I Concurso cruel de relato breve (Ganador “El malo”)

Al final del túnel

Autor: María del Carmen Guzmán Ortega

Otra tarde de domingo. María, como otras muchas tardes domingueras, se encuentra en la estación, y como muchas otras tardes espera ilusionada la llegada del exprés. Pero hoy no es exactamente igual; ha ocurrido un hecho insólito: un lujoso convoy se ha detenido en el pobre apeadero.

María, obediente a su impulso, sube al tren y lo recorre de parte a parte. Gente de toda edad y condición ocupan sus departamentos. Curiosamente no se trata de personas distinguidas como ella había supuesto, sino humildes, al menos la mayoría. Los hay jóvenes y viejos, ricos y pobres, guapos, feos, gordos y flacos, y hasta niños. Todos tienen algo en común. Tristeza. Una gran tristeza se refleja en los rostros de los pasajeros. Algunos sollozan en silencio. Otros suspiran. Se ignoran entre sí. Están inmersos en su desolación. Nadie habla. En su recorrido por el tren, María encuentra un departamento vacío, entra y se sienta.

El tren inicia su marcha.

Un hombre de edad indefinida entra en el departamento. Su porte inspira confianza y serenidad. Es alto y bien parecido. Luce una cuidada barba que empieza a tornarse gris.

—Buenas tardes, María.
—Buenas tardes, señor ¿Cómo sabe mi nombre?

El hombre sonríe y no responde. Extrañamente, ella no espera respuesta. Algo en su interior le dice que este hombre sabe muchas cosas sobre ella. Él le ofrece su mano y ella la estrecha. Es una mano grande, cuidada, cálida y amistosa mano de caballero.

—¿Puedo sentarme a tu lado?
—Sí. Pero… ¿quién es usted?
—Soy… parte de ti. Soy algo así como tú misma.

María no pregunta. Se debate entre la seguridad y la extrañeza. Ella sabe que él sabe. Vislumbra la verdad. Charlan como viejos amigos y el tiempo transcurre sin sentirlo pasar.

El hombre posee una gran cultura, sabiduría y agradable conversación. María se vuelca en confidencias. Le habla de su pueblo, de su cortijo, de su campo y de su soledad. Le cuenta su huída del terruño, sin saber adónde huye, y que a pesar de todo no le pesa ni se arrepiente. Se siente relajada, llena de confianza y no añora lo dejado atrás. Mira a través de la ventanilla. El tren parece correr a una velocidad endiablada. Los árboles, las montañas, las estaciones, las barandillas de los túneles y hasta las nubes, pasan por delante del pequeño marco de la ventana como una película proyectada a toda velocidad.

—Ven —dice el hombre— voy a presentarte a los demás viajeros.
—Sí, sí, por favor. Me encantaría.
—Mira. Esa señora se ha quedado viuda. Aquel hombre acaba de salir de la cárcel y nadie quiere darle trabajo. Ese niño se ha escapado del hospicio. Aquella viejecita está muy enferma. Esa muchacha fue violada en un parque. Ese chico intentó suicidarse porque su novia lo dejó por otro chico. Todos ¿sabes? todos huyen. Absolutamente todos los que han subido a este tren buscan un cambio en sus vidas. Todos corren hacia la libertad, la paz, el amor y la felicidad.

El tren cada vez corre más deprisa. El paisaje ya no se percibe. Tan sólo una ondulación del aire, unas líneas verticales desdibujadas dan fe de su endiablada velocidad. Ahora empieza a entrar en un larguísimo túnel, un túnel negro, interminable, de paredes que rozan el aliento de los pasajeros con un fuerte abrazo de piedra y humedad. El tren en estos momentos está tomando una curva muy cerrada, y es entonces cuando María vislumbra el final del túnel. Un semicírculo blanco, muy pequeño al principio, pero que paulatinamente se va haciendo más y más grande conforme el convoy gana terreno.

El semicírculo blanco avanza y avanza, está muy cerca, muy cerca. Lo atraviesa el tren. María sólo ve luz, una luz vivísima, blanca, inundándolo todo, pero no hiere la vista. Y a medida que el tren sale del túnel, una suave melodía se deja escuchar, primero débilmente y después, in crescendo, hasta llegar a impregnar cada rincón del tren. La música ahora es intensa. Ocupa todo el ámbito. El tren atraviesa la nube de luz. Ya sólo existe luz.

La vertiginosa marcha del tren comienza a disminuir. Se detiene poco a poco, muy suavemente, sin el más leve chirriar de ruedas. Poco a poco, los viajeros empiezan a despertar del sopor en que estaban inmersos. Se avivan sus expresiones. Sus semblantes se animan, se distienden. Hablan. Preguntan. Se mueven. Flota entre ellos una tímida alegría contagiosa. Se abren las puertas. Un sol esplendoroso se cuela en el tren y lo calienta. La mañana es hermosa y cálida. María observa cómo la noche pasó sin darse cuenta.

El andén de la estación donde el convoy se ha detenido se encuentra repleto de gente que ríe, canta y saluda a los recién llegados con guirnaldas de flores olorosas que trasminan el aire, como si los estuvieran esperando. Los viajeros descienden. Allá, a lo lejos, la ciudad se adivina limpia y alegre. Abundan las torres y las cúpulas que brillan al sol. Las casas, muy blancas, se recortan sobre un cielo sin nubes y unas montañas muy verdes. Hay jardines por todas partes y multitud de pájaros entonando un himno a la libertad. Mucha gente por las calles, paseando sin prisas, feliz, tranquila, acariciando a los perros y gatos que deambulan limpios, felices, libres y lustrosos.

Los viajeros van perdiendo su tristeza mientras descienden del tren. Ya han olvidado sus problemas, sus vidas y dolores y empiezan a caminar ligeros. Ríen y cantan y abrazan a la multitud como si fueran amigos de toda la vida. María sonríe exultante. La ciudad la atrae, ejerce un influjo especial sobre ella. Le infunde seguridad. No es como la capital. Aquí no existe la contaminación, ni el ruido, ni la suciedad, ni siquiera hay coches. Pero tampoco es silenciosa y fría como su pueblo. Es una ciudad alegre, llena de vida, activa y al mismo tiempo reposada. Se siente dichosa, muy dichosa. Como nunca recuerda haberse sentido. No la extraña el contemplar a un lobo y un cordero bebiendo en la misma fuente. Su misterioso

acompañante continúa a su lado. La mira sonriente, sin hablar, respetando su emoción. Ella le sonríe a su vez. Un hermoso león refriega su rubio lomo por las piernas de la muchacha y una anaconda lame su mano. Todos les saludan sonrientes.

El hombre toma la mano de María y un calor agradable sube por sus venas hasta llegar al corazón mientras un aleteo de pájaros multicolores juega con las águilas y los halcones peregrinos.

María y su acompañante, juntos, muy juntos, se pierden entre la multitud.

FIN

Relato ganador de la I Edición del certamen cruel de Relato Breve “El Malo”.