I Concurso de Relato Fotográfico (Finalistas)

El viaje

Autor: María Marta Guzzetti

Hace tres días que salí del hospital. Los dos primeros me los pasé mirando el techo, sin ganas de pensar en nada, sin ganas de tomar ninguna decisión. Sabiendo que tengo que empezar todo de nuevo y no sé por donde hacerlo. Pero hoy me levanté de la cama por primera vez y pensé que estos dos meses de 1999 no se me olvidarán nunca y sobre todo me acordé de Buba.

No sé porqué se me ocurrió que tenía que escribirlo, escribir todo lo que había pasado y busqué algo con que hacerlo. Encontré un bolígrafo que escribe con un trazo fino y elegí una de las hojas de atrás del cuaderno donde anoto mis gastos. Y comenzé. Creo que lo único que escribí en mi vida fueron las composiciones que hacia para el colegio. Pero ya estoy metido en esto y tengo que seguir. Salga lo que salga.

Me internaron en el hospital de Monteluce una mañana de mayo. Hacía un calor de locos, raro para esa fecha y el médico no me contestó cuando le pregunté porque me había puesto amarillo después de pasar dos noches con esos dolores terribles en el vientre. Me dió la orden para el hospital diciendome que fuera enseguida. En el Pronto Soccorso me dieron el ingreso y tampoco me dijeron nada. Solo que tenían que hacerme unos estudios. La habitación del reparto de Cirugía era bastante buena, tenía solo dos camas así que me sentí mejor, porque temía que me tocara una de esas salas llenas de camas y que me costara dormir durante la noche. Pero parece que esa era una de las peores habitaciones del piso según me dijo una señora latinoamericana que estaba acompañando al marido. Ella había traído aguja e hilo de su casa para coser la cortina que estaba bastante rota, pero a mí no me importaba nada. Solo quería dormir y que terminara el infierno, pero no fué tan rápido. Me hicieron varios estudios, siempre anestesiado, me operaron una vez de algo que yo no alcancé a entender que era y también estaba esa zonda, siempre colgada de un palo junto a mi cama con la aguja clavada en mi muñeca y que dejaba entrar en mi cuerpo el líquido verde y asqueroso con que me alimentaban.

Por la cama de al lado pasaron varios hombres, algunos viejos, otros más jóvenes. La mayoría eran de aquí, sobre todo los más viejos, pero otros eran extracomunitarios, como yo. Algunos de ellos se quejaban todo el tiempo y estaban los que se callaban ,también ,todo el tiempo. Yo lo prefería, porque tampoco tenía ganas de hablar. Pero todo cambió para mí cuando llegó Buba. Lo trajeron inconsciente y la enfermera vino protestando en dialecto porque según pude entender él debía ir a la sala de Terapia Intensiva y no estar allí, pero evidentemente no era tan importante como otros pacientes, y esa era la única cama libre. Su piel era muy negra, yo casi parecía blanco al lado de él. Cuando vino Pina, la enfermera más amable de todas ,le pregunté que le había pasado . Me dijo que el pobre se había caído de un andamio y que estaba muy grave. ¿Como se llama? le pregunté. Me contestó que ella no entendía bien lo que estaba escrito en la carpeta pero que leía algo como Bubou o Bubau y un apellido menos compresible todavía. Yo decidí llamarlo Buba y no sé porque me dió ganas de mejorar, para poder levantarme y hacerle compañía. A la noche Buba se quejaba mucho y hablaba en una lengua incompresible. Nadie había venido con él, como nadie había venido conmigo y tampoco nadie vino nunca a visitarnos. Me pareció que eso nos hermanaba.

A los pocos días de llegar él , me dejaron levantar y aunque tenía todavía la zonda en el brazo me podía mover dentro de la habitación , así que de vez en cuando me sentaba a lado suyo en la cama y le hablaba. Un poco en castellano, un poco en italiano. Hasta que me dí cuenta de que le gustaba más que le hablara en italiano. Después me dije que yo era un imbécil, claro si trabajaba aquí, tenía que entenderlo y hablarlo. Aunque lo hiciera mal, como yo. Le empezé a contar de mi vida, de como había llegado a Italia desde Rosario, de como me había acostumbrado, ya, a estar a solo. Y también le hacía preguntas, porque me parecía que él, aunque murmuraba cosas incomprensibles con los ojos cerrados, me estaba contestando. Un día una de las enfermeras trajo un bolso con sus cosas y lo puso en el armarito que correspondía a la cama de Buba. Después supe por Pina que la dueña de la pensión donde vivía las había traído, porque necesitaba la habitación. Me dió rabia, me vino de pensar que la gente no tiene corazón.

