X Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Menos cuatro letras

Autora: Lucía Díaz Rodríguez

Los médicos dicen que es una afección rara. Que se conocen pocos casos. Que nadie lo ha estudiado, en profundidad, todavía. Dicen lo sentimos mucho. Dicen no podemos hacer nada. Dicen sabemos que no es fácil. Dicen tendrás que aprender -y lo harás, ya verás como lo harás- a vivir con ello.

[Vivir con ello significa vivir sin ellas. Eso no lo han dicho. Quizás también ellos sufren algún tipo de afección extraña].

Agrafia pura secundaria. Como si decir tres palabras juntas significara algo.

Incapacidad adquirida para expresar las ideas por escrito -han aclarado. No tener ni una puta palabra que llevarme a los dedos -me he dicho.

Pero puedes pensar, imaginar. Leer. Puedes hablar. Puedes?.

Como el que dice no queda whisky, pero tenemos zumo. Como el que dice has perdido el corazón, pero te funciona perfectamente el hígado. Tres días en el hospital. Me han preguntado cuándo tuve el accidente. Si conducía yo. Si el golpe fue frontal o lateral. Si perdí la conciencia y durante cuánto tiempo. Si hubo hemorragias nasales o auditivas. Si recordaba lo sucedido al despertarme. Me han preguntado si tuve algún traumatismo de pequeña. Si he sufrido alguna vez un accidente cerebrovascular. Si yo, o alguien de mi familia, es hipertenso. Si he sido intervenida y de qué cosas. Si tengo alergia o intolerancia a algún principio activo.

Tres días.

Si estoy, o creo que pudiera estarlo, embarazada.

Si tengo claustrofobia.

Si doy mi consentimiento para una radiografía de cráneo, para un TAC, para una?

Si llevo objetos metálicos.

Tres días.

Y nadie -ni el neurólogo ni el neurocirujano ni el neuropsicólogo- me ha preguntado por las palabras que he perdido. Por las palabras que me ha robado ese semáforo -por una puta vez, la mía, en verde- contra el que me he estrellado. Por las palabras que han salido disparadas a través de la luna delantera del coche y que he visto morir, a solas, sobre la acera. Por las palabras que me han visto morir sobre un volante que ya no sabía qué dirección tomar, que no podía?

[Sálvenlas a ellas, no a mí, le habría dicho al de la ambulancia. Parece que aún respiran. Parece que (aún) dicen algo. Tú lo habrías entendido. Y las habrías salvado a ellas. Pero él no. Y no lo culpo, aunque lo haga].

Tres días.

Y nadie, digo, me ha preguntado por ellas. Por mí sin ellas. Por mí sin ti. Nadie me ha preguntado por éste sin nosotros a partir de ahora.

Es una afección rara, ha dicho el médico. Él se refería a la agrafia. Pero yo he pensado que la verdadera afección extraña es esta costumbre nuestra de querernos sólo por escrito, a dos mil kilómetros por autopista y treinta años de distancia. La de saber que nunca podremos sernos. La de no saberlo. La de olvidarlo. La de vomitarle tinta a la pantalla del portátil como si fuera la piel que me sobra o la ropa que me quitas. La de mirarte de ojos a píxel. La de que no me mires. La de no tocarnos.

Y ahora he cambiado una afección rara por otra, porque a ti ya no te tengo. Ahora sólo tengo lo que no tengo, lo que me falta.

Y nadie me ha hecho la pregunta necesaria. Nadie ha querido saberlo. Quizás a nadie le importa, en definitiva, lo que a ti y a mí nos pase.

Estás viva, joder, qué más da que no tengas palabras -ha dicho el médico en mi cabeza.

Te equivocas. Me faltan cuatro letras para estar viva -le he contestado.

[Silencio por su parte]

Lo he intentando esta mañana.

Y no he podido.

Me han tomado la temperatura y la tensión arterial. Me han cambiado el suero. Me han preguntado qué tal he dormido. Si tengo calor o frío. Si necesito algo. Necesitaba decirle a alguien que lo he intentado esta mañana y que no he podido. Pero no he podido. No he podido. No he podido?

No puedo. Ahora ya no puedo.

Pero puedes hablar y?., ha dicho el médico.

No puedo.

Me he mirado las manos y las he puesto sobre el portátil. He pensado las palabras antes. Te he buscado un comienzo con el que poder continuarnos. Tenía un párrafo entero en la cabeza. Te lo juro. Intentaba contarte todo esto. Tenía todas las palabras -y eso que nunca las he tenido-. Pero los dedos no se han movido. Y cuando lo han hecho, han escrito cosas extrañas. Cosas que no entiendo. Ni entenderías. Cosas que nadie (pero puedes hablar y?.) entendería nunca.

Tengo astenia en la punta de los dedos. Sensación de cuerpo extraño. Carraspeo (letras sueltas, inútiles, cobardes). Ardores fríos. Inestabilidad. Vértigo. Cansancio.

Pienso en frases cortas, en mensajes telegráficos: Accidente. Herida. Cráneo mudo. Dedos muertos. Diez laringes menos con las que llegarte. Pero nada.

