I Concurso narcisista de relato autocontemplativo (Finalistas II)

Los hombres comunes

Autor: César González-Calero

Mi hermano vino a visitarme ayer. Lo hace con cierta regularidad, cuando le viene en gana, vamos. Cada vez menos. Después del encuentro de ayer quizá tarde un poco más de lo habitual en regresar. Mi hermano menor, mi único hermano… No le gusta escuchar ciertas cosas. No le gusta que le diga que es un fracasado, un resentido, un asimilado. Esto último es lo que más le molesta: que lo llame asimilado. Lo entiendo. Pues que no venga. Yo no le he pedido nunca que se pase por aquí, sé que no es plato de gusto para nadie, y menos para un asimilado como él.

Pero, ay, el sentimiento de culpa… Lo lleva grabado a fuego en la frente. Todavía se siente culpable, y se sentirá toda su vida, arrastrará la culpa hasta la cruz, como el Nazareno. Pero de lo único que es culpable mi hermano -se lo digo siempre- es de ser un asimilado. Por lo que respecta a mi situación, a mi suerte, a mi destino, el único culpable ya pagó, y bien cara que le salió la broma. A mí no me salió gratis, precisamente, pero al menos puedo contarlo. El otro no. Nadie se mete con Alejandro Calero y se marcha de rositas. Ni hablar. Mi hermano César al principio se permitía el lujo de rebatirme algunas ideas, cuando teníamos ideas. Políticas, quiero decir. Pero el pobre no sabía ni por dónde le venían las hostias. En el grupo siempre fue mi hermano pequeño. Incluso después de mi caída, cuando el grupo se desintegró -como no podía ser de otra forma-, ni él ni los demás pudieron montar ninguna otra acción, ni siquiera valían para redactar un manifiesto en condiciones. Y eso que mi hermano pequeño tiene ambiciones literarias. Siempre le ha gustado escribir, aunque del querer al saber hay un paso de gigante. Ayer me vino otra vez con la cantilena de que iba a presentarse a un concurso de cuentos cuyo tema es la autoestima, el narcisismo. Pero entonces, ¿de quién cojones vas a hablar?, le solté, ¿de tu próxima reencarnación? Porque, hermanito, no tienes tú mucho de lo que presumir, a no ser que los asimilados seáis ahora ejemplo de algo. Mi hermano Narciso… Lo que me faltaba por oír. Si cogió un libro por primera vez cuando yo se lo até a las manos. Luego quiso estudiar Periodismo. Vas bien, hermano, le dije entonces. No sólo te vas a enfangar en la universidad sino que además has escogido la profesión de los necios. Como siempre le ha gustado llevarme la contraria, perseveró hasta que acabó la carrera e incluso consiguió trabajo en una agencia de prensa. Cuando se desmoronó el grupo, es decir, cuando me agarraron a mí y pagué por todos, mi hermanito tardó menos de un suspiro en renegar de todo lo que le había enseñado.

No sé cuánto tiempo lleva trabajando en el ministerio. Sí, de periodista en un ministerio, una opción como otra cualquiera. También recalan muchos ex presidiarios en el Departamento de Seguridad del Metro. Y nadie se rasga las vestiduras. Cada vez que le pregunto por el ministerio, a mi hermano se le encoge el cuerpo y me responde con evasivas, que si él sólo es un técnico, que si no toma decisiones políticas… Y yo le digo: Muy bien, hermanito, entonces hablemos de tu mujer, qué tal le va a mi cuñadita, dile que venga a verme de vez en cuando, hombre, así no se le olvidará mi cara, la misma cara que tan de cerca veía antes de conocerte a ti; la misma cara, algo más rugosa, eso sí, que ella conseguía desencajar cuando paseaba su lengua por mi…

