I Concurso narcisista de relato autocontemplativo (Finalistas III)

Yo, vivo, en el fondo más recóndito de mi propio ombligo

Autor: Juan pablo León

Yo soy yo; el ombligo del mundo. Todo el mundo lo sabe. Tú, querida, no eres nadie. Tu padre, tu madre y la imbécil de tu hermana (mi ex-idolatrada), menos todavía. Si les parece mal nuestra boda, peor para ellos. Tú conmigo subes y yo, aunque desciendo, reconozco que ese borde cortante tan útil que tu presencia incorpora a mi vida, multiplica el efecto letal que desde que me lancé al ruedo ibérico-literario, allá por mi primera y desparramada juventud, he estado buscando como un náufrago en plena marea baja.

Para mis talentos de plumífero que oscilan entre las ruinas de Kafka y las sombras de Max Brod, una Feria de Muestras como la tuya, me puede venir bien. Yo necesito secretaria urgente, editora ardiente, manager activa, administrativa astuta, chacha limpia, asistenta práctica, novia púdica, esclava asidua, frontón vasco, pelota… también vasca, borrasca pasajera, polvete competente, basurero portátil, compañera muda, cocinera suculenta, señora de la limpieza que husmee lo justo, lo necesario. Tú ya me entiendes.

Mi sinceridad iguala a mi genio. Ya me lo dijo Delibes, que como yo, es parco en palabras y no come mierda. Con la Filosofía Francesa esa que te has mercado, los malos pelos que llevas últimamente y esos fantasmas que aún te muerden los tobillos juveniles, mi piso en Paris ha de ser para ti gloria eterna, siesta larga, santa-sanctorum, salvación súbita, y santidad Vaticana garantizada. Aguantarme a mí, con todo el morbo fétido que eso conlleva, va a ser lo de menos. Te lo juro. Yo soy yo, un Ortega, un Gasset pretencioso y desvalido que como él, si vuelvo a España, muerdo el polvo y me desbarato (por traidor… por convertir el sueño Republicano en una quimera y no saber plantarme firme ante los tres colores de mi bandera; así, fiel, irredento, hasta la muerte que siempre le espera a uno en cualquier recoveco, en Madrid).

Mis alumnos de Ciencias Políticas en ésta Sorbona magnánima y prepotente, celebran mis ocurrencias con la esperanza, fútil, de obtener una nota generosa por mi parte. No. Yo, vallisoletano, reseco y criminal, les quiero poco y mal. Con saña, les parto el culo en cuatro cachos, se lo pongo difícil… como si fuera una sinfonía de Gustav Mahler compuesta para dos orquestas y realizada antes de morir, poco después de ver partir a su hija y llevarse a Alma, su mujer, de cuajo junto a las aventuras vienesas, revueltas del Titán.

Yo, ilimitado en mi talento de rata perdularia, te quiero por conveniencia. No lo niego. Atrincherado en mi manera de no saber querer, te venero. Saberte casi treinta años más joven, no hace de ti ninfa conveniente, suspiro de otra generación… sino burra de carga ideal, que con una buena coz, me puede sacar de éste atolladero de mierda en el que me encuentro. Mi castellano, después de tanto oxido y de tanto odio escrito en francés, ofrece más agujeros que un ladrillo de construcción. Tú, como tienes mano y paciencia de dentista, lo mismo te animas y me empastas la boca entera. Mis memorias, entrelazadas por el viento olvidadizo y desmemoriadas por la mala intención, no te van a resultar extrañas.

Tu hermana, cuando estuvo aquí conmigo, gozó de lo lindo. Rodearse de alguien que es alguien, un alguien a quien el Ministro de Cultura Jack Lang le escribe los prefacios de sus libros, no es moco de pavo. Maria Antonia tiene la mente más cinematográfica de la familia, y aunque sus pensamientos tienden a viajar como las gacelas bajo la amenaza constante del león, tú, que eres diez años más joven, dispones de bastante más recorrido a la hora de quedarte en un segundo plano en el que se note menos el oportunismo pavoroso que llevas dentro.

A la Maria Antonia (niñata en horas bajas) le perdió su afán de iniciarse en el atajo antes de tiempo. Menospreció la andanza y la enseñanza que provee el camino. Usarme a mí como peldaño es una escalera que difícilmente lleva a ascensión alguna. Yo soy yo, como te dije, y tu hermana no supo cómo desmontar la excesiva carga de mi egocentrismo… para así, imponer lo suyo, el egoísmo más miope y cerril. Hacerme a mí fotos comprometedoras en brazos de mis jóvenes amantes, no es ni plato de gusto ni moneda de cambio actualizada. Mis obras de teatro, traducidas y publicadas a los cuatro vientos, conllevan los mil detalles bien basamentados, esos que las fotos sólo alimentan con el pan mezquino del vitriolo. Nada nuevo, claro. Si bien, verse con el culo al aire en el Paris Match, con un tipo haciéndote las veces por detrás, rebaja bastante los enteros, los valores por los que el Nouvel Observateur y el propio Jean Daniel han estado poniéndome en los altares durante éstos recientes 25 años.

