VII Antonio Villalba de cartas de amor (Finalistas)

Querida amada mía

Autor: Gabriel Barrios

Querida amada mía:
Ando inquieto como un chiquillo: Juraría que he dado con la solución definitiva al problema más importante de mi vida: Que vuelvas a quererme. El desarrollo del proceso no es complicado y se basa, en esencia, en el clásico borrón y cuenta nueva.

Verás como lo entiendes y das saltitos de alegría. Presta atención y sigue las instrucciones al pie de la letra.

El resultado vendrá por sí solo, estoy seguro. Nada de pajaritas en las cenas, fíjate qué entrada. Pero serénate: Empezaré por los casos menos llamativos, los de aquellas noches en que nos quedamos a tomar una copita de vino dulce cerca de la orilla del mar. En adelante, mi ropa será informal, como mucho media etiqueta, lo cual facilitará que, según tus sueños, me abalance sobre ti y, sin darte tiempo a reaccionar, tome tu mano. La luz de la Luna, reflejada en nuestras pupilas, deberá iluminar la escena sin estridencias. Me estremezco sólo de pensarlo. En medio, las tías Paca y Asunción harán la vista gorda, recordando que ellas también fueron jóvenes. (A saber si será verdad).

Por otro lado, y aunque me siento el mayor responsable de nuestra situación, querría plantearte el uso de una marca de ropa que se ajustara a tus encantos con menos intensidad. Te hago saber lo peligroso de esas cintas elásticas dobles alrededor de tu cintura y brazos para la más elemental circulación sanguínea; y quién sabe si esos episodios de parálisis cerebral tienen algo que ver con lo apretado de tus cuellos de encaje.

Se acabó el avisar con antelación a nuestros dos sobrinos, Jaime y Arturo, para que nos acuerden una cita. A partir de ahora, te haré llegar personalmente la invitación para ir juntos a cualquier acto cultural, consista en ópera o teatro (incluso un pícaro vodevil, ¿quién sabe?).

Después de mojar mis pulsos, ahondaré en el párrafo anterior: Voy a vínculos familiares en orden ascendente y escribiré a tus padres para solicitar formalmente su ausencia los sábados por la noche en nuestra habitación. A mi parecer, ninguna de los comentarios sobre nuestras últimas lecturas han gozado de la mínima privacidad con ellos acostados en el colchón hinchable que colocan entre nuestras camas. Para resolver esta situación, cuento con un escrito de tu parte, realizado con tu delicada caligrafía, que espero refuerce mi petición y logre su propósito.

Me late el corazón más que un tambor al imaginar que, como pasó hace cinco años, vuelvas a ser capaz de poner en sus vasos de leche caliente una ración doble de tila alpina, para verlos dormirse como un tronco. Siento que, al haber insistido en que bebieran todo el contenido, tuviera que acompañarles y me durmiera antes que ellos. Ahí, me temo, comenzó una leve sensación de estancamiento de nuestra pasión. No supe verlo, mi vida, pero estos seis meses de reflexión en el sótano, idea de tía Fabiola, me han aclarado las ideas.

Tenemos por delante un camino abierto, pleno de puertas cerradas en nuestras narices por quienes nos quieren y nos aconsejan, pero a quien debemos decir “basta”, sin tener que llegar al “hasta aquí hemos llegado”, pues nos declaramos dueños de nuestro destino como pareja.

Anímate, muchacha, y juntos nos enfrentaremos al mundo entero, con la excepción de tía Sonsoles, a quien deberemos combatir en una batalla aparte, dados su envergadura y su carácter. Debemos salir vencedores y llegar a, cuanto menos, vernos a solas dos veces al mes. Es una aspiración legítima a todas luces, cariño, y no debes temer a las represalias. Únete a mí en mis reivindicaciones, Manolita, y verás brillar de nuevo el fuego en tu alma.

Esta nota la recibirás dentro del collar de Sulfamida, nuestro adorado perro bulldog, confidente y guardián. Por si las moscas, no la contestes por escrito. Simplemente, hazme saber que estás decidida a todo cumpliendo la última de mis peticiones: Baja a cenar esta noche sin sombrero. Yo haré lo mismo. Estoy convencido de que la impresión que causemos los dejará asombrados. En ese momento, juntos, haremos nuestra petición de celebrar el próximo aniversario, el trigésimo primero, con la mínima representación familiar, la inefable tía Sonsoles. Pero, ¡puede haber una sorpresa!, pues ella es muy mayor y no me sorprendería que, por sus achaques, dentro de cinco o seis años no pudiera acudir.

Mientras sueño con nuestra revolución, termino de ajustarme sobre el frac una corbata sencilla, resuelta con nudo Wilson de única vuelta. Antes, he dado el primer paso: mi pelo no tendrá brillantina, puedes estar segura.

