I Concurso de Plagio Creativo (Finalistas II)

El macuto

Autor: José Luis Muñoz Boix

Hacía un calor de pucheros puestos a cocer cuando el forastero arribó al pueblo. Los niños que jugaban en los charcos y las comadres que se guarecían en sus porches de los ardores de aquel agosto en llamas fueron los primeros en verlo llegar por el camino embarrado.

Los hombres lo descubrieron luego, cuando, atraídos por un inusual rumor de novedad, dejaron de enjuagar en la cantina los sopores del día y todos a una salieron a la calle.

Era un hombretón fornido, de andares resueltos y sombrero desgastado por mil intemperies, que arrastraba a la espalda un grueso macuto.

?Se me echó el tiempo encima ?dijo al llegar hasta ellos?. ¿Tendrían un sitito para pasar la noche?

El grupo de hombres agolpado junto a la puerta de la tasca examinó al extranjero con interés: su pelo rojizo recogido en una cola bajo el sombrero, el estropicio de sus botas enlodadas, la barba enredada de sol. Su acento era indescifrable, trenzado de gentes y lugares ignotos, y en sus ojos latía la fiebre de tantas noches pasadas al raso contando estrellas, que al instante supieron que había recorrido el mundo muchas veces, y participado de sus insondables misterios también. Quién sabe si había visto a basiliscos y a esfinges aparearse en espesuras ahítas de niebla, o escuchado los gritos de los geniecillos que se solazan torturando libélulas, o sorprendido a unicornios pastar en los claros encharcados de luna. Las leyendas eran prolijas al relatar tales portentos, y más lo eran aún al referir los prodigios sin medida que estos trotamundos atesoraban en sus sacas tras una vida de viajes, así que, perdidos en sus ensoñaciones, las miradas de aquellos haraganes acabaron por remansarse en la bolsa que el extranjero cargaba a su espalda. Era bonita, de un material verde o azulado o gris que nunca nadie había visto antes; tenía un aspecto pulido y brillante como el de las piedritas de los ríos, y ya fuera por sus dimensiones de saca de rey mago o por la imaginación que ya había echado a volar, nadie tuvo dudas de que en su interior se escondían, en efecto, todas y cada una de las maravillas prometidas.

?Hable con el alcalde ?le dijo el más alto. Tenía un vozarrón cascado, de palabras como crujidos de ramas secas, y sus fantasías desbocadas le habían empañado la mirada?. Vive al final de la calle, en el único edificio de dos plantas; él sabrá dónde alojarlo.

Cuando el extranjero ya se disponía a marchar hacia allí, oyó al mismo hombre preguntarle?: ?¿Guarda en la bolsa alguna pócima para volar??.

La inocencia de aquella pregunta le hizo sonreír. ?Lo siento, está vacía?, dijo.

Aquella noche un ventarrón de lobos descendió aullando desde los ribazos. Los tejados de hojalata de las casuchas temblequeaban como si fueran a echar a volar, y los cables de teléfono, inservibles desde treinta años antes, se sacudían como cuerdas de saltar la comba por la embestida de aquel aliento feroz. En otras circunstancias, el pueblo entero habría atrancado las ventanas y se habría escondido debajo de las mantas; esta noche, en cambio, los vecinos se habían reunido en el comedor de la casa del alcalde.

?¡Fíjense qué ciclón! ?dijo una vieja?. En mi vida vi cosa igual.

?Los demonios andan sueltos ?dijo otra, persignándose.

?Justo el día que el forastero llegó ?dijo el borrachín alto que esa tarde había preguntado lo del brebaje.

?¿Qué insinúa, pendejo? ?dijo el alcalde. Le desagradaba compartir su casa con aquella chusma desvelada, pero, sin saber cómo, este alcahuete y su mujer habían convencido a los demás de la urgencia de la reunión.

?Un maleante desgreñado nunca trae nada bueno ?dijo la mujer del borrachín, apretándole la mano al marido?. Pero lo peor sería que alguna de las historias que cuentan sobre ellos fuera cierta.