Un día, cuando yo ya me estaba rindiendo, y pensaba que él nunca se despertaría, Buba abrió los ojos y me sonrió. Yo pensé que se estaba salvando. Pero no parecía ser así según los médicos. No quise creerles y le pedí a Pina que me pusiera una silla al lado de la cama de Buba. Entonces me sentaba a su lado, le agarraba la mano y mientras yo le hablaba, Buba sonreía. De repente una tarde pensé que podía mostrarle sus cosas, a lo mejor eso lo animaba a hablar. Traje el bolso, abrí el cierre y empezé a sacarlas . Había algunas ropas, y dentro de un paquetito hecho con una pañuelo, una especie de billetera. Buba me hizo señas y me pareció que quería que la abriera. La abrí. Había un montoncito de liras y una foto. Una foto de dos chicos. La nena estaba adelante y sonreía. Me pareció que me miraba y me sonreía a mí. Detrás de ella había otro chico, que también me miraba. Cuando Buba vió la foto en lugar de sonreír , se puso a llorar. Lloraba despacito. Y ahí se puso a hablar en francés, por lo menos eso me pareció, aunque yo no entendía nada. Pero lo consolé como pude y le puse la foto bajo la almohada. Antes de ponerla la miré por detrás y leí: ” Burkina Faso, Tierra del hombre íntegro.1998″. Era extraño, porque estaba escrito en castellano.

Esa noche no pude dormir. Buba pasó también muy mala noche. Tuve que llamar a la enfermera varias veces porque parecía que se ahogaba. Pero cuando llegó el día todavía estaba vivo. Cuando vino el doctor Rosi, un tipo bastante simpatico, le pregunté si él sabía que quería decir Burkina Faso, me dijo que era un lugar en el Africa. Le pregunté también si allí se hablaba el español y me dijo que no, que creía que se hablaba francés. Eso pensaba yo , le dije, aunque no era verdad. Solo quería que alguien me aclarase esa frase escrita en la foto: “Tierra del hombre íntegro”?¿que querría decir?. Me daba ganas de ir a conocer esa tierra.

Yo estaba seguro de que esa chiquita era la hija, su sonrisa se parecía tanto a la de Buba. Tenía dos trencitas, como cuernitos, y daba la impresión de estar aplaudiendo o de estar jugando con una especie de trompo entre las manos. Buba murió esa misma noche, pero antes de irse, cuando yo le tenía la mano sabiendo que estaba acompañándolo en ese viaje extraño que es la muerte, abrió los ojos y sin sonreir me dijo en italiano: “porta i soldi e cerca a la mia bambina”. Y yo le dije que sí, que se fuera tranquilo. Y ahora estoy aquí, mirando la foto, el montoncito de liras que no creo alcanzen para pagarme ni siquiera el pasaje, y me preguntó cuanto tiempo y dinero necesitaré para llegar a Burkina Faso y encontrar a la nena de la foto. Pero no me importa. El abogado de la empresa vino a ayer a verme, y me dijo que me deben algo de una indemnización, parece que había algo en la fabrica que me provocó la intoxicación y también me dijo que es mejor que acepte, y que firme la renuncia, porque así me quedaré tranquilo por unos años sin necesidad de trabajar. Y con eso pienso que podría comprar el pasaje para Burkina Faso y buscar a la hija de Buba. Se me ocurre que Buba debe tener también una mujer de piel negra y sonrisa blanca como él. Y lo que no sé es como les voy a poder decir que Buba ya no volverá nunca a Burkina Faso. Que sus ojos y su sonrisa se cerraron en el hospital de Monteluce.

Pero ahora no tengo que pensar en eso. Lo único que me importa es empezar el viaje.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Relato Fotográfico, organizado por la Escuela de Escritores.