VIII Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Recuerdos en un cartel

Autor: Susana Corroto

Esta mañana me he dado cuenta de que no recordabas mi nombre. Lo he visto en tus ojos azules, mi princesa, cuando he entrado en la cocina, aún en pijama, adormilado, y te he has girado hacia mí con el paquete abierto de café en una mano y una cuchara en la otra, dándome los buenos días.

Durante apenas un segundo se te ha congelado la sonrisa, pero enseguida has fingido reconocerme y has seguido con lo tuyo, como si tal cosa. Yo me he vuelto al dormitorio y he abierto el tercer cajón de la cómoda. He tomado el cartel de cartulina roja, el que lleva mi nombre dibujado en mayúsculas de trazo grueso, y me lo colgado al cuello. Después, sentados a la mesa, cuando me has pasado el azúcar, has mirado mi cartel y he notado que te relajabas. “¿Te apetece una tostada, Miguel?”, has preguntado, haciendo hincapié en la pronunciación de mi nombre, para que yo viera que sí, que lo sabes, aunque algunos días no puedas recordarlo sola.

Los médicos dijeron que el desarrollo sería progresivo, muy lento y de hecho, hay días que aún son buenos, incluso parecen normales. Y en esos días soy yo el que se olvida de esta pesadilla en la que estamos inmersos los dos, desde hace casi tres años, envueltos en esta penumbra, en esta bruma que no te deja mirar atrás, mi princesa, que te esconde adrede nuestro pasado y nuestro presente, nuestros buenos y malos momentos, nuestros sentimientos y hasta nuestros sueños. Pero en medio de esta niebla, he de mostrarme tranquilo, sosegado, sereno. Ser metódico y mantener tu entorno claro y ordenado, exento de imprevistos y alteraciones que puedan perturbarte. Por eso, todo lo que hacemos cada día sigue una rutina y por eso, también, he marcado cada rincón de la casa con pequeñas etiquetas de colores que muestran mensajes diversos: “Azúcar”. “Armario para vasos”. “Sopa = cuchara”. “Calcetines”. “Te amo, Celia”, por todas partes, “Te amo”.

Acabas tu desayuno y te levantas sin decir nada. Cruzas el pasillo decidida y te veo desaparecer tras la puerta cerrada del baño. No debo atosigarte, así que pongo los vasos en el fregadero, recojo a toda prisa las migas de la mesa y te espero impaciente, sentado en el sofá de la sala. Hago como que leo el periódico, dejo que las gafas de cerca se escurran hasta la punta de mi nariz y permanezco atento a cualquier ruido extraño, a cualquier golpe o a cualquier llamada, para correr en tu busca, a rescatarte, mi princesa. Cuando sales, han transcurrido veinte minutos que a mí me han parecido eternos. Te has cardado el pelo como uno de esos punkis que tanta gracia te hacían. Has pintado de carmín rojo tus labios, y también las comisuras, y te has perfilado los ojos con lápiz negro, embadurnándote los bordes como un payaso que estuvo llorando antes de su gran espectáculo. Has confundido la laca de uñas con el frasco de perfume, y por tu cuello se deslizan dos hilillos plateados. “¿Estoy guapa?”, preguntas. Y yo sonrío, o trato de hacerlo, y te contesto que claro, que tú siempre estás guapa, y me vuelvo contigo al baño para convencerte de que es la hora de la ducha. “Ay no papá, papaíto, que aún no es domingo”, replicas lloriqueando y pataleas flojito en el suelo. “No quiero ducharme, no quiero”. Pero te dejas hacer y voy quitándote la ropa mientras canturreas una canción de cuna, aquélla que le cantabas cada noche a nuestra Ana para que por fin cogiera el sueño. Contemplas fascinada la espuma que resbala por tu cuerpo desnudo, tan frágil, y chapoteas y me salpicas y todo termina convertido en una gran piscina. Y yo termino empapado también. Empapado y agotado a las diez de esta mañana en la que no recuerdas mi nombre. Te envuelvo en una toalla y al momento la arrojas al suelo y sales corriendo hacia el cuarto. Abres el armario y lo revuelves todo hasta encontrar un vestido floreado, liviano, de vuelo y sin mangas. Recuerdo habértelo visto en alguna noche de verbena. “Es diciembre, mi cielo, hace frío”, te digo. Pero no hay forma. Te enfadas y me gritas. Me empujas con una fuerza que no sabía que tenías. “¡Suéltame! ¡Qué me sueltes!”, y tiras con fuerza del vestido, y la delicada tela se rasga, pero da lo mismo, te lo pones, con zapatos de tacón, muy altos, como siempre te gustaron. ”Ya estoy lista”. Me sonríes, coqueta, y te sonrojas, como la primera vez que te lancé un piropo a verte pasear con tus amigas por el Parque Grande. “Guapa”, te digo, y te guiño un ojo, como entones.

