II Edición de Relatos en Cadena

Una historia, un personaje, un escenario y una acción en cien palabras. El desafío de escribir un microrrelato te obliga a decir más con menos. La Cadena SER y Escuela de Escritores recompensan tu ingenio y tu creatividad con un premio a la altura del reto: 6.000 euros para el mejor microcuento.

En esta página se irán publicando los resultados semanales de Relatos en cadena.

Cada jueves, a las 10:30 en el programa Hoy por hoy de la Cadena SER, se votarán en directo los ganadores y finalistas de todos los microcuentos recibidos durante la semana.

Navega por los siguiente enlaces para acceder a la información completa de esta edición del concurso.


Ganadores mensuales

Mes: Septiembre

José Delclaux Abad
Los hilos

Los niños jugaban a atrapar la luz, dejándome de lado como siempre, agarrado a mis zapatillas negras. Qué contentos se les veía persiguiendo el reflejo por la pared. A veces de casualidad se fijaban en mí, y yo me apresuraba en esconder mi joya tras la espalda, y les observaba muy serio mientras se burlaban. Gafitas tontorrón tiene cara de melón. Pero pronto me olvidaban y regresaban a su juego, que al acercarse el final del recreo se volvía más exigente. Arriba de un salto, a pillarlo, venga. Y de nuevo abajo, chavales, de rodillas. Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito.

Mes: Octubre

Álvaro Estallo Gavín
Las verdades del lobo

La mujer que había dentro de mí se me estaba indigestando. Y presten atención porque esta parte del cuento la desconocen. Me metí los dedos hasta la campanilla tratando infructuosamente de vomitar a la abuelita. En realidad, ni siquiera tenía hambre. Pero Caperucita llegó de repente, y para disimular tuve que arroparme en la cama con ese gorrito horrible con el que me han dibujado tantas veces. El resto, todo invención de la niña. Sí, lógicamente me reconoció, pero ni cazador ni leches. Ella salió pitando con sus pasteles, y yo no les digo por donde saqué a la abuelita porque seguro que no reeditarán el cuento.

Mes: Noviembre

Jorge Daniel Romero Castillo
Alas de mariposa

Mientras me abalanzo sobre ella, pienso en un sobresaliente. En Ciencias nos encargaron capturar una mariposa. Cierro ambas manos. Noto las cosquillas de sus alas, mientras golpea aquí y allá buscando una salida. Es enorme, con unos colores preciosos, por lo que siento que ese sobresaliente está asegurado. Clavo el alfiler con cuidado de no estropear sus alas. Al enseñársela a la profesora, con los ojos muy abiertos y una expresión de repugnancia, retrocede pronunciando la misma palabra continuamente. Y aunque estoy seguro de saberme todas las especies de memoria y de haber repasado varias veces el temario, no consigo recordar qué es un “hada”.

Mes: Diciembre

Isabel González González
Dos mil páginas de amor

Ninguno terminamos Derecho. Pero es que nosotros no perseguíamos justicia sino las piernas de Marina. Juan se sentó en la última fila y yo, en la primera. Mientras él procuraba meterle mano, yo prestaba a Marina mis apuntes. La noche que los vi besándose, no pude soportarlo más y todo el peso del Derecho Romano cayó sobre el cráneo de Juan repetidas veces. Nadie quiso defenderme hasta que una mañana se abrió la puerta de mi celda. No necesité levantar la cabeza para reconocer esas piernas. A ella, estaba claro, le gustaban los chicos malos.

Mes: Enero

Manuel Merenciano
El sentido de la belleza

Al menos, para las mujeres, tiene mejor gusto. Siempre nos preocupamos por educarle el sentido de la belleza. De Platón a Schopenhauer, le inculcamos que no hay que mirar para comprender, sino para ver, que no hay que preocuparse por el hecho, sino contemplar la esencia. Pero nuestros esfuerzos resultaban baldíos. El primer animal que trajo a casa fue una boa constrictor. Luego se decantó por aquellos repugnantes escorpiones africanos. ¿Dónde vería el esplendor de la forma, la armonía, el orden? Hoy, al fin, ha empezado a demostrarnos su aprendizaje: la chica que ha enjaulado en el sótano es una rubia despampanante, verdaderamente una delicia para los sentidos.

