I Edición de Relatos en Cadena

Una historia, un personaje, un escenario y una acción en cien palabras. El desafío de escribir un microrrelato te obliga a decir más con menos. La Cadena SER y Escuela de Escritores recompensan tu ingenio y tu creatividad con un premio a la altura del reto: 6.000 euros para el mejor microcuento.

En esta página se irán publicando los resultados semanales de Relatos en cadena.

Cada jueves, a las 10:30 en el programa Hoy por hoy de la Cadena SER, se votarán en directo los ganadores y finalistas de todos los microcuentos recibidos durante la semana.

Navega por los siguiente enlaces para acceder a la información completa de esta edición del concurso.


Ganadores mensuales

Mes: Septiembre

Raúl Gil Benito

“Lo siento. Hicimos lo que pudimos. Esta muerto”. No hay un solo día que no recuerde las palabras resignadas del médico. La vida es tan frágil y secundaria, como los hilos blancos que tienen los trajes, recién salidos de la tienda. Como una barra de incienso que se va convirtiendo, lentamente, en ceniza y cae, de repente, cansada de aguantar su propio peso. Lo peor es la sensación de impotencia. El dolor provocado por no llegar a tiempo. No sé si os pasa, pero yo nunca logro evitar que los restos de ceniza manchen la madera del mueble del comedor.

Mes: Octubre

Víctor González Izquierdo
Las verdades del lobo

En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos. Mi novio giró sobre los talones hasta que su espalda se recortó sobre la ventana. Su madre se miraba la manicura francesa mientras su padre buscaba una inexistente mota de polvo en los zapatos charolados. Mi madre gimoteaba bajito y mi padre parecía a punto de estallar, pero yo lo impedí.
─Vámonos, aquí ya no nos une nada ─mentí.
Salí con las manos tranquilizadoras sobre el run run de mi regazo. Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo.

Mes: Noviembre

Julián García

—No, así es el infierno.
—Pues no me gusta. Me casé contigo para ser feliz no para terminar en el infierno. ¿Estás seguro que no podemos meter un ventilador?
—Segurísimo, aquí se viene a pasarlo mal.
—Pues yo con el calor no puedo, bien lo sabes, que no sé de qué han servido estos cuarenta años juntos. ¡Al final me voy a morir de un sofoco!
—Pero mi vida, ¿no te das cuenta?, si estamos en el infierno es porque ya estamos…
—Calla, calla, déjate de monsergas. Diles a estos señores que o nos dejan meter un ventilador o yo me vuelvo con tu madre.

Mes: Diciembre

Claudia Munáiz

“De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable. Tú ve preparando los bocadillos para que se cebe el niño”, piensa el hombre mientras espera a que se llene el recipiente. Después mira a su hijo, una bola de diez años que se pasa el día comiendo. “Encima le ponemos piscina”, murmura irritado. Sin pensarlo, coge la aguja, la clava y ve como se vacía lentamente emitiendo un silbido estridente, arrugándose como un fantasma abducido por sí mismo. “¡Ya está llena la piscina, qué bien!”, exclama la mujer. “¿Dónde está el niño?”, añade.”Ni idea”, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado.

Mes: Enero

David Reche Espada

No funcionó. Horas después el tipo con cara de imbécil, corona de plástico y caballo de cartón seguía junto a la charca, escrutando bajo los nenúfares, intentando localizarme. Después de pedir auxilio durante años por fin apareció alguien, pero no quien yo esperaba, sino un loco reglamentario que me pilló despistada, dándome un asqueroso y sonoro beso en los labios. Por Dios, qué asco. Aterrorizada pude escapar de un salto y ocultarme tras los juncos, esperando que se cansara y se largara de allí. Pero las horas estipuladas al caso pasaron y no pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando.

Mes: Febrero

Beatriz Olivenza Bernardo

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando, sonriéndose, burlón. Yo tenía los ojos clavados en mis zapatos, a varios centímetros del suelo. Los segundos pasaban arrastrándose, eternos. Entonces ocurrió el milagro. Alguien gritó: “¡Alfredo!”, y el imbécil sonriente se volvió, y yo comencé a volar en mi columpio. Ocurrieron tantas cosas: fui hechicera en la alfombra mágica, y hada surcando el aire, y princesa sobre el dragón. Entonces volví a sentir sus ojos fijos en mí, y me vi en ellos como me veían todos: feúcha, miope, torpe. Sonó el timbre, bajé del columpio. Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo.