Ah, hermanito, no quieres que siga por ahí, no quieres que siga por el ministerio, de qué quieres que hablemos, de cómo me dejasteis vendido aquel día, cuando vuestra única tarea era mantener a raya a la patrulla; teníais los cacharros, sólo debíais frenarlos mientras El Maño y yo salíamos con la pasta del banco. Pero no. No hicisteis nada. Y nos recibieron a plomo. ¿Ya has dejado de ir por la tumba del Maño, hermano? Pero bueno, tampoco creo que quieras hablar de eso, ni de mi huida repartiendo balazos, de suerte que no le acerté a ningún infeliz. No, mejor hablemos de otra cosa. No quiero recordarte los días que pasé escondido en aquel tabuco de dos por dos. No quiero recordarte mi caída, la delación, los años oscuros en prisión por culpa del que tú ya sabes. No, no hablaremos de eso otra vez. Ni de mi reacción al recibir el indulto, que sólo acepté cuando el tribunal me consideró un preso político condenado por perpetrar una acción política. ¿Entiendes la diferencia? Y tú entonces me acusaste veladamente de ser un asimilado. ¡Qué ironía! Ya viste que no, hermanito. Ya viste que a mí no me para nadie. Ya viste lo que le pasó al que me delató, a ese que tú tanto defendías en las reuniones del grupo. Ni tú ni ningún otro se atrevió a hacerlo, qué puedo pensar de vosotros, hermano. Pero dejémoslo ahí, no quiero que pienses que te guardo rencor, no es eso. Ni siquiera guardo ya la bala para aquel juez que no vio ninguna motivación política en los cuatro tiros que le descerrajé al soplón. Soy un reincidente, está bien así, aquí he aprendido muchas cosas, siempre se aprende si se tiene un buen maestro, y aquí hay unos cuantos. Tú, por ejemplo, también tuviste un buen maestro. El mejor. ¿O ya no te acuerdas de quién te recomendó las primeras lecturas? Yo quiero que tú sufras lo que sufro: / aprenderé a rezar para lograrlo / Yo quiero que te sientas tan inútil / como un vaso sin whisky entre las manos; / que sientas en el pecho el corazón / como si fuera el de otro y te doliese… ¿Recuerdas, hermano? Yo quiero que te asomes a cada hora / como un preso aferrado a su ventana / y que sean las piedras de la calle / el único paisaje de tus ojos… ¿Vas recordando? Yo deseo tu muerte donde estés / Aprenderé a rezar para lograrlo.

Pero no, hermano, no me debes nada. Cada uno que aguante su vela. Yo lo hago lo mejor que puedo, es decir, de puta madre. Te hablaba de maestros. Sí, aquí hay unos cuantos. Y lo curioso es que nos llaman comunes. ¿Qué tiene de común un hombre que realiza un acto de justicia? Estoy hablando de mí. Soy tan común como uno al que llaman El Pulsos, que parece que no ha roto un plato cuando lo ves paseando por el patio y ahí está su trayectoria: diecisiete butrones en bancos de alta seguridad. Y sin pegar un tiro. Un común de guante blanco y cerebro frío. Tan común, hermano, como Dani Ventura, un chaval de diecinueve años que le rasgó el gaznate a su padre por haberse cargado a su madre. Justicia directa, sin intermediarios. No creo que sea muy común vengar a tu madre. Pero aquí está, la vida tirada a la basura por culpa de un vulgar maltratador de mujeres. Tan común como Jan, un rumano que, como su compatriota Cioran, siente el inconveniente de haber nacido. A Jan lo acusaron de incendiar la casa que él, albañil de profesión, estaba remozando junto a otros tres inmigrantes. Como era el jefe de la cuadrilla y el que tenía las llaves, le cayó el gordo. Cuando está de buen humor, me cuenta Jan cómo se estará riendo ahora el dueño de la casa al cobrar el seguro. ¡Ah, comunes! Sí, hermano, aquí somos todos comunes. Pero no nos tosen ni los guardias. Nos respetan porque saben lo que valemos. Mi hermano tardará en volver, no le gustó el encuentro de ayer. No le gustó nada. Él, que había traído con tanto entusiasmo su cuento para ese estúpido concurso de mirarse el ombligo, salió con el rabo entre las piernas, como suele decirse. Le dije que me lo leyera. Me sorprendió que no hablara de él, sino de mí, me chocó la imagen sublimada del personaje, o sea, de mí mismo, las lisonjas, las descripciones panegíricas, como esa “inquebrantable presencia en el mundo” que, al parecer, me caracteriza. Mi hermano, que pensaba congraciarse conmigo asumiendo mi ascendencia sobre él, ni siquiera se despidió cuando le dije que lo que había escrito era una porquería que no merecía siquiera presentarse a un certamen de seiscientos euros. Que la literatura no debe ser un acto de contrición, en ella no vale expiar la culpa, el pecado, el remordimiento, esos lodazales en los que chapotean los hombres comunes.

Relato finalista de la I Edicición del certamen narcisista de relato autocontemplativo.


Ríchar

Autor: Jesús Mondría Moreno

Había sido una cena excelente. Paco Zambrano se había jubilado y, rumboso, había invitado a los supervivientes de los Billares Quevedo, que demostraron seguir estando en forma ante el desafío de los excesos. Cuando llegamos al nivel de los cantos regionales no estabamos tan borrachos como para no darnos cuenta de lo patético de un grupo de señores mayores dando la nota, pero ¡qué coño! un día es un día. Como en los viejos tiempos.

