I Relatos con banda sonora (Finalistas)

Ojos verdes

Autor: María Elvira González Llovera

En realidad, verdes, verdes, no eran. Quizás azules, o verdosos, no sé. Yo estaba encaramada en la mata de mango cuando lo vi venir. El sol se filtraba por entre las hojas y no podía ver los cogollos que me habían mandado a buscar para un remedio. El muchacho parecía un musiú: catire, fuerte, y con esos ojos rayaos como una verdigalla.

Estaba buscando arriba con la mirada y cuando nos vimos agachó la cabeza. A mí me daba pena bajarme porque andaba como una tarabita, pero mi abuela me ordenó que me bajara, que hasta cuando, que esos cogollos estaban ahí mismito y siguió refunfuñando. El catire resolvió bajar la cabeza, el sol le estaba pegando duro. Yo me dejé rodar por el tronco hasta que caí de platanazo. El catire se hizo el loco y no levantó cabeza hasta que mi abuela nos presentó:

―Este jovencito es Sebastián, viene de España. Ellos van a vivir en el cuarto de arriba y su papá va a trabajar en la escuela. Pueden conversar y jugar aquí abajo, pueden estudiar juntos aquí en el patio, pero Usted (siempre me decía usted cuando la cosa era grave) no me va para allá arriba ¿entendió?
―Sí abuela.
―Bueno pues, no quiero bochinches ni rochelas, ya lo sabe.

Me di cuenta de que mi abuela se había ido porque la enorme sombra de sus caderas ya no estaba y el sol me pegaba de frente. Sebastián seguía allí sin hablar y yo por fin me animé y le dije: “Ven, acompáñame”, y él me siguió callado y colorado viendo para abajo. Sus botas resonaban en las losas del piso. Cuando le entregué los cogollos a mi abuela, estaba ocupada en la cocina, apenas nos miró y le dijo a la negra Hilaria: “Dámele un jugo de guayaba a esos muchachos”.

Nos fuimos con nuestros vasos para el patio y nos sentamos a la orilla del tanque. Yo me tomé el jugo y le dije mi nombre, que estaba en cuarto grado, que mi mamá era aeromoza y trabajaba en Caracas, que mi papá era piloto, que ahora vivía en otro país porque ya no se querían, y no sé cuantas cosas más. Sebastián seguía callado, pero sus ojos -que para mí eran verdes, siempre serán verdes- me miraba como si fuera mayor que yo, como si supiera muchas cosas. Su cabello amarillo bien peinado se le vino a la cara al inclinarse a recoger unas peonías que había en el suelo. Cuando pude callarme, Sebastián habló. No sé lo que dijo, porque me perdí entre las lucecitas de sus ojos y las zetas de las palabras que decía. Además, creo que hablaba en pluscuamperfecto o algo así. Entonces le dije que me gustaba su modo de hablar, y él: “Es que vosotros habláis sin ortografía, vamos”. Y yo: “¿Adónde vamos?” Y él: “Que no, mujer que es un decir”. La jota que raspaba su garganta y la mía que sentía un nudo porque había dicho mujer y yo sentía esa palabra como palabra de mayores, como si fuera en el cine.

Cuando mi mamá regresó de su viaje de trabajo, me mostró en el mapa de España el punto donde estaba la Barcelona de ellos que no es la nuestra. Me explicó lo que significaba Guerra Civil, y habló de la razón por la que Sebastián y su padre se habían venido a vivir a Venezuela. Después sugirió que le prestara algunos libros a Sebastián porque a él también le gustaba leer. Yo volví con “Don Segundo Sombra”, pero mi mamá dijo algo sobre realidad Argentina que no entendí bien. Yo me figuraba que la pampa era igualita a nuestro llano y que el niño que viaja por Argentina era como Sebastián, pero ella escogió “El Soberbio Orinoco” de Julio Verne. Yo esperé horas, hasta que Sebastián bajó y le entregué el libro sin decir mucho.