Mes: Marzo

Felipe Antonio Borella Vaquero

Abrumado por tanta responsabilidad, el animal había huido. Parecía intuir que el destino ponía en su mano la posibilidad de pasar a la historia. Y parecía renunciar.
El mayoral comenzaba a impacientarse. Sus hombres estaban quedando en ridículo delante de aquel empresario, que ya no disimulaba sus risas ante la incapacidad demostrada para encerrar al astado. Mientras, otro toro se había ido acercando mansamente, introduciéndose en los corrales. Al percatarse, el empresario preguntó:
—Y ese, ¿cómo se llama?
—¿Ese…? Islero. Pero no es toro para tan importante plaza.
—Me vale. No tengo todo el día.
Y, rápidamente, se introdujo en el coche diciendo:
—¡Niño, tira pa’ Linares!

Mes: Abril

Estefanía Morán

Se lanzará desde el trapecio. Correrá a través de la raíz cuadrada, sintiendo como el aliento de la malvada hipotenusa se le acerca hasta casi atraparlo para siempre. En un intento vano por despistarla llega al abismo de la derivada. Se siente acorralado, pero no, encuentra una salida en la división y vuelve a escapar deslizándose por ésta. El número Pi se salva y llega hasta el infinito. Pero…
—Andrés, ¿me escuchas?
—Sí, maestra.
—Muy bien, continuemos. Si un tren sale de Madrid a las ocho de la mañana y otro de Barcelona a las diez…
La malvada hipotenusa capturó a Pi.

Mes: Mayo

Mauricio Ciruelo Gutiérrez

—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.
—Estamos soñando —sentenció Miriam, su hermana mayor.
—Creo que deberíamos volver al colegio —insistió Ana.
—En los sueños no hay colegio.
Ana sonrió y se acercó al borde de la azotea.
—Entonces, ¿crees que puedo volar?
—Por supuesto hermanita, es lo que trato de explicarte.
—Pero parece tan real.
Miriam arrancó una hoja de su cuaderno y se la mostró a Ana.
—En los sueños no se puede leer ni el propio nombre. ¿Puedes leer aquí el tuyo?
Ana negó con la cabeza, extendió los brazos y saltó. Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado.

Mes: Junio

Mikel Ruiz Ruiz

“Ni idea”, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado. Se rasca la cabeza, mira a su esposa y, encogiéndose de hombros, sentencia: “supongo que será un saliente de la tubería de drenaje”. Saca de dentro la sonrisa con que la conquistó en la cola del supermercado hace ya veinte años y continúa: “No te preocupes, lo tapo y ya termino yo de pasar el cortacésped”. Mientras su mujer se aleja hacia la puerta de casa el hombre entierra el saliente del casco de motorista con la punta del zapato. Le gusta pensar que tiene un ejército de terracota bajo su jardín.


Finalistas mensuales

Mes: Septiembre

Raimon de Gracia Serrano

Trepé al castaño y observé sin pestañear aquella figura encorvada que estaba cavando una zanja sin ninguna prisa. Caía la tarde cuando terminó su tarea, un hoyo del tamaño de un hombre. Se giró y, sin levantar su cabeza cubierta por un oscuro sombrero, se dirigió hacia mi árbol y se sentó con la espalda contra el fornido tronco. Asustado e inmóvil entre las ramas, oí el quejido de una piedra afilando un metal. Sólo era un niño aterrorizado en la noche que quería volver a casa. No sé como tuve fuerzas para arrastrar el cuerpo y cubrir el agujero.

Ruth Bozal Callejo

No sé cómo tuve fuerzas para arrastrar el cuerpo y cubrir el agujero. El elefante era mucho más grande que yo. Su piel grisácea, sucia y rasposa, a causa de la mala vida que había llevado, complicaba más el trabajo. Decidí cambiar de táctica y remolcarlo tirando de las orejas. Una vez trasladado, había que sentarlo contra la pared. Lo conseguí estirando la trompa desde el lado contrario. Toby me miraba relamiéndose el yeso del morro. Se abrió la puerta y apareció mi madre: “¿Qué estás haciendo?”. Yo sólo había regañado a Toby, pero mamá le pegaría. El ojo-botón del elefante estaba medio caído. “Lo siento, hicimos lo que pudimos. Está muerto”.

Suso Morat Sepúlveda

“No sé si os pasa, pero yo nunca logro evitar que los restos de ceniza manchen la madera del mueble del comedor”. Fue la frase más estúpida que jamás salió de la boca de mi cuñada. Y ni tan siquiera sirvió para devolver la normalidad a la velada. En ese instante, todos supimos que jamás volveríamos a vernos.

