I Concurso de Plagio Creativo (Ganador)

La santa

Autor: Eloy Serrano Barroso

En la Navidad del 2040, el periódico para el que trabajaba consiguió la exclusiva de la audiencia del famoso Margarito Duarte con el Papa. Yo iba a ser el periodista encargado de cubrir la noticia. Pero lo que no imaginaba entonces era que, si milagrosa era la historia que arrastraba Margarito…

…más lo iba a ser la transformación del Santo Padre al descubrir el prodigio.
Cuando me presenté en la plaza de San Pedro, Margarito ya me esperaba en la fila de los que aguardaban a ser recibidos por el Pontífice, antes de pronunciar su mensaje navideño y dar la bendición urbi et orbe. A su lado se encontraba el famoso féretro de colorines sobre una estructura metálica con cuatro ruedas y un manillar como el de las bicicletas. Aunque yo conocía de oídas su historia, no acababa de creérmela. Pensaba que era una de esas leyendas que luego, al conocerlas de cerca, siempre defraudan las expectativas creadas. Así que me mostraba bastante escéptico con lo que me pudiera encontrar.

Me refirió Margarito lo que yo ya sabía: que en el féretro transportaba el cuerpo incorrupto de su hija muerta; que a la niña la habían enterrado con siete años, pero que, cuando fueron a desenterrarla pasados los diez años de rigor, se encontraron con una adolescente desnuda, de cuerpo angelical y piel tibia y tersa, con unos ojos que parecían mirar desde la muerte.

Y dicho esto, quitó el candado del féretro y lo abrió para que yo pudiera certificarlo. Y claro que lo comprobé: cubierta por una fina gasa que, en lugar de ocultar, realzaba las formas, vi a una adolescente, sí, pero que nada tenía de angelical, pues su cuerpo era exuberante, los pechos como de silicona, enhiestos los pezones, florido el vello púbico, y los ojos abiertos y viciosos, como si miraran desde la barra de un burdel. Pensé que era el amor de padre el que impedía a Margarito vislumbrar a la hembra de campeonato que transportaba en busca de la beatificación. El día en que la desenterraron y descubrieron el prodigio -siguió contándome Margarito-, las campanas de la iglesia repicaron con fuerza durante una hora, y el pueblo entero pudo asistir al milagro del cuerpo incorrupto expuesto en el atrio del templo. Luego, el ayuntamiento en pleno, por considerar que el caso incumbía a la comunidad, decidió que se iniciaran los trámites necesarios para la beatificación de la joven. Pensaron que el pueblo entero se beneficiaría con ello. Se me quejó Margarito de que no hubo vecino que no se inventara un futuro negocio. Por eso, cuando él se despidió desde la ventanilla del tren rumbo al Vaticano, saludando con la mano en alto, todos le devolvieron el saludo desde el andén, con ojos codiciosos y el puño cerrado. Pero de esto hacía ya un año. Desde entonces, andaba Margarito buscando audiencia con el Papa. Y ese día, por fin, iba a ver cumplido su sueño.

– ¿Y de qué ha vivido usted en todo este tiempo? -pregunté.

– Al principio, de una cantidad que me asignó el Ayuntamiento; luego, de la caridad pública. La gente se conmueve cuando les cuento la historia. Aunque la mayoría ya la conoce y sólo se acercan a comprobar la verdad de los hechos y a pedirme que deje tocar a la niña para ver si les alcanza algún milagro que ellos andan buscando. Yo sólo les dejo que toquen la caja, porque imagínese que pasaría si yo consintiera… si hasta la piedra mas dura se desgasta con el roce de los peregrinos.

– Pero habrá gente que se burle, ¿no? –pregunté

– Hay gente para todo, claro que sí. Pero los peores son los que al ver a mi niña, me piden trato carnal con ella a cambio de dinero y regalos. “Total, si está muerta, qué mal va a hacerle”, me dicen los muy salvajes. Algunos lo piden porque piensan que es Eréndira, que, aún después de muerta, sigue pagando con su cuerpo la deuda a su abuela desalmada por haberle quemado la casa entera en un accidente doméstico. ¿Recuerda esta triste historia? No me dio tiempo a contestarle, porque en ese momento la cola empezó a avanzar. Margarito cerró la tapa del féretro y lo empujó como si fuera el carrito de los helados. “Ya han intentado robármelo en más de una ocasión”, me dijo mientras caminábamos, “por eso le he puesto un candado con código y una alarma que salta si alguien lo intenta abrir”.

