XII Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Cartas al lector

Autora: Laura Cabedo

14/02/1968
Estimada Lectora:

Ese libro es para mí una revelación. Su autor nos recomienda leerlo sin culpa, saltando lo anodino y deteniéndose en aquello que nos deleita, de fin a principio si es preciso. Así es como entiendo la existencia, libre de la cotidianidad, de la línea que se nos impone. Me ha descubierto una intimidad, inexplorada por la juventud, que iré deshaciendo como un nudo a través de sucesivas lecturas en el tiempo, donde espero cruzarme con Usted.

Le escribo desde el rincón de la Biblioteca donde he pasado estos años de universitario, justo antes de salir al mundo para doblegarlo.

No quisiera atribuirle la imagen de las estudiantes de cuello grave que se parapetan tras los volúmenes de Tolstoi, ni la de las chicas que ojean a Onetti y disimulan junto al ventanal, soñando a contraluz con los jóvenes oficinistas del Banco.

Usted será alguien especial y elegirá el ejemplar que ahora devuelvo a su lugar alfabético, porque persigue el secreto de esa diminuta puerta entre dos mundos. Allí aguardaré, dejándole esta pequeña misiva tras el primer capítulo, que espero encuentre doblemente interesante.

14/02/1971
Estimado Lector:

Cuando me decidí por Cortázar para acompañar mis trayectos desde la Escuela de Artes y Oficios hasta el pueblo, yo era una chica sencilla, con un novio normal e ideales serenos. Simplemente miraba el mundo desde la ventanilla. No podía imaginar que el vagón, zigzagueante como la vida, me transportaría tan lejos. Ahora observo las trayectorias de dos gotas sobre el cristal, sabiendo que un leve movimiento inesperado puede unir o separar sus efímeras vidas. Pero esos senderos suyos parecen infinitos y los presiento duros como raíles. Es usted un soñador, de esos que buscan eternamente. Para mí la realidad se impone, pero devolveré el libro con la esperanza de encontrarle en la siguiente lectura.

14/02/1976
Querida Lectora:

Constato que el mundo es francamente difícil de domar, pero un hombre sin pasión no es más que una posibilidad. Esta vez he saltado los capítulos impares y me reafirmo en que la vida es tan frágil como tu reflejo en el cristal, tan aleatoria como el camino de tus gotas de lluvia. Mis andanzas me hablan de sueños libres, tan resistentes que pueden sobrevivirnos.

Te imagino etérea sobre el paisaje cambiante desde el tren y mi mente se escapa hasta esa estación donde, sin que tu ni yo lo sepamos, se encuentran y se abrazan entre el gentío tu ternura y mi destino.

Me pierdo en tus pupilas por las que discurren las ciudades hasta que te poseo. Si, nuestras bocas están llenas de peces inquietos y hay en ellas una profundidad abisal de sentimientos inexplorados, que son como esas especies desconocidas, ciegas, invertebradas, cuyo metabolismo ralentizado les perseverará durante siglos a cambio de no ver jamás la luz de la superficie.

14/02/1993
Estimado Lector:

Te has preguntado alguna vez porqué permanecemos entre las páginas. Quizá ésta sea una de esas historias que ya nadie lee. Sólo nosotros continuamos obcecados en crecer sobre un deseo contenido, como dos besos caídos desde los labios de una belleza caduca.

Hace años que no pisaba la ciudad y tengo dos hijas. Me propuse no volver a tocar esta novela, pero irremediablemente he regresado a sus profundidades, como una de esas criaturas de cara hostil que tienen sobre la frente una antena a modo de lamparita. Te busco y descubro que hace años te inventé, paseando la mirada que quise azul por los bancos de los parques de Paris, en invierno, leyendo las marcas de los besos adolescentes que quedaron allí desde antiguas primaveras. Ni yo misma, creo en este confín para enamorarse de manera insondable a través de las líneas y del tiempo. En este pasadizo que tú abriste, pero una vez más lo recorro, junto a los insectos de plata que han devorado ya mis primeras palabras, escritas cuando no sabía nada del ladrón del tiempo ni había soledad en la melancolía.