La frase pareció espesarse en el aire, amenazadora como un nubarrón de tormenta, y varias de las cabezas se giraron para espiar las sombras que tenían detrás. Quizá eran cuentos de viejas, sí, pero estaban tan arraigados que hasta el alcalde dudó de que fueran sólo supersticiones. ?¿Y qué propone? ?dijo?. Esta tarde hablé con él y les aseguro que no me pareció ningún hechicero.

?Cuéntales lo que me dijiste ?graznó la mujer del alcalde.

?Le di permiso para usar el cobertizo que hay detrás de la casa de Emiliano. Luego le pregunté si guardaba en el macuto algo extraordinario que pudiera enseñarme. ?Ocurren tan pocas cosas en este pueblo ?le dije?, que la rutina acabará oxidándonos el entendimiento?.

?¿Y qué dijo él? ?preguntó alguien.

?Nada. Sólo que su macuto estaba vacío.

?¿No lo ven, compadres? El fulano esconde algo ?dijo el borrachín. Parecía satisfecho, pletórico, como si la razón hubiera acabado por besarle la frente.

Un mar de cabezas cada vez más embravecido asentía a su alrededor.

?El vendaval lo desató él ?dijo de súbito una vieja de cien años a la que de joven se le había aparecido la Virgen. Todos contuvieron la respiración para oírla?. Esta tarde, cuando el forastero llegó, una brisa helada me sacudió del sueño; luego oí a un gallinazo chillar tres veces.

?Su pelo es tan rojo como la sangre ?añadió una voz.

?Y su mirada da miedo ?dijo otra.

?Vayamos entonces a ver qué guarda en la saca. Si el que ahora mismo duerme en nuestro cobertizo no es el diablo nada debemos temer. Pero si no es así y nos quedamos de brazos cruzados, esta ventisca que se ha desbarrancado sobre nuestras cabezas será el menor de los males.

Decidieron enviar a dos hombres a robar la bolsa. Si no encontraban nada raro dentro, la devolverían a su lugar sin hacer ruido y santas pascuas. En caso contrario, Dios no lo quisiera, avisarían a los demás haciendo sonar un silbato y luego ya verían.

Cuando llegó la hora de elegir a los ladrones, el temor tremolaba en las caras de los presentes como un fuego fatuo. Pero, para sorpresa y alivio de todos, el borrachín y uno de los amigotes de la cantina con quien ensopaba las tardes en ponche se presentaron voluntarios.

?No padezcan, carajo ?dijo el borrachín, con un ánimo fuera de toda duda, cuando iban a marchar?. Ya verán que en media hora estamos de vuelta.

Cuando los valentones salieron de casa del alcalde, el viento había convertido en látigos las ramas de los árboles y echado a volar por los aires tendederos enteros de ropa. El cobertizo de tablas era, al final de la calle, sólo un manchón de sombras encogido por el huracán.

?No ha sido tan difícil convencerlos ?dijo el amigo.

?Son estúpidos, compadre ?dijo el borrachín?. Y ahora no me sea huevón, y concéntrese en lo que queda por hacer. Amparados por las tinieblas, el borrachín y su amigo cruzaron en brazos de la galerna los sesenta metros que los separaban del cobertizo.

?Recuerde ?dijo el primero?: nos lo cargamos a machetazos, escondemos los tesoros y luego tocamos el silbato; les diremos que en verdad era un diablo escapado del infierno, y que nos atacó escupiendo azufre. Mientras ellos se santiguan, nosotros nos sonreiremos por el botín.