Mientras el resto del grupo subía por una escalinata, a Margarito y a mí nos hicieron entrar con el féretro en un montacargas forrado con madera de roble y pasamanos de terciopelo. Así que cuando llegamos a la antesala del aposento donde aguardaba el Papa, habíamos ganado varios puestos. Pero nadie protestó, pues contábamos con el beneplácito de los ujieres.

Cuando llegó nuestro turno, Margaritó empuñó el manillar y, con la barbilla al frente y andares de prusiano, se lanzó al encuentro del Papa. Yo le seguí. Todavía puedo verle, alzando las piernas hasta casi la horizontal, en ángulo inclinado para no dar con los pies en el féretro de colorines, que en ese mismo instante, al pulsar Margarito un interruptor a la altura de uno de los frenos, se iluminó como un arbolito de Navidad, al tiempo que sonaba el Aleluya de Haendel en una versión de barraca de feria.

El Papa no pudo disimular su asombro, y después de dejarnos besar la paloma moribunda que era su mano, nos pidió que le mostráramos el milagro. Margarito se hinchó de orgullo, dio un resoplido, ajustó el código del candado, y con movimientos de prestidigitador, como si fuera un solo gesto, sacó el candado y abrió el féretro. El Santo Padre, al ver lo que la caja escondía, se llevó las manos a la cabeza, y luego se santiguó. Miraba a la muertita con los ojos desorbitados. Sus manos se acercaron a un palmo del cuerpo, y lo recorrieron en toda su extensión, temblorosas, sin atreverse a salvar la distancia que las separaba de la mujer.

– Tóquela, si su Excelentísima desea -dijo Margarito mientras me miraba a mí encogiéndose de hombros, como si me dijera “es el Papa, él si puede”

Y su Serenísima posó sus manos nerviosas en el cuerpo de la muchacha y comenzó a acariciarlo de arriba abajo, y luego le levantó la gasa, y con la mano izquierda le acarició el sexo y con la derecha le masajeó los senos, ya uno ya el otro. Y vimos como asomaba la lengua por la comisura de los labios y se le encendían las mejillas y unas gotitas de sudor escapaban por debajo del solideo. Entonces ocurrió: el Papa se puso a levitar, y así se fue hasta el balcón. Y como nadie puso obstáculo, todos los que andábamos por allí le seguimos. Y desde el balcón, ante los miles de fieles que se congregaban en la plaza, el Papa Pío XIII, con las manos alzadas, trémulas por la emoción, y levitando a dos palmos del suelo, lanzó al viento, con una energía impropia para sus noventa y nueve años, el más sorprendente de los mensajes navideños que jamás oyeran oídos católicos desde que se fundara su Iglesia, pues exhortó el Santo Padre a mantener relaciones sexuales en promiscuidad, sin contratos, todos con todos sin distinción de sexo, raza o especie, rogando encarecidamente el uso del preservativo. En la plaza se alzó un murmullo, los fieles se miraban unos a otros con gestos de perplejidad, y luego, después de que sonara algún tímido aplauso, abandonaron el lugar, en silencio, dando cabezadas de incomprensión.

Inmediatamente, dos miembros de la cúpula eclesiástica, dos cardenales orondos y de melifluos movimientos de manos, con sendos anillos como caracoles en el índice de la mano derecha, convocaron una rueda de prensa para alegar un estado de locura transitoria del Pontífice. Pero de nada sirvieron sus argumentos, pues el Santo Padre había muerto nada más acabar de pronunciar su mensaje, con la cabeza ladeada sobre el hombro izquierdo y la sonrisa en los labios, y no se le pudo someter a exámenes psiquiátricos, y los teólogos más puristas subrayaron el carácter de dogma que las palabras del Pontífice tenían ¿Cómo Dios iba a consentir semejante enajenación en semejante momento?, dijeron.

Esta es la verdadera historia. Yo estaba allí, aunque ni mi periódico dio crédito a mis palabras. Margarito regresó al pueblo con la joven muertita sin beatificar. Permanece expuesta en un altar lateral de la iglesia, vestida con ropas decentes dentro de una urna de cristal. Ha pasado a formar parte de la decoración, y ni siquiera los turistas muestran excesivo interés en sus visitas. En cuanto a los católicos del mundo, decir que desde que el Papa pronunció aquel mensaje, andan despendolados, como ya lo estaban el resto de los mortales no católicos, aunque con la lujuria desmedida de los que han estado largo tiempo reprimidos.

Relato ganador de la I Edición del certamen de Plagio Creativo, organizado por la Escuela de Escritores.