XI Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Por el bien de Lili

Autor: Nacho Viñuela

Gerardo, como no me coges el teléfono, aquí estoy, escribiéndote una carta. Creo que es la primera (y probablemente la última) que te escribo desde hace treinta años, cuando éramos novios y estabas haciendo la mili en Valencia. A lo mejor, al no oír mi voz, que ahora dices que te irrita tanto, escuchas lo que tengo que decirte. Antes de que apartes la mirada, voy a dejarte claro que no te escribo para recriminarte nada ni para hacerte ninguna pregunta. Ya me he hecho a la idea de que mis preguntas se van a quedar sin respuesta, aunque he ido resolviendo alguna duda por mi propia cuenta.

Me estoy yendo por las ramas antes de empezar. No estoy acostumbrada a escribir cartas, ya te lo he dicho. Y no lo haría si me hubieses dado otra alternativa. Pensé en dejarte un mensaje en el contestador, pero me da no sé qué pensar en quién podría escuchar mi voz. No estoy para que nadie se ría de mí.

Si te escribo es por Lili. Desde el momento en que te fuiste dejó de comer y se pasaba el día esperándote frente a la puerta y, cuando la llamaba, me contestaba con un ladrido agudo, irritado. Cada vez que le ponía el plato de comida delante, apartaba el hocico, como si se sintiera insultada. Hasta compré carne picada, que ya sabes cuanto le gusta. Pero nada, estaba cerrada en banda.

No es de extrañar que le afectase tanto tu mudanza. Desde siempre te ha adorado. Acuérdate de cómo se volvía loca de alegría cuando regresabas del trabajo. Antes de que metieses la llave en la puerta ya estaba ella en el recibidor meneando el rabo, saltando como una pulga y dando esos ladridos que eran como un hipo. No sé cómo lo hacía para saber que eras tú el que subía en el ascensor. Era una telepatía que ya me hubiese gustado a mí tener. Y es que Lili siempre ha tenido una conexión especial contigo. Te buscaba los ojos con los suyos, estudiaba tu cara y tus movimientos, pendiente de tu estado de ánimo y esperando tu respuesta. Parecía una beata con la boca abierta, a punto de recibir la sagrada forma. Y cuando tú por fin le decías algo, se derretía de felicidad como un helado peludo. Muchas veces me repugnó su servidumbre, la forma en que parecía vivir sólo para ti, su patética dependencia. Hubo ocasiones en que cuando la oía volverse loca de alegría al recibirte, salía al pasillo para saludarte yo también, y la veía dar saltos para lamerte la mano, mientras yo me secaba las manos en el mandil y me arreglaba la falda, esperando mi turno. Pero al verla tirarse panza arriba a tus pies, me asqueaba su tripa desnuda y volvía a la cocina, a mis lentejas y a mis platos sucios. Esperaba que vinieras a abrazarme por la espalda y me besases en el cuello, pero tú pasabas de largo con el periódico bajo el brazo y Lili detrás de ti con su taconeo de pezuñas sobre el parqué y una zapatilla en la boca. ¡Cuántas veces me quedé mirando la cena que se enfriaba en la mesa, aguardando a que volvierais de vuestros interminables paseos! Y, luego, cuando estábamos viendo la tele y Lili se tumbaba en tu regazo y se quedaba hipnotizada con tus caricias lentas, con la manera perezosa en que no te cansabas de enredar los dedos en su pelo áspero, me entraban ganas de ladrar y de morderte las manos.

El otro día al fin conseguí sacarla a la calle. Cada vez que le enseñaba la correa se escondía debajo de la cama, con el hocico entre las patas, como si no pudiese soportar la humillación de que fuese yo quien la sacase de paseo. Imagínate dónde hacía sus necesidades. Por toda la casa. He tenido que tirar la alfombra que compramos en Marruecos. Y he cubierto el suelo con papeles de periódico. La casa huele a jaula de circo. ¿Para qué la dejaste aquí, Gerardo? ¿Para que me pasase el día limpiando sus meadas y haciéndole cada vez comidas más extravagantes y la noche sin poder dormir a causa de sus aullidos?

