I Concurso narcisista de relato autocontemplativo (Finalistas)

Otra vez

Autor: Almudena Almendro Muñoz

Otra vez arriba. Otra vez no es fin de semana. Otra vez los ojos me molestan al intentar despegar los párpados. Otra vez… odio madrugar. Me levanto de la cama y enciendo el calentador. Me ducho, me lavo el pelo, me lo seco. Me doy cuenta de lo aburrido que es tener el pelo largo otra vez y pienso en lo estupendo que sería tener un pelo que sentara tan bien como el largo, pero que diera el trabajo del corto. Ya lo inventarán, pienso. Inventaran un champú mágico, tipo tres en uno, todo vuelve a funcionar.

Cojo las llaves y me voy sin desayunar. Si acaso una manzana para el camino. Llego tarde a mi atasco. Arranco el coche y me voy. Abro la puerta de fuera y un cielo azul y rojo y rosa y violeta me reconcilia con el mundo. Me gusta conducir. Mmm, ¿a qué olerán esas nubes? Me sale la vena poética y siento que la maldita publicidad se me cuela, en el peor sentido de la palabra, como se nos cuela alguien en la cola del cine, echándole morro y sin preguntar.

-Oiga usted, que mi imaginación estaba antes.

-Sí, pero a mí se me ha ocurrido un anuncio después y he bombardeado al mundo para conseguir que se acordaran de tal coche (o peor, de tales compresas), así que, te jodes y te sientes como un vulgar teleadicto; ese es el castigo por haber tomado el nombre de la publicidad en vano.

El campo se acaba de levantar, como yo. Me invade un hormigueo de esos que te atacan cuando abres un regalo, directo al estómago. Las vacas, los prados, la luz, la montaña y el cielo de telón de fondo. Todo está ahí para mí solita. Llevo la ventana entreabierta. Por la rendija se cuela la humedad del amanecer, el olor pastoso a vaca, el verde virgen de la hierba.

Sólo por cosas como esta, merece la pena madrugar en verano.

Pero todo lo bueno tiene un final y de golpe y porrazo me topo con mi atasco diario. Vuelta a la realidad. Se acabó. Hasta mañana.

Estoy parada, así que cojo el colorete del bolso y me doy un par de brochazos, mientras me miro distraída en el espejito del parasol. Noto que una mirada me pega un empujón desde un coche rojo, a la izquierda del mío. Sí, me estoy pintando en el coche, ¿qué pasa? Ni siquiera le miro, pero sé que es un tío. Esas cosas se notan.

El coche de delante se pone en marcha. Arranco y avanzo veinte metros. Más no, por favor, sería mucho pedir…! Pongo la radio. Cambio de emisora, no quiero noticias. Zapeo hasta que encuentro algo que me gusta… Pretenders ¡mmmmh!

Don’t get me wrong
If I’m looking kind of dazzled
I see neon lights
Whenever you walk by
don’t get me wrong,…

Qué bonita canción. A mí se me ha olvidado ya eso de andar kind of dazzled, pero qué bien se ve la vida con fuegos artificiales de fondo. Echo de menos esa sensación, ese andar de puntillas entre la gente, con las estrellas instaladas en la mirada, con la sonrisa en la cara intransferible como un abono de temporada del Real. Una tristeza pequeñita me invade el alma. ¿Me estaré haciendo mayor? Una vez leí que la vejez llega cuando empiezas a aburrirte. Bueno, yo por ahora no me aburro, echo de menos algunas cosas pero no me aburro.

Le pego un mordisco a la manzana. Pienso en Andrés, el pesado de Nisupar, tendré que llamarle en cuanto aterrice en la oficina. Ayer me llamó tres veces, todo para oirme decir que aún no había llegado su mercancía y que YO le llamaría en cuanto supiera algo. Andrés, hijo, que eres muy plasta, que con razón estás en Nisupar, S.A., Nisupar, Nisupar, nisupare le aguanta, pesao.

