I Concurso de Plagio Creativo (Finalistas)

El jardinero que no quiso ser uno de ellos

Autor: Percy Galindo Rojas

Yo buscaba la flor de los perfectos amores haciendo un triple injerto de coronilla entre Katherine el floripondio, Mari el amaranto y Luz la mandrágora, cuando ellos aparecieron por primera vez en mi vivero. Al principio, por el fulgor atemporal y alucinado de sus ojos, creí que serían fantasmas de batiblancos perdidos en su peregrinaje prehistórico por los lugares más álgidos del mundo, y no les hice caso.

Pero cuando me presentaron sus credenciales de hombres de carne y hueso, y me ofrecieron un puesto de gloria en sus filas, comprendí de inmediato la mala naturaleza de sus mieses y los corté de cuajo diciéndoles coman su mierda porque jamás seré uno de ustedes. Ellos no se inmutaron. Por toda respuesta asintieron y callaron, pero al día siguiente volvieron con los ánimos renovados y la oratoria afilada y el talante garboso y firme, y en adelante siguieron machacando y machacando con el mismo ofrecimiento de gloria en sus filas que de todas maneras volví a rechazar con mi sincera invitación gastronómica. Insistieron y siguieron insistiendo hora tras hora y día tras día, y lo hicieron con tanto empeño y fruición que los músculos de sus maseteros se acalambraron de repetir las mismas y las mismas parrafadas y hasta la saliva insomne de sus discursos terminó evaporándose en el aire triste de mis silencios. Yo era totalmente feliz al lado de mis flores, de modo que no prestaba atención a su abejorreo de primavera, pensé que si los dejaba parlotear a su gusto, un buen día se convencerían de que yo jamás iba a ser uno de ellos y me dejarían continuar con mi lírica y solitaria búsqueda de la flor de los perfectos amores.

Pero me equivoqué. Un domingo de mayo, cuando Libertad la cantuta de mis desvelos estaba a punto de florecer armoniosa, ellos decidieron tomar medidas mayores de convencimiento. Luego de preguntarme por última pasiva vez si quería unirme a sus arrobadoras huestes, y luego de oír mi enésimo no quiero coman su mierda, me arrastraron a viva fuerza al calabozo oscuro de una casona enclavada en el mismísimo rincón de los muertos. Allí me encadenaron y decidieron que a toda costa habrían de convencerme de lo conveniente que era estar con ellos, de modo que para hacerlo me sujetaron firmes los grilletes del miedo, clausuraron todo resquicio de luz del calabozo, trancaron las puertas con maderos de roble y candados de fallebas inverosímiles y me tuvieron encerrado sin comer ni beber durante dos meses, una semana y tres días; lo sé con exactitud porque aunque no tenía calendario ni reloj y allí todo estaba oscuro, poseo la facultad botánica de adivinar el tiempo en cualquier lugar o circunstancia. Por eso también sé que fue un lunes cuando ellos volvieron a preguntarme si por fin había decidido unirme a sus filas, y por supuesto les dije que no, pero entonces no se apuraron en regalarme de suplicios y me alimentaron con las sobras suficientes para mantenerme vivo y poder resistir las medidas serias de convencimiento que recién entonces comenzaron a implementar. Me pelaron los últimos harapos que colgaba del cuerpo y me ataron a un potro de tormento, me arrancaron las uñas de los pies y de las manos, me agujerearon las axilas con clavos ardientes, me bañaron con agua de sal las pústulas de las heridas, me hundieron hasta el cuello en una paila de excremento fresco y me dejaron macerar por ocho días con dos gotas de limón y una pizca de cal viva, y aún entonces tuve la suficiente entereza para mandarlos a comer su mierda cada vez que me ofrecieron poner fin a mis tormentos a cambio de aceptar ser uno de ellos. Y aunque finalmente la mierda tuve que comérmela yo para no morirme de hambre, me fue fácil evadir la dureza de sus tratamientos ocupando la mente en refocilar el recuerdo de mis preciadas flores de jardinero ausente, por cada magulladura que sus dientes de chacal hacían a mis carnes, yo pensaba en la atávica belleza de Vivien la flor de loto, y por cada orificio que roían los gusarapos de mi cuerpo podrido en vida yo imaginaba el aroma de viernes santo de Lis el lirio blanco, y así tenía la fuerza suficiente para sonreír cuando una escarpia se hundía en la pobredumbre de mis muslos y pensando en Tania el pensamiento hasta podía decirles risueño que cómo no señores sigan con su trabajo de inútiles sudores porque jamás seré uno de ustedes.