Mes: Febrero

Felipe Antonio Borrella Vaquero
Injustificable ¿irremediable?

Él, lleno de ardor y desprecio, pensaba en el final. Llegó temprano a la Estación de Autobuses de Haifa. Optó por prescindir de la primera oración del día. A nadie debía convencer ya. Fue un creyente modélico mientras precisó ganarse la confianza de quienes pudieran proporcionarle los medios para su venganza, los mismos que utilizaban la religión para sus propios intereses. Se deleitó con la sonrisa del pequeño de aquella familia que esperaba junto a él. Ojalá subieran a su autobús, pensó. Sería reconfortante acabar sus días contemplando una sonrisa que le recordaba la de su hermano, la que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él.

Mes: Marzo

Jesús Esnaola Moraza
La mesilla

Nos revolvía el pelo con cara de contento pero aquella noche me hice a un lado y le ofrecí la mano, como los hombres. Si quería revolverles el pelo a Toni y a Clarita podía hacerlo pero yo había cumplido ya once años y, desde que murió papá, era el hombre de la casa. El tipo me miró a los ojos y me estrechó la mano. Lo acompañé a la salida y después me acerqué a la puerta entornada de la habitación de mamá y la vi semidesnuda, guardando unos billetes en la mesilla. Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños.

Mes: Abril

Elisa García García
Increíble

—¿No le regalarías también el collar? —Me preguntó el policía con sorna.
—No creo que pueda considerarse un regalo, me estaba apuntando con una pistola —le contesté tocando mi cuello vacío— intentó arrancármelo pero le dije que esperara un momento. Me lo quité con cuidado y se lo di.
—Y mientras, ¿qué hizo el ladrón? ¿No se impacientó?
—Un poco, pero le expliqué que era un regalo de un viejo amigo muy querido y prefería que siguiera intacto. Entonces él cogió el collar, lo miró detenidamente y, no se lo va a creer, pero me abrazo con todas sus fuerzas. Luego se fue corriendo.

Mes: Mayo

Manuel Sánchez Vicente
Rueda de reconocimiento

Entonces reconocí la mirada de la fotografía. Era aquel cerdo del callejón. El policía asintió con la cabeza y le dio el retrato a otro agente. “Dicta una orden de busca y captura”, le dijo. A la semana siguiente me llamaron para una rueda de reconocimiento. Me pusieron tras un cristal y entraron cinco hombres. “¿Cuál de ellos lo hizo?”, me preguntaron. Dudé un instante, pero después de examinar los ojos de todos lo tuve claro: “El de la camisa azul”. A los otros cuatro los soltaron, pero yo seguí al del jersey rojo hasta su casa. Saqué las tijeras y le dije: “¿Te acuerdas de mí?”

Mes: Junio

Enrique Mochón Romera
Infieles

Cuando viera su dibujo sobre la Inmaculada Concepción, Hakuna comprendería el verdadero significado del dogma. A mí me pasó igual con lo de la Santísima Trinidad, pero aquel fraile, con cuatro trazos, te hacía entender todos los misterios de su religión. No era como sus antecesores; había algo en sus maneras y su rostro que nos cautivaba y que le permitía lograr importantes avances en nuestra evangelización. Además, nunca se enfadaba con nosotras aunque cuchicheáramos a su espalda o riéramos hasta sonrojarle. Cada noche al ir a dormir hablábamos de él sin parar y concluíamos siempre satisfechas diciendo que nuestro Dios se alegraría mucho con su sacrificio.