Con lo cual, quedas avisada. Tú, después de la boda (yo no me fío de nadie), oír, ver y callar. Me lo vas a firmar. El hecho de ser sobrina mía lejana, te acomoda, me acerca el gen, me sirve, te pone a tiro, pero no te ofrece posibilidad alguna para utilizar la patente de corso que en éstos días en los que el divino Oscar no se halla ya entre nosotros, sirve más bien de poco o de nada.

Robert, Conrad, Jean-Luc y Dimitri (por sólo citar a cuatro) me han calentado bien la cama durante años, pero no han sabido solidificar el filo de mi idolatrada dualidad. Los tíos me van, pero las hembras bestiales como tú, me descomponen. En eso me parezco mucho a Leonard Bernstein. Él era él y yo soy yo: Ambidiestro, Geminiano, un Norte y un Sur que busca una salida por el Este y un desencuentro constante a través del portón del Oeste.

Yo sé, soy consciente, que el Nobel me cae… por más que manipulen a mis espaldas esos hijos de puta que fueron capaces de elegir al cerdo de Cela (aunque afortunadamente estén pasando de mi paisano, el ajo despectivo, egoísta, mustio-cabrón llamado Miguel Delibes). A mí, vivo o muerto, me va a llegar. A él no. Que se joda. Te lo juro, el Nobel es mío, aunque escriba en francés, me de por el culo la monarquía y me cague en Victor García de la Concha, ese vanidoso que nos quiere vender la botella rajada de las Américas. Qué puto soy. Qué mal hablo de la gente.

El día que vi a Delibes y a Cela pelearse como putas en el lugar menos adecuado (en la Academia y en mi presencia) comprendí algo en torno a la pluma, a la tinta, al hígado, a las piedras de la vesícula verde y a la mala leche. Escribir bien no quita, pero el resto del bagaje, remetido ahí en el fondo quesero del ombligo, ayuda, da fuste y esplendor. La bilis es una Academia carente de lustre, pero quintaesencial. La única que actualiza, perfila y sirve.

¿Estamos…? Ya conoces perfectamente los límites y las limitaciones de la oferta. Yo soy el héroe y de nuestra interacción tú también te puedes servir. Las cosas clara, el chocolate espeso y lo que hagas en tus días libres cuando leas otros libros (entre otros muslos) se ha de quedar ahí. No se lo cuentes ni a tu mente. Se puede chivar.

Por cierto, no te quedes preñada por ahí fuera. El hijo nunca sería mío, y eso, genéticamente hablando sería una pena. Otro, un cualquiera, no se merece continuar en el lenguaje de la sangre, en la memoria sólidamente instaurada. Yo, en mis textos, que a partir de ahora, con mis memorias, van a ser todos en castellano, pretendo también llegar a la sangre, al hueso, a la memoria. Pensándolo dos veces, conmigo nunca se sabe, a lo mejor me animo y me cuelo en los universos que dejas asomar debajo de tu ombligo. Ayer vi una foto tuya, muy a la moda. Tremendo, sensual, morrocotudo. Cuando un ombligo así de redondo, y sin niño dentro, es más grande que el mío, yo me digo: ¿De qué sirve plantar tanto árbol y escribir tanto libro? Mi ombligo escribe por mí. Yo he de procrear. Quizás no sea tarde. Si tu novio insiste, dile que aire. El tío Narciso, aquí en Paris (el inconmensurable ególatra clavado en la cruz del talento) tiene una necesidad urgente: Arrancarte las bragas para, entre libro de viajes y artículo mordaz, hacerte feliz. Si es niña, le ponemos Sarah y si es niño, Abraham. Para mí que con tus carnes y mi necesidad, ésta historia nefasta de la humanidad puede echar a andar otra vez. Ya veremos lo que dirá nuestro nieto Isaac cuando el ángel no impida que el hacha asesina le desguace de un tajo la cabina de mando instalada en su cabeza.

Ah, mi alcancía me permite pagarte cinco mil euros al mes. No hay quién de más. En Orly, a las diez. Atenta, el chofer (Claude) te irá a buscar.

Relato finalista de la I Edicición del certamen narcisista de relato autocontemplativo.