Especialmente celebrado fue Leo cuando se arrancó con aquello de la mili que empieza: “Villapadierna, Villapadierna, dime que tienes entre las piernas…”

-¿Nos tomamos la última?

Cuando la altura de la noche, el horario de los camareros, el sentido común y el “esto es una pasada”, fueron deshaciendo el grupo, me encontré del brazo de los últimos borrachos. Enrique dio un grito de “Taaaxi” que hizo detenerse hasta a las ambulancias, y nos dejó a Ricardo y a mí en medio de la calle de Ponzano.

-¿Nos tomamos la última?

-Creo que deberíamos tomarnos un café.

-Bueno, pues un café. Pero que sea irlandés.

-No jodas.

* * *

-Tú sabes que yo siempre te he apreciado mucho.

-¡Toma! y yo a ti ¿no te jode?

-Ya, pero es distinto, porque tú vales mucho.

-¡Coño! y tú, hasta ahí podíamos llegar.

-Ya, pero es distinto.

-No lo capto. Oiga, dos cafés solos. El mío con sacarina.

-El mío también. Y Vichy Catalán.

-Oye Ríchar ¿tú sabes por qué movemos el café si la sacarina es efervescente?

-Pues no lo sé. Debe de ser un reflejo condicionado como los de Pavlov.

-Sí, debe de ser eso.

-…

-Oye Ríchar, ¿te das cuenta de que entrambos nos quedamos silenciosos como heridos de un mismo pensamiento?

-Hala vete a cagar.

-Pues venía al pelo.

-…

-Lo que tú no sabes es que yo estuve enamorado de tu mujer.

-Será de mi ex mujer.

-Sí, claro, de esa.

-Pues por mí, como si se la folla un pez.

-Si no pasó nada; fue una cosa platónica.

-Ya me lo imagino, gran cabrón, si no, te mataba aquí mismo; sólo me faltaba que me hubiera puesto los cuernos contigo.

-¿Lo ves? Hasta cuando estás de coña me haces de menos.

-Que no Ríchar, no me entiendes; que no sé cómo te fijaste en esa bruja.

-Ya, pero debió ser por emulación, porque yo siempre te he admirado mucho, incluso en el colegio, porque tú jugabas muy bien al fútbol.

-Bueno, esto es la leche. Pero ¿qué tienen que ver el colegio y el fútbol con toda esta historia?, ni que yo fuera Beckham y ella la Spice Girl.

-Mira macho, no serías Beckham, pero a mí me bastaba; acuérdate de que yo de niño era gordo.

-Toma, y ahora.

-Sí, pero ahora somos gordos casi todos, y entonces yo era el único. Además te voy a contar una historia que nadie sabe, pero júrame por tus muertos que no se la contarás a nadie.

-Te lo juro. Por éstas.

-Pues escucha, pero espera un momento. Oiga, otro café.

-Que sean dos.

* * *

-Hace casi cincuenta años, cuando en Madrid no había coches, o casi, organizabamos partidos de fútbol en la calle Fuencarral, ocupando una vía de la calzada. Las porterías eran virtuales; solamente se marcaba la anchura con dos pirámides de mochilas y jerseys. El partido era hacia las dos, cuando salíamos del colegio de los Hermanos Maristas.

-Los Hermanos Marxistas, como decía López.

-Sí, esos.

-Me estás contando una historia que conozco perfectamente; seguro que yo estaba allí.

-Estabas, claro que estabas; eras el capitán, pero seguro también que no recuerdas un detalle que para mí es vital. Déjame seguir contándote. Nosotros éramos dos más, y hubo que echar a pies. Es decir, tú echaste a pies con el capitán del equipo contrario, para adjudicar a los dos que sobraban, que éramos ¡qué casualidad! yo, como siempre, y Fimis; el gordo y el flaco. Fimis era muy delgadito y gastaba unas gafas gordísimas, de veinte dioptrías. Escogió primero el capitán del Cisneros, señaló a Fimis y sentenció “tú de portero, si quieres jugar, de portero”. Tú me miraste con aire de resignación y dijiste “bueno, Ríchar con nosotros. Vamos a empezar”. Yo no era habilidoso, pero lo hubiera podido hacer mejor en un campo de hierba, ahora bien, con aquella pelota durísima y sobre los adoquines de la calle Fuencarral me sabía incapaz de competir. Además que todos me parecíais iguales, los nuestros y los del Instituto, con el pantalón corto, los calcetines fláccidos sobre las botas de Segarra, y alguna costra de sangre seca en las rodillas. Si, por casualidad, me pasaban la pelota, sólo veía un bosque de piernas, sentía una patada o un golpe en las costillas y acababa dándosela a un contrario, lo que provocaba siempre que alguno de mis compañeros insultase a mi pobre madre en forma admirativa, que como sabes era viuda.