Finalistas mensuales

Mes: Septiembre

Adolfo Sanz Anchelergues

El serenatero gustaba de enseñar equilibrios a las cabras. El boticario prefería el trapecio para sus piruetas mientras el tendero sacaba conejos de la chistera. Todos los trastos del circo aparecieron, una mañana, desperdigados por la Plaza Mayor. El cartel, con sus leones, sus payasos y su espectacular hombre bala, estaba en el centro. Pero no había rastro de los artistas. Con mucha cautela, poco a poco, aprendimos a manejar esos aparatos. Fuimos mejorando. Pero cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones.

Carmen Molina de la Torre
Misa de doce

Cuando el alcalde se acercó al cañón, supimos que deberíamos convocar elecciones. No era la primera vez que amenazaba con derruir el antiguo campanario. Gruesos lagrimones resbalaban por sus mejillas y paraban en su inmensa barriga, “Maruja, baja” —sollozaba— “Maruja, por dios, sal”. La mujer lo miró a través del portillo, se cerró la bata y se volvió al capellán. “Dame un beso”. Cerró el enorme portón detrás de sí y se acercó despacio a su marido, “deja eso, cariño, que te vas a hacer daño”, secándole las lágrimas lo tranquilizó con suaves palabras de amor, fueron a casa, donde desayunaron juntos, y se vistieron para la misa de 12.

Isabel González González
Hora de jugar

Y se vistieron para la misa de doce. Jadeantes y risueños después de tanto jugar. Ella se puso una falda plisada y él se sentó sobre el balón para anudarse los zapatos. En un rincón quedaron arrumbadas las cometas y las caracolas. Pero al fondo, todavía se escuchaba el rugido de los tigres. Las peleas de los unicornios. El batir de unas alas enormes como aeroplanos. Ya se disponían a salir cuando un rayo de sol penetró por la ventana. Miles de partículas danzaron en su haz. “¿A que no las pillas?”, propuso él. Y mientras las campanas sonaban, los niños jugaban a atrapar la luz.

Mes: Octubre

Beatriz Alonso Aranzabal

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, el cepillo de plata y la polvera dorada, pero aún tenían que pasar algunos años. Y, mientras, mi abuela seguiría lamentando que los duendes, o los ratones, descolocasen cada noche su tocador. Mi madre seguiría atosigando a mi padre para que ingresara en una residencia a su señora madre, que daba ya demasiadas muestras de senilidad. Y yo, el hombrecito de la casa, seguiría esperando cada noche a que todos estuviesen dormidos para entrar en la alcoba de la abuela, y jugar a ser la mujer que había dentro de mí.

Isabel González González
La dichosa abuelita

No les digo por dónde saqué a la abuelita porque seguro que no reeditarán el cuento. Y si no lo reeditan, me muero. De sobra conocen ustedes la precaria existencia de los escritores. Yo ya había dispuesto el paraíso, la manzana, etc., cuando de repente, tras unos arbustos, descubrí a la dichosa abuelita. Allí estaba, tejiendo y mirando por encima de sus gafas para controlar cada movimiento de la pareja. ¿Se imaginan si llega a entrar en acción? No les digo por dónde la saqué del versículo. Pero sí, que la serpiente me quedó más gorda de lo previsto.

Mes: Noviembre

Manuel Sánchez Vicente
El domador

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto después de servirle como aperitivo unos tigres de bengala, así que tuve que imponerle un régimen a base de payasos, pero el maquillaje le sentaba fatal y los regurgitaba. Opté por darle de comer trapecistas, ricos en proteínas y cero en grasas. Una vez al mes le permitía un banquete de elefantes o rinocerontes, aunque los hipopótamos los tenía prohibidos en su tabla de calorías. Se le quedó un tipín tan fino que mudó de piel, me abandonó y se hizo actriz. Nunca pude domarla del todo. Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora.