Entraron a rastras, uno detrás de otro, por el resquicio que dejaban unas planchas de madera desclavadas. La saca estaba al fondo, apoyada sobre una bala de forraje. Iluminada por un débil resplandor plateado, los dos hombres casi podían sentir los amuletos mágicos y las plumas de fénix y las piedras lunares que palpitaban en el interior. Del extranjero, en cambio, no había ni rastro, pero la codicia era un fuego demasiado apremiante así que, sin tiempo que perder, reptaron hasta ella. Apenas alcanzaron a oír un resollar de bestia respirando tras ellos, y ya las tripas de ambos se habían desparramado por el suelo arrancadas de cuajo. El compadre del borrachín aún pudo soplar el silbato antes de desplomarse, pero con los pulmones convertidos en jalea caliente por el desgarrón tremebundo, y con la locura del viento azotando el cobertizo por los cuatro costados, del sonido no quedó más que un jadeo quebrado. El otro, en cambio, tuvo tiempo de darse la vuelta y ver, con los ojos desmesurados por el asombro y el terror, a la enorme fiera de pelo rojizo que acababa de arrancarle el alma de un zarpazo. Y comprendió, con el último aliento que le quedaba de vida, que aquella criatura de ojos ígneos era vieja, mucho más vieja aún que las propias leyendas que la habían inventado; y supo también que aunque su edad y poder eran incomparables, a menudo se detenía a descansar, como un trotamundos, en pueblos dejados de la mano de Dios como éste, hasta que a la mañana siguiente reemprendía en paz y en silencio su peregrinar de siglos, dejando tras de sí, aletargados en el fragor de sus sueños, a los caritativos vecinos que le habían procurado cobijo.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Plagio Creativo, organizado por la Escuela de Escritores.


Tu llanto huele a nada

Autor: Patricia Rita Nasello

Quisieras oír su respiración, pero afuera bajo tu ventana están los perros aullando, y no te dejan. Sin embargo podés sentirla, porque ella está durmiendo como le indicaste que lo hiciera, con la cabeza y el pecho desnudo sobre tu pecho.

“Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra… “
-Espantos de agosto –
Doce cuentos peregrinos
Gabriel García Márquez
Quisieras oír su respiración, pero afuera bajo tu ventana están los perros aullando, y no te dejan. Sin embargo podés sentirla, porque ella está durmiendo como le indicaste que lo hiciera, con la cabeza y el pecho desnudo sobre tu pecho. Ella forma parte de la gente que obedece, vos no, por eso vos siempre estás diciendo –Yo acá soy Dios- porque sos el amo del lugar y de la gente del lugar, y hasta sos el amo de los perros que esta noche no saben hacer silencio.

Aún dormida ella se da vuelta, se desliza, la ves darte la espalda y alejarse. El jergón que comparten, relleno con hierbas, se hunde ligeramente bajo su peso, imaginás que las hierbas habrán resultado vencidas en alguna guerra y que ese es el motivo por el que están ahí, prisioneras. Abrazás su cuerpo contra el tuyo, querés calmar el frío que sentís con la tibieza de su sangre. Según vos el frío de esta noche es un tributo que estás pagando porque esta noche sos un dios que ha tomado conciencia de su derrota. La apretás con más fuerza.

Ella cruza un brazo cubriendo sus pechos, recoge las piernas, se oculta. No vas a permanecer sobre el jergón, no cuando sentís que te rechaza.

En cuclillas rozás sus labios con los tuyos, no se despierta. Su aliento te sabe dulce. Hace unos minutos sobre esa misma cama jugaba al amor y comía fresas. Jugaba con vos, comía sin convidar.

Podés ver el color del perfume a fresas que impregna la habitación, es un olor que tiñe de violeta las cortinas bordadas con hilos de oro, tu retrato al óleo, tus armas ya cebadas, los leños que arden en la chimenea. Un olor frío que agrava el frío que sentís. Podrías vestirte pero tenés miedo de comprobar lo que suponés, que la ropa sería inútil. Intentás aliviarte envolviendo tus manos con su pelo.

– ¿Qué hacés Ludovico? ¡Dejame!.- dice sin abrir los ojos. Y sigue durmiendo, tibia, serena.

Te sentás en el suelo frente a la chimenea encendida, en el juego de luces y sombras que irradian las llamas creés ver una jauría dibujada en tu piel. Tenés el cuerpo poblado de cicatrices, en un tiempo que no es el de esta noche estuviste orgulloso de tu condición de soldado y de tus batallas, un tiempo en el que te resultaba un gusto apoyar, como ahora lo hacés sin gusto, tus nalgas de amo frente a la chimenea; un tiempo que acabó de pronto, mientras ella mordía fresas. “Dice que la deje” pensás “No puedo. Sería como llevarme el cuerpo y dejar el alma abandonada.”

