I Concurso de microcuentos en “El planeta de los libros”

28 de junio, 2005

El primer concurso de Microcuentos, convocado por Escuela de Escritores.com y “El planeta de los libros”, ha cerrado su última semana de convocatoria ayer a las doce de la noche. El próximo martes día 22 de junio, se darán a conocer los ganadores de esta última semana, en la que los microcuentos deberían girar en torno a la novela de Lorenzo Silva, El déspota adolescente. El acta con los resultados de la segunda semana, acaba de ser publicada.

Al término de las 3 semanas de duración del concurso, el jurado elegirá el ganador absoluto entre los 3 relatos ganadores de cada una de las semanas. El nombre del ganador se anunciará en el programa El planeta de los libros, el martes 28 de junio, donde será leído de nuevo. Su autor recibirá como premio una beca trimestral para cualquiera de los cursos de Escuela de Escritores y una Medalla Conmemorativa de “El Planeta de los Libros” que le será entregadas por el escritor Lorenzo Silva, padrino de esta I Edición del Concurso, en el transcurso de un acto en Madrid cuya fecha se indicará oportunamente.


Ganadores

Primera semana
Ricardo Castillo Ramos
Título: El rizo de Ventura
Fe “la rizos” es la mujer más feliz de la corrala. Atraviesa el patio a pasitos apresurados con los últimos rayos de luna. Cuando abre la puerta siempre se deshincha aliviada dentro de la saya al ver acostado todavía a Ventura Esquinas. Luego se sienta como de costumbre al pie del jergón y su mirada acaricia a través de la luz en blanco y negro de la estancia el rostro anguloso del durmiente.

Por fin, Ventura destapa los ojos, busca y la ve; entonces se abalanza hacia ella, con la misma ansia que en su anterior despertar, mientras rompe a llorar.

Pareciera que no la hubiera visto en años. Y efectivamente así lo cree él. Después Fe se levanta y conecta un radiorreceptor en el que se gastó la plata de veinte noches de favores al ministro. Suena una ópera del Real con la que él se asombra como si la escuchara por primera vez. Al rato, como contagiado por el canto del barítono, Ventura reclama su capa y su boina. Debe marchar a la plaza Mayor a una manifestación de anarquistas. Así que se cambia aprisa y ajustándose la boina con una mano se precipita sobre el pomo de la puerta con la otra, y entonces, una vez más, se queda paralizado. Sus ojos observan el picaporte como si fuera un objeto extraño que le hubiera atrapado la mano. Invariablemente, Fe le ayuda a soltar los dedos del tirador uno por uno, y lo comienza a desvestir de forma rutinaria.

Ventura ya no recuerda haber escuchado la ópera, tampoco recuerda que hace unos meses su cabeza encontró un palo mal dado en una manifestación de anarquistas, y tampoco Fe le ha recordado que, un día antes de ir a esa manifestación, él mismo, Ventura, la había abandonado para siempre.

Segunda semana
Verónica Martín Martín
Título: Reencuentro
Aquella mañana se despidió de su hijo mayor, estaba deseando que se marcharan. El verano terminaba y su casa se llenaba de silencios añorados. Recogió la casa limpiando de cada rincón la arena escondida que sus nietos habrían traído de la playa mientras se preguntaba, una vez más, cómo habría estado todos esos años amándola. Se sentó a los pies de la que fue su cama de matrimonio tratando de recuperar el último recuerdo que guardaba de su cara y le costaba reconocer que alguna vez hubieran sido tan jóvenes.