Mario González Gómez
Ella me corroe

Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora; aunque en tiempos tuvo que nutrirse de la basura del extrarradio, de desperdicios como yo. Pero nunca la he olvidado, eso es algo con lo que seguro que no cuenta. Desde hace años, desde que me dejó, la sigo; la observo, oculto en las sombras, con el ansia y los celos comiéndome las entrañas. La he visto entrar acompañada en cientos de hoteles, decenas de casas; y la he visto salir, siempre sola. Como ella me dejó. Pero hoy todo se acaba. Su vida. Mi obsesión. Ahí sale. La navaja tiembla en mi mano, mientras me abalanzo sobre ella.

Mes: Diciembre

Valentín Varillas Fernández
Cosas de mayores

—No consigo recordar qué es un “hada”, no.
—De acuerdo. Siguiente pregunta: Tararee reconociblemente la sintonía de Pipi Calzaslargas (la de la serie, por supuesto).
—¿De quién?, pero bueno, esto es inaudito…
—De momento, no va muy bien la cosa para usted, para qué le voy a engañar: ¿De quién es propiedad Pikachu? ¿A qué saben los mocos?
—Pero, ¡qué clase de preguntas son éstas para una oposición seria! ¿Cómo puede un juez de renombre como usted plantearme semejante tomadura de pelo?
—Oiga, oiga, que yo sepa, nadie le ha obligado a opositar para juez de menores… Si no tuvo usted infancia, oposite para registrador.

Victoria Trigo Bello
Fin de fiesta

“Si no tuvo usted infancia, oposite para registrador. Queda visto para sentencia”. Nos moríamos de risa cuando Damián se ponía la toga de su padre para escenificar tontadas así, que cerraba con un golpe de zapato sobre la tabla de cortar embutido. Siempre que se quedaba solo nos invitaba a merendar. En su casa había tocadiscos, tabaco rubio y whisky de marca. Un día, en plena actuación con la toga mientras las chicas gritaban “¡protesto, protesto!” de pie en la mesa y el sofá, llegó su padre. Aquella bofetada fue un latigazo para todos. Ninguno terminamos Derecho.

Noelia Molanes Costa
Gusto renovado

A ella, estaba claro, le gustaban los chicos malos y yo era el tipejo más lánguido y malhumorado de todos. Se casó conmigo pletórica, bella, angelical… Ella creía que podía cambiarme y yo desee que pudiese conseguirlo. Pero ni esa pueril esperanza ni mi torpe amor consiguieron esquivar la tristeza de nuestro matrimonio.
Y ahora la veo en el salón, tan radiante como siempre. Charla con otra bonita mujer. Acaricia su alianza y desea desgastarla, que desaparezcan estos años, mi amargura, el dolor. Coquetea, acomplejada, apenas recuerda cómo se hace. No sabe que la observo desde lejos, todavía orgulloso: al menos, para las mujeres, tiene mejor gusto.

Mes: Enero

Noelia Molanes Costa
Perdón tardío

“Verdaderamente una delicia para los sentidos, hijo”. Me dijiste mientras tu mano caía cálida sobre mi hombro, apretándolo suavemente. No hubo expresión de repugnancia en tu rostro. Tampoco te burlaste de mi aspecto. Ni siquiera te retocaste el carmín al probar el guiso. Estabas cambiada.
Me pediste permiso para ver a tu nieto y lo estrechaste contra tu regazo. Acunándolo, tierna, como la Luna, sentí que me desvanecía en un sueño recordando ese lejano vaivén de tus brazos. No hubo reproches. Sólo perdón y nostalgia.
Comimos. Reímos. Y te marchaste. Llevándote mi alma en tu sonrisa.
Después llegaron dos policías. Querían comunicármelo. Llevabas muerta cinco días.