La viste por primera vez hace un año, pintabas tu retrato aquí mismo, frente a la chimenea, entró con un sobrecama entre sus brazos dispuesta a estirarlo en el jergón. Observaste las ondas de su pelo largo, tus ojos de artista captaron el modo en que esas ondas atraían la luz, tu espíritu guerrero quedó prendado en la belicosidad de su mirada.

– ¿Cuál es tu nombre muchacha?- le preguntaste fingiendo indiferencia.

– Violeta- contestó, fingiendo que la intimidabas.

Esa mañana, ella, la encargada de acomodar la pasamanería sobre tu cama, demoró horas en salir del cuarto. Antes tu vida sólo había estado signada por dos grandes hitos, esa guerra en la que te hiciste rico y el período de paz que le siguió y que hizo de vos un hombre poderoso, tiempos que no se midieron en años sino en armas obtenidas, en títulos ganados, en tierra, comarcas que pasaron a ser tuyas junto con su población, de la que tomabas sus niñas y sus mancebos para calmar con ellos el hastío que la riqueza y el poder te habían provocado. Ahora son otros los que guerrean y acrecientan sus fortunas, vos llevás un año ocupándote sólo de ella. Pero ella no te calma.

El reloj de péndulo da la primera campanada y te parás de un salto, son doce, las contaste con los dedos, aún fríos, a pesar de la proximidad del fuego. “Habrán sido doce las fresas que comió y doce los besos que evitó darme por comerlas y doce docenas las veces que latió mi corazón desde que se quedó dormida. Mi corazón no late, aúlla; debiera hacer silencio me avergüenza, mi corazón es un traidor, un perro traidor, un perro al que hay que echar afuera. Con este puñal puedo sacarme el corazón y dárselo a ella, hacerle creer que es una fresa. Y ella preguntará por qué tengo un puñal en la mano y no voy a contestarle y ella va a insistir y cuando se convenza de que no estoy dispuesto a responder mi silencio le provocará risa y después como siempre sucede comenzará a hablar de cualquier cosa callate violeta.”

-Callate Violeta- decís en voz alta, con rabia.

Ella se despierta. En la chimenea arde el último leño.

– ¿Qué hacés con ese cuchillo?-

– Callate Violeta.-

Das media vuelta, el fuego queda a tu espalda. La jauría que te acosaba ahora corre por su vientre, ves sus patas inmundas, ves como pasean sus hocicos apestosos por esa piel que es tu tesoro, tu privilegio. Y tenés la certeza de que ella los está sufriendo porque te mira aterrada, mueve los labios intenta decir algo.

– Callate Violeta- repetís bajito, dos palabras que ahora son una súplica para que no te distraiga cuando la estás por liberar.

El puñal, en tu mano, baja y sube muchas veces.

Sobre el olor de las fresas se percibe otro y sabés que este otro no sale de vos que quizá salga de ella, que es un olor trágico, un olor rojo. Aspirás profundo y sentís cómo ese olor trágico y rojo entra por tus ojos y ya no te cave la menor duda: no fuiste capaz de impedir que los lobos le comieran las entrañas. Hundís las manos en el hueco por el que estás culpando a las bestias y te embadurnás los brazos, el pecho, las piernas, con ese olor que no es el tuyo. Las lágrimas son tuyas, caen varias sobre su frente. Temiendo haberle contagiado esa sensación de frío que desde hace rato te atormenta la tapás con las sábanas.

“Voy a ahorcar a los monstruos engendros malditos no preciso armas voy a estrangularlos con mis propias manos.” Recorrés gran parte del castillo, unos cuantos sirvientes te ven pasar desnudo y pintarrajeado de rojo, pero nadie hace el intento de preguntarte qué te ocurre o si precisás algo, nadie te detiene.

Afuera el viento levanta polvo, nubla la luna y te obliga a entrecerrar los ojos, de todos modos por ahora, excepto la silueta negra de las murallas que mandaste construir para protegerte de los que estaban del otro lado, no hay qué ver. Intentás percibir el olor de las murallas pero tu llanto huele a nada y esa nada va colmando tus sentidos uno a uno.

Vos no los buscás, ellos te encuentran: nueve feroces perros de caza.

Es una noche helada.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Plagio Creativo, organizado por la Escuela de Escritores.