Pasó el dedo por la tapa porosa del cofre que guardaba desde niña y releyó el papel tan cuidadosamente escrito, con las letras alargadas y sinuosas del que usa estilográfica. Un cosquilleo extraño le recorrió el estómago: en otro tiempo lo habría confundido con un síntoma de estar enamorada; con el deseo del que espera impaciente la llegada del que ama pero, en estos tiempos, sólo podía deberse a un desarreglo de los intestinos. Casi a última hora de la tarde regó el jardín de la entrada. El hibisco lucía lleno de flores naranjas y el jazmín crecía enroscando sus ramas en el balcón esparciendo su aroma dulzón por todo el patio. Todavía notaba el estómago dado la vuelta, pensó que los escalofríos se debían a andar descalza por las losetas húmedas, así que se sentó en una de las sillas de mimbre. Alargó su brazo delgado hasta alcanzar el volumen de la vieja radio que había dejado en la mesa de piedra para poder escuchar mejor el bolero que sonaba en la emisora. Al retirar la vista del aparato, delante de la verja, como una aparición, un hombre un poco más mayor que ella sujetaba una flor de hibisco al tiempo que la miraba conmovido.

Tercera semana
Eloy Serrano Barroso
Título: La hora de la siesta
Ayer, a la hora de la siesta, vino a verme Lola. Les dije a mis padres que estaríamos en mi cuarto y que no nos molestaran. Ellos me miraron con esos ojos de espanto con que últimamente me miran, como a un loco que en cualquier momento les va quemar la casa. Ya en mi habitación le conté a Lola que, siendo yo un crío, mis padres se encerraban en su cuarto para echarse la siesta, y que algunas veces, cuando ponían la radio a todo volumen, se levantaban después con los ojos tan brillantes que parecía que habían estado llorando y riendo al mismo tiempo.

Siempre era mi madre quien primero salía del cuarto, canturreando, y pasados unos minutos aparecía mi padre, que seguía su rastro. Luego se encontraban por los rincones de la casa como niños que jugaran al escondite. En esos momentos yo no existía para ellos. Mi padre le hablaba al oído a mi madre, y a veces yo podía escuchar las palabras cogidas al vuelo: “Ha estado bien, ¿eh, Rosa?” Mi madre le decía “tonto”, pero sin enfadarse, retorciéndose de risa como si unas manos invisibles le hicieran cosquillas. Yo no comprendía nada, pero entendí que había dos tipos de siesta, las siestas sin más y las siestas de “ha estado bien”.

Lola, con la cabeza apoyada en mi pecho, se rió al oírme contar esta historia, y luego nos echamos una siesta de esas, de las de ?ha estado bien?. Imaginé a mis padres sentados en el sofá del salón, como dos animalitos acorralados que no se atreven a moverse, pero no encendí la radio. Nunca lo hago, me gusta que sean siempre ellos los que tengan que subir el volumen de la televisión.

Mención honorífica
Matías Candeira
Título: El juego
—¡Hurones! ¡Las medias de la reina huelen a hurones muertos!
El hombre anciano grita eso a los inmensos muros del palacio, y después coge una piedra, la lanza contra la ventana del torreón, y se pone a correr por el jardín real. Al pasar frente al gran portón, el anciano levanta su enorme camisón blanco y les enseña el trasero a los guardias.

—¡Bastardos! ¡Opresores! —les espeta.

Los guardias lo miran, así, como diciendo: son las dos de la madrugada, por el amor de Dios. Suspiran, y le dejan cierta ventaja al empezar a perseguirlo.

El hombre anciano, entretanto, se excita muchísimo al darse un chapuzón en la fuente real, retozando, con los ojos llenos de lágrimas. Y así, poco después del baño, los guardias lo sorprenden arrancando un trozo enorme de maleza de una de esas figuras talladas en los setos. Otra obra de artesanía echada a perder, se lamentan. ¡Un bonito conejo que ya no tiene patas! Lo peor de todo es que saben, con total certeza, que no está loco.

Ambos procuran, al apresarlo, no apretar demasiado con las lanzas en su espalda, y el anciano sigue gritando improperios, mientras se ríe entre dientes. Menta a sus madres, a las madres de sus madres y a los recaudadores de impuestos. Los guardias suspiran de nuevo, lo meten en el calabozo -órdenes son órdenes- y le dejan una fuente con ciervo asado y patatitas al estilo reina Maud junto a la rejilla de los alimentos.

—Majestad —dicen, mirándolo con preocupación—, coma un poco y duérmase.

—¡Otra vez! —dice el hombre anciano—. Quiero jugar otra vez.