El del coche rojo está ahora delante. No para de mirarme escondido detrás de su retrovisor.¡Será descarado! Le escudriño detrás de mis gafas de sol pero no consigo ver nada. Ojos pequeños. ¿Qué está mirando? ¿Le gusta lo que ve? Imagino que me imagina una vida. Imagino qué vida me imagina. Quizás la de la madre trabajadora que soy. Quizás una ejecutiva liberada, una separada de las que se comen el mundo y tres mindundis cada día. Pero, qué tonta, no tengo yo pinta de eso ni por asomo. Bueno, puestos a imaginar, vamos a imaginar por lo alto, que es gratis. ¡Tengo pinta de lo que quiera! Así que en esos ojos pequeños soy una mujer independiente, de las que tienen un amor en cada puerto y ninguna llave de ninguna puerta. Las llaves, como decía mi amigo Olivier, las llaves son carceles. Qué razón tenía. Qué maravilloso sería ir de aventurera, de las que viven en quince sitios experiencias con las que yo ni siquiera me atrevería a soñar. Una de esas mujeres que viven con la maleta a la orden del día y a la vuelta de la puerta. Yo, las maletas las guardo en el maletero y las saco una vez al año para irnos en verano con los niños a la playa. El caso es que ayer saqué la maleta para Lucía. El campamento empieza dentro de dos días, tengo que meterle las braguitas y unas zapatillas para la montaña. Sí, braguitas, no bragas, como dice todo el mundo últimamente. Pues yo no pienso dejar de decir braguitas, porque braguitas es a calzoncillos lo que bragas es a calzones. Y es evidente que no se dice calzones; luego por las mismas no pienso decir bragas. Aunque me llamen cursi, anticuada, esnob o lo que quieran. Las de Lucía, como las mías, serán siempre braguitas.

Bajo la ventanilla; aunque sigo en el atasco, las filas de coches empiezan a moverse y puedo sentir el aire fresco correr, ¡mmmmh! El del coche rojo está otra vez a mi izquierda. Lo noto, no le miro pero noto que me mira. Insistente. Otra vez. De repente oigo mi nombre. No puede ser, no es posible. Conozco esa voz de humo, conozco cómo suena mi nombre en esa voz de humo. Como si se tratase del coche de delante, me choco de repente con mis veinte años, con la tristeza de los domingos por la tarde ahuyentada por las charlas interminables al teléfono, con el chachachá de Gabinete Caligari, con las discusiones sobre Rousseau, con la “brujita” que fui en la voz de humo, en unos ojos pequeños, hace muchos, muchos años. Me choco con la primera mano en mi cadera. Con las primeras mil mariposas en mi estómago, con los primeros peces de colores en mi boca y con el primer arcoiris en mis ojos cerrados. Me choco… con el coche de delante. Miro a la izquierda, busco a la voz de humo, pero el coche rojo ya no está.

Se ha ido. Otra vez.

Me desvío del carril derecho y aparco en el arcén. La mujer del coche de delante hace lo mismo. Me sorprendo actuando como un autómata, saco la carpeta con la documentación y busco un formulario de declaración amistosa de accidente.

-¿Pero qué te ha pasado? ¿En que andabas pensando, bonita? -me pregunta ella. El chirrido que me produce lo de bonita me hace aterrizar definitivamente.

Si tú supieras, en qué andaba pensando.

Relato finalista de la I Edicición del certamen narcisista de relato autocontemplativo.


Tuerto

Autor: Andy Ferguson

Carmen halló a su marido en el estudio, sentado en su butaca preferida –réplica, según él, de una que tuvo su escritor preferido, James Joyce-, con la cabeza sostenida entre las manos, en lo que parecía ser un acto de penitencia. Esa cabeza portentosa, pensó ella, jamás se ha doblegado ante las circunstancias. Debe de haberle pasado algo monstruoso.

-¿Qué te ocurre, cariño? -preguntó según avanzaba, midiendo sus pasos, acariciando con las manos el aire que había entre ambos como si fuese de una enorme densidad. Allí, en ese estudio, en ese humilde habitáculo, se habían fraguado las dos grandes obras de Manuel Pergo: dos novelones de casi mil páginas cada una; dos largos ríos de vocablos, de pausas y de silencios; dos volúmenes ya editados que ella, Carmen, había leído tantas veces que ya no podría decir con precisión cuántas habían sido. Y cada vez que las leía volvía a sentir reforzado su amor y su devoción por Manuel, un artista de la palabra, un escritor que merecía mayor fama y mucho mayor reconocimiento. Ella así se lo decía muy a menudo. Y él, armado de dignidad, asentía con la mirada fija en un punto de fuga que quedaba más allá de su rostro –un punto que ella, con fascinación, asociaba con lo que denominan la fuente de inspiración, ese manantial de conocimiento que alimentaba la exquisita producción artística de su marido.