-Lo sé ¿pero qué es eso de en forma admirativa?

-Decían ¡qué hijoputa!

-Ya.

-Todos optabais por no darme ni un pase, y acabé por refugiarme en un sector del campo, alejado de la batalla; afortunadamente no existía el fuera de juego, que entonces se llamaba “orsay”, y me situé cerca de Fimis, el portero enemigo, que había guardado cuidadosamente las gafas, e imitaba a Ricardo Zamora con las manos en la cintura, las piernas flexionadas, pero con la cabeza demasiado echada hacia atrás, la boca abierta y los ojos semicerrados por el esfuerzo de ver lo que pasaba en el área contraria. Alguien gritó “queo, coche” y el juego se detuvo automáticamente; recuerdo que tú tenías la pelota.

-¡Coño, Ríchar, qué memoria!

-Ya ves.

-Tú tenías la pelota, la pisaste y todos los demás jugadores nos quedamos quietos, como paralizados, respetando nuestras posiciones, mientras pasaba el taxi a nuestra vera. Parecía una imagen de cine, de esas que llaman congeladas. Inmediatamente intentaste salir, pero ya te habían rodeado tres o cuatro contrarios. Yo contemplaba el juego, o más bien la pelea, casi como un espectador; aún recuerdo, como si lo viera, el barullo, los gritos, las patadas, y la nube de polvo que levantabais. De pronto sucedió algo imprevisto, el portero contrario dio un puntapié a la pelota, que hizo un extraño, una especie de rara parábola por encima de vuestras cabezas, botó dos veces en el suelo y rodó mansa hasta mis pies. Ni la toqué, simplemente la seguí con la mirada y me la encontré delante, entre Fimis y yo. Era la oportunidad de mi vida; yo creo que os parasteis para verlo, porque estaba tan lejos y tan claro que no merecía la pena correr. Apreté los dientes, miré el balón, y le pegué una patada con todas mis fuerzas. Rogué a Dios que no se escapara y me debió escuchar, porque me salió un tiro impresionante, a media altura, pegado al supuesto palo. Contuve el aliento mientras veía materializarse mi momento de gloria, el que otros teníais a diario, los abrazos, las palmadas en la espalda, los gritos de “golazo” o “buena Ríchar”, incluso empecé a preparar para ello el gesto indiferente, la sonrisa sin exceso, el brazo levantado y la mano abierta, para chocar con otras manos fraternas y el trotecillo hacia atrás para sacar de centro. Entonces sucedió algo inesperado, Fimis dio un saltito de lado y luego voló, ingrávido, con los brazos estirados, y con la punta de los dedos sacó el balón a corner.

-¡Qué cabrón Fimitos! Ahora me acuerdo.

-Espera, que termino. Yo creo que la sacó de dentro de la portería, pero no me dio tiempo a protestar, porque cuando Fimis se estaba recuperando del costalazo en los adoquines, todos le rodearon, y hasta vosotros le palmeabais la espalda. A mí ni me veíais; ni para decirme “mala suerte chaval”, y yo lo odiaba con toda mi alma.

-¿Será posible? Pero hombre, no sería para tanto.

-Pero ¿cómo que no, no te das cuenta de que con aquella parada Fimis me había convertido, para siempre, en el único niño que nunca metió un gol en su vida?

-Alguno meterías otro día.

-Nunca. Nunca volví a tener otra oportunidad como aquella.

-Bueno, chico ¿qué quieres que te diga? Yo no lo veo tan grave.

-Será para ti.

-Venga Ríchar, déjate de rollos y vamos a dormir que son las tantas. Dígame ¿qué le debo?

-Deja, deja, esto es mío.

-¿Te acerco a casa?

-No hombre, cogeré un taxi, que te pilla muy a trasmano.

* * *

Mientras sacaba el coche del estacionamiento pensé en Ríchar y en su historia. “Qué cantidad de gilipolleces decimos a estas alturas”, pensé mientras subía la rampa; pero al salir a la calle lo vi de lejos; iba caminando hacia Santa Engracia, con los hombros caídos, como siempre, las manos en los bolsillos del pantalón, el abrigo desabrochado, mientras daba patadas a un bote cada dos o tres pasos. Sentí un repentino ataque de ternura.

Relato finalista de la I Edicición del certamen narcisista de relato autocontemplativo.