I Concurso Un invierno en la playa

7 de julio, 2013

Ya tenemos los resultados del concurso de microrrelatos ‘Un invierno en la playa’, que organizamos en colaboración con RTVE. Los microrrelatos presentados a concurso se iniciaban con alguna de las frases de Raymond Carver que el protagonista de la película, Bill, un veterano novelista obsesionado con su exmujer y en sequía creativa, pronunciaba durante la escena en que presentaba el primer libro de Samantha, su hija mayor: “Oía latir mi corazón, los corazones de todos. Oía los ruidos humanos que allí hacíamos. Nadie osaba moverse, ni cuando nos quedamos a oscuras”. El autor del microrrelato ganador, ‘Expiación’, es José Agustín Navarro Martínez. Los microrrelatos ‘Nuevamente’, de Vicente Fernández Almazán, y ‘Sedatefobia’, de María Isabel Moral Corbalán, han sido seleccionados como finalistas. José Agustín Navarro disfrutará de una matrícula en el que Curso de verano 2013 en la Escuela que elija.


Relato ganador

Expiación
Autor: José Agustín Navarro Martínez
Oía latir mi corazón, los corazones de todos, sobre la proa del yate que alquilamos para celebrar que mi hija había superado su terrible enfermedad. Mi exmujer especulaba con las dimensiones de las colinas rocosas de la isla. Los abuelos exaltaban la hermosura gris de una gaviota. La jornada transcurría sin contratiempos hasta que súbitamente el mar se encrespó, los escualos se arremolinaron para escoltar la nave, un tornado amenazó con engullirnos. Entonces pensé: esto no ocurre por casualidad. Me arrodillé y pedí clemencia en balde. El cielo comenzó a rajarse. Los relámpagos adoptaron la silueta de un gigantesco bolígrafo. Desde las alturas anunciaron: “F6, tocado y hundido”.

Relatos finalistas

Nuevamente
Autor: Vicente Fernández Almazán
Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, en la línea de salida, cuando aquel hombre de mirada octogenaria leyó la bola con mi nuevo nombre… Rememoré entonces una mañana de enero de Geyperman y bicicletas y sonreí despreocupado; estaba sereno y sabía lo que debía hacer: primero dar las gracias y desnudarme; luego dejarme caer, libre de vidas anteriores, balanceándome (como lo haría Tarzán) agarrado a un cordón de carne, hasta otro quirófano, otra cama. Despertar en definitiva, sin abrir los ojillos, e intuir, aliviado, el llanto de otra madre contando, quizás, mis deditos ahora de niña…

Sedatefobia
Autora: María Isabel Moral Corbalán
Nadie osaba moverse, ni cuando nos quedamos a oscuras. A mi derecha, un débil llanto y a mi izquierda, la repetición de varias plegarias. Cerré los ojos fuerzas y oculté la cara entre mis manos. ¿En qué momento de mi vida había ido a parar a esa habitación llena de extraños, sin ventanas ni puertas por las que huir? Un fuerte pero corto pitido me obligó a abrir los ojos y a taparme los oídos. A mi derecha, silencio y a mi izquierda, más silencio. Miré a mí alrededor. ¿Por qué todos tenían un orificio de bala en la frente? ¿Por qué yo no?