II Concurso de Relato Fotográfico (Finalistas)

Nahuk

Autor: Juan Carlos Márquez

– Nahuk, deja de dar manotazos. No ves que se sale el agua del cubo. Tienes que bañarte o si no los chicos del colegio volverán a llamarte pequeño cerdo.

– Yo no soy ningún cerdo. Sólo quiero una bañera. Todo el mundo tiene una bañera. Papá, prometiste que traerías una bañera.

– Sí, sí, sí. Te lo dije. Es cierto. Y pienso cumplir la promesa, pero tienes que tener paciencia… No es fácil encontrar una bañera en el vertedero. La gente no se deshace así como así de las bañeras. Te prometí una silla y la he conseguido. Mírala, está casi nueva. Sólo necesito un poco más de tiempo…

– Entonces, llévame al Mekong. Cualquier cosa menos esta mierda de cubo… Además ni siquiera es un cubo. No es más que una lata apestosa.

– No quiero que hables así. Mamá se enfadará mucho contigo. Seguro que ahora te está mirando.

Nahuk mira un instante al cielo y a su alrededor aguzando la vista y se encoge de hombros. Acto seguido retoma su chapoteo rabioso de manos.

– Quiero una bañera. Quiero una bañera. Quiero una bañera…

– Cálmate, hijo – revolviéndole el cabello- . Tendrás tu bañera en unos pocos días. Ahora mismo voy a hablar con el viejo Khamtay. Quiere que le ayude con la cosecha de arroz. Me dará dos sacos por el trabajo y tendrás tu bañera. Toma tu barco – le tiende una escudilla verde de plástico- y pórtate bien. Volveré enseguida – dice alejándose calle abajo en una bicicleta blanca oxidada que chirría sobre el asfalto, cuyo manillar está sujeto por un entramado de hilachos y cuerdas.

– No es un barco, papá… – grita, aunque su padre no alcanza a oírle- ¡Es un submarino!

Nahuk hunde con sus manos la escudilla verde en el fondo del cubo – en realidad es una lata con un asidero de alambre donde puede leerse: GPM (en letras gruesas y rojas sobre fondo blanco) y una línea por debajo, al pie de unas pirámides, Emulsión interior- . Luego suelta aprisa la escudilla y esta emerge con fuerza a la superficie, salpicándole la cara. En esto se detiene frente al chico una pareja joven que pasea de la mano. Él es espigado, huesudo, de piel blanca y fina, oculta su cabeza bajo una visera grana de los Yankees de Nueva York. Ella es menuda, algo rechoncha, su rostro es amable y está enrojecido por el rigor del sol de Vientiane y salpicado de pecas diminutas, igual que sus brazos y pantorrillas. Las alianzas de oro de ambos emiten destellos que refulgen en el charco de agua que rodea la lata. Miran divertidos, con cierta ternura, a Nahuk mientras sumerge de nuevo su escudilla.

– Hello, my love! Are you enjoying? – pregunta dulce y sonriente la mujer- . We’ve a green boat too. It’s exciting, isn´t it?

Nahuk ase las manos a ambos extremos del borde de la lata y alza a pulso su cuerpo. Las sonrisas de la pareja se descomponen de repente. El hombre rebusca nervioso en sus pantalones y, antes de retomar cabizbajo el paseo del brazo de la mujer, deja un billete de quinientos kips sobre la escudilla flotante.

La pareja se cruza a lo lejos con seis o siete chicos despeinados y descalzos. Mascan chicle, vociferan y se empujan unos a otros. Al verlos Nahuk pliega aprisa el billete y se lo mete dentro de la boca. Cuando llegan a su altura los chicos rodean la lata.

– Nahuk está plantado. Nahuk está plantado. Nahuk está plantado -corean-.

Nahuk cierra los ojos y se tapa los oídos.

– Nahuk está plantado. Nahuk está plantado. Su papá lo ha confundido con una planta de arroz – grita el más alto. El resto ríen- . Nahuk está plantado. Nahuk está plantado. Nahuk está planta… ¡Vámonos, rápido, que viene su padre! Nahuk abre los ojos y destapa los oídos. Su padre está en cuclillas, sudoroso y sin aliento frente a él. Ha dejado la bicicleta tendida sobre el bordillo de la acera opuesta, unos metros más allá.