Hasta esta noche, amor.

Carta finalista de la VII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Poeta asesinado

Autor: Claudia Reina

La verdad es que desde el principio me caíste mal. Dijiste que eras poeta y pensé, esto ya se jodió. No me malentiendas, me encanta leer poesía y aprenderme poemas; a veces hasta me levanto recitando, depende de mi humor, y de los temas que me rondan por la cabeza: esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos, sin más que un aire de haber sido y sólo estar, un aire que te cuelga de los ojos y los dientes.

O si me siento más ligera de espíritu: Rilke, ella dijo, ¿no adoras a Rilke? No, dije, me aburre, los poetas me aburren, son mierdas, caracoles, pedacitos de polvo en un viento barato. Yo pienso casi lo mismo, pero con una diferencia, me aburren los poetas de carne y hueso porque son muy sensibles y ver la sensibilidad a todo color es desagradable. No es que me moleste mirar dentro del corazón abierto de alguien; es algo que hasta cierto punto admiro. Me gusta, por ejemplo, la sensibilidad de Van Gogh al pintar su noche estrellada. La sensibilidad que mostró Mozart al componer su vigorosa marcha Turca. ¿Se entiende mi punto? Pero, por Dios, no me jodas mostrándome la tuya a cada instante. No me dejas caminar tranquila por la calle porque te la pasas extendiendo tu dedo índice frente a mí para que vea un árbol, una fuente o niños jugando en la banqueta. Sí, muy lindo, sí, ¿pero qué esperas de mí? No me parece nada extraordinario. En cambio tú te sueltas hablando de la naturaleza, del viento que mece al mundo, de la enorme suerte que tenemos de escuchar el canto de los pajaritos, y te juro que no puedo soportarlo y quisiera que en la próxima calle que crucemos te atropelle un carro. Claro que no te deseo nada grave; me conformo con que no puedas hablar por unas cuántas semanas o que pierdas la memoria y se te olvide que eres poeta.

Lo que nunca me voy a perdonar es haber compartido contigo una de mis composiciones favoritas, porque ahora, cuando me atrevo a volver a ponerla, siento que una enorme mancha atraviesa las notas. Te conocía poco, es verdad, y nunca me imaginé que fueras a reaccionar de esa manera. Encendí el aparato y empezó a escucharse la melodía. Vi tu rostro y pensé asustada: ¿por qué tiene esa cara de idiota? Habías cerrado los ojos y un gesto de éxtasis de retrasado mental ocupaba tu rostro. Ése fue sólo el inicio del horror. Cuando terminó la música abriste los ojos y dijiste que los violines se te metieron en la carne, que el piano todavía vibraba en tu alma y que sentías que la música te quemaba sin hacerte daño. Basta, pensé, basta. Todo lo demás lo escuché bebiéndome un vaso repleto de ron.

Desde ese momento creíste que nuestras almas se parecían. No había día en que no me invitaras a caminar para observar la vida, o en que sin que viniera al caso te soltaras recitando un poema, o me hicieras saber que el mundo entero te conmovía a cada segundo, desde una hormiga hasta la sombra que proyectan los edificios. No había manera de que la poesía dejara de navegar por el torrente de tu sangre. Eso lo dijiste una vez pensando que ibas a impresionarme.

Unas semanas después me mandaste una carta. A mí nunca nadie me enviaba cartas, por eso me tomó por sorpresa encontrarme con una en el buzón. Al ver quien era el remitente me desilusioné un poco, pero luego me sobrepuse y pensé: bueno, una carta es una carta. Me senté en el patio a leerla y fue como si estuviera contigo caminando por la calle, escuchando todas las estupideces poéticas que te provocaban la contemplación del mundo y sus criaturas. Al final te despedías diciendo que: el gozo de mirarte hace que mi corazón se cubra de primavera. Me quedé un rato con la vista fija en la frase, luego no pude más, me doblé en dos y me carcajeé hasta que me dolió el estómago, el pecho y la mandíbula.

No mencioné la carta cuando volví a verte y yo notaba que querías que comentara algo. Entramos en una librería y anduvimos recorriendo los pasillos donde se encontraban los libros de poesía. Mira, dijiste, cartas a un joven poeta, es un libro magnífico. Y después; mira, la correspondencia entre tal y tal poeta. Sí, contesté yo, eso sí que debe ser interesante, porque luego hay cada cosa que quieren hacer pasar por una carta y resulta que es una mierda y además salpicada de poesía barata. Me miraste fijamente, ¿cómo cuál? Me adelanté y fingí ver los títulos de unos libros. Te acercaste a mí y volviste a repetir la pregunta: ¿poesía barata como la de quién? Qué se yo, respondí, hay muchos malos poetas en el mundo, ¿no? Sí, dijiste, pero quiero que me digas cuáles son esos poetas que consideras malos. Me hice tonta y seguí caminando por el pasillo hasta que di con el título de un libro que me llamó la atención: el poeta asesinado. Te paraste a mi lado y de nuevo repetiste la pregunta y me imaginé que dentro de unos segundos el canto de los pájaros, el viento, los cálidos rayos del sol, el olor del césped recién cortado, todo ello se incineraría en tu mundo en cuanto yo pronunciara tu nombre.