19/12/2000
Querida Lectora:

Ahora que los años nos hacen sentir menos y olvidar más, me doy cuenta de que soy yo quien se ha plegado ante los días. No sabes cuantas veces he querido preguntar tu dirección y rescatarte del reflejo en la ventanilla para hacerte carne y latido, pero eso duraría solamente una vida, destruyendo nuestra ensoñación, tal vez sofisma, pero sin embargo, eterna. Una teoría de física asegura que al entrelazar las páginas de dos libros se desarrolla una unión capaz de levantar toneladas. Al entrelazar las hojas de esta novela con nuestra vida hemos generado una fuerza infinita.

14/12/2017
Estimado Lector:

Nuestro vínculo se destruirá mañana cuando cierren la biblioteca por obsoleta. Ahora, las palabras viajan como la luz, se habla con los pulgares y los besos son ridículas caritas amarillas y uniformes.

Pensaba robar lo único que he poseído de ti, esconderlo en el cajón, donde guardo los primeros dientes de mis hijas y el reloj parado del hombre tangible que compartió mi vida. Pero lo devolveré a su estante para que desaparezca junto a los poetas y librepensadores. No creo que nadie lo lea nunca, pero todos deberían saber que existió.

Ahora, cuando la tapa está a punto de romperse, por fin te comprendo y sí, quiero ser la chica del tren que sueña con el joven de mirada azul, para siempre.

14/02/2123
Estimada Cibernauta:

No me conoces, soy estudiante y mi sueño es doblegar el mundo. Buscando datos para mi trabajo sobre un escritor sudamericano del siglo veinte, me aventuré a consultar la Base Internacional de Libros Antiguos, dando con este ejemplar de Rayuela. Por lo visto, al cerrar una vieja biblioteca Argentina, fue vendido en varios rastrillos y acabó milagrosamente escaneado en el año 2087 en la Bibliothèque Virtuelle de Paris.

Tanto por su calidad literaria, como por la cantidad y variedad de historias que reflejan las casi trescientas cartas manuscritas en él encontradas, este libro es para mí una revelación.

Carta finalista de la XII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Sellos, tupers y calzoncillos

Autora: Lola Morales

Hola, Arcadio: ¿Qué tal el congreso? Espero que hayas conseguido el sello birmano. Te escribo para decirte un par de cosas.

Antes de nada, tranquilo, no me he movido de casa en toda la mañana. A eso de las diez ha llegado tu madre. Bueno, ha abierto ella la puerta mientras yo estaba sentada en la taza del váter, ya sabes cómo es. Ha gritado “¡hola!, ¿hay alguien?” y he gritado “¡ya voy, Enriqueta!”, pero ella se ha plantado en el baño, claro. Te ha puesto en el vaso un cepillo de dientes nuevo y ha dicho eso de “espero que no te moleste que haya entrado con la llave, es la costumbre, como la casa es mía” (¿cuántas veces ha recalcado eso desde que nos casamos?). Mientras yo buscaba un rollo de papel higiénico, me ha dicho que venía a plancharte la ropa en condiciones, que vaya camisa llevabas el otro día en la cena. Cuando he salido del baño, ella estaba planchándote los calzoncillos, así que por fin los tienes como te gusta, planchados y ordenados por colores en tu cajón.

A lo que iba, lo del paquete: me dijiste que llegaría a primera hora pero el de Seur ha llegado sobre la una (ya podías haberte aficionado a coleccionar azucarillos de las cafeterías). Cuando estaba pagando, tu madre ha dicho “mi Arcadio es estiloso hasta para los hobbies, ¿verdad, Merchi?”. Tú dirás lo que quieras, pero me llama Merchi para joder. Y Arcadio, podrías haberme dicho que era contra-reembolso y que la cajita con el sello costaba doscientos euros, ¿no? Menos mal que he podido pagar con tarjeta. Por cierto, qué observador el chico de Seur: cuando le he dado el DNI me ha felicitado por mi cumpleaños, qué simpático. En fin, que te digo esto porque me ha dicho que si quieres una copia de la factura, vayas a la oficina, que se le había olvidado traerla. Tu madre me ha dicho que vaya yo, pero no he podido, ahora te cuento por qué.