Pero hay más. Ya te dije que, al fin, conseguí sacarla a la calle. A rastras, de la correa, pero no le quedó más remedio que seguirme. De vez en cuando tenía que dar un tirón porque ella intentaba sentarse. Así íbamos las dos, avanzando a duras penas, forcejeando con nuestra tozudez y nuestro resentimiento. Pero la cosa cambió cuando llegamos al parque. Lili empezó a mover el rabo y a caminar por delante de mí. De vez en cuando se volvía para mirarme, como si buscara convencerme de que la siguiera. Cuando pasamos el estanque de los patos la solté de la correa. No lo pensé. En cuanto se vio libre, Lili echó a correr como una desatada. La llamé, pero no se dignó ni a volver la cabeza. La llamé a voces y empecé a correr tras ella, campo a través. Los tacones se me hundían en el césped y el bolso me golpeaba las caderas. Un grupo de chavales que jugaban al fútbol se pararon a mirarme. Oí sus risas a mis espaldas. Lili salió por la entrada norte del parque y la vi cruzar la calle sin hacer caso de los coches. Oí pitidos y creí que el corazón se me iba a salir por la boca. Pensé en darme la vuelta y desentenderme. Pero ya sabes que soy una tonta responsable. No te preocupes, a Lili no le había pasado nada. Ahí estaba, en la acera de enfrente, parada delante de un portal, con las patas apoyadas en la puerta y sacudiendo el rabo. Ven aquí, Lili, le dije, Vamos. Pero se hizo la sorda y, cuando fui a agarrarla por el collar, me gruñó e intentó morderme. Sabes de qué portal te hablo, ¿verdad? Cuando nos alejábamos calle abajo, me volví para mirar a Lili, que se estaba asfixiando de tanto resistir mis tirones, y os vi. A ti y a ella. Caminabais del brazo y os reíais. Tu sonrisa antigua te hacía parecer diferente. No reparaste en nosotras. Tendrías que haber visto cómo se puso Lili de contenta. Su rabo, me golpeó las piernas, como un látigo. Empezó a ladrar y a tirar salvajemente de la correa. Arañó la acera con tanta fuerza que se hizo sangre en las pezuñas. Tuve que cogerla en brazos y aún así se retorció como un gusano y me lanzó dentelladas a los brazos. La tironeé de las orejas y cerré los dedos alrededor de su hocico con tanta fuerza que creí iba a romperle los dientes. No quieras saber cómo me las apañé para volver a casa. Tuve que pasarme toda la santa noche con Lili en brazos, consolándola. Consolándola. Yo. A ella. Cada vez que aullaba, le golpeaba el hocico. Y luego me daba pena y la acariciaba. Te llamé. Te llamé un millón de veces, pero tú ignoraste mis llamadas. Así que no se te ocurra culparme de nada. Por la mañana la llevé al veterinario, ya me dirás qué otra cosa podía hacer. Es una operación sencilla y salió bien, sin complicaciones. Después de la ablación de las cuerdas vocales, Lili ya no puede ladrar, ni gruñir, ni gemir. Pero sigue sin comer y ahora le ha dado por arañar la puerta de la entrada. Se está arrancando las pezuñas, como un enterrado vivo contra la tapa del ataúd. Ya sólo me queda una cosa por hacer. Por favor, ¿no me vas a impedir que lo haga?