Entra la enfermera y dice no hagas esfuerzos. Dice túmbate. Dice quieres que avise a alguien.

Sí. Quiero que avise a alguien.

Quiero que te avise a ti.

Pero tú no existes para nadie.

A ti también te faltan ahora cuatro letras para estar vivo. Y yo nunca, lo ha dicho el médico, voy a poder dártelas.

Carta finalista de la X Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Temporada de setas

Autor: Ernesto Ortega

Marta, los primeros ejemplares los encontré al lado del radiador, una mañana a finales de septiembre, apenas un mes después de que te hubieses marchado. La verdad es que me pareció extraño verlas allí pero, al fin y al cabo, estábamos en temporada, el parquet es de roble y nuestra casa siempre ha sido demasiado húmeda. Además, esa noche había estado lloviendo, lo recuerdo porque el ruido de la lluvia contra el cristal de la ventana me había despertado varias veces y no había podido pegar ojo. Todavía no me he habituado a dormir solo, Marta, y cualquier tontería acaba desvelándome.

Las siguientes las descubrí durante el fin de semana, debajo del sofá, mientras pasaba el aspirador. Últimamente había descuidado la limpieza. Me había acostumbrado a que la hiciésemos juntos los sábados por la mañana y me resultaba extraño enfrentarme a estas tareas sin ti. Fue al retirar el sofá, para limpiar las pelusas que suelen esconderse debajo, cuando apareció toda una colonia. ¿Sabes?, Marta, aquellos pequeños apéndices esponjosos habían brotado del suelo justo en el lugar donde se juntan el parquet y la pared. El sombrero era redondo, casi perfecto, de un color rojo brillante, con pequeñas manchas negras y no alcanzaban el palmo de altura. Pero había suficientes para preparar una buena cena para dos. Incluso pensé en invitarte a cenar para que pudiésemos hablar. Te sorprendería cómo he aprendido a desenvolverme en la cocina. Pero al buscarlas en Internet, no logré identificar ninguna especie parecida y no me atreví a llamarte, por si eran venenosas.

Por la noche descubrí otro grupo debajo de la cama mientras buscaba una zapatilla que hacía días que se había extraviado. Sí, lo sé, Marta, sin ti, la casa es un desastre. Y a la mañana siguiente, al ir a coger una camisa limpia del armario, aparecieron varios ejemplares en el interior. .

En poco tiempo la casa se ha ido poblando de setas. Salen en cualquier rincón, en la mesa del escritorio, al lado del cubo de la ropa sucia, detrás del lavabo. He comprado un libro de setas, pero tampoco he hallado ninguna que se les parezca. ¿Sabes?, Marta, creo que he descubierto una nueva especie, la he bautizado como boletus domesticus o seta del hogar. .

Me parecen tan hermosas y casi no me dan trabajo. No como tus plantas, Marta. Intenté encargarme de ellas. Las regaba todos los días, para que cuando volvieses no se hubiesen marchitado. Pero nunca me acordaba de si las había regado o no y hubo días que, por si acaso, debí de regarlas dos y hasta tres veces. En solo unas semanas se murieron todas. Seguramente se ahogaron. Te las tenías que haber llevado, ya sabías que no tenía buena mano para las plantas. En cambio, las setas, no necesito cuidarlas. Las setas son así, Marta, surgen de un día para otro en el lugar más inesperado, sin necesidad de que nadie se ocupe de ellas. Brotan en cualquier sitio, al lado del televisor, entre los libros de la estantería o detrás de la mesilla de noche. Me encanta encontrarme cada mañana con nuevos ejemplares. Hasta les hablo, Marta. Les hablo de ti. Les he dicho que el día menos pensado volverás. Desde que te fuiste, las horas se alargan y ellas me hacen compañía. La semana pasada vimos Casablanca. También les pongo música. Al principio escuchábamos piezas clásicas de Beethoven, Mozart y Vivaldi. Ya sabes que a mí no me gustaba la música clásica, pero eran unos CD que te regalé por su cumpleaños y que te dejaste olvidados. Pero luego les puse grupos de los 80. Alaska y los Pegamoides, Radio Futura, Los Secretos y todas esas canciones que nos sabíamos de memoria y que tantas veces hemos bailado juntos. No veas cómo han crecido, Marta. Hubo una que apareció en la esquina del salón y que en pocos días alcanzó el metro de altura. La utilizo como mesa auxiliar para poner el teléfono y dejar el café. Te gustaría. Y otra que salió junto a la entrada, con el tallo recto y estilizado, que se ha puesto tan alta que puedo colgar el abrigo. .

Pero creo que han crecido demasiado y estoy empezando a agobiarme, Marta, porque, sin darme cuenta, la casa entera se ha llenado de setas. Están saliendo en todas partes, en las paredes, en los azulejos del baño, del techo. Están creciendo tanto que apenas dejan entrar la luz por las ventanas. Han bloqueado la puerta y ya no puedo salir a la calle. La casa es una jungla, cada vez me cuesta más sortearlas para llegar hasta la habitación. A veces, no me doy cuenta, acabo pisando las más pequeñas y las siento crujir bajo mis pies. Y es que todo se está llenando de setas, Marta, todo.

Carta finalista de la X Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.