Ellos se desesperaron con mi indolencia. Luego de probar y fracasar con la curtiembre de mis huesos en sal negra, la moledura de mis dientes con ásperas muelas de tridimita y el cocimiento de mis tripas dándome de beber tinturas de celidonias concentradas en aguarrás, comenzaron a preguntarse cuál sería la fuerza que templaba mi indómita resistencia a sus mortificaciones, porque a pesar de que a esas alturas ya los había gozado de tormentos tales que harían caer en desprestigio al más pintado inquisidor del medioevo, yo había desarrollado una heráldica capacidad para soportar los dolores del cuerpo, y gracias al recuerdo de mis flores tenía un devastador optimismo solamente propio de quienes han conocido y escapado de la muerte en sus diecisiete caras. De modo que ante los furibundos arrestos de sus martirios todavía me quedaban unos granitos de buen humos para desencajar sus espíritus y hacerlos rabiar de impotencia mandándolos a comer su mierda cada vez que quisieran hacerme uno de los suyos.

Sin embargo, a la nonagésimo cuarta semana de mi encierro, ellos volvieron con más fuerza que nunca. Cuando creí que ya los había vencido porque ninguna mortificación del cuerpo podría hacer variar mi certeza, ellos franquearon las puertas de mi calabozo cargando sendos bultos que colocaron en línea frente a mis despojos, y tras arremolinarse en círculo y murmurar planes que imaginé inimaginables con el alma temblequeando en las puntas de dedos, vaciaron al unísono sus atroces contenidos de muerte, y sólo entonces pude ver los restos de mi preciado jardín descuajeringado en cuarenta y ocho costalillos repletos de aromáticos retazos de flores, y en medio de la turbamulta floral todavía pude distinguir los perfumes de Ángela la matricaria, las asperezas de Katty la siempreviva, los silencios de Lis el lirio, las alegrías de Isabel la nomeolvides, los temores de Mónica el crisantemo y la demoledora ternura de Tania el pensamiento, entremezcladas en un aterrador halo de sempiterno y malediciente olvido. En ese único momento se me fue todo el paciente humor del alma y los odié sin piedades ni comparsas, quise destrozarlos uno a uno como ellos destrozaron mis jardines, quise romper sus huesos hasta molerlos como achiote y quise tasajear sus carnes con técnicas de matarife indolente hasta dejarlas hecha una enorme ruma de jifa lista para ser echada a los perros. Los odié con un odio de vida, y los odié con tales ganas que allí mismo se murieron todos y cayeron despatarrados con sus entrañas destrozadas por la fuerza de mi sentimiento. Pero no contento con verlos muertos broté las floras de sus cuerpos con un corte en canal y usé sus restos para abonar la tierra de un nuevo jardín que nunca llegué a sembrar, y todavía me quedó odio suficiente para descabezarlos y pelar sus calaveras pensando en futuros maceteros colgantes de una casa que tampoco llegué a construir, porque en adelante el tiempo se me fue en tratar de aceptar la irremediable certeza de que ya nunca jamás podría volver a ejercer mis artes botánicas para buscar mi ansiada y siempre presentida flor de los perfectos amores. Todo eso empezó hace once años, cuatro meses y diez días, pero desde esos tiempos a éstos ni los pétalos arrancados de mis flores terminan aún de marchitarse y ni los cuerpos de ellos concluyen aún de pudrirse, por eso todavía continuo mi vigilia eterna en el rincón de los muertos, porque sé que a pesar de haberlos matado y terminado así con los tormentos que daban a mi cuerpo, me quedan aún los invisibles tormentos del alma, y porque también sé que a pesar de mis primeras indómitas resistencias a sus requerimientos, finalmente ellos saborearon los amargos néctares de la victoria cuando antes de morir vieron los fulgores del odio relampagueando ante mis ojos, y si acaso me quedara alguna duda de la derrota plena de mis resistencias, me basta con volver a vivir ese instante en que anhelé matarlos y pagar tormento con tormento todas sus iniquidades de vida, para caer en la desgraciada cuenta de que a partir de ese momento, y sin más gloria que sus sangrantes cabezas colgando de mis manos, yo ya era uno de ellos.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Plagio Creativo, organizado por la Escuela de Escritores.