Christian Fernández Alonso
Botas de montar

Llevabas muerta cinco días, Sandra. Los mismos que permanecí día y noche frente al portón del cuartel hasta que el Comandante Arenas por fin se dignó recibirme. Se mostró amable y comprensivo. Hasta me ofreció un café, o un vaso de agua o lo que yo quisiera. Me dijo que no tenía de qué preocuparme, que tu detención era pura cuestión de trámite. Cosas de jóvenes. Que sólo te harían unas preguntas por lo de la huelga y que pronto estarías en casa. Llevaba botas altas hasta debajo de la rodilla. Lustrosas, impecables. Salvo quizás, por esa casi imperceptible gota de sangre seca.

Mes: Febrero

María Huertas Ruiz García

Salvo quizás por esa casi imperceptible gota de sangre seca, el traje había quedado impecable. Se sentía seguro, radiante. Se perfumó y se miró en el espejo por última vez. Tomó un taxi y, en pocos minutos, se encontraba en medio de una sofisticada fiesta. Con una copa de champagne en la mano, buscó un lugar estratégicamente discreto y se dispuso a mirar. Entonces… la vio… Elegante, morena, madura, con la mirada perdida. Sin dudarlo, se acercó a ella, y, con exquisita galantería, le pidió un baile, que aceptó encantada. Mientras bailaban, ella, bebida, hablaba, sonreía y se dejaba abrazar. Él, lleno de ardor y desprecio, pensaba en el final.

Victoria Trigo Bello
El viejo del quiosco

La que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él era marrón. La que llevaba puesta cuando fue devorado por los cocodrilos era azul. La que había estrenado la víspera del incendio era roja. El viejo del quiosco embobaba a los críos del barrio con aquellas aventuras del héroe de la gorra, un personaje que se moría sólo de mentiras. El último día de curso fuimos a comprar refrescos, pero el quiosco estaba cerrado. En la puerta había una gorra negra.

Mes: Marzo

Andrea Alfaro De Julián
La prohibición

En la puerta había una gorra negra. Cada vez que había algo colgado, mi hermano y yo no podíamos entrar en casa. “Ni se os ocurra” había dicho mi madre.
Algunos días colgaban boinas, otros, gorros de trabajo o sombreros elegantes de colores oscuros, a veces, con una pluma… Mi hermano y yo los cogíamos y jugábamos simulando ser distintos personajes. Si oíamos pasos, los volvíamos a colgar en su sitio, porque después siempre salía un hombre que se ponía nuestro disfraz y nos revolvía el pelo con cara de contento.

Victoria Trigo Bello
Junto a la lavadora

Cerré la puerta despacio, sin hacer ruido. Raquel se había quedado dormida con la cabeza entre los brazos, sin apenas probar la comida. Seleccioné la temperatura y el programa, puse detergente en el cajetín y dejé a mano el suavizante. Ella trabajaba mucho y yo, en cambio, vivía como un rey. “¡Qué pocas ganas tienes de encontrar empleo!” me decía cuando nos enfadábamos. Cuando despertara, ya estaría todo hecho. Seguro que le alegraba que yo me ocupara de algunas tareas. Pero en el centrifugado abrió los ojos, vio la correa junto a la lavadora y me preguntó alarmada: “¿Dónde está el perro?”

Ignacio Hormigo de la Puerta
Yo, que velo por ellos

Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños. No logro comprender a estos padres modernos; mucho colegio de pago, mucha clase de ballet y videoconsolas de última generación pero, cuando se trata de dispensar unos cuidados mínimos a sus propios hijos, su dejadez no conoce límites. Fui yo quien tuvo que meterlos en la cama, quien los arropó y les leyó un cuento hasta que se quedaron dormidos. Sabía que, una vez más, mis desvelos no serían recompensados; al final, los padres seguirían siendo los héroes y yo sólo un monstruo. Triste y cabizbajo, volví a meterme en el armario y cerré la puerta despacio, sin hacer ruido.