Pocos días después comenzó la escuela, yo estrenaba uniforme, zapatos nuevos y una caja de creyones Prismacolor que era mi mayor orgullo. Todo eso me había hecho olvidar un poco al catire. Lo vi desde lejos en el recreo. Todos los varones de sexto grado corrían como locos, pero Sebastián no, él estaba sentado como un sabio. Los muchachos se burlaban de sus sandalias con medias, y él como si nada, se comía su merienda. Alguien salió desde el montón de muchachos y le golpeó la mano hacia arriba. El pan y el chorizo volaron con las risotadas por todo el patio. Pude ver sus ojos aguados, su espalda encorvada, su cara roja. Corrí por entre todo el mundo y cuando fui a abrazarlo me empujó y me caí. Sentí todo callado y después escuché los cuchicheos. Alguien gritó que bien hecho que el musiú me había empujado. El asunto se puso feo, aparecieron los maestros. Le avisaron a su papá en el comedor.

Mi uniforme se ensució todo. Los cuchicheos siguieron y escuché que vivíamos en la misma casa y éramos novios. Al llegar su padre, sin averiguar nada, le dio una cachetada delante de todo el mundo. Yo nunca había visto una cachetada en vivo, ni siquiera en el cine. Su cara me dolía. Sus ojos me lloraban. Su vergüenza me mataba. El dolor y la rabia en sus ojos -verdes, sí- me acuchillaban. Mi mamá no me regañó, pero mi abuela me miraba feo.

Nunca más vi a Sebastián. Se mudaron a otra ciudad. Ayer cumplí quince años y me van a hacer una fiesta. A mi mamá le prestaron unos discos bien chéveres. Ella es muy bonita, se parece a Sarita Montiel, pero a mi me gusta más lo que canta Lola, y otro señor que canta el gitano faraón. Mi mamá dice que faca quiere decir cuchillo. Los ojos de Sebastián no eran tan verdes como la albahaca, más bien eran “de mirada serena” como el bolero. Como el cogollo del mango, entre amarillo y verde.

Relato finalista de la I Edición del certamen de Relatos con banda sonora.


Música para mortales

Autor: Patricia Esteban Erlés

Cuando a alguien le llega la hora en aquella extraña ciudad se entera porque un día el teléfono de su casa empieza a sonar de forma muy insistente. El futuro difunto descuelga, alarmado por esa impaciencia que no presagia nada bueno, y al otro lado una grabación escupe sin más preámbulos su canción favorita.

Al principio pensará en lo agradable que resulta saborear de nuevo ese tema que tan buenos recuerdos le trae, pero luego, como si un delicioso caramelo se le quedara atravesado en la garganta sin previo aviso, no tardará en entender el verdadero alcance de la llamada. Es hora de entregar el equipo, de comprar el pasaporte, de cerrar el chiringuito y rezar lo que se sepa.

Los responsables del Ayuntamiento de esa extraña ciudad se toman tan a pecho lo del servicio “Teleinformación mortal” que llevan a cabo un riguroso censo anual de las canciones favoritas de sus conciudadanos. Está todo previsto : de lunes a viernes, en horario laboral de 9 a 2 (si exceptúamos las consabidas pausas para el café) un millar de funcionarios altamente cualificados registra cada título en un impreso de color amarillo pálido. Bebés, enfermos mentales y sordos delegan obligatoriamente esa decisión en la persona de sus respectivos tutores legales, mientras que los niños de más de tres años eligen provisionalmente una nana o cancioncilla educativa de la cuidada selección preparada al efecto por un equipo de prestigiosos pedagogos, y tienen derecho a cambiarla por otra, si es que llegan a cumplir los dieciocho. Por último, los mayores de edad en pleno uso de sus facultades eligen libremente la que prefieren de entre el amplio muestrario de canciones de todos los tiempos. Da vértigo, pero hay que hacerlo pensando muy bien cuál es el tema que se selecciona, porque una vez censado no es posible dar marcha atrás, y la canción elegida es la marcha fúnebre que le acompañará a uno en su último viaje.