Toque de queda

Autor: Eloy Serrano Barroso

Prudencio Alba despertó sobresaltado en mitad de la noche, y miró a su alrededor tratando de buscar la causa que le había arrancado del sueño. Por un momento pensó en las patrullas de vigilancia que por las noches, desde que en agosto los militares tomaran la Presidencia del Gobierno, pateaban las calles del pueblo con zancadas insolentes de autoridad.

Y aguzó el oído, pero el silencio en la habitación era definitivo, y hasta el gemido del viento y el ladrar de los perros se habían dejado amansar por el toque de queda. Sólo encontró un nido de congoja en su pecho y el olor remoto a goma de borrar y lápices mordidos. Y como creía en las virtudes premonitorias de los sueños, se dijo que lo mismo era que en su cuerpo ardían aún los rescoldos de alguno. De modo que para avivarlo abandonó la cama, encendió la luz triste de la bombilla que colgaba del techo y fue a sentarse en el sillón de orejeras, donde en las noches de insomnio acostumbraba a reflexionar acerca de los enigmas de la vida, casi siempre sin éxito.

Y allí, en la penumbra del dormitorio, sentado en el sillón de cuero marrón ya percudido, dejó Prudencio que sus ojos desvelados se pasearan por la decoración austera y destartalada de solterón sin remedio: por la mesa coja con el hule a cuadros verdes desvaídos, por las tres sillas disparejas en forma y color, por el armario de puertas desencajadas; y luego los cerró para concentrarse y buscar un resquicio que le condujera al sueño que había perdido. Pero es el olor a sudor infantil y madera antigua el que viene en su ayuda, y se ve chiquito, sentado en el pupitre de la escuela, con su mandilón a rayas verdes y blancas del parvulario, siguiendo con el dedo diminuto las primeras líneas de El Quijote, mientras don Augusto, más conocido entre los alumnos como el tuerto por su ojo de cristal, le mira desde la tarima con el ceño pensativo, afilándose el bigote de mosquetero, para alzar luego su mano de esqueleto y decirle alto ahí Prudencio y explícame qué es lo que acabas de leer. Y Prudencio se queda sin saber qué decir, con la cara boba mirándole el ojo de cristal, que es no obstante el más enfático, sin saber cómo decirle a don Augusto que no sabe lo que es un hidalgo, ni una adarga, ni un rocín, que el texto entero, todo él, carece de sentido. Y Prudencio se encoge en su silencio culpable para que don Augusto le imponga la penitencia de copiar veinte veces aquellas palabras que aún, como un enjambre de abejas asustadas, zumban en sus oídos de niño. “No te castigo por no saber, sino por no preguntar, pues no hay peor ignorante que el que no quiere aprender” sentencia el maestro con su voz de barítono decadente.

Para darse tiempo, bebió Prudencio de la taza de café ya frío que, por la noche antes de acostarse, había dejado a medias sobre la mesa, y luego miró el calendario que colgaba de la pared entre dos estampas enmarcadas, del Che Guevara la una y de la Virgen de los Remedios la otra, y no le extrañó comprobar que aún no había arrancado la hoja del mes de agosto con el número trece encerrado en un rabioso círculo rojo. Y tampoco le extrañó que le llegaran aquellas imágenes de su infancia, porque era un hombre tan sin dobleces que sus sueños no tenían esa cualidad fantástica y alucinatoria que suelen tener los sueños, sino que eran una réplica exacta de la realidad que le había tocado vivir, sin añadidos ni extrañas metamorfosis, aunque no por ello libres de interpretación. Y se dijo que quizá esas imágenes le mostraban su deseo de regresar a la niñez, al tiempo feliz de la inocencia, donde los hombres malvados no gobernaban los destinos reales de las personas, sino que vivían en los cuentos infantiles, instalados en su modélica y ejemplar maldad. Aunque también podrían estar hablándole de la culpa y del castigo, tal vez de la venganza. Estas explicaciones le parecieron las más sencillas, y por tanto, las más convincentes. Pero en seguida recordó que desde que don Augusto le descubriera su ignorancia, había empezado a buscar las palabras en el diccionario, al principio sólo para evitar el castigo, luego atraído por las palabras mismas, que eran como cofres que había que abrir para extraer el tesoro de su significado. Y así descubrió que, como las personas, las palabras tenían también su personalidad: duras, irritantes, tristes, suaves como una caricia… Pero aun así, siguió sin gustarle la lectura, hasta que fue el mismo don Augusto quien, sacudido por un temblor recóndito y con voz de profeta iluminado, comenzó a leerles cada día un capítulo del libro prestigioso, y el Quijote le pareció entonces a Prudencio un libro mágico. “No sé cómo puede leer tan bien con un solo ojo”, había pensado él con ingenuidad infantil.