En el grupo de apoyo nos explican siempre la importancia de ir en busca de recuerdos, así que hoy, como cada día, dedicamos horas a mirar fotos, los dos juntos, sentados sobre el sofá, rodeados de álbumes viejos y cajas de lata. Asientes y sonríes mientras traigo hacia ti, poco a poco, los momentos bellos que encierran esas imágenes inmóviles. Y de pronto empiezas a hablar, a relatar las historias que quedaron plasmadas en el papel fotográfico y hasta me cuentas detalles que yo ya había olvidado. Te miro y vuelves a ser mi Celia, mi amor, mi niña… mi princesa. Me abrazas y te abrazo. Y permanecemos así, arropados con tu manta favorita, apoyada tu cabeza en mi hombro, hasta que de pronto te incorporas y me contemplas muy seria. “No debe abrazarme así, caballero. Estoy casada”. Te separas de mí y me invitas a marcharme. Yo obedezco, sumiso, por no contrariarte, y te dejo viendo la tele, ensimismada, murmurando palabras que solamente tú comprendes, mientras voy a la cocina a preparar el almuerzo. Hoy, tu plato favorito. Lasaña de atún casera. “Vamos a comer, mi vida”, te digo al cabo del rato. Paso un brazo por encima de tus hombros, te ayudo a levantarte y dirijo tus pasos hacia la mesa, vestida con tu mantel preferido y las servilletas de hilo que bordabas por las tardes. “Te he preparado lasaña, ¿ves?”. Cruzas los brazos delante del pecho y pones morritos. “No me gusta la lasaña”. Y yo: “Claro que sí, mi amor. Si la adoras”. Pero te niegas a probarla, te tapas la boca con las dos manos y sacudes la cabeza. Intento convencerte y le das un manotazo al plato. La lasaña se desbarata y la mezcla de bechamel, atún y tomate cae sobre tu regazo y se esparce por el suelo. Me miras, horrorizada. “Lo siento, Miguel. Lo siento”. Tiemblas y se te llenan los ojos de lágrimas, y los míos se inundan también, porque esta vez no ha ocurrido, no has mirado mi cartel. Esta vez, mi princesa, has recordado mi nombre.

Carta finalista de la VIII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Piso compartido

Autor: Claudia Munaiz

Se me ocurrió cuando te vi con tu pijama del Atletic escribiendo frases con los imanes magnéticos de la nevera. El café se estaba haciendo mientras tú buscabas un verbo entre las piezas del puzzle literario. Hoy me he vuelto a levantar con resaca. Ayer abusé del vicio y me metí en la cama con la ropa puesta. Incluidos los botines. Tremendo.

Pero nada más oler el café y oír el serpenteo de los imanes que tanto te gustan, he abierto los ojos y he ido a la cocina para verte, estabas más deliciosa tú que las napolitanas con crema que calientas en el horno recién levantada.

¿O llevas ya algún tiempo despierta?, no lo sé. Parece que hoy has dormido sola. Lo digo por el pijama rojiblanco. Cuando viene Carlos no te atreves a ponértelo. Te he visto alguna vez cuando vas al cuarto de baño mientras él te espera en la cama. Sueles llevar un camisón muy sexi, verde manzana. Te prefiero en pijama, aunque no lo sepas. Es la verdad.

“Sois enormes aunque Dios”, murmuras. “No, Gloria, no tiene sentido”, te digo justo antes de encender el primer cigarrillo matutino. Te ofuscas, arrugas la nariz y vas en busca de otra palabra que le otorgue sentido al texto. Te vuelvo a mentir cuando me preguntas si he conocido a alguien. No importa demasiado porque puedo percibir en tu mirada cierta incredulidad. “¡Es imposible conocer a alguien!”, te repito con fingida molestia. Justifico así mi ausencia a todas las fiestas de cumpleaños de amigos comunes, solo tuyos o solo míos. Razón también esgrimida para explicar la falta de tíos en mi habitación. Sé que piensas que me basta con algún juguete erótico y algo de imaginación. Piensas bien, si no fuera porque te sigo mintiendo sin saber por qué.

