II Concurso de Relato Fotográfico (Finalistas II)

Como caído del cielo el pescador, lo sucio y toda mi alma

Autor: Michel Perea

Miré un instante los ojos del negro, vi cómo él alargando una de sus manos hizo un ademán invitándome a ocupar un sitio en su barca: ?EL PESCADOR?, así lo anunciaba en el rótulo escrito a un costado de la embarcación. Al parecer él me había estado observando desde mi llegada y me escuchaba hablar con un viejo barquero al que le comentaba mi deseo de cruzar al otro extremo del lago.

En realidad el viejo no se opuso, según él sólo debía aguardar una o dos horas, el tiempo en el que debían aparecer otros que también estuviesen interesados en ir al otro lado, pues sería una pérdida de tiempo transportar sólo un pasajero cuando la capacidad real de su bote era de cinco o seis personas, y en los buenos tiempos bien que soportaba nueve o diez. ?Porque a nadie le importaría mojarse un poco el culo?, me dijo agarrándose de mi brazo, repitiendo una y otra vez las mismas palabras mostrándome los dientes casi podridos y no me dejaba el brazo tranquilo.

Yo sólo miraba a un punto fijo: el negro que sonreía feliz y me miraba desde lo alto de? y me resulta imposible hallar una frase apropiada para explicar dónde está ahora y lo que hace, porque mi conocimiento con respecto a esas embarcaciones es realmente escaso.

Simplemente él está ahí, mostrando el torso desnudo, curtido por los años y los soles.

Aún el viejo sostiene mi brazo y lo miro. Que si la economía mundial, que si el poder de los pueblos, y que la vida es una mierda, que si allá, que si acá. Y me voy alejando de mi brazo que se estira. Voy junto al negro y me instalo debajo de sus piernas, cómo un pez sin escamas me dejo caer en el piso de la barca. El negro rueda su sexo por mi vientre, lo hace despacio, es ágil, lo baja y lo sube desde el ombligo, y no se detiene hasta tocar y dar pequeños golpecitos en la punta de mis pezones que se erizan por el roce. Sobre la boca blanca el dibuja un escudo, una estrella. Descansa. Se va de mi lado porque precisa elevar la vela, lo vacilo sin ropa como va y viene. Se toca, se descubre inmenso mientras va metiendo algunos dedos en la ranura de mis nalgas, y a la misma vez deja correr su lengua desde lo alto de mi cuello hasta el infinito de los hombros, y? que si la economía mundial es crítica, que si el poder de los pueblos? y al fin el barquero me deja libre el brazo. Rápidamente le di la espalda para mirar al negro que ahora conversaba con una mujer impertinente a la que le tendía su mano para subirla a bordo. Me apresuré y él sonriendo desde arriba también me ayudó a subir. Deduje que la mujer impertinente era fotógrafa porque de su largo cuello colgaba un equipo. Ella lo miraba todo y no dejaba de hacer fotos, yo encontré asiento a su lado y con disimulo vigilaba sus movimientos. No nos dijimos una palabra. El negro se mostraba caminado de un lado a otro. Hubo un momento en el que ella posó sus ojos en el cuerpo, y cómo quien devora un trozo de dulce lo exploró desde la cabeza hasta los pies descalzos. ?Tienes unos pies exquisitos?, le dijo la fotógrafa en un tono afrancesado.

Entonces, sin previo aviso, extendió boca arriba con la blusa abierta en el suelo de la barca y el pie del negro se deslizó por sus mejillas para de a poco colar los deditos dentro de su boca.

Ella lamía perezosa, se le enmielaban los labios y el pie descendía gustoso. Con el dedo gordo, el pie hacía círculos alrededor del ombligo y se recreaba, ella gemía a raudales como lo haría cualquier mujer en semejante situación. Palpaba con las manos la blancura de sus senos tibios y profería palabras sucias. Mientras el pie buscaba, buscaba para detenerse en el lugar más húmedo, para introducir en esa hendidura aquellos dedos cortos que eran una ricura. Hubiese deseado escuchar de una vez el sonido del motor, pero ahora no se veía al negro por ninguna parte. La fotógrafa y yo seguíamos sentadas en el mismo sitio, sólo intercambiábamos algunas miradas intrascendentes. Para mí no hubo fotos, y para el negro creo que sólo hubo una. Fue cuando lo vimos salir del pequeño camarote, tenía la piel bañada en sudores, verlo así me pareció raro porque el clima era muy agradable. Se secó con la mano el sudor de la frente, y sin sacarse el pantalón puso un pie en el borde la barca, fue el instante que ella aprovechó para tomar la cámara y dispararle a traición con una sonrisa satisfecha. ?Sin dudas él tiene unos pies divinos, ¿no te parece??, me preguntó con cara de zorra, y sin siquiera darme cuenta ya el negro estaba dentro del agua, porque según él gritó desde abajo, tenía muchísimo calor.

Le fascinaba el olor de su piel,
de su boca, su sexo, en fin se lo
comía a besos y mordiscos.

Relato finalista de la II Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.