– ¿Te han hecho daño, hijo? – dice estrechándolo entre su brazos para sacarlo del agua.

Nahuk niega con la cabeza y escupe el billete dentro de la escudilla.

– Quiero mi bañera – murmura.

Entre 8.000 y 10.000 niños al año mueren o son mutilados por minas. (UNICEF)

Relato finalista de la II Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.


El gran partido

Autor: Mario Girola

Aún en aquellos tiempos, habiendo pasado ya casi cuarenta y cinco años de haber conquistado el campeonato mundial de fútbol, vestir la camiseta celeste, era todo un desafío; diría que hasta una responsabilidad. Aquel que la usaba, sentía como lo invadía la magia de aquellos hombres que lograron una gran victoria.

Hoy día, pasados ya setenta y tres años, todavía resuena el grito de goooool, en la memoria de todos los uruguayos. Para algunos, un momento de gloria; para otros un mojón en la historia que les marca setenta y tres años viviendo de glorias pasadas.

Para Leo, el tener puesta la celeste no era mas que un juego, en especial ese día, el día del Gran Juego. Y en este partido, se definiría quién sería el verdadero campeón de campeones del barrio. Jugaba nuestra calle contra la calle de ellos. Paralelas y separadas por una sola cuadra transversal. Eramos rivales en todo. En cantidad de bicicletas por bando, en velocidad, en chicas y sobretodo en el fútbol. Aunque en el fondo sabíamos que esta rivalidad respondía a una necesidad práctica. Para toda competencia se necesitan dos partes que compitan. Así pues, compartíamos las Navidades, los fines de año, la playa, hasta las frutas, botines extraídos de los frutales de las casas de los vecinos. Todo se compartía en armonía hasta que se iniciaba una competencia, de allí en adelante, todo era la guerra. Así que, como ya habían transcurrido unos cuantos días de tolerancia total, a Leo no se le pudo ocurrir nada mejor que gritarle a Juan, que era de la otra calle, cuando lucía su pelota nueva; “Gordo, hubieras pedido un melón en vez de una pelota, por lo menos el melón te lo podés comer, con ese balón y esas patas de chicle te vas a matar, horrible”. Y bueno.; no pasaron diez minutos que una tropa de bicicletas invadió nuestra calle en busca de Leo, quien por supuesto, estaba en su casa metido quien sabe donde. Y dadas las circunstancias, en las que no hubo víctima para resarcirse, se pactó para el Sábado a la tarde un campeonato de un solo partido. Máximo 9 jugadores por calle. El motivo, comprobar quienes eran los verdaderos “pata de chicle”.

No faltó la concentración del equipo. Nadie tocó una cerveza ni salió a bailar el viernes. A los recién iniciados con el tabaco, se nos prohibió terminantemente fumar. Y el Sábado a la mañana, riguroso fue el faltar al Liceo para evitar el estrés.

El partido comenzó a las cuatro de la tarde. Como era cosa de hombres, no se había comentado nada a nuestros padres ya que su presencia, nos despojaría de toda hombría. Asistieron solo novias y amigos de otras calles. El compromiso y el honor llevó a que seamos nueve contra nueve, nadie había faltado y Leo, con la celeste puesta, nos hacía sentir que éramos veinticinco en la cancha.

Era muy buen jugador, En su flacura, era capaz de correr, eludir a la defensa y mirar al compañero para dar el pase en el momento preciso, todo a la misma vez.

Los dieciocho, ubicados cada uno en su lugar, con mirada recia, esperábamos inmóviles el inicio de la contienda. Esperamos un largo tiempo, hasta que uno gritó: “Vamos che! No nos estamos demorando demasiado.” Leo, que jugaba de nueve, y estaba parado en el medio de la cancha esperando la señal para dar el puntapié inicial, giró hacia mi la cabeza y con media sonrisa gritó: “Como no vamos a demorar en empezar, si no hay juez?”. Era cierto, nos habíamos olvidado del juez. Improvisamos rápidamente un curioso con un pito y fue inmediatamente nombrado juez por unanimidad, no quedaba otra.