Sonríes leyendo en voz alta lo que acabas de escribir en la puerta del frigorífico. “Yo lo veo desnudo grande”, te giras hacia mí y compruebas que te estoy mirando de reojo con mi mano depositada en la sien. Quieres saber quién era “el tipo aquel con gorro de lana que viste por la ventana el primer día que el polaco pegó a su mujer”. “¿Saliste con él ayer?”, me preguntas. “No. No es mi ligue navideño”, contesto. Seguro que imaginas que mi timidez me impide subírmelo a casa y hacérmelo con él en mi habitación, contigua a la tuya. Pero no es eso, Gloria. El tipo aquel se llama Johnny y en cuanto le llamo viene hasta el portal. Dice sin interés “¿qué tal estas pelirroja?”. “Ni bien ni mal”, contesto con desgana mientras le entrego lo que cuesta mi adicción. Se larga entonces por donde ha venido hasta que la bestia del tercero vuelve a zurrar a la polaca, momento que suele coincidir con que necesito otra dosis para viajar a otra dimensión alejada de este maldito patio de vecinos. Tú estás demasiado preocupada por el mal nacido del Este y ni te enteras.

Siempre he sido muy discreta y escondo muy bien las pruebas de que estoy perdida. Nunca he querido que creyeras que convivías con una yonki de Carabanchel. Rara sí, como te escuché decirle a tu madre una tarde de visita en la que no intuiste que dormía la mona en mi cuarto. Una tía que nunca sube gente a casa. Ni familiares, ni amantes, ni siquiera amigos. Solo un gato famélico que no encontró alimentos aquí arriba y huyó por la ventana.

No te he dicho toda la verdad. Con Jose nos lo montamos en el descansillo a altas horas de la madrugada. Cuando salía y te decía que iba al Centro para hablar con el supervisor, en realidad quedaba con el rubio aquí abajo. ¿No lo has visto, cómo ibas a hacerlo? Es un tío del montón. De frente ancha y nariz aguileña. Me trató bien. Nos despachamos en una hora. Entramos en el portal sin encender la luz, nos arrastramos hasta el fondo, donde está el cuarto de contadores e hicimos el amor arañando la pared. Al concluir, él se fue y yo subí a casa para repetirte con cara de circunstancia “que ya no quedan hombres que valgan la pena”. Tú zanjaste el tema que no habías empezado poniendo un disco de Aaron Golberg. No dije nada más y jugamos al scrabble. Ganaste tú.

Aún hay más. Cuando tardo más de lo normal los días que toca rehabilitación, ni te imaginas lo que estoy haciendo. Estoy acostándome con algún otro hombre en el portal. Aparte del rubio, quiero decir. A plena luz del día, echamos un polvo rápido y si te he visto no me acuerdo. Así, sin agobios ni mayor lazo que el del preservativo. Subo a casa y me ducho. Con suerte te encuentro en la cocina, escribiendo la lista de la compra. “Se ha acabado el papel de plata”, exclamas cuando entreabro la puerta del baño para que se escape el vaho. Al vestirme añado a tu lista mostaza, fideos y galletas de chocolate. Tacho mi nombre en el recuadro de la semana anterior, cuando tocaba limpiar y bajar la basura.

Después salgo a la calle y al volver deposito el papel de plata sobre la encimera. Lo demás se me ha olvidado. No importa, lo urgente es el papel para que prepares tus postres en el horno. Has escrito “Mujer sensible hombre cosa”. Sonrío. Debajo del calendario de la ferretería has pegado “Tú necesitas verdadera tierra” y “Tenéis mano con ella”.

Pues sí, te sigo mintiendo. Observo tus manos de pianista mientras remueves el azucarillo en la taza y digo lo de siempre: “El mercado está fatal”. Tú te ríes formando un hoyuelo en la mejilla y contestas que no es para tanto, que tengo que esforzarme un poco más, que soy guapa, lista y simpática y que será porque no quiero. También tú sabes mentir. Soy rara, ¿te acuerdas?

Tengo una razón. Para mentirte, digo. Cuando subo a casa y te veo tumbada en el sofá, con tu piel nacarada y tu pijama del atletic, sé con certeza que no quiero conocer a ningún hombre. Quiero que seas tú quien se deslice bajo mis sábanas.

Me gustaría abrazarte cuando escuchamos el estruendo y el llanto del tercero. “¡Pobre polaca, otra vez, el cabrón ese. Me entran ganas de bajar y pegarle dos tiros!”, gritas acalorada. “Tranquila”, te digo intentando acercarme a ti más de lo normal. No me dejas, te mueves nerviosa del salón a la cocina, te metes en tu cuarto y llamas a Carlos. Cuando sales te precipitas sobre el teléfono y marcas el número de la policía. Yo llamo a Johnny. “Lo de siempre”, pido. Después voy a la tienda a comprar más imanes para el frigo.

Lo siento Gloria, ya sé que tienes lectura para rato pero quería decirte la verdad. El mes que viene dejo el piso para volver al Centro.

Porque Victoria querer a Mujer Sensible. Sois enormes porque Dios.

Carta finalista de la VIII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.