Sí, quizá de eso le advertían los recuerdos: de las palabras, ahora que estaban amordazadas, enjauladas también ellas en las cárceles del poder, sometidas a la disciplina de las armas, vestidas con la uniformidad pautada de los delincuentes. Y pensó Prudencio en lo que había perdido: el derecho a decirse a sí mismo libremente; en lo que todos habían perdido, incluso esos poetas inversos que eran los censores del gobierno canalla, que torturaban a las palabras hasta extenuarlas de significado. En efecto, eso podría ser, pero no entendía por qué le alteraba tanto, por qué sentía que el corazón se le desesperaba, como si viniera de un lugar de espanto, y los dedos de las manos le temblaban, fríos igual que un coro de niños ateridos. Intentó tranquilizarse, pero entonces cayó en la cuenta de que algunas palabras suyas circulaban en pasquines, anónimas y a la deriva por entre el pueblo sometido, clavadas en la puerta de la iglesia y de la fábrica, en el mercado y la plaza, arrumbadas y retorcidas por esos remolinos de olvido que formaba el viento de otoño en los rincones de las calles. Y de nuevo, sin saber por qué, recordó a su maestro, tan parecido al mismísimo Alonso Quijano, los dos enjutos de rostro, con la barba rala en forma de ciprés invertido los dos, y esa misma expresión de estar más allá de las cosas; y pensó en cómo día a día se aventuraba don Augusto en una conducta cada vez más errática, ya definitivamente don Quijote. Y comprendió entonces de dónde le venía al maestro aquel lenguaje insólito cuando, agotada la paciencia infinita, se dirigía a sus alumnos como bausanes, bojigangas, trastulos, echacuervos. Maravillosas palabras que luego los niños, en el patio de la escuela, se lanzaban como piedras exóticas los unos a los otros. Y creyó Prudencio que empezaba ahora a entender, a desvelar el mensaje del recuerdo, porque también como piedras eran las palabras que él, ridículo e inútil quijote, había arrojado en los pasquines a los golpistas exitosos y sanguinarios.

Y fue entonces, coincidiendo con esta reflexión, cuando el frenazo de un auto rasgó la noche, y un estruendo de voces, que aletearon como murciélagos funestos, se apoderó del silencio y voló hasta la misma puerta de la casa para golpearla con ciega rabia. Se levantó entonces Prudencio con una tranquilidad repentina, como si la certidumbre del destino intuido le diera un coraje nuevo, y mientras atravesaba el espacio que le conducía a la puerta de entrada, le alcanzaron las imágenes de aquella tarde en que don Augusto, en mitad de un examen, y después de llevarse las manos a la cara, de espaldas a la pizarra, se vuelve con un parche negro en el ojo izquierdo y, como un prestidigitador mediocre, descubre entre el índice y el pulgar de su mano derecha el huevo de su ojo de cristal, y lo pone sobre la mesa, dejando con el aliento retenido a los alumnos, que no saben qué hacer o decir mientras el ojo les observa. Y le parece a Prudencio que es ese ojo de Dios que representan inscrito en un triángulo los libros de religión. “Y no se atrevan a copiar, que estoy vigilando, porque este ojo todo lo ve, hasta los más íntimos pensamientos” dice don Augusto señalando con su índice escuálido al ojo inquisidor, al tiempo que, para dar mayor veracidad a sus palabras, abandona el aula.

…Al tiempo que Prudencio, golpeándole en la cabeza el significado definitivo de su recuerdo, abre por última vez la puerta de su casa, y el azote de un viento repentino desbarata su sueño, todos sus sueños.

Relato finalista de la I Edición del Concurso de Plagio Creativo, organizado por la Escuela de Escritores.