Ana había nacido en la extraña ciudad y desde niña pasó mucho tiempo rumiando su elección. Fue una chica rara, de las que pasan horas enteras mirando un cristal lloroso o leyendo el libro que han escrito en el interior de su cabeza. Ana reflexionaba tanto acerca de la muerte que acabó convirtiéndose en una apasionada melómana. Así, mientras que las personas de su alrededor optaban por hacerse las suecas y dejaban para el último momento lo de elegir “la dichosa cancioncita”, Ana pasaba horas y horas de pie en la tienda de discos más legendaria de la ciudad extraña, escuchando pacientemente todo lo que caía en sus manos con aquellos cascos que le daban la apariencia de una pequeña astronauta. De noche las melodías la acompañaban en cuanto cerraba los ojos, y en lugar de imágenes inconexas Ana soñaba música, acordes fragmentados que aparecían y desaparecían de pronto, con esa lógica interna que rige nuestros sueños. Desgraciadamente su búsqueda resultó infructuosa, tal vez porque las cosas más importantes se burlan con descaro de nosotros, juegan a la gallinita ciega y nos tapan los ojos con las manos hasta que un buen día deciden que ha llegado el momento de dejarse encontrar. Así le sucedió a Ana, que se dio de bruces con la Canción que necesitaba de la forma más tonta del mundo. Pero qué diablos, pensó al ver aquel spot publicitario de vaqueros, esta es. Ni siquiera prestó atención al desfile en blanco y negro de culos sinuosos envueltos en carísimos jeans de marca. La música que sonaba de fondo lo envolvía todo con aquel piano que parecía encogerse de hombros burlonamente mientras la voz negra de mujer afirmaba contundente que su chico estaba loco por ella. Ana empezó a bailar por el salón como si llevara puesto un ajustado traje de noche y dos vueltas de perlas al cuello, moviendo la cabeza insinuante, mirando a través de sus tupidas pestañas postizas a la muerte enamorada, que estaba sentada entre el público. Sí, pues claro que era aquella.

Años después, el teléfono de su casa sonó de pronto y, al descolgar, Ana descubrió que Nina Simone era su interlocutora. Con un suspiro, dejó el auricular y se dispuso a cumplir una serie de breves trámites antes de partir. Escribió dos rápidas notas de despedida que dejó sobre la mesa, de forma que resultaran bien visibles. Después eligió un traje bonito del armario, se sirvió una copa de la botella de vino que había comprado para la ocasión y pulsó el mando a distancia del CD. Inmediatamente empezaron a sonar el piano escéptico y la voz rasposa de aquella cantante de cabaret, inundándolo todo. Ana se dirigió a la cocina siguiendo el ritmo de la música, dando pequeños sorbos a la copa que llevaba en la mano. Frente al fogón, se alegró de no haber cambiado la cocina de gas por una funcional vitrocerámica, como le habían aconsejado tantas personas de indiscutible sentido común desde que alquilara el apartamento, y se inclinó para abrir la llave. Su muerte iba a ser tan dulce y narcótica como la de aquella poeta inglesa de los años sesenta cuyo nombre no recordaba. Después, con una media sonrisa dibujada en los labios se tumbó en el suelo y esperó.

La había conocido a última hora de la noche en aquella discoteca adonde fue a parar por pura casualidad. Mientras se encendían las luces y los camareros cargaban las cámaras habían intercambiado los números de teléfono a toda prisa. El chico que no era de aquella extraña ciudad y partía muy temprano a la mañana siguiente, pensó que era una lástima separarse de una chica que,a falta de móvil, le había tenido que dar el teléfono de casa. Se despidieron al compás de una pegadiza canción de Nina Simone y justo entonces se le ocurrió que sería bonito grabarla en un cd y dejar que sonara un buen rato, la primera vez que reuniera el valor para llamarla.

Relato finalista de la I Edición del certamen de Relatos con banda sonora.


33 revoluciones

Autor: Ernesto Ortega Garrido

Cara A

Durante todo el curso estuve haciendo los deberes pegado al radiocasete, escuchando Radio Planeta, más atento al locutor que a la revolución francesa o a la generación del 98. Cuando anunciaba una de mis canciones favoritas, soltaba el boli, estiraba la mano y, en décimas de segundo, pulsaba el Rec.

Entonces la vida giraba a 33 revoluciones por minuto en el tocadiscos de mi hermano y no existían los CD, ni los mp3 ni podías bajarte canciones en Internet. Fue el curso en el que conocí a Cris, perdí la virginidad y repetí COU, todo por ese orden, y fue el curso en el que I still haven’t found what I’ m looking for, el mejor tema del LP de U2, The Joshua Tree, consiguió permanecer durante 25 semanas consecutivas en el Nº1.

Como apenas tenía dinero para regalárselo a Cris, estuve tres días intentando grabarlo de la radio. El locutor nunca dejaba que terminase la canción y su voz se superponía a la de Bono. Yo esperaba a que la volviesen a poner de nuevo, mientras revisaba los apuntes, pero la historia se repetía y tuve que optar por borrar las últimas notas, lo que hacía que la canción se cortara bruscamente. Completé la cinta con otras canciones de U2, The Police y los Dire Straits. Pero al final logré la pasta y le regalé el LP y la cinta acabó en el coche de mi hermano. Y es que en aquel curso la música se había convertido, junto con el sexo y los coches, en nuestro leif motiv.