-¿Estás bien? -preguntó esta vez, ya más cerca, probando con un cambio de frase al comprobar que Manuel no reaccionaba ante su presencia; como si su tanteo anterior no hubiese calado suficientemente.

-Estoy bien –le contestó él, apartando las manos de su cara para mostrar el dolor que le afligía. Efectivamente, estaba descompuesto. Tenía los ojos caídos y pulsantes, como si llevasen una eternidad tratando de soltar lágrimas.

-No estás bien, que te conozco. Dime qué te ocurre -Carmen ya estaba de rodillas ante él, con ambas manos reposadas sobre unas rodillas que temblaban ligeramente. Ella le conocía tan bien que sabía estar a punto de arrancarle una confesión. Era evidente que la situación a la que se enfrentaba era una delicada; Manuel era un hombre tan entero ante las inclemencias de la vida, tan honrado, tan íntegro en todos los sentidos posibles y, a la vez, tan abandonado a su suerte por la fauna de reptiles y malandrines que conformaban el sector editorial (siendo fauna, replitles y malandrines palabras textuales de la cosecha de Manuel…)

La noticia que estaba a punto de anunciarle su marido, la causa de su profundo desazón, podía ser cualquiera, pero la intuición le dictaba a Carmen que algo tenía que ver con su escritura. ¿Habría perdido un manuscrito? ¿Se le habría agotado la inspiración? Esto último, de confirmarse, sería absolutamente terrible, para ambos, y podría significar el final de tantas cosas; si bien, todo sea dicho, no cambiaría un ápice su condición económica ya que la publicación de sus dos novelones no les había aportado un céntimo de euro hasta la fecha. Es más, les había costado dinero porque finalmente no le quedó a Manuel otro recurso que autoeditarlas.

Allí estaban, copias y más copias de los novelones alineadas sobre varias estanterías del estudio. La primera novela tenía el lomo azul y la segunda era de color verde. Azules y verdes brotando de las paredes aportando la única variedad cromática a este estudio, santuario de Don Manuel Pergo. Ella había elegido los colores porque él, según dijo en su momento, no tenía el menor interés en la plástica.

Y aún había más copias que guardaban, dentro de cajas de cartón, en el trastero.

-Me han concedido un premio -dijo él finalmente.

-¡Un premio! -exclamó ella llevándose ambas manos a las mejillas-. Cariño, es una noticia estupenda. No entiendo…

Manuel le decía con el gesto que ya lo entendería, que se lo pensaba explicar si tan sólo dejaba de hacer preguntas y si conseguía, en definitiva, calmar su entusiasmo. Todo esto lo interpretó ella, al vuelo, mientras buscaba una postura algo más cómoda porque ya le dolían todos los huesos del cuerpo de estar postrada ante su marido.

Antes de proceder, Manuel se sonó la nariz. Fue un estruendo en medio de un silencio sepulcral, una tormenta que ella navegó cabizbaja mientras se preguntaba a sí misma cómo un premio podía traerle tal pesadumbre de espíritu. ¿No eran buenos los premios? ¿No llevaba años este hombre, Manuel, su marido, enviando relatos a un sinfín de concursos?

-He ganado el concurso narcisista -dijo él ensañándose con las eses y las ces de la propia palabra narcisista.

-Narcisista. Eso es malo, ¿no?

-Puede serlo, mujer -dijo él con impaciencia-. Pero es que ni siquiera recuerdo haberme presentado. Fíjate cómo son las cosas.

-¿Y qué te dan de premio?