Carta finalista de la XI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Verano para grillos

Autor: Salvador J. Tamayo

Y siempre tuviste esa extraña manía de querer ser lo único que existe. Y te echaba de menos, echaba de menos verte dormir, sentir cómo respirabas, notar tus pies cada una de las dieciséis veces que te girabas a lo largo de una noche en la cama, en nuestra cama, echaba de menos mezclar mis libros con los tuyos, beber café juntos, beber vino juntos y sentir cómo te desnudabas, casi siempre muy despacio, ver cómo te desnudabas sin quitarte la ropa y cómo te quitabas la ropa sin desnudarte; cómo me dejabas que te escribiese, que tomara apuntes, y que rayase el papel con tu nombre, Lucía. No, no es tan bonito, no seas tan pretenciosa. Compartíamos casa con algunas plantas y con Chester, ese gato que entró por la ventana y que jamás se quiso marchar. Lleva semanas sin mirarme, estarás contenta, ¿no? Cree que yo tuve la culpa.

“Perdona, ¿cómo dices? ¿Quién eres?”, respondiste. Sabías igual que yo que los grillos se acarician para ahuyentar el calor, así es como cantan, rasgándose los costados. Y permanecen castos en la lejanía, mientras se aproximan hasta el momento del encuentro. Se atraen, se gustan y se desean sin verse, ni olerse, ni sentirse; solos y sólo a más de doscientos metros. Su atracción responde al tono. Si la temperatura sube dos grados, uno de ellos agita sus patas a una velocidad mayor y su canto sube un semitono, la pareja entiende que no están a la misma frecuencia y pierde todo interés. Tan sólo por dos grados, por medio tono, nunca llegan a encontrarse. Terrible. Lucía, el equilibrio es demasiado difícil. Pero tú ya lo sabías, sabías que la forma en la que nos arañábamos los costados estaba en armonía, antes incluso de que lo intentásemos.

“Te lo estoy diciendo muy en serio, somos grillos salvajes. Y no, no soy un mirón… sé lo que estás pensando”. Sabías que me acercaba porque te tapé el sol, y eso era algo que odiabas.

Al incorporarte lo primero que viste fueron mis rodillas, luego mi pene; desviaste la mirada hasta las estrías carcomidas y apolilladas de mis costados, las mismas con las que haríamos jazz, la primera pieza acompasada llena de arena y sangre; rezaríamos por la armonía, por la melodía de dos grillos en la que sólo alguien como Chester tuviera cabida. Por último mi cara, por último llegaste a mi cara. Seguías molesta, continuaba tapándote el sol. Al menos sonreíste. Quitarnos el tiempo a bocados y la sal de los costados a arañazos, no fue un mal comienzo. Te buscaba sin querer, a veces con miedo a encontrarte; a verte escondida detrás de algún coche, esperando a que me dieras un susto. Esperaba ver cómo te maquillabas en el reflejo de algún cristal sucio. Pintándote los ojos, nunca los labios, fumando un cigarrillo y lanzándolo con rabia contra el suelo. Esperaba seguir tu rastro de nicotina, que se esparciese como un reguero de miguitas de pan sobre el asfalto de toda la ciudad. Fíjate qué tontería, me acostumbré al tono del teléfono; antes tu voz en el contestador, y ya ni eso. Las tres notas que comunicaban, las tres notas que como las primeras tres palabras nos recordaban el tipo de bestias que éramos, sólo que estábamos demasiado lejos. Ni teléfono, ni mucho menos emails. Lo intenté todo, todo menos arañarme los costados. Hasta señales de humo. Como aquel poeta inglés al que mataron en la guerra, escribía tu nombre en un trozo de papel de arroz, antes de colocar un colchón de tabaco, pasarle una lenguada y prenderlo con un fósforo. Me fumaba tu nombre y lo expulsaba hacia arriba. A lo mejor lo veías.

Patético. A estas alturas qué importaba. Fumé cientos de cigarrillos en los que te escribía, porque eran tus no tacones la primera palabra y continué garabateando tus piernas sobre el papel, hasta que el ritmo del bolígrafo se hacía poco a poco más frenético, insistir hasta que se te rompiesen las medias, hasta que se le rompiesen las medias. Lucía, la puta literatura con cientos de faltas de ortografía.