El desconocido se paró en el centro de la cancha, alzó su brazo derecho, infló su pecho, pegó el pitazo y dio comienzo al gran desafío.

Eso, era un escándalo. Treinta y seis piernas entrelazadas tras una pelota que parecía querer huir de aquella avalancha de puntapiés. El juez ya estaba mareado de tanto soplar su pito y no era para menos, ya que al no haber línea de cancha, el fuera de juego quedaba a criterio de los diecinueve.

Leo conocía muy bien la cancha ya que vivía en frente a ella, en la casa amarilla y permanecía mas tiempo en la cancha que en su casa.

En un pase largo, Logró engancharla con la derecha eludiendo a un defensa, faltaban cinco minutos para terminar el primer tiempo, jamás olvidaré esos cinco minutos.

Giré para ver a mis espaldas porque el ruido de los motores llamó mi atención.

Leo, utilizando un árbol como pared, hace rebotar la pelota logrando avanzar unos cuatro metros más sobre el arco.

Eran tres camiones del ejército que pararon frente a la casa amarilla.

Leo pisa la pelota, y dando un quiebre a su cadera hacia la derecha, elude al ultimo defensa por la izquierda.

Quince militares arrastran a los padres y al hermano mayor de Leo por los pelos y los meten dentro de las camionetas, por separado.

Leo, levanta la cabeza y se da cuenta que ha quedado solo en frente al golero.

Tres gigantes verdes venían hacia nosotros.

Leo se apoya en su pierna izquierda para dar la estocada de la victoria y siente a su madre gritar. Desconcertado, el puntapié descontrolado mandó la pelota hacia la casa verde, quedando enganchada del alambre de púas que estaba sobre el muro.

Los tres gigantes pasaron a mi lado llevándose a Leo de los hombros, que nunca supo lo que pasaba.

¿Que hicimos? De haber sabido las consecuencias, competíamos con pulseadas.

Se llevan a Leo, se llevan la celeste. ¿Es que acaso son ciegos?

Nadie fue a buscar la pelota, nadie se animó. La creíamos la causante del delito.

A la celeste junto con Leo, se los tragó el verde de la intolerancia.

La bestialidad, nos había golpeado la puerta de la juventud, dejando a la adolescencia, colgada por siempre, de un alambre de púas.

Relato finalista de la II Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.


La hermana de Alauk

Autor: Félix Fernández

MADRID, FINALES DE LOS 70.

Crecimos jugando al fútbol frente a la estatua del Ángel Caído de Bellver en el Retiro. Días de cromos y chapas.

Éramos niños de clases populares que vivían en barriadas del sur de la ciudad. En casa los mayores hablaban a todas horas de transición y política y en la calle nosotros hacíamos nuestra propia transición hacia la adolescencia. Cambiábamos tebeos por unas pocas pesetas; estábamos orgullosos de nuestros tres cines de barrio: Capri, Sevilla y Granada; sufríamos, y respetábamos, a los viejos maestros de toda la vida, que por entonces empezaban a tener cara de cansados, maestros del capón, la regla y la campanilla en el oído, que te ponían a dibujar banderas o basílicas o te enseñaban disciplina en el patio del colegio; soñábamos con ser los piratas de la Malasia o los tigres de Mompracem, del veronés Salgari, en mares y tierras tan lejanas como desconocidas, y nos pasábamos el día jugando al fútbol, en los tiempos de Krankl, Leivinha y Breitner. El barrio, del que raramente salíamos era todo nuestro universo. La calle, el colegio y la casa nuestras fronteras infranqueables.

Entonces tener un balón de reglamento era un lujo reservado a unos pocos privilegiados. Al Ángel Caído debías llevar más de uno porque, al jugar entre los árboles, más de una vez las ramas podían dar por terminado el partido antes de tiempo. Si se te enganchaba tenías varias opciones: tirar piedras, con el riesgo de descalabrar a alguien; lanzar otro balón, con el riesgo de que también te quedaras sin él; o que algún osado trepara al árbol, con el riesgo de que el partido se quedara con uno menos. La gran diferencia con los niños de nuestras antípodas es que casi siempre terminábamos recuperando el balón.