-Hay algo de dinero, calderilla, que además se comparte con una ONG. Pero eso no es lo peor. Lo peor, Carmen, es que tengo que leer mi relato bajo una lluvia de flores y, dice aquí, en las bases del concurso… -hizo aparecer un papel, que desdobló y entregó a su mujer-. Dicen que seré vitoreado, fotografiado, entrevistado, condecorado… ¿Y qué mas pone? –le arrancó el papel de las manos antes de que pudiese leer nada, y localizó una frase que leyó con voz grave-. Elogiado sin medida, invitado a copas y a tabaco, se le pedirán autógrafos y dedicatorias, y se leerá un poema en su honor. Todo eso pone.

-Pero si todo eso es estupendo, cariño. ¿No querías ganar un premio? Que se te reconociese como autor, con todo lo que luchas por sacar la obra adelante.

-Ya, pero tú no lo entiendes, Carmen. Yo quiero ganar un premio serio, no el premio al narcisismo, a la autocontemplación. Yo no fumo ni bebo copas, ya lo sabes. Ni me gusta que me fotografíen, ni firmo autógrafos ni dedico mis libros.

-Pues a mí me lo dedicaste.

-Eso fue una excepción. Porque me lo pediste de otra manera, y porque insististe mucho, que ya sabes que no me gusta nada hacer dedicatorias. Mira, por ejemplo, tú hermana me lo ha pedido y no le he hecho ni caso.

-Si, pero es que a mi hermana nunca le haces ni caso. Y mira que ella te admira. Cuando nos vemos sólo hablamos de tus novelas.

-Y eso que no se las ha leído.

-No digas tonterías, Manuel. Te aseguro que se las ha leído.

-Bueno, dejémoslo estar.

Lo dejaron estar. Fueron unos segundos, unas bocanadas de aire que bastaron para que adaptaran sus paladares a un cambio de sabor.

-Y dime -le decía ella ahora, poniéndose en pie con cierta dificultad- ¿Qué dinero hay?

-No lo sé. Míralo tú. Está por aquí -le devolvía el papel- en alguna parte de las bases. Manuel se dejó caer hacia atrás en su butaca James Joyce que tan bien le acogía y que tanto le aportaba en sosiego. Mientras tanto Carmen buscaba con el dedo índice una cifra en las bases del concurso.

-Aquí está -dijo ella-: seiscientos euros.

-Y la mitad a una ONG.

-¿Cómo el Domun?

-O Médicos sin fronteras. Hay tantas…

-La que sea, pero bueno, que son trescientos euros. Lo que ganas en una semana. Por un relato. No me parece nada mal. ¿Cuándo es la ceremonia?

-Esta noche.

-Esta noche -repitió ella-. Te voy a preparar la ropa. Has de ir elegante, como merece la ocasión.

-Ve tú por mí -dijo él con un gesto que reforzaba la rotundidad de su desgana -diles que estoy enfermo.

-Sabes que yo no haría eso. Vas a ir tú, y yo voy a estar allí para verlo.

No fue fácil sacarle del estudio y ponerle en marcha. Para ello tuvo que poner una bañera y anunciarle que estaba lista. A Manuel pocas cosas le tentaban más que un buen baño de agua caliente, y ninguna otra le hubiese arrancado de los brazos de su James Joyce.

Le acompañó como si fuese un inválido, sujetándole por la cintura y guiándole pasillo abajo hasta el baño. Allí, en medio de la neblina provocada por el vapor de agua, le desvistió y le ayudó a sumergirse dentro de la bañera.

Hablaba sin parar. Le decía que el premio le ayudaría en su carrera como novelista, le daría la oportunidad de dar a conocer sus novelas –se tenían que llevar unos cuantos ejemplares, apuntó ella-; y que lo de las flores, las copas, los cigarros y los autógrafos tampoco eran un problema. Ella se encargaría de ahuyentar a los más pesados, le aseguró.

Manuel no pronunció palabra durante su baño, ni mientras ella le vestía y le acicalaba con mimo. Se estaba dejando llevar por ella, iba a la deriva, no podía coger las riendas y se preguntaba cómo deshacer el entuerto, cómo explicarle que ni se había presentado al concurso, ni lo había ganado, ni se celebraba aquella noche ninguna ceremonia para condecorar al mayor de los narcisos que componían la legión de escritores frustrados de la nación.

Relato finalista de la I Edicición del certamen narcisista de relato autocontemplativo.