I Concurso de Plagio Creativo (Finalistas III)

El pueblo sonriente

Autor: Pablo Beteta Díaz

El pueblo entero sonríe con aire campechano, pero nadie sabe, ni siquiera la abuela Sandrina que guarda ciento y pico mil historias en sus ancestrales recuerdos, el porqué. Pero sonríe y cuando mejor lo hace es al atardecer, porque a partir de las siete la sombra de la casa de los Magines se agiganta, (…)

(…) asolando en la negrura a la pequeña hacienda de doña Ursula y la convierte en el ojo izquierdo del rostro que es el pueblo, visto desde el continente.

El pueblo, cuyo nombre parecen haber olvidado todos sus habitantes, porque para ellos es ?el pueblo? y todo lo demás ?el continente?, es casi una isla con una lengua estrecha de arena y piedras que lo une con la playa, la selva y luego, la ciudad. Es desde ese alargado brazo desde donde se aprecia la sonrisa de la calle mayor, la nariz que es la cuesta del platanal con sus dos filas de plátanos que adosan sus copas en compactos tabiques y, frente a la casa de doña Ursula, el otro ojo: la iglesia medio derruida cuyo portón de madera es del mismo color marrón oscuro que los ojos de todos sus parroquianos.

A ese brazo con el que el continente lo agarra y lo sujeta, y que incluso parece tirar de él para engullirlo, engullir las costumbres y las ferias, y a los jóvenes que recorren el kilómetro y medio arenoso con su todo en un hatillo, buscando una felicidad de anuncios radiofónicos escuchados en la quinta de Mauricio, que heredó aquel cachivache de un tío lejano que vivía más allá de la selva, lo llaman el pedregal.

La abuela Sandrina un día fue bisabuela y, unos años después, la tatarabuela de Clarita.

-Aún eres pequeña para verle las orejas al pueblo- le dice a la niña- pero si te comes toda la papilla, hoy y mañana y pasado, pronto, muy pronto podremos dar un largo paseo y te enseñaré por dónde se escuchan los gritos del continente.

El pueblo parece escalar una pequeña montaña y casi arriba, a ambos lados, están las orejas. Dos despeñaderos que arrojan, de vez en cuando, piedras al mar y por entre sus tripas corren los vientos aullando o silbando o, algunos días, cantando. Clarita va creciendo curiosa y preguntona. Es cuando consigue respuestas que se ensimisma y enrosca como una serpiente, digiriendo las palabras y relatos de su tatarabuela. Su madre la dejó para su crianza al cuidado de la abuela Sandrina y partió corriendo por el pedregal tras el iluso más grande del pueblo, Heliodoro Magín, el benjamín de los Magines, a montar quién sabe qué negocio radiado, con dos reales, tres ideas y cuatrocientas toneladas de ilusión enamorada. En cinco largos años se han recibido cartas a una por año, que llegan para Clarita rondando su cumpleaños y que no desvelan más que ellos aún siguen allí, en el continente, engullidos y perdidos, al sentir de la abuela. Tremenda es la curiosidad de la niña, pero no es nada comparada con los recuerdos de Sandrina y menos aún con su capacidad para contarlos, hilando y entretejiendo las historias de los vivos con los muertos, del pasado con el presente, las penas con alegrías, desvelando misterios y secretos que llenan los sueños de Clarita de apuestos marineros y de temibles fantasmas que vagan por las cuevas que se extienden bajo las casas del pueblo. -Tan profundas son ?dice la abuela- que no hay aire, ni luz, ni ser viviente que las recorra, y en sus confines se abre un abismo y en él enclavadas están las puertas del infierno. Desde allí se escucha un rugir de fuegos y demonios que le sacó de golpe las canas y la locura a mi querido Guillermo, tu bisabuelo. Fue el día en que su hija Clara, la hermana de tu abuela, marchó al continente a pesar de las oscuras nubes de mal agüero, y a pesar de nuestras súplicas, pues la tormenta estaba al caer. Al poco de su partida, un crepitar de olas encabritadas se empezó a escuchar por los despeñaderos. Tu bisabuelo fue tras ella llamándola a gritos, pero las olas se montaban por la tierra y el camino al continente era puro mar. Anduvo durante horas por entre las rocas, hasta que creyó ver algo que flotaba en la misma boca negra de una cueva. Buscando y buscando se adentró en la gruta y, a fuerza de desesperación, llegó hasta las puertas del infierno, donde escuchó el rugido enloquecedor. Cuando lo encontramos, casi entrada la noche, supe que aquel hijo mío balbuceante se había hundido con su hija…

-Tata ?dice Clarita rompiendo el largo silencio- yo quiero ver las orejas al pueblo. ¿Cuándo me llevas?