Mes: Octubre

Yaiza Alvarado Cotrina

Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Nuestras ropas de carnaval improvisado atrapaban las miradas en la noche de los que se acercaban buscando… Me temblaba el cuerpo, y no podía dejar de mirar a mi madre, un rostro demacrado por la adicción, mientras apuraba un cigarrillo, “es el momento, a partir de ahora no hay sentimientos”, pensé. Y como si me estuviera leyendo el pensamiento, mi madre, tocándome el hombro, me dijo: “ése viene a por ti”.

Ana Belén Sánchez Sánchez

Ése viene a por ti, susurró Vladimir al oído de Eva, una hermosa niña rubia, cuatro años menor que él. Desde que sus padres le abandonaron en el orfanato, había desarrollado un olfato especial para detectar el interés de quienes visitaban el centro. Siempre en la misma posición, pegado en la pared, como si un pelotón de fusilamiento fuera a descargar sus balas en su endeble cuerpo, había experimentado la indiferencia de decenas de parejas que habían desfilado ante él. Nadie parecía verle, pero ya se había resignado. Eva le apretó el brazo. Hasta siempre, Vladimir.

Begoña Piñán Pontigo

“¡Hasta siempre, Vladimir!” dijo mamá cuando el primer montón de tierra cayó sobre la caja y mi hermano y yo redoblábamos nuestros sollozos. La abuela, que había sido la última en aceptarlo, porque decía no entenderlo, parecía serena. Estaría recordando años de compañía, complicidad y lenguaje común o, tal vez, los últimos días, llamándola desde su cama, las miradas lastimeras o los maullidos leves cuando ella acudía y, pegando la mejilla a su lomo, le preguntaba: \”¿cómo estás, Vladimir?\”. Ahora, miraba el hueco que se llenaba de tierra. Ya temblaba cuando se volvió hacia mi hermano preguntando “¿cómo se llamaba?”.

Mes: Noviembre

Gabriel de Biurrun Baquedano

—¿Cómo se llamaba?
—No es necesario que me hables de usted. Me llamo Mario.
—¿Y yo? ¿Cómo me llamaba?
—Te llamas. Todavía te llamas Isabel. Y eres mi mujer. Siéntate y come.
—¿Esto me gustaba? ¿Qué era?
—Sí. Te gustaba. Te gusta. Es sopa.
—¿Comía siempre ahí enfrente?
—¿Quién?
—Usted.
—Siempre, Isabel. Siempre como aquí enfrente. Delante, a tu lado. Siempre.
—¿Y me quería?
—¿Quién?
—Usted.
—Te quería. Sí. Te quería, Isabel.
—¿No usas ahora el presente, Mario?

Miguel Pérez Castellano

—¿No usas ahora el presente, Mario?
—¿Para qué? No hay presente y sin presente no hay futuro. Lo único que tenemos es el pasado. Lo mejor es acostumbrarse.
—No sé si podré. Aún los veo. Veo a mi hermano riendo en el parque, a mi madre llorando en la cocina. ¿Cómo puedo hacerlo?
—Lo harás, simplemente lo harás. Un día no sentirás nada al verlos. Será como ver una película que ya has visto. Serán como fantasmas que deambulan por la casa, por la calle.
—No quiero acostumbrarme. No son ellos los fantasmas, somos nosotros.
—Así es el limbo.
—No, así es el infierno.

Mes: Diciembre

Ruth Bozal Callejo

—Diles a estos señores que o nos dejan meter un ventilador o yo me vuelvo con tu madre.
—Norma, querida, mi madre te odia.
—¿Es que no lo entiendes? ¡Esa escena hará de mí un mito!
—No necesitas un golpe de aire obsceno para eso.
—Para ti es fácil, Arthur. Cuando mueras tu obra permanecerá escrita. Yo, sin cuerpo, no seré nada. Joe me entendería.
—Quedará el celuloide.
—No, las películas pasan de moda. Como los cromos. ¿O qué crees que es un remake? Me olvidarán. No quiero morir y quedarme sola.
—Tranquila, visitarán tu tumba.
—Joe sí. Prometió llevarme rosas.
—Yo te llevaré un ventilador.

