I Concurso El mejor final de la historia

Escuela de Escritores y el programa Hoy por Hoy de la Cadena SER os proponen esta temporada un nuevo concurso literario. Tras los Audiogramas, llega el turno de El mejor final de la historia.

Cada semana, un escritor diferente será el encargado de poner en marcha el motor de la creatividad proponiendo una frase que servirá de arranque a vuestras historias. A partir de ahí, el desafío de encontrar el mejor final de la historia es todo vuestro.


Ganador

Verónica Martín Martín
Anoche habló el Papa y me quedé estupefacto. Dejé la radio encendida hasta que el locutor dijo buenas noches y seguí quieto en la cama. ¿Y si la despierto y se lo cuento? Me preguntaba dando vueltas a las palabras del Pontífice. Acerqué mi narizota hasta su cuello y respiré al aroma a polvos de talco que aún conservaba. Duerme por fin pero si supiera lo que he escuchado, me repetía. Mis dedos rozaron la cicatriz por debajo de su vientre y se encogió sujetándose las rodillas contra el pecho y ya no pude callar más: ¿Sabes lo que ha dicho el Papa? Que no existe el Limbo. Esperé un momento para seguir hablando pero enseguida la oí llorar.

Finalistas

Patricia Martín López
Hay muchas maneras de morir. La primera vez morirás de pulmonía; eres joven y no conoces el agua. La segunda, por incauto, jugarás con niños y morirás a palos. La tercera, por inexperto, morirás envenenado a manos de tu vecino. La cuarta, por no comer veneno, será de un perdigonazo en la cabeza. La quinta, morirás atropellado en la carretera intentando llegar a algún contenedor. La sexta, morirás en el camión de la basura. Pero de todas las maneras de morir, la peor, sin duda, es la séptima.
-¿Cómo es, papá? -preguntaba el gato joven al viejo.
-Morirás sin más.
-¿Y por qué es la peor?
-Porque ya lo habrás aprendido todo.

Ernesto Ortega
Un hombre está sentado a la orilla de un río pescando. ¿Quién está pescando a quién? ¿El hombre al pez o el pez al hombre? Dejé la tiza sobre la mesa y la frase quedó flotando en la pizarra. “Para el lunes, 1000 palabras”. Mientras me paseaba, exhibiendo mi imagen seductora de profesor enigmático, sentí el aleteo de sus pestañas siguiéndome por el aula. Me recreé en sus piernas. La sirena anunció el final de la clase y los alumnos se dispersaron entre la bruma. Ella salió la última, dejando una estela de burbujas en el aire. El lunes no entregó el ejercicio. Por la tarde, me la crucé en los soportales del instituto. Un chico la estaba besando. Me sonrió y noté que me ahogaba. No me atreví a suspenderla.