Manzana

Carta finalista de la VII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


Flores de nata

Autor: Silvia Fernández

Ayer tuve una cita. No es que me apeteciera mucho, la verdad, pero Linda insistió tanto que no pude negarme. Quizá hubiera sido más acertado hablarte antes de ella. El domingo me acerqué a esa floristería con forma de invernadero. ¿Te acuerdas, Sonia? Cuando paseábamos por el bulevar te detenías delante de los ramilletes del escaparate y yo disfrutaba al oírte pronunciar aquellos nombres tan raros.

Elegí unas orquídeas y una docena de rosas blancas, pero cuando ya iba a pagar me arrepentí. Para qué disgustarte si aún no era seguro que saliera con Linda. Y me alejé de la tienda, aflojándome el nudo de la corbata.

Mira que ha pasado tiempo, Sonia, pero cada vez que me ajusto la corbata es como si viajáramos de nuevo en el coche de línea. Aquella mañana radiante en que Patones se fue quedando atrás por la ventanilla y, como quien no quiere la cosa, me aconsejaste que vistiera siempre con corbata, que parecía más elegante con ella. Y también lo reviví ayer, mientras intentaba convencerme de que no es delito quedar con una compañera de la oficina. Y menos aún en estas fechas. Ponte en mi lugar, Sonia, le di largas desde mayo. A los cincuenta ya no tiene uno ganas de flirteos, pero Linda es la nueva redactora del periódico. No tiene amigos en Madrid, la pobre llegó trasladada de Valencia. Insistía en que tomáramos un café al acabar el trabajo, pero me opuse durante meses.

Me inquietaba lo que pudieras sospechar. Que vieses fantasmas donde jamás han existido y me inventé mil excusas. Las consultas al dentista, una avería morrocotuda del coche, qué sé yo. Nunca se me dieron bien los engaños, Sonia, y tal vez Linda lo notaba. Quizá pensase que no quería salir con ella. Lo cierto es que me planteó un ultimátum. No te figures que me resultó fácil. Pasé toda la jornada dándole vueltas, mientras revolvía de un montón a otro los artículos de prensa del archivador. Sin olvidarme de ti ni un segundo, Sonia. Dudaba si aceptar o no. Y eso que salí tan decidido del ático que cerré todas las ventanas. Me sigue molestando que se desperdicie la calefacción y quedarme muerto de frío cuando regreso a casa. Pero te prometo que no imaginé que te enfadarías de esa manera, por eso me animé y escribí un correo a Linda, diciéndola que sí, que la esperaba a las cinco ante la puerta giratoria del diario.

A estas alturas no pienso engañarte, Sonia. Me lo pasé bien, no puedo negarlo. Al cruzar junto a Nebraska me empalagó el aroma de los primeros roscones. Cómo no recordarte. Pero mis pensamientos eran tan fugaces como la riada de gente que me embestía en la plaza de Bilbao. Yo ya no estoy acostumbrado a estos guirigáis, Sonia. Sólo atravieso la ciudad en coche y a las seis suelo encerrarme en casa. Pero Linda no se cansaba de señalar con el dedo, como una niña maleducada. Si la hubieras visto, Sonia. Sin darme tiempo a relajar los ojos, mostrándome el Papa Noel que trepaba en un balcón, las guirnaldas tendidas en las farolas, como si el forastero fuera yo. Se me hacía tan insólito caminar al paso de otra mujer, Sonia… Hasta ayer no había advertido que tenéis un brillo semejante en la mirada. Tanto que mientras tomábamos un irlandés en el Café Comercial, temí que con solo fijar sus ojos en los míos intuyera mis pensamientos, como tú al observarme.

No te saqué a relucir, Sonia. Tampoco hizo falta. La tarde transcurrió como en las sobremesas que pasábamos con los amigos, todo el tiempo charlando. Bueno, yo no, Sonia, a mí sigue sin molestarme permanecer callado. Pero Linda es tan locuaz. Cambiaba de un tema a otro con la misma soltura con que hizo desaparecer los cacahuetes bañados de chocolate. No probé ni uno, se los zampó todos ella. Yo me ausentaba a menudo. Me sentía tan distante al acercar la cucharilla de nata a mi boca y me acordaba de ti, tras merendar un pastel, sin limpiarte aún los labios. Tuve tentaciones de irme, pero Linda al terminar se sacudió las manos en el vestido de flores y en voz tan baja como una confesión me dijo que los frutos secos le chiflaban. No hace falta que lo jures, la respondí alejando mi oído de sus labios, y por eso tuve que pedir otro café, sólo por eso, Sonia, para que nos llenaran de conguitos el plato. Jamás he pecado de roñoso, y no deseaba dar esa impresión en mi primer encuentro. Una cosa es ser reservado, Sonia, y otra muy diferente tacaño.