Hacías un café terrible, pero llegué a acostumbrarme, qué remedio. No te gustaba que Chester se bebiera los posos, “no tiene que ser bueno para un gato, está todo el día nervioso, pobrecillo”. El único gato del mundo adicto al café. Cada mañana sigo llenando dos tazas, y cada mañana Chester se termina la mía y mira extrañado como cae la tuya por el fregadero. Siempre te querrá más a ti, aunque haga como el que no le importa nadie. No sé si me jode más despertar sólo o con la cara llena de arañazos. Quemar las naves, el último cartucho, la última calada. El cigarrillo en vano con el sabor de la tinta y el amargor de tu nombre. Asomarme al balcón, primero la camisa, luego los zapatos, cinturón y pantalones. Lo intenté todo menos rasgarme los costados. Las manos como garras, brazos arqueados, y el rasgar sobre el surco de mis estrías que rompía el silencio. De nuevo la melodía, nuestra melodía. Rasgar y pensar, rasgar y sólo desear que de repente no te hubieses vuelto más fría, o peor aún, más caliente. “Somos grillos salvajes”, fueron mis primeras tres palabras. “Perdona, ¿cómo dices? ¿Quién eres?”, respondiste. Sabías igual que yo que los grillos se acarician para ahuyentar el calor, así es como cantan, rasgándose los costados. Y permanecen castos en la lejanía, mientras se aproximan hasta el momento del encuentro. Se atraen, se gustan y se desean sin verse, ni olerse, ni sentirse; solos y sólo a más de doscientos metros. Su atracción responde al tono. Si la temperatura sube dos grados, uno de ellos agita sus patas a una velocidad mayor y su canto sube un semitono, la pareja entiende que no están a la misma frecuencia y pierde todo interés. Tan sólo por dos grados, por medio tono, nunca llegan a encontrarse. Terrible. Lucía, el equilibrio es demasiado difícil. Pero tú ya lo sabías, sabías que la forma en la que nos arañábamos los costados estaba en armonía, antes incluso de que lo intentásemos.

“Te lo estoy diciendo muy en serio, somos grillos salvajes. Y no, no soy un mirón… sé lo que estás pensando”. Sabías que me acercaba porque te tapé el sol, y eso era algo que odiabas. Al incorporarte lo primero que viste fueron mis rodillas, luego mi pene; desviaste la mirada hasta las estrías carcomidas y apolilladas de mis costados, las mismas con las que haríamos jazz, la primera pieza acompasada llena de arena y sangre; rezaríamos por la armonía, por la melodía de dos grillos en la que sólo alguien como Chester tuviera cabida. Por último mi cara, por último llegaste a mi cara. Seguías molesta, continuaba tapándote el sol. Al menos sonreíste. Quitarnos el tiempo a bocados y la sal de los costados a arañazos, no fue un mal comienzo.

Hacías un café terrible, pero llegué a acostumbrarme, qué remedio. No te gustaba que Chester se bebiera los posos, “no tiene que ser bueno para un gato, está todo el día nervioso, pobrecillo”. El único gato del mundo adicto al café. Cada mañana sigo llenando dos tazas, y cada mañana Chester se termina la mía y mira extrañado como cae la tuya por el fregadero. Siempre te querrá más a ti, aunque haga como el que no le importa nadie. No sé si me jode más despertar sólo o con la cara llena de arañazos. Quemar las naves, el último cartucho, la última calada. El cigarrillo en vano con el sabor de la tinta y el amargor de tu nombre. Asomarme al balcón, primero la camisa, luego los zapatos, cinturón y pantalones. Lo intenté todo menos rasgarme los costados. Las manos como garras, brazos arqueados, y el rasgar sobre el surco de mis estrías que rompía el silencio. De nuevo la melodía, nuestra melodía. Rasgar y pensar, rasgar y sólo desear que de repente no te hubieses vuelto más fría, o peor aún, más caliente.

Carta finalista de la XI Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.