Con los primeros vellos, las primeras pajas y las primeras persecuciones a las lolitas de turno, tan bellas como inalcanzables, empezamos a dejar atrás los cromos y las chapas, el bote bolero y el burro; los balones enganchados en las ramas de los árboles pasaron a un segundo plano; los viejos maestros se volvieron más blandos; empezaron a cerrar los cines y las tiendas de cambio de tebeos e incluso salíamos más a menudo de nuestro barrio. Sin darnos cuenta estábamos dejando de ser niños.

SINGAPUR 2003.

Alauk, Rupmul y Rupagnis son amigos, vecinos en el mismo bloque de pisos y residentes en Singapur: la ciudad del león. Viven en un populoso barrio del suroeste de la ciudad, en el que conviven y se entremezclan chinos, malayos e hindúes. Son compañeros inseparables de correrías, a pesar de que van a escuelas distintas y a que pertenecen a religiones diferentes: uno es taoísta, el otro budista y el tercero islámico. Todas las tardes cuando salen de clase se reúnen en el barrio y se acercan a los jardines del distrito colonial, junto al cuartel del Almirante, a jugar al fútbol. A uno de ellos le gustaría ser de mayor artesano del zapato, como toda su familia, al otro maestro, como su padre, y al tercero futbolista, como Ronaldo, su ídolo desde el mundial de Japón y Corea. Algunos domingos suelen ir a pescar al acantilado del Cocodrilo Rojo, a los maestros más mayores los llaman sabios, y todos ellos están orgullosos de sus familias y de los colores de su barriada.

El más pequeño de los tres es un apasionado de las cometas, el del medio de las marionetas y el tercero sabe de plantas más que nadie a su edad. Si bien en su país es ilegal comer chicle, el de las plantas lo consigue a hurtadillas, su padre es viajante, y luego lo comparte con sus amigos después de cada partido. El hermano mayor del mediano tiene autorización de su padre para fumar y a escondidas le ha prestado unos cigarrillos a su hermano menor. El de las cometas tiene una hermana mayor de unos doce años, de tez morena, ojos negros como cuevas, de esos que cuando te miran se siente observado hasta el alma, y dientes blancos como nubes. Cuando sus amigos le van a buscar a casa, la mirada de la morena les cosquillea las tripas y lo que no son las tripas.

Todos ellos tienen en común que hablan un buen inglés, que a ninguno de ellos le gustan los militares, es más les tienen algo de miedo, y que su mayor sueño sería ver juntos un partido de fútbol, pero de los de verdad, en un desconocido y lejano país europeo que conocen por Madrid, en el estadio donde suelen jugar Ronaldo, Raúl y Zidane.

Hoy terminaron antes de tiempo el partido. El balón se quedó colgado en la alambrada. No tienen uno de repuesto y si tiran piedras se irá para siempre al otro lado de valla. Evidentemente no se puede trepar, y lo más probable es que se pinche y termine desinflado, además los inquilinos del otro lado no son precisamente amables. Así que, resignados, han decidido irse bajo la sequoia gigante de los jardines, a mascar chicle y fumarse sus primeros cigarrillos. Mientras el pequeño les cuenta los detalles de la cometa que está fabricando, los otros dos, en silencio, cierran los ojos y piensan en su hermana.

Relato finalista de la II Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.


De color azul

Autor: Ángela María Requena

Nunca pensé que la muerte tendría un color azul. Es hermosa, se dijo; pero eso no impidió que sintiese escalofríos. Sentada en la orilla pedregosa donde había varado, oteaba el azulado silencio de un río que parecía engullido por el horizonte. Fue un alivio distinguir sobre las aguas densas la pequeña figura de un barco que avanzaba despacio hacia la ribera en la que ella se encontraba.

De un brincó se puso en pié y, como cualquier náufrago, comenzó a dar saltos y hacer señales con las manos. -¡Eh, aquí!,- repetía al vacío, hasta que la barca se detuvo a unos metros de la orilla. Fue entonces cuando distinguió al hombre que la guiaba. Tenía esa mezcla de cansancio e ironía de los que ya no esperan nada.

