I Concurso de Relato Fotográfico (Finalistas II)

La rebelión del fuego

Autor: Osvaldo Isidro Larancuent Cueto

Cuando le dijeron a Bitina que quemarían a su padre al amanecer, y que acompañaría a su madre a buscar leña para encender la hoguera, no supo qué decir, pero la acompañó de buena gana. Eran más de las once de la noche cuando salieron hacia el bosque de manglares, localizado a unas dos horas de la aldea, justo al lado de la laguna de la muerte.

Su padre la había llevado allí varias veces para que lo ayudase a recoger y cargar la leña, y nunca había puesto caso al nombre de la laguna hasta que le preguntó en alguna ocasión, hacía un año aproximadamente.

-¿Por qué le dicen así?

-Porque hay gente que ha visto la muerte reflejada en sus aguas.

-¿Y cómo es la muerte?

-Nadie lo sabe. Pero cuándo la vez la reconoces.

-Hay que ser grande para saber eso.

-No. Hay que ser adulto.

-¿Adulto y grande no es lo mismo?

-No. Pero en uno y otro caso también lo notas.

-Soy una niñita, ¿seré adulta cuando grande?

-Tal vez antes.

Quería mucho a su padre. Esa conversación había quedado en ella grabada profundamente. Por otro lado él no se expresaba muy claro. Y quizás la impresionó más el misterio de sus repuestas, que aunque esperaba algún día descifrar, consideraba que a sus seis años, le faltaba mucho.

Seguía a su madre que caminaba cabizbaja y arrastrando lentamente los pies rumbo al bosque mientras ella recordaba a su padre. La madre se detuvo, dio la vuelta, y le pidió que anduviera delante. Eso fue justamente frente a la laguna, que aunque invisible por la oscuridad, sentían que estaba a su derecha. No había luna. La fría humedad y el vaho a azufre fueron las señales. Pero también las ranas que croaban desde distintos puntos en la orilla y el sonido del movimiento de reptiles flotando sobre las aguas. En lontananza un graznido apagado de alguna lechuza cruzó a través de las paredes de la oscuridad.

Llegaron al bosque. La búsqueda de la leña se hacía muy agotadora y larga. Las lluvias, que habían estado cayendo desde hacía algunos días, impidió que encontraran leña seca.

-Una Humareda. Eso es lo que provoca esa leña húmeda, si es que arde. Nunca la escojas. Tómala seca, pálpala para sentir su sequedad. Si no está en esta zona, de seguro que al otro extremo del bosque hallarás, al cual por estar tan tupido, penetra menos el agua.

-Mamá, yo creo que esta leña no será apropiada.

No la escuchó. Seguía recogiendo entonando alguna canción lenta y guturalmente. Bitina se le acercó e insistió halándole la túnica talar que traía, entonces se detuvo y prestó atención apretando los labios. Entonces le informó que su padre le había explicado que la escogida por ella sólo produce humo, pero que sabía con seguridad adónde encontrar la apropiada. Accedió, y Bitina la guió brincando de forma simpática sobre sus pies descalzos, hacia el lugar decidido, con su vestido largo flotando como un fantasma en el oscuro bosque.

-El fuego sirve no sólo para guisar, o hacer armas. Tiene infinidad de propósitos. El fuego y el sol se parecen. Uno y otro nos hacen crecer hasta morir. El mismo fuego que a veces alimenta otras destruye, como el perro rabioso que quemaremos con esta leña.

Recordó esas palabras que le crearon una extraña sensación. Se reiteró varias veces que su padre ni era perro, y mucho menos rabioso. Los perros rabiosos escupían espuma, no sangre; como lo había estado haciendo su padre. Lo vio muy enfermo, extremadamente flaco, y con el estómago muy hundido. Nadie le había explicado qué pasaba. Todos se tapaban la boca, negaban con la cabeza y al entrar a la casa, no llegaban a su habitación. Esta mañana lo había visto a escondidas pues no la dejaban pasar, pero él tampoco la reconoció: su frente brillaba por el copioso sudor que le brotaba; no cerraba la boca, anhelando quizá algunas bocanadas de aire que no encontraba; movía su estómago como las gargantas de las ranas, y sus ojos estaban brotados mirando hacia ningún lado. Al salir de la habitación preguntó nuevamente a su madre qué le pasaba. Pero ella sólo respondía, con los ojos llorosos y acariciándola, que pronto estará bien, que estaba muy enfermo. Insistiendo en que no entrara nuevamente. Fue la última vez que lo vio, horas más tarde le dirían que acompañara a su madre al bosque.