Beatriz Olivenza Bernardo

Yo te llevaré un ventilador. Y una bebida fresca. Tú sólo sabrás quejarte del verano.
Lo instalaré todo sobre la mesita plegable. Te asombrará mi solicitud. Cuando las aspas empiecen a moverse, la brisa te revolverá el pelo mojado. Te sabrá a gloria, el refresco. No me lo dirás. Para qué. Qué ridículo estarás, en bañador, chapoteando. Me resultará fácil darle un manotazo al ventilador. Más me costará llamar a urgencias llorando. Mi marido, ay, mi marido. Qué esfuerzo, contener la risa.
Sí, definitivamente, te sacaré el ventilador a la terraza esta misma tarde. De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable.

Mes: Enero

Lola Sanabria García

“Ni idea”, responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado.
─Seguro que han sido los niños. ¿Y ahora qué hacemos?─, dice la mujer mirando muy seria la cabeza deshinchada del pato.
─Que se quede en casa.
─¡Cualquiera se lo dice, con el genio que tiene!
─Créeme. Es mejor que se quede en casa.
─Yo no le digo a mamá que no puede venir con nosotros a la playa.
─En ese caso, yo me ocuparé.
─¿Cómo?
─Entrará conmigo en el agua-, dice el hombre sin dejar de sonreír.
─Tal vez sea mejor que se quede en casa.

Patricia Esteban Erles

“Tal vez sea mejor que se quede en casa”. Clara lo dice sosteniendo entre sus brazos la iguana que los anteriores inquilinos olvidaron dentro del armario del dormitorio. “No”, quiero decirle, mientras ese dinosaurio en miniatura me mira como un cíclope rencoroso. Pero entonces recuerdo aquella habitación de hotel y la sonrisa triste de Clara cuando le conté lo de mi vasectomía. Me callo lo de llamar a la protectora y trato sin mucho éxito de imitar aquella sonrisa. Cuando Clara besa la cresta de ese animal repugnante me doy cuenta de que ya echo de menos a mi ex mujer y a mis hijas.

Isabel González González

Me doy cuenta de que ya echo de menos a mi ex mujer y a mis hijas. Y es que mi ex mujer y mis hijas son insustituibles. Amanda era trapecista y las niñas se dedicaban al contorsionismo. Yo, sin embargo, soy un simple tragasables. Aquella tarde, cuando llegué a casa, las encontré enfurruñadas. “¡Nosotras también queremos ser tragasables!”, exigieron. Sobra decir que traté de disuadirlas. Ellas estaban empeñadas en que por mucho que volaran sin red o se retorcieran, nunca podrían despertar la misma fascinación que ‘El gran Devorador de Acero’. Qué otra cosa podía hacer. Extraje las espadas de su funda, les di las instrucciones precisas y las hice arrodillarse sobre la alfombra. No funcionó.

Mes: Febrero

Carlos Peña Caballero

Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. Los empujé apresuradamente al salón donde nos reuníamos los maestros y cerré las puertas. La primera bomba había caído en el pasillo principal, así que tuvimos que entrar por la parte trasera. Los niños, atemorizados, buscaban refugio entre mis brazos. Ahora, que no soy más que un viejo asustado ante la sombra de la muerte, vuelvo a escuchar los gritos de aquellos niños en mis paseos por las calles de Guernica, donde dicen algunos que, a la hora de la siesta, todavía algunas veces huele a sangre.

Ana Pino

Todavía algunas veces huele a sangre.
—Te quiero —le digo cuando esas noches de luna llena llega tarde, casi al alba. Él se tumba a mi lado con un gruñido. Esos días no me habla, me evita deliberadamente y aún así le espero despierta hasta que aparece al amanecer, cansado y rugiendo. Oliendo a sangre.
—Te quiero —insisto.
Pero él me aparta con excusas.
—No —dice— No, cariño.
He decidido que mañana le seguiré hasta el parque donde va a buscarlas (¡a esas jovencitas golfas!).
Voy a seguirle y no dejaré que sepa que soy yo.
No hasta que por fin me haya mordido.

Mes: Marzo

Mª Luisa Masip Fernández de Liencres

No hasta que por fin me haya mordido, decía Cleo, sujetando fuertemente aquella culebrilla que habíamos encontrado en el río.
Era una calurosa tarde de verano y nos encontrábamos sentadas al borde del agua.
En el colegio nos habían explicado la historia de Cleopatra, reina de Egipto y nos había impresionado mucho enterarnos de que se había suicidado haciéndose morder por una cobra.
Las dos sabíamos que las culebras de río son inofensivas, pero a mí me daba un poco de grima.
La serpiente se le escurrió de entre los dedos y buscó cobijo bajo una piedra. Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán.