-Usted debe ser Carón-, dijo dirigiéndose al barquero con entusiasmo.

-¡Hombre! Una ilustrada.- Respondió éste con cierta sorna.

-Ha venido para llevarme al otro lado ¿Verdad?

-Bueno, eso depende.

-¿Depende? ¿De qué?

-De que pueda pagar el viaje.

-¿Me está diciendo que tengo que pagarle?

Ante la creciente indignación de la joven náufraga, el tal Carón optó por encogerse de hombros.-Mire, yo sólo hago mi trabajo.

-Pues, no sé si llevaré algo,- dijo mientras rebuscaba en los múltiples bolsillos de su pantalón.- No esperaba necesitar dinero aquí.

-Yo no le he pedido dinero.- Rectificó con calma el barquero.

-Entonces… ¿Cuál es el precio?…¡Ah! Ya sé,- afirmó sin esperar la respuesta.-Un acertijo, como en los cuentos.

-¡Vaya! Hay que reconocer que tiene imaginación.- Comentó el supuesto transportista de almas en un tono divertido.

-¿No es un acertijo?

El barquero negó con la cabeza.

-¿Una buena acción, quizás?

Carón volvió a negar.

-¿Una mala?- Preguntó la aspirante a pasajera con cierta alarma.

-Un recuerdo.- Confirmó el barquero.

-¿Un recuerdo de qué?

-Pues de qué va a ser, de su vida. No le voy a pedir recuerdos de otros.

-¿De mi vida?- Repitió con inquietud.

-Sí.

-Pues, no sé…- La decidida viajera titubeaba.

-Vamos, haga un esfuerzo. No ha pasado tanto tiempo.

-Lo último que recuerdo,- comenzó a decir con la voz entrecortada,-es el puente, y el agua turbia…

-No.- Interrumpió enérgicamente Carón.-No quiero el recuerdo de un suicidio. Este sitio ya es bastante triste. Quiero algo que me empuje a venir hacia esta orilla, algo que me ayude a no olvidar que este es el lado que roza con la vida. Ella bajó los ojos y paseó la mirada por el terreno crispado donde se encontraba. Le vino a la mente la imagen de una orilla muy distinta, el recuerdo una playa inmensa, y sintió el cálido abrazo del sol mientras corría con los pies descalzos por la arena mojada, entre risas y sonido de gaviotas.

-Ese me vale,- sentenció el barquero con una sonrisa melancólica.

-Pero, si no he contado nada.- Dijo tímidamente, sin poder sostener la mirada.

-Vamos,- ordenó con firmeza.

-Está un poco lejos,- objetó la pasajera.

-¿Y?- Carón comenzaba a mostrar signos de impaciencia.

-No pretenderá que me meta en el agua.

-¡Ya está empapada!

Y al decir esto, por primera vez, la viajera reparó en su ropa resquebrajada, embadurnada de barro y desechos acuáticos.

-¿Qué hay al otro lado?- Preguntó con cierto temor.

-Nada.- Respondió serenamente el barquero.

-¿Nada?

-Nada,- repitió.

Ella no podía dejar de mirar el denso río que separaba la muerte de la vida y le faltó valor para introducirse en el agua azul.

-¿Está seguro de que no puede acercarse un poco más?

Como el terco conductor de la barca no parecía dispuesto a ceder, respiró profundamente, cerró los ojos y dio un pequeño paso hacia la corriente, preparada para hacer frente al contacto con el frío del agua. Fue entonces cuando sintió como un aliento tibio penetraba a través de su boca inundando de calor la humedad, y unos golpes secos sobre su pecho le hicieron vomitar, y toser, y llorar, como un recién nacido palmeado con fuerza en el trasero. Cuando abrió los ojos, el color azul había desaparecido y unos extraños la iluminaban con linternas y le preguntaban si se encontraba mejor. El extraño más cercano le ayudó a incorporarse. Ahora se encontraba en la ribera de un río turbio conocido. No muy lejos pudo distinguir el puente.

-¿Qué ocurre?

-Nada,- dijo uno de los extraños.-Ya ha pasado todo.

Relato finalista de la II Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.