Finalmente encontraron la leña, más bien yesca, con la que formaron dos pilas de tamaños y pesos diferentes. La madre tomó la mayor, y ambas regresaron con las pilas sobre sus cabezas.

Caminaban sobre el trillo de regreso a la aldea y amanecía. Bitina observó a su izquierda el sol envuelto en brumas que lo agigantaban, dorando todo a su alrededor, en la inmensa oscuridad del cielo. Luego miró hacia el bosque, de donde acababan de salir, pareciéndole un hoyo negro y hondo que le hizo apartar rápidamente la mirada.

Entonces fue cuando le llamó la atención el camino dorado que se extendía sobre la laguna y que conducía hasta el sol mismo.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.


La camioneta

Autor: Juan Carlos Márquez

Habíamos convenido engendrar un bebé muy pronto, pero tuvimos que aplazarlo -muy a mi pesar- porque Kabu se empeñó el mismo día de nuestra boda en comprarse una camioneta blanca, un trasto largo y polvoriento de tercera o cuarta mano que lleva semanas reconstruyendo pieza a pieza y tardaremos en pagar más o menos lo que dura un embarazo.

Aún estábamos en los postres cuando me enseñó bajo la mesa un sobre lleno de billetes y me susurró al oído: Cariño, con esto ya nos llega para la entrada. Aquello me cogió totalmente desprevenida. Si que me había hablado en alguna ocasión de comprar una camioneta cuando estuviéramos asentados, pero nunca supuse que fuera tan inminente. Aunque debí sospecharlo por su forma de comportarse todos los domingos cuando nos quedamos en casa de mi madre viendo “Corrupción en Miami”. Cada vez que sale un coche le brillan los ojos como ascuas y no puede evitar decir la marca: Ferrari, Lancia, Mazda? A veces, con mucha frecuencia, en las persecuciones los coches se abollan o explotan en una enorme bola de fuego y Kabu se levanta, patea el suelo y suelta por la boca la primera maldición que le viene a la cabeza. Le repetí que para mí era prioritario tener un bebé, que necesitaríamos ese dinero para el ginecólogo y el ajuar, y le recordé que ya tenemos una motocicleta -con la que él reparte el correo en los arrabales de Ouagadougou y me deja cada mañana en la puerta de la escuela-, pero insistió en que aquella camioneta era una ganga -sólo cuesta dos mil cochinos francos, gritó llevándose las manos a la cabeza- y en que con su pericia, un libro de mecánica y una caja de herramientas que le iban a prestar quedaría como nueva. Está mal que lo diga una recién casada, pero la verdad es que Kabu es terco como la corteza de un baobab.

Esa misma tarde, la de nuestra boda, Kabu trajo a empujones la camioneta hasta el patio de grava de nuestra casa. Llegó sudoroso y extenuado. Me contó, mientras bebía una lata de cerveza, que la había traído desde un desguace camino de Koudougou, a más de tres kilómetros de aquí, por unas tierras ondulantes y agrietadas que sólo frecuentan los buitres y algún que otro antílope extraviado de su manada que busca alimento en los espinos. Dijo también que ahora él y sus amigos podrían ir como señores a ver el partido de la Copa de África contra Mali, por la carretera del Parkinson, sin estar pendientes del autobús, y otras muchas cosas que no escuché porque no puedo quitarme el bebé de la cabeza. Quiero tenerlo, no quiero esperar. Me encantan los niños, por eso me hice maestra. Son como darle la vuelta a la almohada en una noche de bochorno o como esas gotas gruesas y frescas que matan el calor en la época de lluvias. A mi edad mi madre ya nos tenía a Viviane, a Yolande y a mí y siento que me estoy deteniendo, que esa camioneta está deteniendo el curso de mi tiempo. ¡Hasta había hecho ya un babero azul de ganchillo y una jirafa con bolas de ébano!

