XIII ‘Antonio Villalba’ de cartas de amor (Ganador)

Películas

Autor: Kike Parra

Me gustaría hablarte de cómo empezó todo. Y los pechos de Heather Graham en Boogie Nights fueron lo primero. Heather Graham interpreta a una roller-girl. Folla hasta con los patines puestos. Hará que vi esa peli siete años, o nueve. Más o menos. Cuando uno se enamora, el tiempo parece que pase de otro modo. Estuve una temporada en la que ya no me pude quitar sus pechos de la cabeza. Hasta el punto de dejar a la chica con la que estaba saliendo. Me pasé semanas visitando centros comerciales donde hubiese patinadoras. Entonces, conocí a Silvia. Trabajaba en el Carrefour y supe que sus pechos, a pesar de la blusa blanca que los cubría, eran como los de Heather Graham. Silvia era guapa, dulce, incluso con ese punto de timidez que requería el papel de la actriz en Boogie Nights. Pero unos meses después vi Algo pasa con Mary. ¿Quién no se acuerda de los ojos de Cameron Diaz en Algo pasa con Mary? Al final, no me quedó más remedio que romper con Silvia. Había empezado a no quererla.

La chica de la que me enamoré porque sus ojos eran como los de Cameron Diaz se llamaba María Dolores, pero yo la llamaba Mary y a ella no le importaba. Ya sabes que al principio de las relaciones hacemos y dejamos hacer cosas que en otros momentos no consentiríamos. Mary estudiaba psicología. Nos veíamos a diario. Por las tardes me acercaba a la biblioteca de la facultad y le llevaba caracolas de chocolate o zumos de piña. El sexo con ella era estupendo. Cuando lo hacíamos, Mary abría los ojos como si fuesen un par de balsas donde los helicópteros van a cargar agua. Me sentía feliz y pensaba que nunca iba a poder separarme de ellos. Pero fueron otros ojos, los míos, los que me trajeron una nueva obsesión al ver las cejas de Jennifer Connelly en Dark City.

Mary intuyó que algo no iba muy bien, incluso antes que se lo dijera. Quizá fue porque alguien que estudie psicología tiene ventaja sobre el resto. Una mañana la llamé para decirle que no pasaría por la biblioteca a llevarle la merienda, y nunca más volvimos a vernos.

Hay quien pensará que Jennifer Conelly también tiene unos ojos preciosos, pero a mí lo que me volvía loco de verdad eran sus cejas. Las cejas de Jennifer Conelly en Dark City son las de una cantante acostumbrada a cantar en clubs acompañada de músicos negros con sombrero y manos grandes.

Encontrar a una chica con unas cejas iguales fue bastante complicado. Fue como si solo a Jennifer Conelly, de todas las mujeres del mundo, se le hubiese ocurrido llevar unas cejas así.

Hasta que apareció Mónica. Con sus cejas idénticas a las de Conelly. Fue ella quien, al poco tiempo de estar juntos, me hizo por primera vez una pregunta que nunca antes ninguna de las mujeres con las que había estado me había hecho: ¿Qué es lo que más te gusta de mí? Puede parecer que Mónica estuviese insegura, pero no era eso. Tenía cinco años más que yo y una licenciatura en Bellas Artes. Había expuesto en diversas exposiciones y vivía de la venta de sus obras. Era conocida en el mundillo. Así que hablarle de sus cejas hubiese sido como manejar torpemente un abrelatas oxidado. Estando con Mónica no sentía la necesidad de ponerme ante una pantalla donde contemplar los rostros de mujeres de los que uno se puede enamorar fácilmente, así que, no le dije la verdad.

Nuestra relación duró más que las anteriores. Hasta que fuimos al cine a ver el estreno de Habitación en Roma. Mónica era fan de Julio Médem y esa película me trajo el pubis discreto y focal de Elena Anaya. Nada tenían que ver el de una y otra. El pubis de Anaya era de contornos suavizados, el trabajo perfecto de un jardinero que se pasa horas con las tijeras de podar en mano. El de Mónica era pura exhuberancia y desenfreno, casi como la imagen de un bote de pintura derramado sobre el lienzo.

No hace falta que entre en detalles de cómo fue la búsqueda y qué jardines hube de visitar para encontrar un pubis como el de Elena Anaya.

Por suerte, te he encontrado a ti. Ya conoces los hechos. Eso ocurrió hace apenas dos semanas. Te acordarás del paripé que monté para acercarme a hablar contigo en aquella playa nudista. Estabas echada encima de una esterilla, sobre las piedras. Llevaba gafas de sol, así que posiblemente te estuvieras dando cuenta de que miraba tu entrepierna. Desde el primer instante también yo me percaté de que estabas interesada en algo que había en mí. Quizá esa era la razón por la que mi interior me avisaba para que estuviese alerta: las cosas podían no salir bien.

La alarma saltó en la primera noche que pasamos juntos, cuando me confesaste que te gustaba mucho el hoyuelo que tengo en la barbilla. Desde que te he visto me has recordado a Michael Douglas, me dijiste. Me gusta mucho Michael Douglas, ya su padre me parecía un hombre guapísimo.

Esa era la verdadera razón por la que, en la playa, me habías mirado con unos ojos reconocibles. Tu expresión, estoy seguro, era la que puse por primera vez cuando le vi los pechos a Silvia, la chica con los pechos iguales a los de Heather Graham en Boogie Nights. Ahí ha sido cuando se me ha caído el mundo encima. Porque sé cómo puede acabar esto.

No me gustaría sufrir. Por lo que mientras reúno fuerzas para hacer lo que debo hacer, he pensado que mejor será que no vayamos mañana al cine. ¿Para qué quieres ir al cine? Dime.

Carta ganadora de la XIII Edición del certamen de cartas de amor ‘Antonio Villalba’, organizado por la Escuela de Escritores.