II Concurso de Relato Fotográfico (Ganador)

El regreso

Autor: Miriam Anguiano

Era estación de monzón y la mañana había nacido cálida. Antes de ir a trabajar me dirigí al templo con mi bicicleta. Quería dar las gracias al buda Kukai por mi ascenso en la fábrica de neumáticos. Pero no llegué a hacerlo. Por el camino me alcanzó mi primo Yen con la noticia del accidente. Cuando terminó de contarme lo que había sucedido yo no podía moverme.

Durante largo rato permanecí bajo la lluvia sujetando mi bicicleta, junto a la carretera, viendo el ir y venir de la gente, de los coches, de los camiones, como si pertenecieran a otro mundo.

Vi camiones como el de mi padre. En Quang Lông, mi pueblo natal, él y mi hermano Naong hacían la ruta de la costa hasta Birmania para comprar jade. Se turnaban para conducir. Mi padre contaba viejas e interminables historias mientras atravesaban la cordillera y las fronteras una y otra vez, todas las semanas de los últimos veinte años. Cuando cumplí los catorce mi padre me prometió que un día me llevaría con ellos y cazaríamos una pantera en Laos.

—Deja al niño y a las panteras en paz- le dijo mi madre.

Lo cierto es que pasaron los años y nunca fui con ellos. Pero con sus relatos mi imaginación me llevó de viaje al nacimiento del Río Rojo, a la cima del Kinabalu y a los brazos perfumados de las prostitutas de Yangon.

Dicen que el día del accidente el motor del camión se paró sin más, a pocos kilómetros del pueblo. Mi padre y mi hermano se bajaron para intentar repararlo cuando otro camión les arrolló. Mi hermano quedó tendido en medio de la carretera. Cuando mi padre recobró el sentido no recordaba el accidente. Mi madre, ahogada en su llanto, le contó que Naong había muerto. El apretó los dientes. Los huesos de su mandíbula se marcaron en su rostro magullado.

—No puedo ver- dijo al cabo de un rato.

Y no volvió a pronunciar palabra hasta que salió del hospital.

Cuando al fin me decidí a regresar a casa ya había llegado la estación seca. Durante meses había buscado excusas para no tener que abandonar mi próspero trabajo y mis nuevas raíces. Las cartas de mi madre y las botellas de licor de arroz se amontonaron junto a mi cama hasta que el peso de las noches sin dormir se me hizo insoportable. Una vez soñé con mi hermano. A la mañana siguiente empaqueté mis cosas y fui a hablar con el capataz.

No quise despedirme de Nina, ni de su piel suave y salada, ni de sus ojos que seguro se hubieran llenado de lágrimas en la estación de autobuses. Sé que nunca volveré a verla.

Tres días después caminaba por la carretera de Quang Lông, cargado con mi maleta . Cuando llegué frente a la casa en que nací me detuve a pocos metros para observar a mi padre, que estaba sentado junto al sendero. Había envejecido más deprisa de lo que yo esperaba. Me impactaron sus ojos blancos de ciego, mirando a ninguna parte.

Dejé la maleta en el suelo y traté de respirar despacio, mientras le veía doblar y amontonar las cajas de cartón. No quería que se me quebrase la voz en aquel primer saludo después de tantos años. Pero fracasé.

-Hola padre- le dije acercándome un poco más.

El se levantó , dejó caer la caja que tenía sobre las rodillas y permaneció inmóvil durante un instante, conteniendo la respiración. Extendí mis manos para tomar las suyas.

—Soy yo, padre, he vuelto.

Entonces me abrazó. Me abrazó con fuerza durante un largo minuto y noté el temblor de su cuerpo. Después me tocó la cara con sus dedos finos y ásperos, deteniéndose en las cejas y en los ojos. Dejó que una lágrima recorriera su rostro.

—Ayúdame, me dijo.

A toda prisa apartó las cajas de cartón y su banqueta y se subió al camión por la puerta del copiloto.

—Vamos, hijo.

Me senté en el asiento del conductor. Miré alrededor y comprobé que la cabina estaba cuidada y limpia, el mapa bien doblado y el depósito lleno. Tomé el enorme volante y arranqué el motor. Alertada por el ruido, mi madre salió de casa sólo a tiempo de agitar su mano para decirnos adiós antes de que girásemos en el cruce. Cuando cogimos la carretera principal, mi padre sacó la mano por la ventanilla para empujar el viento. Lloraba sin parar.

Cuando las cosas anheladas ya no se desean, llegan.
Cuando las cosas temidas ya no se temen, se alejan.
Lao-tse

Relato ganador de la II Edición del certamen de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.