Desde que esa vieja camioneta blanca está en nuestro patio apenas veo a Kabu. Cuando vuelve del trabajo, casi al anochecer, cena aprisa un sandwich de pollo frío o un cuenco de arroz y sale al patio a la carrera, revolviendo la grava con sus chanclas y levantando a su paso nubes de polvo. Se tumba en los asientos delanteros de la camioneta, con los pies sobre el volante, y lee el manual de mecánica con sus gafas de aumento -tiene la vista cansada de descifrar direcciones escritas con mala letra-. A veces se queda dormido con el manual sobre el pecho y las manos manchadas de grasa o de aceite y me despierto sobresaltada cuando estiro un brazo o una pierna y noto su ausencia. Me envuelvo en una sábana blanca como un fantasma y salgo a buscarle en medio de los ruidos de la noche. Y lo acuno, lo zarandeo, casi tengo que arrastrarle para que entre en la casa. Ni siquiera descansa los domingos, sólo el rato que pasamos en casa de mi madre viendo “Corrupción en Miami”. Se levanta temprano y se pasa la mañana entre pastillas de frenos, carburadores, bujías, correas del ventilador, platinos y bombas de gasolina. Mira una y otra vez los dibujos del manual, pero a veces no entiende nada y se desquicia como un niño hambriento que no encuentra el pezón.

La semana pasada las cosas empeoraron. Vinieron a visitarle tres de sus amigos y, después de agotar nuestras cervezas, apostaron que la camioneta no estaría a punto para el día del partido contra Mali, que se juega esta misma tarde, justo hoy que mamá cumple años. Aunque no he insistido en que me acompañe. Creo que ya he dicho que Kabu es más terco que la corteza de un baobab. Esta última semana se ha pasado varias noches seguidas trabajando en la camioneta. Apenas podía mantener los ojos abiertos y le he visto mucho más delgado, pero cuando ha escuchado el run-run del motor y la camioneta se ha puesto en marcha lo ha celebrado con saltos y cabriolas y todo el vecindario se ha acercado a nuestro patio a darle la enhorabuena. Menudo alboroto, parecía que Burkina Faso hubiera ganado el Mundial. Luego me ha dado un beso en la boca y se ha puesto a encerar la camioneta con una esponja, mientras venían sus amigos y yo le preparaba unos bocadillos de fiambre para el partido. He estado observándole a hurtadillas por la ventana y al ver su torso desnudo y sus brazos negros retorciéndose sobre el capo blanco de la camioneta me ha venido a la mente un crucigrama. Cuando han llegado sus amigos le he preguntado si podían acercarme hasta casa de mamá, pero me ha dicho, con la mayor naturalidad del mundo, que no, que no les coge de paso y, que si quiero, que vaya en su moto. Después, sin mediar palabra, me ha dado otro beso en la boca, se ha puesto una camisa, ha cogido su bocadillo y se han largado aporreando el claxon. Me he puesto mi mejor vestido y he arrancado la moto, y cuando apenas llevaba recorridos unos doscientos metros, me los he encontrado parados, de pie, frente a la gendarmería, cuatro negros hechos y derechos mirando como bobos el motor de una vieja camioneta blanca. He pasado de largo, sonriendo, sin apenas mirarlos, pero creo que Kabu me ha visto pasar.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.


Bajo los buitres

Autor: Elena Yáguez

Llegaron al anochecer con sus plumas negras, de color de sangre reseca. Llegaron en silencio, cuando el sol se iba, con ojos de hiena y garras de león. Mi madre y las otras mujeres preparaban la leña para hacer el fuego de la cena. Los niños recogíamos las piedras con las que jugábamos al Sumibá.

El Sumibá es un juego muy antiguo, que a mi me enseñó mi madre, y a ella la suya. El sumibá sirve para pedir deseos a la primera estrella de la noche. Aquel atardecer, sin presentir a los pájaros negros, Amin, mi primo, pidió la lluvia, para que le crecieran las pestañas porque a Amin cuando llueve le crecen las pestañas. Yo vivía en un poblado cerca del cauce del Nyimba. A lo lejos veía a Kabanga quien a veces rugía pero hacía mucho tiempo que no lo oíamos. Kabanga dormía, y yo le temía porque sabía que guardaba lenguas de fuego en su corazón.