Si no tenías lo último de Bruce Springsteen eras tan pringao como si no te hubieras enrollado con una tía. Todos queríamos tocar la guitarra como The Edge y pensábamos en sacarnos el carnet de conducir antes que en ir a la universidad. Nos prestábamos y nos grabábamos discos y cintas, y soñábamos con tener nuestra propia banda de rock. Dejarme la virginidad en el asiento trasero de un coche era toda una obsesión y ninguna chica permanecía más de tres semanas en lo más alto de mi lista, hasta que apareció Cris.

Cris había llegado aquel año de otro instituto. Se sentaba al lado de la ventana justo dos filas delante de mí, de forma que, desde mi sitio, en la fila del centro, cada vez que miraba al patio para ver a los que estaban haciendo gimnasia, me encontraba con ella. Pronto dejé de mirar al patio y sólo la miraba a ella y sentí que, de alguna manera, sí había encontrado lo que estaba buscando. Cambié el camino por el que iba al colegio para cruzármela y me apunté a las mismas actividades extraescolares, le pedía los apuntes y se los devolvía con declaraciones de amor, pero ella parecía que no quería nada conmigo. La primera vez que le pedí que saliésemos simplemente me dijo que no. La segunda vez, que nunca salía con chicos más bajos que ella. Yo seguí insistiendo.

Cara B

No le dije que sí hasta que me lo pidió por tercera vez, después de dedicarme I still haven’t found what I’ m looking for siete veces en Radio Planeta y regalarme el último disco de U2. En clase le había pillado infinitas veces mirándome. Jugaba con el boli y daba golpecitos sobre la mesa, como si estuviese tocando la batería. Por esos extraños efectos que producen las aulas en nuestros cuerpos, cada vez que me miraba, mi pie derecho comenzaba a moverse sobre la tarima, como si los dos estuviésemos siguiendo el ritmo de una misma canción y, aunque me parecía que Carlos era demasiado bajo para mí, antes de la segunda revolución industrial ya estábamos saliendo. Las letras de nuestras canciones sólo se torcieron cuando se empeñó en que lo hiciésemos y le dije que no estaba preparada. Ese detalle, y no el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, fue el desencadenante de la Primera Guerra Mundial. Mientras el profesor firmaba el Tratado de Versalles en la pizarra, llegamos a un acuerdo: si íbamos en serio y a final de curso seguíamos juntos, lo haríamos. Las noches se fueron haciendo más cortas. Como ya no teníamos clase, me pasaba los tardes repasando para selectividad. Un viernes por la noche se presentó en la puerta de casa dando bocinazos con el coche de su hermano. Carlos había aprobado el carnet de conducir. Estuvimos dando vueltas, escuchando música, hasta que nos detuvimos en una amplia explanada que estaba llena de coches. Fumamos y tarareamos canciones, y entre el humo y los besos, nos acariciamos como cualquier otro día. De repente, me soltó, alargó el brazo y sacó un preservativo de la guantera. -Son de mi hermano -me dijo-. El curso ya ha acabado.

Pensé en decirle que todavía faltaban los exámenes de selectividad, que todavía teníamos tiempo pero me quedé callada, sin atreverme a mirarle, revolviendo entre las cintas. Cogí una que tenía los títulos anotados a boli en la carátula, la primera canción de la cara A era I still haven’t found what I’m looking for. En realidad, el curso ya se había acabado.

Puse la cinta y pasamos al asiento de atrás. Me temblaban hasta las pestañas. Sus manos, que tantas veces me habían tocado, me parecían enormes. Ni siquiera nos desnudamos. Sentí dolor. Me abrazó. La canción seguía sonando. Terminó con un corte brusco, como si le faltasen las últimas notas. Luego, el silencio. Los exámenes. Antes de que saliesen las notas de selectividad I still haven’t found what I’m looking for había dejado de ser el número 1. Carlos suspendió. Yo me pasé el verano en Londres. Después, la universidad. Apenas volvimos a vernos. Hubo otras canciones, hubo otros chicos, pero la vida ya nunca giraría a 33 revoluciones por minuto.

Relato finalista de la I Edición del certamen de Relatos con banda sonora.