¡Ah!, y no te preocupes, he abierto el paquete con cuidado, he llevado la cajita a tu despacho y he quitado la luz al momento, como me dijiste. Tu madre, mientras te quitaba las pelusas de los jerseys, me miraba todo el rato desde el salón diciendo “te cuidado, Merchi, a ver si se va a estropear”. Por cierto, Arcadio, si no lo digo reviento: ese despacho cada vez da más pena. Entiendo lo de la ventana cerrada y los humidificadores en las esquinas; entiendo el termostato, la lupa aséptica y las vitrinas opacas; entiendo que es tu lugar y que los matrimonios tienen que saber tener un espacio individual. Pero ese despacho, Arcadio, ese despacho es una tumba monocromática de sellos. Además de las vitrinas con sellos, sólo hay cinco libros (de sellos) y la enciclopedia filatélica. ¿No crees que podría estar bien poner una foto de cuando pescaste aquel barbo en el embalse de Orellana? O una foto del Rey, no sé, algo que le dé color. Piénsatelo.

Tu madre ha dejado en el frigorífico albóndigas en salsa y cocido, que dice que vendrás cansado esta noche del congreso filatélico y que no te apetecerá la sopa que yo hago, “que no tiene ninguna sustancia”. Dice que las albóndigas son para la cena de hoy y el cocido, para mañana en la oficina: ya tienes separados en dos tuppers el caldo y la carne con los garbanzos, primero y segundo (me ha insistido en que te recuerde que son dos tuppers).

Hace un rato ha salido tu madre, dice que a comprarte el champú que te gusta y un pijama de franela, que viene el frío. No te puedes imaginar la paz que he sentido en cuanto se ha ido, Arcadio. Además, ha sido salir por la puerta ella y llamarme mi amiga Mari Carmen para felicitarme por mi cumpleaños. ¿Te acuerdas de Mari Carmen? Mi vecina de cuando yo estaba soltera y vivía en Carabanchel. ¡Menuda era Mari Carmen! Y menuda es, porque se ha teñido el pelo de fucsia y ahora viaja en moto a todos sitios. Cuando vivía en Carabanchel, todos los jueves por la noche quedábamos para hacer cata de vinos. No teníamos ni puñetera idea de vinos, claro, pero Mari Carmen compró dos copas de esas gordas y así cualquiera es catador. Cada una llevaba una botella de vino, la que fuera, y lo catábamos. Lo echábamos como los profesionales, con giro de muñeca incluido (a mí nunca me salía, pero a Mari Carmen no se le caía ni una gota). Lo mejor era la cara de Mari Carmen al olerlo, sobre todo al oler la tercera o cuarta copa. “Tropicalmente afrutado en barrica de quince años de roble salvaje con toques de canela”, decía. Cuando soltaba esas cosas, yo me reía tanto que acababa echándole canela al vino. ¿Has probado el vino con canela?

Total, que Mari Carmen me ha dicho que acaba de dejar a su marido. Yo le he contado por encima mi vida y se ha plantado en casa con la moto en veinte minutos. Por lo visto, hay un congreso de cata de vinos en Albacete, creo, y nos ha apuntado por internet como expertas. Te digo esto por escrito, Arcadio, para que sepas que tienes el sello de doscientos euros en el despacho, la comida en el frigorífico, la ropa (incluidos calzoncillos) planchada y yo me voy en moto a Albacete, creo, a catar vino. Lo digo por si notas que falta mi ropa.

Un abrazo.

Mercedes

Carta finalista de la XII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.