Hicimos un corro, tiramos las piedras al aire y nos cogimos de las manos. Yo pedí una barca, para viajar en busca del mar cuando creciera el río. Safiya, la hija pequeña de mi padre, pidió un pájaro de alas moradas, para volar a las cumbres de nieve del Kayeyé, de las que hablaba la abuela cuando nos enseñaba las estrellas. La abuela era la más anciana del poblado. No había nadie más anciana que ella, tanto que no le quedaba ni un solo diente. No presentí la llegada de los pájaros negros a pesar de que estaba anocheciendo y el calor era tan asfixiante como el de mediodía. Fue una señal que no escuchamos. Tomados de las manos, cerramos los ojos, antes de que los viéramos llegar, con sus alas alargadas, con sus picos ganchudos y olor a carroña. Llegaron en silencio, con sus graznidos escondidos en la garganta. Sentí el sudor de Amin en mis dedos y abrí los ojos un instante. Le miré de reojo y los volví a cerrar para no enfadar a Sumibá, la primera estrella de la noche. Amin quería la lluvia para sus pestañas. A mí me gustaba Amin tal como era, con ojos negros y párpados de lagarto durante la sequía, con ojos aún más grandes en la temporada de las lluvias. Hacía muchas lunas que el cielo no se abría, y el cauce del río se resquebrajaba, “como mi vientre”, decía mi abuela, “como mis talones” le respondía yo. Las mujeres habían encendido el fuego de la cena. Raiwa tiró su piedra y pidió un techo para su cabaña, le asustaba el ruido de la noche. Para que se cumplieran los deseos que cada uno había pedido, sin soltarnos de las manos, cantamos nuestra canción. “Sumibá, Sumibá, despierta y acude. Sumibá, Sumibá abre tu mano y envíanos tus regalos, Sumibá muestra tu sabiduría y habla, despierta ya”.

El sol se estaba poniendo y no los vimos llegar. Mi abuela hacía sonar las cuerdas de la khora mientras las mujeres amasaban las tortas de mijo. Para que se cumplieran los deseos, nos soltamos de las manos y corrimos cada uno hacia nuestra piedra. Todavía no vimos los pájaros negros que volaban sobre el poblado. Las mujeres de mi padre compartían el fuego. Mi padre y los otros hombres no regresarían hasta después de dos amaneceres. Yo nunca había ido a Ougadougou pero lo conocía como si hubiera vivido allí por los relatos de mi padre y de los otros hombres cuando regresaban después del mercado. Allí los hombres hacían los trueques. Y como flamencos, los pájaros rosas y blancos que nos visitaban después de la crecida de Nyimba, sobre un solo pie, durante unos segundos, nos posamos sobre las piedras. Habíamos terminado el juego del Sumibá cuando los vimos volando sobre nuestras cabezas. Hacían círculos y eran muchos, negros como la sangre seca, negros como la tierra sin agua. Venían con las alas desplegadas y olor a podrido. Y entonces oímos el ruido de la lava que corría derramándose desde el volcán. Kabanga había abierto su boca y vomitaba toda su furia contra nosotros. Sumibá se había equivocado. Sentí el fuego en mi cuerpo. La lava corría por el lecho del Nyimba, por donde el agua crece cuando empiezan las lluvias. El rugido de Kabanga ahogaba nuestros gritos y la música de la khora que la abuela tocaba. Y volando en círculos, sobre nuestras cabezas, los buitres lanzaron sus graznidos. Mi abuela, la mujer más anciana del poblado, no quiso moverse, siguió tocando hasta que se la tragó Kabanga. Amin pidió la lluvia y llegó el fuego. Apenas tuvimos tiempo de terminar de recoger nuestras piedras. Yo perdí la mía. Amín me cogió del brazo y corrimos para escapar de la ira de Kabanga. La piel me ardía. La lava avanzaba hacia nuestras chozas. Yo perdí mi piedra y quise volver a recogerla. Pero Amin me sujetó del brazo con fuerza y tiró de mí hacia lo alto de una roca. Pude ver a mi madre con mi hermana Safiya en los brazos huyendo del incendio. Entre el polvo y la humareda, las mujeres aullaban como lobos, por encima del estruendo, en busca de sus hijos. La tierra tembló como en el principio de los tiempos. Los buitres carroñeros volaban en círculos sobre nosotros, preparando su fiesta. Sumibá se equivocó y nos mandó el fuego.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.