Isabel González González

Cleo la levantó y allí la esperaba el alacrán. Era inútil desafiar al destino. Se sentó en la piedra y expuso sus tobillos al aguijonazo. Sin aspavientos. De todas formas, ella ya era una anciana. Había sobrevivido a dos guerras y a siete partos. No todos sus hijos crecieron. Aquel hombre nunca supo de su amor. Tantas veces se transformaba la semilla en fruto, tantas veces la tierra devoraba inocentes que ya nada la sorprendía. Estaba cansada. Quería que los huesos no dolieran. Olvidar. Reunirse con los suyos. Por última vez aspiró el olor a espliego. Pero la picadura no llegó. Abrumado por tanta responsabilidad, el animal había huido.

Mes: Abril

Irene Álvarez Lata

—¡Niño, tira pa’ Linares!
Se escondía entre la hierba y volvía a gritar.
—¡Que no hay nada que ver!
Aquel niño bajaba la cabeza y seguía el camino de barro que conducía a su casa. Los árboles alargaban su sombra hasta que se mezclaba con las hojas secas y ruidosas del suelo. Aquel niño caminaba sin prisa. Nadie le esperaba en la puerta, ni en la verja oxidada. Su madre se quedaba atrás, entre arbustos espinosos, regalando su flor marchita a cualquier abejorro con el aguijón bien afilado. Aquel niño guardaba el secreto de que la primavera es triste. Aquel niño era yo.

Pilar Paredes García

Aquel niño era yo. Me reconocí en el reflejo del charco y seguí corriendo asustado. El dragón corría como un relámpago. ¡Mamá! quise gritar pero mi voz se ahogó en la garganta. A mis pies se extendía un camino sin fin, una pesadilla. Empezó a llover. Miré atrás y le vi rugir. Escuche la llamarada. Un zarpazo en la espalda me sacó del sueño. Sentada en la cama estaba mamá que abrió sus fauces enfadada. ¿Otra vez?, ya eres mayor. Las sábanas estaban mojadas y no era sudor. Aterrorizado cerré los ojos con la esperanza de volver al sueño. Mejor el dragón que mamá.

Sara Pinto Herranz

Mejor el dragón que mamá. Sin duda sería mucho más espectacular. Pero nada, no hay quien la convenza. Lleva ya cinco semanas preparando el número y no le quitamos la idea de la cabeza. El dragón está un poco ofendido, todo hay que decirlo; pudiendo hacerlo él, no se explica qué pinta mi madre en todo esto. Mañana es la primera función y lo tiene todo listo: alas de metacrilato, un poco de queroseno para escupir y un par de kilos de escamas de purpurina verde. Por su bien y el de la familia espero que no provoque ningún accidente. Se lanzará desde el trapecio.

Mes: Mayo

Blanca del Mar García Martínez

La malvada hipotenusa capturó a Pi. Y justo en ese momento Andrés despertó sobre el libro de matemáticas. Miró el reloj y descubrió que quedaban tan sólo quince minutos para el examen. ¡No llegaría a tiempo! Oyó un pitido y se despertó en su cama. Apagó el despertador asimilando que había sido un sueño. Tenía dos opciones: levantarse a repasar o dormir una hora más. Pensó que se lo sabía bastante bien y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir se vio en medio de la clase de filosofía.
—Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana.

Jesús Arribas Navarro

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado.
—¿Qué llevas ahí, Miriam? —dijo la maestra mirando por encima de sus gafas.
—Nada.
—El que nada no se ahoga. Venga, enseña a la clase qué llevas ahí.
Miriam desplegó el dibujo a la vez que sus mejillas se iban sonrojando.
—¡Es un culo! —dijo Pedrito el ”mellao” desde el final de la clase.
Todos empezaron a reír y a burlarse de ella, incluso Miguel. Que ignorante de él, no sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor.

Mes: Junio

Sara Pinto Herranz

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, ni que era yo quien metía sus cromos de fútbol preferidos en el buzón. Tampoco mis padres lo sabían, ni mis tíos. Nunca se lo dije a nadie, lo nuestro era imposible. Me conformé con ser su confidente; ahuyentaba a las niñas que siempre andaban revoloteando. Hasta que la conoció. Recuerdo el primer día que me los encontré juntos. Aquella mosquita muerta me observaba con pretendida candidez mientras yo le clavaba los ojos. Lo vi claro, con esta no podría. Y entonces él, con esa sonrisa radiante y mirándola embobado, me presentó: este es Rafa, mi primo.