, doradas, ocres, verdosas, se esconden bajo las barcas tumbadas, para protegerse del sol. Más abajo, ocultas por la arena, están las almejas oscuras y los berberechos de concha rizada.

Pero, los ojos color de tormenta de Juan, no miran la vida que la huída del mar pone al descubierto. La luz los deslumbra y solo distingue masas azules, ocres, verdes y blancas envolviéndolo. Juan cierra los ojos y aprieta los puños, pero las imágenes que le hacen daño no desaparecen.

Entre la casa y el cobertizo hay veinte pasos, suficientes para que el cuerpo entumecido de Juan pierda su rigidez y sus andar recupere la firmeza.

Los ojos de Juan, hechos a la penumbra del cuarto lleno de libros que lee una y otra vez sin entenderlos del todo, ven mejor en el cobertizo que solo tiene un ventanuco abierto sobre la playa. Todo está quieto allí. La “Luisa”, pintada de azul cobalto y rojo bermellón, el banco de trabajo, libre de aserrín, las herramientas, limpias y engrasadas, el suelo de terrazo, donde el sol se recuesta.

Juan mueve su cabeza y un gesto de amargura frunce sus labios.

Cuando, en el tiempo quieto de la bajamar, se escucha el tañido de una campana, el cuerpo del hombre se tensa. Cruza el cobertizo a grandes zancadas y llega a las maderas apiladas, todas iguales, todas pulidas con esmero y barnizadas con cuidado. Coge una brazada y sale a la tarde. Oprime los tablones contra su pecho y mira al otro lado de la ría, a la mancha blanca de donde viene el sonido. Cierra los párpados con fuerza, para ahuyentar la niebla que se le enreda en las pestañas, se agacha sobre la arena encharcada y coloca un tablero.

Hay risas de niños y voces de adultos en el aire, pero Juan no las escucha. Las maderas se alineaban, quietas sobre la arena. Juan se encorva primero, se arrodillaba después, se arrastra casi, cuando el dolor recorre sus vértebras, una a una. El agua inmóvil, refleja su rostro cansado.

Desde el puerto, donde el mar continúa su trabajo, se escucha el trasiego de hombres y embarcaciones que preparan las redes para sorprender a los peces durante el sueño, pero a Juan no le importa, porque hace mucho que decidió que la “Luisa” no volverá l mar mientras la niña no regrese a la casa.

Juan corre al cobertizo, una y otra vez sobre el camino de tablas barnizadas que divide en dos el cielo. Va y viene por el entablado que se alarga en busca de la masa blanca que ya se perfila como un edificio de grandes ventanales y una iglesia con una campana de bronce que refleja el sol.

El mar se cansa pronto de su juego con el río y las aguas saladas se adentran sobre la arena.

Juan podría hacer un esfuerzo. Sus piernas largas y sus pies calzados, serían capaces de vencer al mar, de cruzar la arena donde ya se mueven las olas y llegar a la otra orilla, franquear la verja de hierro y subir las escaleras que ya conoce de tanto imaginárselas. Podría llegar al cuarto de Luisa, alzarla en brazos y volver, sobre los peldaños de su escalera de anhelos, y llevársela a casa. Pero, no lo hace. Se queda inmóvil, sobre el último peldaño. Sus ojos miran al cielo, no al reflejo sobre el que se asientan sus tablones, sino al azul infinito que ya se tiñe de oros, y repite un ¿Por qué? ya gastado, pero el cielo sigue sin responderle.

Juan se agacha. Recoge los tableros y los devuelve al cobertizo. Un viaje, y otro y otro, hasta que todos están apilados junto a las paredes.

Más tarde, en el lecho tibio, Juan se encoge abrazando el aire. Siente la respiración suave de Andrea y adivina la piel tersa tan cercana. Admira su entereza, su optimismo y su esperanza, pero no la entiende. No comprende por qué sus ojos siguen teniendo el color de la ría al atardecer, y continúan mirándolo con amor, ni por qué sus manos se deslizan sobre su espalda en una caricia que antes tensaba todo su cuerpo y ahora solo enturbia su mente, ni por qué su voz le pide que olvide el camino de peldaños imposibles y cruce el puente, para que la altura le permita ver el mañana sin la sombra del ayer. Quisiera volverse, zarandearla y preguntarle.