Mes: Abril

Rafael Bravo Arrizabalaga
El perro

“¿Dónde está el perro?”, fue lo primero que preguntó al llegar a casa después de pasarse veinte meses en la cárcel. Nada de qué tal estás cariño o qué guapa te veo. Lo primero el maldito perro, como si no hubiera en el mundo nada más importante. Y cuando le dije, enfadada, que bastante trabajo había tenido para salir adelante sin ayuda de nadie como para ocuparme además del piojoso perro, y que se lo había regalado al primer vagabundo que pasó por la puerta, se puso a gritar como un loco: “¡Y el collar! ¿No le regalarías también el collar?”.

Laura Roullier
Encargo inesperado

Luego se fue corriendo. A pesar de que temía dejar el taller sin vigilancia, opté por perseguirlo; no se ven criaturas como esa todos los días. Tras unos cuantos minutos de carrera, cuando mi corazón empezaba a desbocarse, el ser frenó en seco. Contemplándome a través de sus enormes ojos naranjas me preguntó si era mecánico, a lo que asentí con la cabeza. Uno de sus tres dedos señaló la enorme, destrozada nave espacial del fondo y tragué saliva. Lo mejor sería ir a por el destornillador.

Mes: Mayo

German Michoa Pinilla
Recuerdos

—Lo mejor sería ir a por el destornillador —susurró mi hermana para que nuestro padre, que dormitaba como un viejo dictador olvidado, no nos oyera.
Cuando abrió aquel misterioso cajón, que nuestra madre siempre tuvo cerrado mientras vivió, nos encontramos una fotografía de un soldado y varias cartas.
—¿Es de la familia este soldado? —pregunté porque me resultaban conocidas aquella mirada y las suaves líneas de aquel atractivo rostro.
—No. Que yo sepa no tuvimos a nadie en el bando republicano —contestó mi hermana mientras leía las cartas.— Parece que era un antiguo novio de mamá.
Mi hermana me miró emocionada. Entonces reconocí la mirada de la fotografía.

José Antonio Martínez de Madrid
Doble equivocación

—¿Te acuerdas de mí?
—¡No me jodas! ¿Esa era la contraseña? ¿A quién se le ocurrió?
—A quién va a ser, a Nuño.
Tomamos un sorbo de café y volví a preguntar:
—¿Tú no le conocías?
—Yo no le recuerdo de nada. ¡Ese tío me dio la contraseña, le solté el sobre y me largué!
—¿Lo sabe Joseba?
—No, eres el único al que se lo he contado.
Ese fue el momento en que saqué el arma de la mochila y le pegué dos tiros.
Llovía afuera y yo sin paraguas.

Mes: Junio

Agustín de las Heras Martínez
El arca

Llovía afuera y yo sin paraguas. Desde mi ático acristalado esperaba que escampara pronto, pero pasadas tres horas el agua ya alcanzaba el segundo piso. Estaba asustado, solo en casa. Fue entonces cuando lo vi. Por mitad de la avenida, en la proa de una enorme barca, venía un señor con una barba blanca. A su lado, decenas de animales emparejados. Cuando pasó a mi lado, vi a mi mujer asomada a la barandilla. No iba sola. Un adonis diez años más joven que ella iba a su lado. Entonces, lo comprendí. Era mi diluvio, pero no mi barca.

Germán Michoa Pinilla
Venganza bíblica

Era mi diluvio, pero no mi barca. En su lugar alguien había dibujado un anacrónico submarino que navegaba y superaba sin dificultad la ira de Dios.
-López, este sacrilegio le va a costar caro -rugió el padre Anselmo.
No me atrevía a mirar su rostro enfurecido pero podía sentir perfectamente en mi piel lo que me iba a costar aquella barrabasada. Miré alrededor en busca de algún compañero que me ayudara a explicar lo ocurrido. Sólo encontré aterradas cabezas agachadas menos la del Rana que me dirigía una satisfecha sonrisa vengativa. Yo también le sonreí pensando en su sorpresa cuando viera su dibujo sobre la “inmaculada” concepción.