-Si mañana el cielo está despejado y estas viejas piernas lo aguantan, daremos por la tarde un paseo por el pedregal. Pero has de prometerme que nunca, nunca harás ese camino sin mi permiso. ¿Lo prometes?

-Prometido

-No, así no, di: prometo que nunca iré al pedregal sin el permiso de mi tata Sandrina.

-Prometo que nunca iré al pedregal sin el permiso de mi tata Sandrina ?repitió.

Van caminando las dos hacia el continente, Clarita muy tiesa porque la abuela le ha dicho que no debe mirar atrás hasta que ella lo diga. El mar está en calma y las olas apenas susurran su profundo rumor. La playa, al final del camino, resplandece entre la bruma violeta del atardecer, la selva deja de ser una mancha verdosa y se concreta su espesura milenaria. La abuela se detiene por fin.

-Ahora cierra los ojos, nos daremos la vuelta y, cuando yo te diga, los abres. Clarita ve por primera vez el pueblo desde lo lejos, el cono roto que es la montaña y en su ladera, desparramadas, casas y quintas. Pero, ¿Y la cara? ¿Y las orejas? ?Tatita, no las veo- -Espera un poquito más que ya avanza la sombra de los Magines sobre la hacienda de doña Ursula- Como una repentina revelación, todo encaja en un segundo: la sonrisa, un poco mellada por la casa del señor Sebastián, que se quemó y sigue sin encalar, los ojos mirando al sin fin del océano, la recta nariz amarronada del principio del otoño y las orejas de dura roca, una más grande que otra, pero las dos ahí, como un capricho juguetón de la madre tierra.

-¡Está sonriendo! ?exclama asombrada la niña.

-Sí Clarita, aunque nadie sabe por qué. A los que llegan parece darles la bienvenida pero igualmente se ríe de los que se van.

Esta mañana ha llegado sin resuello y amoratado un chiquillo con un recado para la abuela, que vaya corriendo al colmado, que ha llegado un paquete muy urgente desde el continente.

-Calma, chiquillo, que el mundo no se va a acabar hoy.

-No, si yo… es que… como es urgente…

-Pues vamos.

Es un cesto de mimbre con un bebé envuelto en una sábana raída.

-Ahí dentro estaba este sobre ?le dice la mujer que despacha en el colmado, tendiéndoselo.

?Querida tata Sandrina: Las cosas no pueden ir peor, sólo este cuerpo mío se empeña en funcionar como un reloj. La hemos bautizado Nicole. Sé que la cuidarás bien, te lo ruego. En unos meses, en cuanto podamos, iremos al pueblo para traernos a Clarita. Así no te dará trabajo y en cambio, podrá empezar pronto a echarnos una mano. Espero que al recibo de estas letras te encuentres bien de salud. Perdóname. Tu Flor.?

Esa noche, después de dejar a las pequeñas dormidas, olvidadas de la excitación del día, es la abuela Sandrina la que no puede conciliar el sueño. Por fin, cuando llega, es tan pesado que no la deja sentir la fría brisa que entra por la ventana ni el rumor lejano de la marea creciente, pero sí que se cuelan dentro del sueño una tormenta brutal que la arroja contra las rocas, un viento que la arrastra hacia la cueva y la sume en su negrura. Ha llegado a la puertas del diablo y escucha el demencial rugido. El viento arrecia y la mantiene acuerpada contra las puertas que ella empuja y que acaban cediendo, liberando un torbellino embravecido de agua y vendaval, de huracán gigantesco al que anima a crecer con risotadas cómplices, de rocas que se precipitan levantando olas estruendosas y nubes de espuma y más agua y tierra y barro y sal y gritos y piedras y aún más agua.

-Tata ?Clarita entra corriendo en la habitación- Tata, despierta. Que ha venido doña Ursula y dice que el pedregal ha desaparecido.

-¡Ay Sandrina, qué desolación! ?la escucha lamentarse desde la cocina- Ya no hay camino al continente, se ha derrumbado hundiéndose en la mar que se ha tragado hasta la última piedra. Ha sido una noche terrible.

Es entonces cuando Clarita, por primera vez en sus cinco años de vida, ve pintarse una sonrisa en la cara de la abuela Sandrina.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Plagio Creativo, organizado por la Escuela de Escritores.