–¿Por qué te conformas? ¿No quieres recuperar su alegría?

Andrea no duerme. En la oscuridad oye la llamada de Luisa y ve las manos pequeñas moviéndose en el remolino de arenas.

¿Quién la vio primero? ¿Él, que pintaba la barca de azul, o ella, que colocaba las cortinas almidonadas en la ventana? ¿Fue el grito de la gaviota el que los alertó o el quejido leve de Luisa al hundirse en el pozo oculto por las algas?

Andrea se estremece y deja que las lágrimas inunden la almohada. Nunca pudo explicar cómo salió de la casa, cruzó el jardín y el arenal y dejó que sus piernas se hundieran en el limo hasta alcanzar la zona fangosa en la que todavía se veían las manos de Luisa. Ni entendió por qué Juan la echó a un lado para, muy despacio, tender una cuerda a la niña y tirar, poco a poco, hasta que el pelo rubio salió a la superficie, cuando ya los ojos no miraban y la boca chica había dejado de llamar.

Nadie entendió lo ocurrido, porque Luisa era la niña más marinera en el entorno de la ría, su padre conocía todos los rincones del mar cercano, de la costa y del otro lado de la ensenada y su madre jamás la dejaba sola frente a la bajamar inquietante.

Los médicos solo dijeron: “Demasiado tarde”.

Los padres se cogieron de la mano: “Volverá”, dijeron, a pesar de que el cuerpo pequeño no respondía a ningún estímulo y solo una máquina la mantenía con vida.

La respiración de Juan se aquieta cuando la primera luz se adentra en el cuarto. Andrea relaja su cuerpo y sigue la fina lámina que cruza las sombras. Briznas doradas que danzan entre los muebles e iluminan la fotografía de la niña rubia, de ojos tan azules como la barca que la sostiene.

Andrea pasa su mano despacio sobre la espalda quieta de Juan.

–¿Sabes? –susurra, sabiéndolo dormido–. Ayer el médico me dijo que tienes que apurarte, que nunca creyó que tu camino sirviera para nada, pero que Luisa espera ansiosa el sonido de la campana y te mira, con la carita pegada al cristal. Y en la sala de terapia responde cada vez mejor. No me dijo cuando podrá cruzar la ría sobre tus peldaños de madera, segura de que ningún pozo escondido la pondrá en peligro, pero en su rostro brillaba la esperanza.

Una gaviota joven, en un vuelo madrugador, bate sus alas contra la ventana. Juan se estremece y abre los ojos.

–Soñé –dice, en voz muy baja.

Se detiene. Mira para Andrea y recorre su pelo rubio bañado por la luz, su rostro sereno, su boca entreabierta, los brazos morenos que descansan sobre la sábana bordada, su cuerpo, que se adivina bajo la colcha de flores. Después, se acerca a la ventana. Separa el visillo, coge la manilla y abre las dos hojas. Un olor fuerte invade el cuarto, Andrea no se mueve, no pestañea. Juan mira de nuevo a la mujer. Recuerda que dejó de desearla cuando ella le pidió otro hijo. Y no le habló desde que ella le dijo que no aprendería nada en los libros que leía.

Juan mira la ría, una masa azul con destellos blancos, y al otro lado la orilla inaccesible.

“Demasiado tarde”, dijeron los médicos. Pero ellos no hablaron de motivación. Los libros si le explicaron su importancia. Por eso le dijo a la niña que no volvería a verla al hospital, que la esperaría en bajamar, con un camino seguro que podrían recorrer juntos. Y todos los días, sobre la arena húmeda, en bajamar, tiende su camino de tablas pulidas, para que Luisa lo vea y desee recorrerlo.

Juan suelta el visillo y la luz pierde intensidad.

Andrea se levanta. Los pies descalzos hacen crujir la madera y Juan se vuelve. Es ella la que lo abraza y cubre su boca con un beso largo. Y es él quien tiembla, al rodear con sus brazos el cuerpo desnudo.

Relato finalista de la III Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.