Caí en la cuenta de que nunca estuve en ese Café contigo, Sonia. Y te añoré como cada mañana al arreglarme para acudir a la oficina, cuando me prendías el alfiler de la corbata. Y eso que el local permanecía muy animado. Desde lejos escuché a Linda repasar las exposiciones de fotografía que se inauguran estas navidades, mientras pensaba que te hubiera encantado el trasiego de los camareros con sus pajaritas y el sabor delicioso de la nata. Pero Linda esperaba una respuesta. Es como si te hubieras aprendido de memoria una guía cultural, la comenté. Ocultó la mirada en el suelo plagado de servilletas inservibles y me reconoció que nunca iba a verlas, que prefería hacerlo acompañada. Entonces se fue al servicio, Sonia, y entretuve mi tristeza fingiendo que me interesaban los cuadros del bar y Linda sin volver del cuarto de baño.

No entiendo cómo pudo suceder. Quizá porque ya no acostumbro a tomar alcohol, Sonia. Nunca lo hago. Como mucho una cerveza antes de cenar, pero de whisky nada. Perdóname. Pero me hizo gracia cuando Linda comentó que me envejecían mis vestimentas. Quizá si me peinara de otro modo y si no llevase corbata. No es cuestión de apariencias, sino de edad, respondí. Pero en aquel instante no medité lo que me hacía, por un momento, Sonia, debí olvidarte. Y mientras me aseguraba que no era viejo, dejé que Linda me echara hacia atrás el flequillo y deshiciera la lazada. Me dejé quitar la corbata y la guardé en un bolsillo. Tal vez debí sentirlo, Sonia, pero no lo hice. Al poco rato, salimos del local y acompañé a Linda a coger un taxi. No sucedió nada más, Sonia. Te lo prometo. Excepto que ella se tomaba vacaciones y me entregó una tarjeta de visita. Por si te animas a asistir a una exposición estas navidades, me dijo, y la vi desaparecer en el taxi. Yo preferí volver a casa andando, total no estaba lejos y necesitaba un poco de aire. Aunque me ensordecieran los petardos que los chavales tiraban junto al mercado de la plaza de Barceló, donde hacíamos las compras las mañanas de los sábados.

No he sido del todo sincero contigo. Lo cierto es que prefería retrasar el momento de volver a casa y hacía una noche tan agradable. El viento imprescindible para formar remolinos y tanta vida en las calles como si fueran las once de la mañana. Me acordé de los domingos cuando íbamos a los cines de la Gran Vía, como dos novios de la mano, y luego discutíamos porque yo prefería comer unas bravas en Espoz y Mina y tú merendar una reina de nata. ¿Qué hubiera sido nuestra vida sin esas discusiones? Acababas saliéndote con la tuya, Sonia, y entonces me incomodaba, pero ayer no, ayer tenía la risa floja mientras regresaba a casa y me complacía recordar. De modo que no reparé en que no me había vuelto a poner la corbata.

Fue al entrar en el vestíbulo. Saqué la prenda hecha un guiñapo del bolsillo de la cazadora y sólo entonces lo sentí, Sonia. La terraza abierta de par en par, y yo que habría jurado… La cerré, ¿a qué sí? Sí, sé que la cerré, Sonia, porque iba a tardar, porque salí casi convencido de que me iba a pasar la tarde con Linda, tomando un café. O dos. Qué tiene eso de malo. Allá afuera, asomado a la barandilla, estuve a punto de hacer confeti con la tarjeta de Linda y dejar que se la llevase el aire. Que los trozos volaran entre las chimeneas y los neumáticos de los coches. Aunque te parezca mentira, a esas horas quedan muchos circulando. Pero preferí cerrar las ventanas, sentarme en el butacón frente a tu fotografía y mirarte fijamente. Tus ojos me parecieron de un tono más mate que el que yo recordaba. Quizás la calidad del papel. Por eso, Sonia, hoy volví al puesto de flores. Supongo que no me será sencillo acostumbrarme. Por lo pronto he cambiado la corbata por un foulard de seda, así no sentiré la garganta tan desprotegida como si no llevase nada. He colocado las orquídeas y las rosas en el jarrón junto a tu foto. El blanco siempre te favoreció, Sonia. Aunque te manchara los labios.

Carta finalista de la VII Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores.


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